jueves, 27 de noviembre de 2014

Flores sin nombre, XX.DEL DESPERTAR.

60

Me desemboza las venas pensar que todo era cierto.
Cada día, cuando salgo del sueño
y la realidad me abofetea con su vendaval entumecido,
pienso que al fin y al cabo ella nunca me engañó.
Ello me da alas,
guarece los dolores minúsculos de mis articulaciones,
afea mi deserción insultante de la juventud.
Como una hemorragia
de vientos pequeños y sonrientes,
la vigilia me acuerda a todo lo perdido y la muerte
derrama su coherencia insoslayable sobre cada percepción,
sobre la claridad alarmante del día tras la persiana,
sobre las trabas irritadas que mi cuerpo,
aún no anestesiado por las químicas diversas,
me propone como programa de vida.
Nada era mentira. Mi sueño
me estaba engañando. La muerte
no es nunca una equivocación. Aún
les está pasando sólo a otros.
Yo sigo aquí, perdiéndolos día tras noche.
 


61

Años 80, España. El revolucionario va al dentista. Estaba preparado para asaltar los cuarteles del irracionalismo burgués en cualquier foro. Buena formación en el materialismo histórico y en el dialéctico. Sólida conciencia de clase e impecable coherencia ideológica. Lo sientan en un sillón articulado. El dentista critica el estado de alguno de sus molares y le habla de los ejemplares hábitos de las juventudes hitlerianas en lo atinente a la higiene dental. El revolucionario tiene un artilugio en la boca que le impide responder. Nunca olvidará que, en caso de no disponer de dentífrico, un poco de sal en el cepillo cubre las necesidades básicas de la salud bucal. El conjunto de bata blanca, bigotillo fascista y gafas de montura metálica le intimida. La muela le duele. Se siente culpable. Caries y camisas pardas son un binomio excesivo para su educación católica, muy precariamente reprimida. Sale azorado, dejando la visita a deber. Nunca más volverá a esa consulta. Su vida tampoco volverá a ser igual. Cayó en la cuenta de que algo anidaba en el poder que no era reducible a sus símbolos, ni susceptible de ser disuelto por la racionalidad dialéctica. Como lo oyen: no fue la onto, ni la deonto, sino la odontología, lo que propició su sedición vital. ¿Quién hubiera podido preverlo? La perplejidad fue cobijo un breve tiempo frente al horror por los cabellos desceñidos del viento.

 

62

Anda esta tarde escondida
en jardines donde los placeres
de los jóvenes salpican
furtivos las piedras,
y los nenúfares, ensangrentados
con el cariño helado
de dos tórtolas muertas,
se aíslan de las raíces de los plátanos,
que confiesan su indiferencia
a aquel sauce solo con sus lágrimas,
allá al fondo, su sombra
despreciada por los humanos sonrientes.