miércoles, 11 de junio de 2014

Flores sin nombre, X. DE LA FELICIDAD

X. DE LA FELICIDAD

30

Los ideales de mi época
son prosaicos y banales.
Pero son el esqueleto astillado
que ha perforado mi carne.
Los denegaré con sangre
y con sarcasmo,
con lágrimas y ronquera.
Con pena,
con una pena flamígera
y vivificante.
Pero seguirán siendo el alambre
de espino que taladra mi existencia.
Como una colección de reliquias amputadas,
exhibiéndose con impudicia
en el ermitorio cavernoso de la fe.

31

En estas playas solitarias del invierno,
con sus atardeceres lívidos y sus ausencias generosas,
he encontrado mi patria.
Será, tal vez,
porque hasta aquí me trajo una mujer,
y desde aquí las convirtió a todas en serie.
Mujeres que nunca han osado acometer
la hazaña de ser una.
Y donde ninguna mujer alcanza a ser una,
he ahí la patria.

32

La felicidad es un descuido.
Una negligencia imperdonable de los astros,
una tregua inexplicable
en el perseverante onanismo de sus órbitas.
¿Ser amados por el destino,
padre que premia al fin y al cabo
con la muerte?
¿Cómo hemos podido estar tan ciegos?

33

Miro atrás. Cada uno de mis días,
hasta el mismo día de hoy.
Y puedo afirmar con cierto orgullo
que he tenido una vida.
No ha sido un experimento, ni un simulacro,
ni un devenir
anodino exorcizado
con noches literarias, ni un programa literario
sostenido con jornadas de fatiga
y ampliación de la conciencia.
Ha sido real experiencia de estar vivo.
No era lo que el destino
y la sierpe enroscada de los símbolos
de mi estirpe me habían deparado.
Me recuerdo como si fuera ayer,
a mis veintitantos años,
juramentándome, en posición tal vez no muy digna
y mirando en dirección al firmamento,
para tener recuerdos bellos,
que son las estancias etéreas
que pueblan una existencia.
¿Por qué sé que esta vida ha sido auténtica,
que no ha sido sólo sueño?
Sin duda,
porque viví con fe y pasión
todas y cada una de sus mentiras.
Porque sufrí con el dolor,
porque me alegré con la alegría,
porque tomé la cicuta ante la asamblea de los ángeles,
porque lamí mis venas sangrantes
cuando las que amé me abandonaron,
porque no me quedé nunca donde el fuego
sólo prometía
el calor funcional de los rescoldos.
Porque odié a los cobardes y aprendí a dominar
la cólera contra los mediocres,
que son, al fin y al cabo, la materia
de la que están hechos los sueños.
Porque me dejé horadar,
como por clavos de fuego,
por el ideal de ser feliz,
porque juré que nada me derrotaría
y me dejaría perdurablemente vivo y calmo.
El tormento salvífico del fracaso,
que es la huella de la muerte en plena vida,
ha venido siempre en mi socorro
y no me ha dejado mentirme mucho tiempo,
ni morir y seguir respirando.