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lunes, 16 de febrero de 2015

Flores sin Nombre, XXVI. DE LA SANGRE.

81

La sangre sabía a sangre.
Y el olvido era un ascenso
fácil, alado, huérfano.
La muerte sabía a lujuria
y el cielo sabía a carne
y a humor agrio de mujer.
Y a calor.
Y a conjura del diablo. Y el ayer
a tierra quemada,
como el mañana
a tierra prometida.
La sangre sabía a sangre.
Y el presente aún no sabía.
 

82

He perdido tanto tiempo
buscando la muerte
que no he hecho
otra cosa que vivir.
No guardo nada. Nada
parece aguardarme. Nada
que hoy exista. Y hoy, tal vez,
sea siempre.
Era un riesgo.
Continúa siéndolo.
 

83

La sangre ya no sabe a sangre.
Y uno no sabe
si son los años en los huesos,
los días en los nervios,
los lustros en los músculos,
las noches en el aliento,
las décadas en la piel,
las eras
extinguidas en los ojos o el peso
de la eternidad sobre la lengua,
la causa de este desdoro.
O sólo la lucidez,
amarga enemiga de imaginar
abrazos entre la vida y el deseo.
La vejez,
si es sabia, será vengativa.
Porque el amor es mejor
ortopedia que la nostalgia.

Fin

Este grabado es Narciso Echeverría.

Estas acuarelas, de Carmina Pascual Benavent.






domingo, 8 de febrero de 2015

Flores sin nombre, XXV. DEL DESTINO

 

78

Siéntate hasta que la luna cese
de airear la noche.
Es lo mejor.
No te empeñes en vislumbrar los astros
que, crees, cifran tu destino.
Cuanto mayor es su brío,
menos puedes saber.
La luna se ha tomado a pecho
eso de ocultar la oscuridad de cualquier signo.
Deja, pues, que llegue la luna nueva.
Y así volverás a ser
un asilado en tu patria.
La sombra, que tanto amas,
te volverá a regalar su misterio de luces.
Luces que no ocultan la nada,
porque no la iluminan.
Recuerda que miramos a las estrellas
porque la inutilidad de su luz traza todos los caminos
y nos manifiesta la naturaleza
de los designios de los dioses.
Una luz inútil es la mayor bendición
de la que ellos son capaces.


79

El tiempo se volvió extraño,
como el aire turbio que desluce
el fragor de las batallas.
Era una soledad real.
No esa soledad que vivo
como una ascesis contemplativa
y sosegada, de viejo hidalgo cuerdo
entre sus libros y sus polillas.
Era el aire enrarecido
de la espera de mí. De repente,
supe que la vida me necesitaba
como un tirano necesita
la carne de cañón.
Y la atmósfera sabía a limones verdes
bañados en leche vieja,
y al friegue temprano de las tabernas,
y al aguardiente,
sorbido con avidez de gorrión,
que meriendan las viudas
entre sus usanzas y sus desvelos.
Todo, por la premura impostergable
de que amaneciera al fin otro día.
Qué patanes son los astros
en cuanto se les confronta
con la simple nimiedad del deseo.
Y se supone que no tienen más que hacer
que acercarnos,
con ritmo y con mesura, a la halitosis
rutinaria de los muertos.
No sé si el futuro soñado
vale mis médulas engrasando
las uñas de los buitres. Y la cercanía
indolente del mar.


80

La laringe se trueca con los dados
restregados por las manos
de la verdad, que deja
ver sus callosidades, engrasadas de virtud.
Como si el armazón del cielo impune tuviera
vida propia, como si esta tierra
no hubiera sido, antes de Abel,
digna de albergar el paraíso.
Malditas urnas de brasas infames,
cómo queman
descendiendo.
El firmamento se sabe otro y yo
me abismo entre el gentío tullido.
La inocencia
soñada va a lamer tus hombros
como lluvia de tormenta,
como los átomos de una postración sagrada.
Sabe Dios.
Yo descifro.
Es mi limosna emponzoñada.

(Los tres grabados son de Gustave Doré)

sábado, 24 de enero de 2015

Flores sin nombre, XXIV. DEL TIEMPO.


75

La presencia de lo posible escandaliza con su calma.
El cinismo criminal de las rutinas.
La fuga no es más apetecible que la espera.
No hay culpa. Ni redención.
Ni la posibilidad vívida del pecado.
Los tuétanos vociferan y cantan,
como un alambre de espino dragando el esqueleto.
 

76

Recogido al calor de la inexpugnable cárcel
de mi inmortalidad desdicha.
El flujo de una paz oleaginosa
arrulla mi pecho en calma.
Los deberes, cumplidos y los imposibles,
tranquilos ante la llama del hogar
como un cachorro agotado por sus juegos.
Cómo refrescan las lágrimas
colapsadas en el cuello
y los sudores densos
macerándose en las sienes.
Nadie compartirá conmigo
mi desdicha inmortal.
Nadie sentirá el suspiro
sedoso del enigma
en el que lo real me envuelve,
como una bruma de otoño
que alguien dejó olvidada,
en el paisaje de mi invierno.

77

Era pequeño, rubio, barbudo. Su presencia juguetona y prodigiosa se nos había hecho amable y necesaria. Estábamos sinceramente preocupados por su bienestar, así que nos decidimos a hacer una visita a su morada. Encontramos un humildísimo predio, a orillas de la corriente fluvial, y supimos que nos había mentido. Conseguimos localizarlo e interpelar su mirada infantil, del color de un crepúsculo pacífico y del firmamento barroco. Le dijimos que era imposible que escondiera todas las riquezas que se había ufanado de poseer en aquella humilde parcelilla, llena de hierbajos agrestes, y con un sencillo cobertizo de lona como único cobijo. Nos respondió: “pues las tengo a muy buen recaudo. Vosotros habéis buscado en esta pobre fracción del espacio, pero –aquí, su rostro de querubín refulgió pleno de gloria, envuelto entre dorados, como el pubis inmaculado que soñara un trovador atrapado en la maraña de sus metáforas banales- todo mi tesoro está inexpugnablemente guardado en el tiempo”. Nos ofreció una explicación convincente de en qué consistía la arquitectura de su guarida invisible, alzada con el único material de los instantes inasibles. Pero por más que lo intento, en esta vigilia tridimensional y achatada, no consigo recordar la urdimbre de su argumentación. Sólo recuerdo que era una explicación lógica, bien protegida de cualquier posible refutación, una elegante trama de conceptos brillantemente concatenados, y no una vulgar parábola edificante, henchida de fatua sabiduría.


Tempus Fugit I, Narciso Echeverría

Tempus Fugit II, Narciso Echeverría

Tempus Fugit III, Narciso Echeverría

martes, 13 de enero de 2015

Flores sin nombre, XXIII. DEL DESAFÍO.


71

La fe mueve montañas, no lo dudo:
me lo muestra la experiencia.
La cuestión es conseguir que se desplacen
a un sitio conveniente
y se queden allí quietas.
 

72

Llegará el mundo y yo no estaré allí.
La ética, es cosa banal y consabida,
no es asunto que tenga que ver con el carácter,
ni con los principios,
sino con la oportunidad,
con la fortuna,
con el poder.
La ocasión será propicia
y el terror será también.
Estar hecho de esta o aquella pasta,
de este o aquel temperamento, poco importa.
Tengo miedo.
Miedo porque estoy solo.
Miedo porque amo el miedo
y ello me ha dejado solo.
Me fatigan los que confían en mí.
No se enteran de nada,
pobrecillos.
Es una confianza vana
porque soy todo deseo.
Y en eso no se puede confiar.
Todo deseo. Todo falta de mí. Por eso,
llegará el mundo y yo faltaré a la cita.
Con mi corona de campanillas y pinocha.
Asido al recuerdo de los frescos crepúsculos rojizos
y de los gatos colosales.
Refugiado en mi infancia infeliz.
Pero asombrosamente ancha.
Ancha como el terror a todo lo posible.

73

Duele el alquitrán
en la boca de las hormigas.
Irrita los ojos del buitre la lozanía
de las pieles lejanas de su buche.
Amanecen ataviadas las ortigas
todavía de luna llena,
con el alma hecha jirones.
Estoy dentro del plazo.
Todo a mi alrededor me lo grita
con un pudor cordial y sádico.
 

74

¡No me jodas, que vas a ser el último gran amor de mi vida!
¡No me jodas, no me jodas!

viernes, 12 de diciembre de 2014

Flores sin nombre, XXII. DEL AMOR.

66

No escapes esta noche
del tiovivo hechizado de tus órganos.
Palpa suavemente el almendro deshojado,
antes de que insulte con su luz la primavera.
Que el odio sea esta noche
tu lealtad de princesa bella y muerta,
aquí, a mi lado.
No sueñes con príncipes azules,
ni con bandoneones agrios,
ni con humaredas oscuras,
ni con cabellos desceñidos.
Limítate a permanecer
conmigo esta noche, a esperar
la resurrección en la ficción de mi compañía.
Sabrás hacerlo, estoy seguro.
La inocencia es el destino de los ángeles.
Y les cuesta horrores alcanzarlo.
¿No ves que no tienen carne
y la carne es ingrediente indispensable
en el crimen atroz de la inocencia?
 

67

Aquí, a mi lado,
tan extranjera en el vacío
que disuelves como un milagro
de piel cálida.
Deberíamos compartir cada noche
el proyecto de un amanecer,
en eso convinimos.
La luz ausente no nos deja
leernos los ojos,
no sabemos hasta qué punto
cada uno de los dos desea
solo desear que esa tibieza
exiliada,
a la que cualquier caricia amenaza
con erigir en estallido,
nos desee,
o desee desearnos,
o desea que la deseemos.
Se supone que somos compañeros,
pero ahora nos sentimos
pura maldición encarnada.
Incómoda verdad de la noche,
entre dos
que lo más seguro es que se amen.
Parece mentira.

68

La espalda hermosa de una mujer amada
diluyéndose en el horizonte en fuga
de la noche en la ciudad.
Las luces amarillas
bañan su paso decidido.
Un taxi se detiene
como el carro de fuego del profeta.
Y la eternidad de una ausencia,
evidente, ante los ojos,
sucede inevitable
como en una pantalla antigua,
de esas que no admiten sobornos.
El pecho explotando
y las lágrimas,
corteses, esperando
a brotar tras la bajada de bandera.
Los puentes del río falso,
las ráfagas aisladas
del tráfico distante,
vehículos tan solos como el propio corazón.
Y el deseo, tan familiar, de que el presente,
hijo de puta,
se disuelva una vez más
en la nada del sosiego.
La sabiduría es la certeza
de una mujer huyendo. Esa escena
condensa como ninguna
la esencia coagulada del existir.
Una escena muriendo impostora,
como un final genuino,
sólo porque no encontramos la manera
de encajarla en una alucinación.



69

Las lágrimas son una conquista evolutiva.
La impotencia, metáfora preciosa,
se hace de humo y rescoldos de candor.
Es lluvia.
Unos ojos que lloran son belleza.
Hacen lúcido a un ser
que, de otra forma, sólo sería humano.
Ponen a la razón en su sitio. Y su sitio
es la esperanza. Y la esperanza,
una escena. Y la escena,
un axioma. Y el axioma,
una mentira. Y así,
lo real aparece tras la lluvia.
Llueve.
Y tras el muro acristalado de la lluvia
estoy yo mirando.
Lo que veo sucede simplemente.
Sucede a una causa embaucadora
que se ocultaba en el segundo antes del llanto.
Por eso, a la invasión de lo real en la conciencia
se la llama desengaño.
Es un estado de excepción que nos recuerda
que aún no estamos muertos.
Que aún nos queda tiempo.


70

El amor tiene el tacto oscuro y fragante
de la venganza.
Amar con furia es el gozo
último que nos queda
tras rebelarnos contra los dioses
y sus pueblos miserables,
el precario refugio orgulloso
de los ángeles blasfemos
en que la verdad nos convirtió.
Cuando amamos, sabemos
que el destino funesto
nos ha lanzado su sonrisa inexplicable,
y la carne,
que a duras penas redimimos,
merece por una vez su galardón de patria opaca.
El amor tiene el tacto sanguíneo, escandaloso, voraz,
de la venganza.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Flores sin nombre, XXI. DEL SABER


63

Uno sabe que las mujeres saben.
La pregunta es si ellas saben que saben lo que saben.
Precisamente, en ese hiato minúsculo del saber
que no se sabe si se sabe
es donde el deseo echa raíces.
Porque el deseo no es nunca de las mujeres,
sino de una mujer
–y puede que de otra, pero en todo caso
de una en una, cada una frente a otra.
Y ese deseo de la otra,
que no es una
si no es una frente a otra,
es un saber que no se sabe si se sabe,
aunque un hombre siempre pueda ser acusado
de no haber sabido saberlo.
 

64

La demanda de que el espejo
le restituya el sacrificio.
Éste el rasgo distintivo
que convierte a un ente,
de todos los que pueblan el mundo,
en un auténtico ser humano.
 

65

La principal pasión de toda juventud,
la que enhebra la secuencia de cada acto
con su locura,
es el terror a la posibilidad de no ser feliz.
Un rencor a los ancestros
por no haber sabido darnos,
junto con la vida, un destino
y un saber.
Es la muerte, presente en cada instante
del ser armado con palabras,
que se empeña en no ser reconocible
en los primeros decenios
de una vida.
Capear el temporal con un pánico ágil
al atroz respiradero del error,
de la verdad, del acto por fin logrado,
es una pérdida de tiempo
gloriosa, sana y vengativa.
Y una capacidad para negar la lucidez en la derrota,
digna del honor de toda envidia.
La ignorancia es un triunfo cruento e inflamado.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Flores sin nombre, XX.DEL DESPERTAR.

60

Me desemboza las venas pensar que todo era cierto.
Cada día, cuando salgo del sueño
y la realidad me abofetea con su vendaval entumecido,
pienso que al fin y al cabo ella nunca me engañó.
Ello me da alas,
guarece los dolores minúsculos de mis articulaciones,
afea mi deserción insultante de la juventud.
Como una hemorragia
de vientos pequeños y sonrientes,
la vigilia me acuerda a todo lo perdido y la muerte
derrama su coherencia insoslayable sobre cada percepción,
sobre la claridad alarmante del día tras la persiana,
sobre las trabas irritadas que mi cuerpo,
aún no anestesiado por las químicas diversas,
me propone como programa de vida.
Nada era mentira. Mi sueño
me estaba engañando. La muerte
no es nunca una equivocación. Aún
les está pasando sólo a otros.
Yo sigo aquí, perdiéndolos día tras noche.
 


61

Años 80, España. El revolucionario va al dentista. Estaba preparado para asaltar los cuarteles del irracionalismo burgués en cualquier foro. Buena formación en el materialismo histórico y en el dialéctico. Sólida conciencia de clase e impecable coherencia ideológica. Lo sientan en un sillón articulado. El dentista critica el estado de alguno de sus molares y le habla de los ejemplares hábitos de las juventudes hitlerianas en lo atinente a la higiene dental. El revolucionario tiene un artilugio en la boca que le impide responder. Nunca olvidará que, en caso de no disponer de dentífrico, un poco de sal en el cepillo cubre las necesidades básicas de la salud bucal. El conjunto de bata blanca, bigotillo fascista y gafas de montura metálica le intimida. La muela le duele. Se siente culpable. Caries y camisas pardas son un binomio excesivo para su educación católica, muy precariamente reprimida. Sale azorado, dejando la visita a deber. Nunca más volverá a esa consulta. Su vida tampoco volverá a ser igual. Cayó en la cuenta de que algo anidaba en el poder que no era reducible a sus símbolos, ni susceptible de ser disuelto por la racionalidad dialéctica. Como lo oyen: no fue la onto, ni la deonto, sino la odontología, lo que propició su sedición vital. ¿Quién hubiera podido preverlo? La perplejidad fue cobijo un breve tiempo frente al horror por los cabellos desceñidos del viento.

 

62

Anda esta tarde escondida
en jardines donde los placeres
de los jóvenes salpican
furtivos las piedras,
y los nenúfares, ensangrentados
con el cariño helado
de dos tórtolas muertas,
se aíslan de las raíces de los plátanos,
que confiesan su indiferencia
a aquel sauce solo con sus lágrimas,
allá al fondo, su sombra
despreciada por los humanos sonrientes.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Flores sin nombre, XIX. DEL DEBER.

59

   Un recado de la corte. Otra vez, mi tirano demanda que proyecte para él un palacio. Le insisto, mi dignidad horizontalmente desplegada sobre el plano tangente a la punta de sus babuchas, en que todos sus palacios devendrán mausoleos, y que sólo se muere una vez y en un único cadáver. Su soberbia le impide atender a mis palabras. Me escruta con el rayo de odio con que miran los poderosos cuando les sobreviene la conciencia de que dependen del cuerpecillo insignificante de un cobarde ante la muerte para declinar sus sueños en materia. Pero es la espada que siempre cuelga de las nervaduras bajo las que se cobijan, y están acostumbrados a convivir con ella sin ninguna alteración del pulso. Yo, por mi parte, temo demasiado el tormento de los días indiferentes que me depara su soberbia enojada si no cumplo sus deseos.
   Me muerdo los labios, las lágrimas se agolpan en la garganta, las uñas taladran las palmas de mi mano, los párpados estrangulan la coriácea luz del sol. Una vez más, comienzo los preparativos para el viaje. He de visitar todos los mausoleos construidos, desde que el hombre es hombre, para no caer en el negligencia de construir uno de rango inferior al de algún emperador al que él sueñe infligir su real desprecio. Empezaré, una vez más, por los que ya le construí. Sé que es a la memoria de sí mismo, soñando los proyectos que ya han degenerado en materia suntuosa, a quien más empeño tiene en humillar.
   -Tardaré en volver -le advierto. Las técnicas han evolucionado mucho y no cesan de erigirse arquitecturas cada vez más insólitas y complejas.
   -No me importa, sabes que soy eterno y la posibilidad de la muerte no me inquieta –me responde displicente, mientras acaricia la arrebatadora nuca de su última concubina, forzada al abandono del hombre que la amaba.
   Recojo mis utensilios de geómetra, estremecido por la rabia, a punto del llanto. Me había hecho a la idea de que mis últimos días iban a habitar el júbilo de la obra consumada, y la admiración benevolente y agradecida de mi amo deshaciéndose en elogios precisos, que son la forma suprema del silencio.
   Monto en la cabalgadura mi esqueleto dolorido. Parto. No sé cuando volveré. El populacho lanza abucheos a mi paso, enterado de mi viaje. Saben que mi misión les traerá nuevos trabajos y aflicciones. Yo, ni les oigo. Me obsesiona la idea de morir sin haber colocado la postrera piedra de su último mausoleo.



Schola Doctrina, I. Narciso Echeverría.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Flores sin nombre, XVIII. DE LA PASIÓN



55

El odio hiede escandalosamente a verdad.
Duele como una llaga abierta
en la masa muscular del corazón.
El odio es soledad.
No podemos pedirle a dios que devaste
lo que no ha podido la justicia del destino.
El odio es el imperio de la conciencia absoluta.
El que odia de veras no necesita
ningún más allá del pensamiento.
El odio es enemigo del sueño.
Y del aire que, esclerótico, levita
en los escenarios vacíos.
 

56

Cásate conmigo.
Sólo hasta que nos separe la muerte.
Ya va siendo hora de aplazar
para siempre el despertar.
En la salud. En la enfermedad.
En el estruendo salino de los raíles errantes
que trenzan la fosa sin lápida
a la que vendrán nuestros hijos
a depositar sus lágrimas
vagabundas.
Domingos inconmovibles de huérfanos
que buscan la alegría en el recuerdo
y hallan gestos flotando en la caverna
hermética de las carcajadas sin boca.
Aquí ha quedado un hueco.
Tras tu desmembración. Te desvaneces.
Las palabras han encontrado un ritmo.
No importa quién fuera su anterior propietario.
 

57

Solo contra el terco universo de lo dicho,
que es el prototipo más factible de lo posible de decir.
Solo, pues, frente al pasado,
cuyas voces levitan fantasmales
sin la amistad de los cuerpos en que los símbolos dolían
como garfios corrosivos.
El viscoso presente es necesario
para que el tiempo haya fluido.
Este dolor de perderte,
este alivio angosto de odiarte,
serán también voces sin cuerpo.
Y sin cuerpos no hay escenas.
De esa naturaleza muerta
nacerá un poema o la vida.
Las únicas formas que conozco
de practicar el luto.
 

58

El amor hace las veces de contrafuerte del futuro.
Ahora, que la muralla de la esperanza
no existe,
tu desvanecimiento sólo deja
una humareda perfumada
en la que reconozco la persistencia de los días.
Me llamarás bestia insensible.
No, simplemente soy un hombre
que ya llamó a las puertas del cielo
y le contestaron que esperara resignado
el instante de su muerte.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Flores sin Nombre, XVII. DE LOS LOCOS



Pintura de Carmina Pascual.

  53

Los locos oyen voces a las que dan crédito automático y cuyos mandatos obedecen ciegamente.
La única razón –parece-, para que una voz tenga una autoridad semejante sobre ellos, es que emane del interior del propio cuerpo.
Inferimos, pues, que el loco distingue entre voces externas e internas. Como todo el mundo.
La diferencia es que se siente vinculado por las segundas. La locura es un magnífico amplificador de la conciencia de la voz.
El cuerdo, sin embargo, presta más atención a las voces externas y suele obliterar las voces que le hablan desde dentro.
Por eso, los cuerdos somos magníficos esclavos y, en situaciones normales, dominamos el mundo.
Si alguien le da órdenes monstruosas, no se fíe. Si estuviera loco, las ejecutaría él mismo, incapaz de objetivar la voz que las enuncia.
Si le es posible transferir esas órdenes a terceros, no está loco. Simplemente, es mala persona. Como todo el mundo, lo dominaría en situaciones normales.


54

La sonrisa puntiaguda de aquel ángel
desoye el mortecino florecer de los almendros
engalanados como pálidas novicias
ahítas de forjar mil desencuentros
abundantes con la esencia de la carne,
y rollizas como el alma de los perros,

y satisfechas como huellas de elefante.

(A través de este link podéis acceder, en orden inverso, a todas las entregas de este poemario que vaya colgando)

jueves, 30 de octubre de 2014

Flores sin Nombre, XVI. DE LOS SUEÑOS.



50

He mordido las ganas de vivir.
He traicionado el mandato del deber
por el sacrificio
ineludible que exige el deseo.
Entre sacrificios y deberes
la realidad se divide.
Determinar a cuál de los dos bandos
pertenece el amor
es el álgebra irresoluble
que oficia de armazón
de la existencia.
 

51

              Alcanza el tálamo, inepto ya para cualquier quehacer mundano, sea delectación, deber, o sacrificio. Derrotado pero inquieto, cuando ahuyenta la luz con la esperanza de desvanecerse de la fantasía de las horas, sólo lo tranquiliza imaginarse un asesino profesional, a ser posible magnicida: lo apacigua mucho planear en la penumbra el asesinato de poderosísimos Jefes de Estado. Pero hay otras alternativas al irreprochable oficio de sicario. Por ejemplo, ejecutar entusiastas genocidios, manejando armas de aniquilación masiva que le preservan, además, de cualquier vulnerabilidad. Otras veces, le gusta fantasearse físicamente invencible mientras machaca a puñetazos a sus víctimas, tal vez inocentes, pero, sin lugar a ninguna duda, legítimas. Se siente entonces encarnado en un organismo poderoso e insensible para cualquier emoción que no sea la victoria y el elogio.
               Esta violencia desmesurada lo arrulla como a un cachorro.
               El lecho va haciéndose amable y sus miembros dejan de ser trastos por el medio, escondidos en un mueble con premura y con descuido.
              Se va sintiendo paulatinamente alojado en un útero confortablemente cósmico.
              Llega así, gimiendo su paz, al punto de catástrofe que buscaba.
              Entonces, las cortezas de manos callosas se van convirtiendo en imágenes del horror sin compunción: un paisaje familiar congelado, una hembra prohibida que lanza, como un rayo a las meninges, un deseo desesperado.
              Niebla y luz se confunden. Sórdidos jardines laberínticos en que se reúnen solícitos cadáveres con la mirada perdida.
             Busca hora tras hora esa mirada que fue en un tiempo otro su lugar natural.
             Escucha frases artificiales pronunciadas por seres que no ama.
             Y con la mañana arriba un báculo firme,
                                  al fin erguido,
              que solicita ser tomado por las garras
              para acometer con renovación
              cualquier quehacer mundano,
              sea deber,
                             delectación,
                                                  o impostergable sacrificio.




52

               Decimos que algo no tiene lógica cuando no podemos imaginar el camino que desemboca en el recinto de una escena.
               La escena sí podemos imaginarla. Estructural y plásticamente, tiene la apariencia del mundo.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Flores sin nombre, XV.DEL DELIRIO.

46

Os oigo, malditos. Sois felices. Vosotras sois apetecibles.
Vuestros hijos llenan vuestras vidas.
¿De dónde habéis salido?
¿Por qué los demás no os ven?

47

Es una lija constante.
Pero sólo va en una dirección. No vuelve. No están lijando.
Suena como un arrastrarse rectilíneo.
Se van a salir. Llegarán aquí.
La fricción contra el techo rechina
como una canción de cuna
que entonara una virgen anciana
para una niña difunta.
Oigo su olor a himen orinado.
Oigo la náusea de sus arrugas pegajosas.
La niña es feliz.
La impune niña muerta.
Con el crujido de la sangre contra mis tímpanos,
que le canta.

48

Me olvido. No consigo saber dónde está.
No recuerdo qué buscaba.
De ello dependía mi vida.
Ser como todo el mundo. Eso era.
Como el mundo completo.
Y tener un Dios que me hubiera creado
y me amara sólo a mí. Sí, era eso.
No sé dónde lo habré puesto.
Pero lo que busco
es ser como todo el mundo.
¡Qué alivio, recordarlo!

49

He perdido el dolor. He llegado a casa, me he palpado entero.
Juraría que al salir lo llevaba encima,
con la documentación, con el dinero,
con las llaves,
con su nombre.
He perdido el dolor y ahora
su ausencia excava un hueco
irrespirable.
Al fin y al cabo, era
una señal de que estaba vivo.
Y ahora tengo que inventarme
una razón para evitar dejarme
morir inútil en la sima del olvido.

sábado, 19 de julio de 2014

Flores sin nombre, XIV. DE LA AVENTURA.


43


Algunas arquitecturas de símbolos
y algunos amores locos
se han desprendido de mi piel
y han habitado el mundo de la vida.
Me jacto de mi perseverancia,
de haber conseguido erguir mis labios
marcados por la huella yerma del destino,
de haber podido soportar el tormento de la espera,
del desprecio,
de las traiciones.
Pero también algunas veces
me acomete el desaliento
y en el fondo del espejo
no aparece
más que un obsesivo,
ataviado con galas torpes de héroe huraño.
A menudo me lastima la conciencia
saber que no he sido capaz
de amar a nadie mucho tiempo
y, menos que a nadie, a mí mismo:
me he hecho putadas tantas veces...
Pero ese dolor no sabe a fracaso o vergüenza,
sino al deje agrio y siempre inmotivado
del sobrevivir.
Me desembaracé del terror
a despertar un día más vivo,
y aprendí a guardar sólo
la ropa necesaria.
Tuve noches de amor,
de aborrecimiento,
de gloria,
de odio
y de desengaño.
De pánico, recelo al deshonor
y contrición atávica,
también algunas.
Ninguna recuerdo que necesite
ahogar para siempre en el olvido.


44


Un camino de fanales indiscretos. Nocturno.
Anguloso,
impredecible,
desesperado.
Sin secretos.
Ancha, la avenida obscura,
con el vaho de la embriaguez
y los párpados
sostenidos por el hambre
esencial de la aventura.
Vivir no tiene instancias.
La noche es noche para todos.
No hay más que seguir caminando
y buscar los claros.
Su distribución es arbitraria
y su ley, perfectamente desdeñable.
El azar hará sus veces.
Y cuando uno ya no lo espera,
un choque brutal contra la moral de los ancestros,
que creíamos hace mucho tiempo inhumada
en el arcaico panteón del sinsentido.
Una sonrisa de dulzura enajenada
sobre unos hombros carnosos.
Una mujer prohibida.
Por el más sagrado y feroz de los tabúes:
no sería más feliz conmigo.

45


Retomar cada día el propósito de ser libre
con un dolor leve y corrosivo,
hecho de risa y fragmentos de tendones.

viernes, 27 de junio de 2014

Flores sin nombre, XIII. De los fantasmas.

XIII. DE LOS FANTASMAS


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Ella nos invitaba a cenar
a la acogedora escena de su fantasma.
Estancia impoluta,
con cuadros bien enmarcados
y viandas de sabor
irrefutablemente rural.
Después, con el café, nos obsequiaba
con unas ráfagas de llanto.
No entendía que no la amáramos
con la dedicación que ella lo hacía.
Y es que algunos tenemos, qué desgracias,
fantasmas más incómodos.
No son aptos para recibir a las visitas.
 

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La mirada perpleja del amor
dejando pesar su ternura entre mis brazos.
Tengo que agradecer a la vida
haber conocido en vosotros un amor nuevo.
Y que vuestras madres odiaran a vuestros padres
en la lógica benevolente que precede al olvido.
Y que yo fuera, al menos un tiempo,
la encarnación para vosotros de un enigma.
Y que, en vuestras noche de terror,
el amor alcanzara un horizonte
hacia el que nunca habría mirado.
Y que vuestra sed señalara para siempre el corazón,
yaciendo con mi nombre en el mar
de vuestros ojos en penumbra.
Y que vuestro infierno de negrura fuera,
al menos un tiempo,
mi paraíso.


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Hay una pregunta, un gran enigma,
que daría con el secreto de mi vida
y que no soy capaz de resolver.
¿De qué ignaro fantasma
necesito el amor? Sé que no es humano, sé
que no es Dios, ni tampoco una mujer.
Sé que su amor no me falta,
porque si no mi vida sería un infierno
de aborrecimiento y pesadumbre.
Pero no tiene semblante. Sé que está,
pero no puedo adivinarlo. Sé que no vive
entre la armonía de las palabras,
ni en el oropel del éxito,
porque a veces miro hacia allí
y su ausencia, sí,
me incomoda, pero no llega a derruirme.
Algo me ama intensamente. No puedo
luchar por conservar su amor,
porque lo desconozco. Pienso
que le debo este sosiego ocasional
de mi soledad y no puedo negociar
con ello su permanencia.
Y no soy tan necio como para creer
que conseguiré bastarme
únicamente con mis fuerzas.
Cualquier sospecha al respecto
de la identidad de mi etéreo amante
me alarma,
me escandaliza.


jueves, 19 de junio de 2014

Flores sin nombre, XII. De la Memoria



XII.DE LA MEMORIA

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Pasear entre enrejados celosos,
rebosantes de geranios granates.
La calle, empedrada y cuesta arriba.
El olor de los jazmines de los ricos,
de los sampedros, del galán de noche. Y del rocío.
El crepúsculo en el cenáculo abandonado,
con su fuentecilla de piedra seca.
Y aún la noche quedaba por vivir.
Volver la vista atrás y darse cuenta
de que hay un más allá de lunas claras.
Y de pánico a los insectos y a los gatos.
La espera era más dulce,
la carne aún no era el destino.
El tiempo nos odiaba un poco menos.
 

38

Vivir sin buscar palabras.
Cautivo de la inmediatez de las sensaciones.
La inquietud no era un enigma,
sino un beso rebelde en la nuca de los ángeles.
Los brazos poderosos
de alguna matrona inalcanzable
y el sexo escondido bien a la vista,
amparado en la reputación de niño reciente.
Mirar cuando los demás
disimulan con pericia que te miran.
Buscar el territorio oscuro,
seguro del perdón, pendiente del futuro,
prometiéndose goces que uno creía
al alcance de casi todos.
Qué fácil es ser hombre,
cuando no se es hombre todavía.
 

39

Un viejo juguete. Ese triste objeto que convertimos en sagrado
al morderlo, al golpearlo.
Era todo porque éramos nosotros.
Lo convertimos en comprensible para nadie.
Traicionamos su destino,
como traicionamos el de todo aquel que amamos.
Hoy, arrumbado en un cajón oliendo a polvo,
lo encontramos y buscamos
en vano los signos que nunca le inscribimos,
los signos que tan sólo imaginamos.

sábado, 14 de junio de 2014

Flores sin nombre, XI. DEL UNIVERSO

XI. DEL UNIVERSO

34

Vaciado de estructura, un universo
se derruye como la carpa desosada y mal zurcida
de un circo apenadísimo.
Y honrado, muy honrado.
Todo él gestionado
por una pléyade de payasos bien nacidos.
Payasos son los trapecistas,
los funámbulos, los domadores
y los caballistas.
Los que cortan las entradas
y los que llevan la contabilidad.
Su prótesis nasal encarnada
y la cicatriz colorida
que rasga su calavera
son el único indicio fiable de la existencia
del cosmos. Y de la luz.
 

35

Un niño, un pequeño ser humano,
puede ser lacerado, explotado, torturado,
horadado por la ígnea lascivia
de una bestia adulta y sentir
la más abrasadora fricción en cada uno de sus poros,
el más brutal dolor
en cada boca de su alma,
ser convertido en un monstruo
mientras recorre sus tuétanos
el despotismo más viscoso,
sin que sospeche en ningún momento
que pueda ser otra cosa
que la víctima de un gran amor.
 

36

Haber aislado cada símbolo,
como la órbita de un astro huérfano.
Y saber, no obstante,
que se producirá el choque inevitable
porque esa órbita está enraizada
en el campo gravitatorio de las células.
Como una pasión o una fatiga.
Sentarse a esperar en la puerta
el paso del propio cadáver.
La dignidad, al menos,
de no pretender adelantarlo.

miércoles, 11 de junio de 2014

Flores sin nombre, X. DE LA FELICIDAD

X. DE LA FELICIDAD

30

Los ideales de mi época
son prosaicos y banales.
Pero son el esqueleto astillado
que ha perforado mi carne.
Los denegaré con sangre
y con sarcasmo,
con lágrimas y ronquera.
Con pena,
con una pena flamígera
y vivificante.
Pero seguirán siendo el alambre
de espino que taladra mi existencia.
Como una colección de reliquias amputadas,
exhibiéndose con impudicia
en el ermitorio cavernoso de la fe.

31

En estas playas solitarias del invierno,
con sus atardeceres lívidos y sus ausencias generosas,
he encontrado mi patria.
Será, tal vez,
porque hasta aquí me trajo una mujer,
y desde aquí las convirtió a todas en serie.
Mujeres que nunca han osado acometer
la hazaña de ser una.
Y donde ninguna mujer alcanza a ser una,
he ahí la patria.

32

La felicidad es un descuido.
Una negligencia imperdonable de los astros,
una tregua inexplicable
en el perseverante onanismo de sus órbitas.
¿Ser amados por el destino,
padre que premia al fin y al cabo
con la muerte?
¿Cómo hemos podido estar tan ciegos?

33

Miro atrás. Cada uno de mis días,
hasta el mismo día de hoy.
Y puedo afirmar con cierto orgullo
que he tenido una vida.
No ha sido un experimento, ni un simulacro,
ni un devenir
anodino exorcizado
con noches literarias, ni un programa literario
sostenido con jornadas de fatiga
y ampliación de la conciencia.
Ha sido real experiencia de estar vivo.
No era lo que el destino
y la sierpe enroscada de los símbolos
de mi estirpe me habían deparado.
Me recuerdo como si fuera ayer,
a mis veintitantos años,
juramentándome, en posición tal vez no muy digna
y mirando en dirección al firmamento,
para tener recuerdos bellos,
que son las estancias etéreas
que pueblan una existencia.
¿Por qué sé que esta vida ha sido auténtica,
que no ha sido sólo sueño?
Sin duda,
porque viví con fe y pasión
todas y cada una de sus mentiras.
Porque sufrí con el dolor,
porque me alegré con la alegría,
porque tomé la cicuta ante la asamblea de los ángeles,
porque lamí mis venas sangrantes
cuando las que amé me abandonaron,
porque no me quedé nunca donde el fuego
sólo prometía
el calor funcional de los rescoldos.
Porque odié a los cobardes y aprendí a dominar
la cólera contra los mediocres,
que son, al fin y al cabo, la materia
de la que están hechos los sueños.
Porque me dejé horadar,
como por clavos de fuego,
por el ideal de ser feliz,
porque juré que nada me derrotaría
y me dejaría perdurablemente vivo y calmo.
El tormento salvífico del fracaso,
que es la huella de la muerte en plena vida,
ha venido siempre en mi socorro
y no me ha dejado mentirme mucho tiempo,
ni morir y seguir respirando.

domingo, 18 de mayo de 2014

Flores sin nombre, IX. De lo Imposible.

IX. DE LO IMPOSIBLE

26

Lo imposible se erige con glucosa rapiñada
al sentido común,
con jirones de piel
y astillas de cartílago,
con hematíes supurados por los párpados.
Lo imposible no existía,
ha sido una gesta de los hombres
perfilarlo entre la nada,
dibujar su sombra convexa,
su aureola encorvada y ofensiva.
Y ver que lo creado era bueno.

27

Puede que el cuerpo ya no parezca
una prisión perpetua.
Puede que tampoco lo sea la conciencia,
ni la memoria, ni las consecuencias
de los actos, ya todos
irrevocablemente reversibles.
Pero seguimos siendo prisioneros, sin duda,
más allá de todo nombre, del foso
perimetral de nuestros ojos
y de las corrientes subterráneas
que nos empujan a saltar,
siempre únicos, al abismo.

28

Mirarse en el espejo y verse viejo,
caduco,
apenas reconocerse en ese espectro
que nos devuelve una mirada atónita,
y nos obliga
a preguntar a dónde fueron
todos los predecesores
de su estirpe congelada.
Y en esa imagen de barba semicana
y ojos hundidos,
no poder tampoco imaginar la propia muerte.

29

Sentir el presente como siente la crisálida
la infinita conmoción de su metamorfosis.
El goce puro
de sentirse sin saberse transcurrir.
Desgranar cada segundo
como una espiral negra de cohesión
inaugural con uno mismo.
Mentirse como el cosmos.
Agradecerse como una flor marchita.

jueves, 24 de abril de 2014

Microrrelatos.

Ahora que me han dado la agradable, a la par que absoluta, sorpresa de ser finalista de un concurso de "tuitrelatos" (#‎tuitrelatohn‬), os cuelgo lo más parecido al microrrelato que he escrito en mi vida. Lo que pasa es que yo les di el estatuto de poemas (proemas los llamó alguien una vez). Ambos estarían includos en mi poemario Flores sin nombre y, como tales, no tendrían título. Pero eso sí, forman parte de sendos capítulos que sí lo llevan. Ahí van.

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Un recado de la corte. Otra vez, mi tirano demanda que proyecte para él un palacio. Le insisto, mi dignidad horizontalmente desplegada sobre el plano tangente a la punta de sus babuchas, en que todos sus palacios devendrán mausoleos, y que sólo se muere una vez y en un único cadáver. Su soberbia le impide atender a mis palabras. Me escruta con el rayo de odio con que miran los poderosos cuando les sobreviene la conciencia de que dependen del cuerpecillo insignificante de un cobarde ante la muerte para declinar sus sueños en materia. Pero es la espada que siempre cuelga de las nervaduras bajo las que se cobijan, y están acostumbrados a convivir con ella sin ninguna alteración del pulso. Yo, por mi parte, temo demasiado el tormento de los días indiferentes que me depara su soberbia enojada si no cumplo sus deseos.
Me muerdo los labios, las lágrimas se agolpan en la garganta, las uñas taladran las palmas de mi mano, los párpados estrangulan la coriácea luz del sol. Una vez más, comienzo los preparativos para el viaje. He de visitar todos los mausoleos construidos, desde que el hombre es hombre, para no caer en el negligencia de construir uno de rango inferior al de algún emperador al que él sueñe infligir su real desprecio. Empezaré, una vez más, por los que ya le construí. Sé que es a la memoria de sí mismo, soñando los proyectos que ya han degenerado en materia suntuosa, a quien más empeño tiene en humillar.
-Tardaré en volver -le advierto. Las técnicas han evolucionado mucho y no cesan de erigirse arquitecturas cada vez más insólitas y complejas.
-No me importa, sabes que soy eterno y la posibilidad de la muerte no me inquieta –me responde displicente, mientras acaricia la arrebatadora nuca de su última concubina, forzada al abandono del hombre que la amaba.
Recojo mis utensilios de geómetra, estremecido por la rabia, a punto del llanto. Me había hecho a la idea de que mis últimos días iban a habitar el júbilo de la obra consumada, y la admiración benevolente y agradecida de mi amo deshaciéndose en elogios precisos, que son la forma suprema del silencio.
Monto en la cabalgadura mi esqueleto dolorido. Parto. No sé cuando volveré. El populacho lanza abucheos a mi paso, enterado de mi viaje. Saben que mi misión les traerá nuevos trabajos y aflicciones. Yo, ni les oigo. Me obsesiona la idea de morir sin haber colocado la postrera piedra de su último mausoleo.

(Perteneciente al Cap. XIX, "Del Deber")



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Era pequeño, rubio, barbudo. Su presencia juguetona y prodigiosa se nos había hecho amable y necesaria. Estábamos sinceramente preocupados por su bienestar, así que nos decidimos a hacer una visita a su morada. Encontramos un humildísimo predio, a orillas de la corriente fluvial, y supimos que nos había mentido. Conseguimos localizarlo e interpelar su mirada infantil, del color de un crepúsculo pacífico y del firmamento barroco. Le dijimos que era imposible que escondiera todas las riquezas que se había ufanado de poseer en aquella humilde parcelilla, llena de hierbajos agrestes, y con un sencillo cobertizo de lona como único cobijo. Nos respondió: “pues las tengo a muy buen recaudo. Vosotros habéis buscado en esta pobre fracción del espacio, pero –aquí, su rostro de querubín refulgió pleno de gloria, envuelto entre dorados, como el pubis inmaculado que soñara un trovador atrapado en la maraña de sus metáforas banales- todo mi tesoro está inexpugnablemente guardado en el tiempo”. Nos ofreció una explicación convincente de en qué consistía la arquitectura de su guarida invisible, alzada con el único material de los instantes inasibles. Pero por más que lo intento, en esta vigilia tridimensional y achatada, no consigo recordar la urdimbre de su argumentación. Sólo recuerdo que era una explicación lógica, bien protegida de cualquier posible refutación, una elegante trama de conceptos brillantemente concatenados, y no una vulgar parábola edificante, henchida de fatua sabiduría.

(Perteneciente al cap. XXIV "Del Tiempo")