sábado, 22 de noviembre de 2014

Flores sin nombre, XIX. DEL DEBER.

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   Un recado de la corte. Otra vez, mi tirano demanda que proyecte para él un palacio. Le insisto, mi dignidad horizontalmente desplegada sobre el plano tangente a la punta de sus babuchas, en que todos sus palacios devendrán mausoleos, y que sólo se muere una vez y en un único cadáver. Su soberbia le impide atender a mis palabras. Me escruta con el rayo de odio con que miran los poderosos cuando les sobreviene la conciencia de que dependen del cuerpecillo insignificante de un cobarde ante la muerte para declinar sus sueños en materia. Pero es la espada que siempre cuelga de las nervaduras bajo las que se cobijan, y están acostumbrados a convivir con ella sin ninguna alteración del pulso. Yo, por mi parte, temo demasiado el tormento de los días indiferentes que me depara su soberbia enojada si no cumplo sus deseos.
   Me muerdo los labios, las lágrimas se agolpan en la garganta, las uñas taladran las palmas de mi mano, los párpados estrangulan la coriácea luz del sol. Una vez más, comienzo los preparativos para el viaje. He de visitar todos los mausoleos construidos, desde que el hombre es hombre, para no caer en el negligencia de construir uno de rango inferior al de algún emperador al que él sueñe infligir su real desprecio. Empezaré, una vez más, por los que ya le construí. Sé que es a la memoria de sí mismo, soñando los proyectos que ya han degenerado en materia suntuosa, a quien más empeño tiene en humillar.
   -Tardaré en volver -le advierto. Las técnicas han evolucionado mucho y no cesan de erigirse arquitecturas cada vez más insólitas y complejas.
   -No me importa, sabes que soy eterno y la posibilidad de la muerte no me inquieta –me responde displicente, mientras acaricia la arrebatadora nuca de su última concubina, forzada al abandono del hombre que la amaba.
   Recojo mis utensilios de geómetra, estremecido por la rabia, a punto del llanto. Me había hecho a la idea de que mis últimos días iban a habitar el júbilo de la obra consumada, y la admiración benevolente y agradecida de mi amo deshaciéndose en elogios precisos, que son la forma suprema del silencio.
   Monto en la cabalgadura mi esqueleto dolorido. Parto. No sé cuando volveré. El populacho lanza abucheos a mi paso, enterado de mi viaje. Saben que mi misión les traerá nuevos trabajos y aflicciones. Yo, ni les oigo. Me obsesiona la idea de morir sin haber colocado la postrera piedra de su último mausoleo.



Schola Doctrina, I. Narciso Echeverría.