martes, 24 de mayo de 2016

Lo psíquico, lo mental, lo cognitivo (un breve apunte de trabajo)



La dimensión espiritual del ser humano nace con él. Desde que el ser humano puede hablar y, por lo tanto, pensar simbólicamente, significar, convivir con la ausencia como motor de su relación con sus congéneres, la patencia de que hay un más allá del ente material sensible es incuestionable. La humanidad pronto necesitó de las drogas y de la religión para poder ampliar el campo de la experiencia sensible consciente. La capacidad de alterar el reino de lo percibido, de multiplicar los entes más allá de la necesidad, es esencial para convertir al hombre en hombre. La asunción laica de esta patencia vino con la asimilación de lo espiritual a lo psíquico, que excluía la necesidad de una trascendencia crédula para poder hacerse cargo del fenómeno. Freud es crucial en este sentido.

Lo mental, como concepto, aparece más tardíamente. En la cultura occidental, yo lo dataría en el que los franceses llaman Siglo de la Ciencia, el XVII, en la querella entre racionalistas y empiristas. Si hacemos caso de ciertas influencias orientales en nuestra cultura, parece que por allá apareció antes. Yo no soy budista y mis conocimientos sobre el budismo son mínimos, pero sobre lingüística tengo los suficientes para conjeturar que sea la palabra que sea en chino, sánscrito, etc. que en las lenguas occidentales suele traducirse por “mental” (mente, mind) no es posible sin cierta violencia intelectual.

Lo cognitivo es mucho más tardío todavía. Creo que el concepto debe datarse (puede que no el significante, la palabra propiamente dicha) en los albores de la revolución industrial y toma clara carta de naturaleza en las sociedades industriales masivas, bajo el paradigma fordista. Ya no bastaba lo mental, como separado de lo físico, ni lo psíquico como separado del sensibilidad material. Ahora hacía falta que las capacidades “intelectuales” se pudieran medir, cuantificar como fuerza de trabajo. Esto sigue la impronta cartesiano/kantiana: separación de las facultades productivas y lógicas del aparato psíquico para privilegiarlas como fundamento de todas las demás (emociones, sensaciones, pasiones), que dejan de tener otra función que subordinarse a lo racional. Hay que tener en cuenta, que el para el filósofo o epistemólogo ilustrado, racional viene de razón. Pero el utilitarista y sus descendientes invierten el proceso y la razón se convierte en pura ratio, es decir, se reduce a la racionalidad (a la razón instrumental), al cálculo de la división del esfuerzo por el tiempo, dando como único cociente  de la operación el beneficio. El paradigma cognitivo-conductual, pues, queda como reinante en el mundo de la psicología desde hace décadas.

Y la psicología deviene terapia, precisamente porque la psique se concibe exclusivamente como una anomalía de lo cognitivo, invirtiendo técnicamente el orden filosófico. El psicoanálisis freudiano, pues, queda en este entorno como una rareza clínica, porque su fin no es devolver al sujeto con problemas (emergencias, en el doble sentido de la palabra) psíquicos al tejido productivo afilando sus competencias mentales y corrigiendo sus desmanes conductuales, sino despejar el camino al deseo, precisamente entorpecido por ese acuerdo entre lo real y la libido que el síntoma. Por eso se trata de psico-análisis y no de psico-síntesis. No hay posibilidad de completud (Gestalt) ni de medición (temporal o energética) si se es consecuente con el gesto freudiano, aunque bajo la especie de la genitalidad o la madurez los postfreudianos intentaron devolver al psicoanálisis al redil. La peculiaridad de Freud no es otra que, producto de su técnica,  haberse encontrado el amor en su clínica y, en lugar de arredrarse como un hubiera hecho un buen médico, decidió darle su valor como motor de la cura. La clínica bajo transferencia, de este modo, se distancia de todos los ideales normativos de la modernidad iluminista.

El paradigma consumista y postfordista supone otra mutación, porque al buen chico fordista, con sus capacidades de cálculo, eficiencia y gestión bien encauzadas, el modo productivo ha decidido sustituirlo por un sujeto vocinglero e hiperactivo, que hace de su sociabilidad y capacidad empática su virtud más valorada por el mercado de trabajo. La consecuencia más obvia es no ya que lo cognitivo adelante o margine a lo psíquico, sino que ha conseguido suplantarlo. El sujeto postfordista no tiene derecho a sufrir sin ser diagnosticado, tratado y, normalmente, medicado, porque toda emergencia psíquica, todo pathos, todo sentimiento no rentable social y cognitivamente, toda muestra de sentimentalidad y o espiritualidad, se considera enfermiza, literalmente patológica. El coaching, la autoayuda, todo el espectro semántico de la autoestima y del éxito muestra de esta suplantación. El cine contemporáneo, postclásico, da buena cuenta de ello en su problematicidad, haciendo de la amnesia traumática uno de sus argumentos tipo fundamentales. De maneras distintas, Memento o la saga de Bourne son ejemplos de esta suplantación de lo psíquico por lo cognitivo. En el primer caso, el protagonista está convencido de que la información objetivada puede sustituir a su memoria. En Bourne, el protagonista ha perdido su identidad y memoria, pero todas sus capacidades cognitivas, producto de su entrenamiento, siguen intactas y se constituyen en un enigma que se superpone a todo su ser.

Pero el máximo exponente de este ideal medicalizado de exclusión de toda diferencia subjetiva es, sin duda, la emergencia de la neurociencia que concibe al sujeto como un cerebro al que se identifica sin resto, ocultando que toda perspectiva científica no es más que una modelización de la realidad validada por una serie de datos obtenidos de  un modo en absoluto aleatorio, sino perfectamente prefijado: la “realidad” responde según le preguntemos, sin ninguna clase de inmanencia propia. Es cuestión del modelo que proyectamos qué clase de datos recibimos. Y si presuponemos que no hay en el ser humano, en el ser que habla y simboliza, nada más allá de su conducta y sus capacidades cognitivas, es imposible que encontremos otra cosa que datos numéricos, conductas prefijadas y colorines en una pantalla.