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martes, 27 de diciembre de 2016

Palao, todos los poemarios.




 Lo he intentado, pero no ha habido forma de que ningún editor se interese por ellos. Son poemas escritos entre 2004 y 2014, aproximadamente, y que hace tiempo reuní en 5 poemarios, que se suman a Campo Vacío de 2008. Los dejo en la red en forma permamente, después de haber ido colgando entregas parciales de ellos en el blog estos dos años. 

Ni idea de si la poesía ha sido algo puntual en  mi vida o de si volverá. De momento, en mi caso, la escritura ha sido siempre más importante que el género o el estilo. Eso va cambiando pero el gesto creo que, de algún modo, permanece, si no en busca de la coherencia, sí al menos de la consecuencia.
 


Creo que el orden de lectura apropiado es el que os propongo, que se basa en un criterio entre cronológico y estilístico, pero allá cada cual.



  1. Ahora te veo, Eurídice.

  2. Flores sin nombre. 

  3. De mi límite (Poemas de la felicidad) 

 4. El vacío y la muerte. 

 5. Geometrías del ángulo obtuso. 

  
Abrazos.
 
Ps: Si apareciere por aquí algún editor, yo sigo abierto. La esperanza es lo último que se pierde.
Los grabados son todos de Narciso Echeverría. 

    miércoles, 13 de julio de 2016

    Ahora te veo Eurídice, 9

    EN EL HUECO UMBRÍO

    El Ermitaño (Tarot de Marsella)
    Nunca hasta ahora había alojado,
    en el hueco umbrío
    de mi existencia a medias,
    un amor privado
    de toda imagen y disuelto
    en mi parco tiempo concedido,
    como un grito habita el viento
    que lo ignora y lo contiene.


    Tal vez seas un milagro,
    como éste de los versos,
    acontecido en el exilio
    más extraño de este mundo,
    y más íntimo,
    que es esta concavidad
    de la sombra en que consisto,
    un milagro desertor de toda escena.


    Llevo toda la vida preparándome
    para este destino que no entiendo,
    desamparado sin paz de toda idea,
    como una luz que devolviera

    un eco nebuloso a las tinieblas
    de un cosmos inmenso sin volumen,
    donde la luz llorara su radiante llanto,
    incapaz de bañar de belleza ningún cuerpo.

    Hombre mirando el mar de niebla, K. D. Friedrich, 1818

    Peregrino (¿cruel, feliz,
    banal, imperativo?)
    es el destino solitario
    del hombre, siempre
    esperando algún milagro,
    porque los milagros del hombre
    no son los de dios
    y carecen de testigos,
    no son ningún mensaje
    y sólo se los puede mirar directamente,
    sólo con un mirar que sabe
    y abdica de sus ojos
    sin compás, como un delirio
    que habitara más allá
    del reino de la dicha
    del que la alegría no es
    más que un torpe disfraz,
    como es azul el firmamento
    de las aguas, y es azul
    el palacio de los dioses
    que un tahúr ganó en un sueño
    al creador sin rostro que había
    destruido con espanto los espejos.

    Jacopo Bassano. San Jerónimo. 1556.

    Hoy que ya no quiero
    ponerle a mi misión,
    en esta frontera del mundo
    y del sentido que es mi vida,
    un rostro de mujer,
    tal vez hoy vengas.
    Tal vez, hoy sepas al fin
    que los días de gloria
    no tengo por costumbre recibir.
    Entra sin llamar, en ese hueco
    sin dintel tienes la puerta.

    sábado, 9 de julio de 2016

    Ahora te veo Eurídice, 8.



    LA NIÑA EN LA PISCINA

    La niña va a la piscina
    a recuperar su cuerpo extenuado,

    rapiña de amor.
    Su viejo amante espera,
    lánguido,
    la cifra que le regateó el destino,
    ahíto de perplejidades antiguas,
    rezumando desaliento áspero,
    inocente de las esperanzas
    que supo soñar,
    que no supo encarnar.



    La niña va a la piscina de nombre antiguo
    queriendo no ser mujer.
    La bicicleta en la puerta,
    húmeda la piel,
    la calle vacía...
    El viejo amante sonríe
    degustando el trago amargo de otro fallo en la Matriz.
    Dios mío, qué torpemente fue creado el mundo,
    qué páramo de certidumbres
    bajo el sol que ayer mismo gemía a mares.

    Ophelia (1851-1852) Sir John Everett Millais.

    Sonríe el viejo amante con su sonrisa amarilla,
    con la respiración nudosa de viejo leño,
    sonríe
    y su sonrisa es un decir desaliñado,
    recóndito,
    ferozmente lúcido;
    un crepitar repetido,
    ceniza
    del rescoldo que no va ya
    queriendo resistir.


    La niña quiere bañarse
    y el viejo amante no tiene ya nada que enseñar
    sino la escabrosa herida,
    la suciedad reseca de llantos viejos
    de amante viejo,
    de viejo dolor
    de amor viejo sobre la piel humedecida.


    La niña tiene nombre de agua
    y va a la piscina.
    Desértico, el viejo amante,
    saluda solemne la certeza de sus tinieblas,
    la evidencia de que la piel húmeda de la niña
    -que deja centellear su cabellera bajo el astro
    que ayer lloraba-
    es el único elixir que desea,
    que ese elixir es el pasaje hacia el Hades,
    que la niña en su bicicleta
    surca la laguna Estigia,
    que las calles de su ciudad son
    el laberinto que siempre pasea solo,
    que los oráculos y los prodigios señalan
    las zafiedades con las que se entreteje la esperanza.


    El viejo amante se siente
    más amante que viejo,
    ¿se engaña?
    La niña nada,
    ¿se miente?


    El viejo amante sueña
    con la piscina de nombre viejo,
    mientras las aristas de guijarros redivivos
    transitan los viejos carriles de su alma,
    que creyó sembrados
    al fin
    de una escarcha esperada
    bajo el hirsuto sol reseco de su longevidad.


    El viejo amante ama.
    Torpe, tal vez,
    sin duda, viejo,
    con su risa sarmentosa y sus ojos insaciables.
    El viejo amante ama
    y la niña
               nada.




    CON MARCO DORADO

    Con el aliento aún denso
    de sexo abrupto y alcoholes viejos,
    rasgaste nuestro primer amanecer
    encelándome con el misterio
    con el que te había fundido
    Morfeo en sus brazos,
    aprovechando mi desfallecimiento.

    Retrato de Elizabeth Siddal (sobre 1860)


    Fotografiabas una boda
    al abrigo cierto de la escena
    que da la empuñadura heroica
    del objetivo,
    y te sabías desnuda, cubierta sola
    con la sábana –supongo-
    que sudaba aún
    los jugos de nuestros bríos.


    Propenso impenitente
    a la laminación del alma,
    que creo que algún concilio
    ratificó al fin que teníais las mujeres,
    no pude menos que preguntarme
    si algún rincón había
    destinado para mí en esa fiesta:
    ¿tal vez, el del novio fatuo,
    pronto a saborear los deleites
    de su conquista perpetua?
    ¿El de cómplice a tu lado,
    apartando la cámara y el lienzo
    con gesto lujurioso, riendo ambos
    la escena insostenible?
    ¿O el del mismísimo dios del sueño
    que te había sostenido entre sus brazos
    mientras realizabas tu deseo
    de contenerte, empuñando
    la cruz paterna,
    distante desde el goce
    de la ridícula ocurrencia
    de un compromiso que habría
    de durar más de mil noches?


    No, ninguno de esos rincones evoqué,
    sino otro que aún invento con nostalgia.
    Querría haber compartido contigo
    las órbitas de tus ojos mirando
    la pantomima exacta del deseo,
    contemplar la escena misma
    que envolviéndote a ti vieron,
    gozar contigo desde ese enclave apátrida
    donde los sueños verdaderos de mujer
    en aleación de apostasías

    inapelables se fraguan.


    EXCESO DE MUJER

    Llegas
    con tus andares seduciendo la distancia,
    con tu cabellera rubia al viento, sin una mácula,
    toda carne, toda curva, toda infierno, toda piel,
    tan poco madre cuando llegas.

    Joaquín Sorolla, Bacante en reposo. 1887

    Llegas y la lujuria
    se promete noche al fin.
    Llegas ofreciendo tu figura
    a las dentelladas de mis ojos
    ávidos que buscan
    tus ojos que se fingen ciegos,
    que simulan no saber de tus caderas,
    que se apartan para que todo se llene
    de mis ojos que te desean,
    que desean la madre que has dejado en casa,
    la mujer que serás en cuanto acabe
    el recodo de escalera,
    el único punto ciego de tu camino,
    la única tregua de mi espera,
    el instante que la noche aprovecha

    para tomar su último aliento.

    El recodo, la escalera,
    por fin llegas.
    Quiero ser para tus labios
    que para mis labios seas,
    cada paso tuyo excita mi abismo,
    sé que tu piel sazonada será
    durante unas horas mi sino
    y querré permanecer para siempre
    en esas sabrosas tinieblas.
    Llegas y durante tres docenas de horas
    todo será goce y exceso de mujer,
    hasta que vuelvas a ser madre
    la tarde del domingo...
    pero ahora llegas y el placer
    se promete noche,
    y las palabras se prometen sexo,
    y el amor también se promete.
    Cuánta promesa y cuánto cumplimiento.


    Llegas,
    llegas de noche y quisiera
    que la impaciencia vistiera
    la lencería precaria de lo eterno.
    Durante tres docenas de horas no sabré
    quién soy, estaré
    dentro de ti, me sentiré
    héroe niño, pobre hombre, ángel de la fortuna
    porque tengo un cuerpo con que gozarte.
     

    Llegas,
    siempre llegas,
    cuando llego llegas,
    cuando no llego también llegas.
    Sé que me amas porque no soy bastante,
    porque soy un pobre hombre,
    porque vuelves y vuelves
    porque nunca lograré saciarte,
    porque quisiera ser un ángel
    pobre para no tener que obedecer
    las servidumbres de la carne
    que me hacen morir en llagas
    de luz eterna, durante
    tres docenas de horas.
     

    Llegas, llegas, llegas.
    A mi puerta llama una mujer y dos casas se vacían,
    gracias doy a la vida,
    de cualquier amor de madre.




    sábado, 2 de julio de 2016

    Ahora te veo Eurídice, 7.



     
    Psyché et l'amour de Simon Vouet (1626-1629)

    Estrategia

    Nunca he sabido jugar al ajedrez.
    Fue seguro mi padre
    quien en alguna de las muchas
    convalecencias de la infancia
    me adiestró en sus rudimentos,
    en la mecánica exacta
    del movimiento de las piezas
    y,  tal vez a su pesar,
    en su inevitable valor como metáfora:
    la vertical determinación obtusa de las torres,
    la perfidia diagonal de los alfiles,
    la diligencia volátil y voraz de la reina necesaria
    y la estulticia del rey, tan sólo imprescindible,
    la mortífera generosidad de los peones,
    de los caballos la heroica y  rapaz
    arbitrariedad geométrica...

    Fue él también seguro
    quien me ilustró en la magia del tablero
    y en la potencia inexorable del cuadrado,
    que dejó en ridículo a aquel rey generoso
    con las cifras hiperbólicas de grano
    que ofreció sin calcular al inventor del juego.
    Me pareció aquella leyenda
    una aplastante victoria del ingenio,
    un arrebatado triunfo de lo simbólico y del cálculo
    frente al petulancia amurallada del poder.
    En el lecho convaleciente me recuerdo
    calculando en mi cuaderno los cuadrados
    hasta que, llegando a los billones,
    exhausto comprendí
    el poder hercúleo de la inteligencia
    siempre que los reyes
    estén dispuestos sus juramentos a cumplir,
    y aquellos que los venzan,
    sin codicia, a dejar la buena lid
    más allá de los prosaicos
    límites de la materia.

    Mis aventuras con el ajedrez duraron poco.
    Algún tiempo después en un torneo escolar, el azar
    –¡Oh, el azar!.
    ¡Oh,  la excepción a las reglas!
    ¡Oh, la impudicia cotidiana
    de lo que escapa a los sistemas!-
    me emparejó al sempiterno primero de mi clase.
    Era, pues, la víctima propiciatoria
    pero, en un descuido frívolo de su privilegiado cerebro,
    le comí el rey.
    Raudo me hizo bajar del enésimo cielo
    de los azares benévolos:
    los reyes no se comen,
    se sitian con la impiedad del cómputo lógico,
    yo no era de la estirpe de Alejandro
    y no podía desmadejar así los nudos.
    Ése fue mi final en el Camelot fraterno
    de la lógica inmisericorde del tablero.

    Siempre me manejé algo mejor con el póquer,
    a ser posible descubierto.
    Lejos de ser tahúr y ser taimado,
    era sólo que la imprudencia
    me era territorio más propicio
    que el cálculo de los abigarrados movimientos,
    porque en honor a la verdad carezco
    de una frialdad mínima en las venas,
    y tengo muy frágiles los nervios,
    por eso si alguna vez he triunfado en otros lances,
    ha sido asegurando la ventaja
    con el único capital de los pobres,
    que es el tiempo,
    como un Aquiles que mendigara a su tortuga:
    "por piedad, concédeme tú la delantera
    que verte ante mis ojos me provoca
    la gélida parálisis del recelo ante lo incierto".

    Si siempre he sido, pues, negado para la estrategia,
    para hospedar el cálculo sobre las intenciones de los otros
    tras el muro de mi propio fingimiento,
    piénsese qué habré de contar
    cuando los años me han enfrentado al campo abierto
    de los lances de seducción
    y,  no sé si tengo que aclarar
    que a mí me conciernen las mujeres,
    tan poco aficionadas a someterse
    a la tiranía numérica de ningún tablero
    (intenten si no me creen la simple prueba
    de convencer a una mujer de que le han dado jaque mate,
    de que han dejado al fin
    alguno de sus enigmas resueltos...)

    Por eso siempre ha sido mi lema despiadado:
    ¡antes perder que esperar,
    incendiemos sin catacumbas el deseo!
    Es lógica consecuencia entonces
    que tantas veces haya vivido sin vivir en mí
    y haya muerto porque no he muerto
    en la única muerte real,
    en la única paz de cementerio
    que podemos permitirnos los vivos,
    que es la certidumbre del amor o del fracaso,
    que no sé con cuál de las dos certidumbres
    estamos más efectivamente muertos.

    Mis amigos me aconsejan muchas veces,
    hartos de soportar la letanía incontinente
    de mis exagerados sufrimientos
    por amor, que disfrute de la vida,
    que finja que ella no es el fin último de las cosas,
    la razón única que me mantiene anclado la existencia,
    que no la llame, que no la agobie,
    a esa mujer que conocí,
    tomándome unas copas,
    creo que precisamente anoche.

    Y yo cavilo enrocado en mi caletre
    ¿será el triunfo definitivo de la estrategia,
    la apoteosis de las conquistas amorosas,
    gozar a una mujer sin que ella se dé cuenta?
    ¿Amarla sin que sepa que la amo,
    seguirla simulando ir delante,
    como ese bendito calzonazos que era Orfeo?
    La cuestión es que  me temo,
    que pese a las muchas delicias del tablero,
    en el fondo debo ser de la dinastía del macedonio,
    si más no sea de la línea
    de alguno de sus bastardos más plebeyos
    sin derecho a sucesión,
    y no se hicieron los nudos alambicados
    para mi proverbial intolerancia
    con la espera quejumbrosa de un desenlace incierto.

    No sé si la vida merece un mandoble,
    pero lo preferiré siempre a un sablazo,
    siempre antes que del tablero la potencia
    del sesenta y cuatro
    la demasía incendiaria e importuna del deseo.
    Soy un pésimo estratega,
    y créanme ustedes
    cuantísimas veces lo siento.

    No tengas prisa


    No tengas prisa,
    despacito.
    No te ofusque la vigilia precaria
    del tigre,
    no quieras con llamaradas
    extinguir la lumbre,
    no quieras aún inflamarte,
    espera.
    Deja que de tu cuerpo goce
    también su leal permanencia,
    su molicie perezosa en la mañana
    perfilando la tersura
    de tu piel pequeña.

    Despacito,
     no tengas prisa.
    Deja que mi aliento silbe en tu cuello cálido,
    deja que entrelace mi alma tu cuerpo
    con su abrazo largo
    que aún no te he dicho nada
    de entrelazar las vidas.
    No me ordenes que te mande
    pero, eso sí, tú obedece,
    obedece la cadencia de mis besos
    como obedece cada poro de tu  nuca
    si dejas ser pausada a la caricia.

    Aún no,
    no te estremezcas,
    despacito,
    no tengas prisa.
    Como tú misma hubieras dicho,
    no tenemos la receta
    pero sé que este manjar
    fraguará mejor sobre ascua lenta.
    Deja a esa luz tenue y vitalicia,
    de la que has hecho tu oficio,
    tu pasión  vivificante,
    mi delicia,
    alumbrar lo que ella quiera;
    no la arredres de un destello,
    que es muy fino
    el lienzo en que su sombra se perfila.
    Deja que el deseo
    poquito a poco se derrame,
    haz de su martirio suave,
    de su mortificada ambición de estrépitos fugaces,
    un diluvio de prudencias tibias.

    despacito,
    no tengas prisa

    Siente suave el sosiego
    del serpear
    consentido del fuego
    de tu piel, de mis labios,
    de mis dientes, de tus manos,
    de tus muslos jóvenes,
    de tus hombros, de mis brazos,
    de mi pecho, de tus pechos,
    de tu cintura, de tu savia.

    Despacito,
                  despacito chiquilla,
             no tengas prisa.