domingo, 8 de febrero de 2015

Flores sin nombre, XXV. DEL DESTINO

 

78

Siéntate hasta que la luna cese
de airear la noche.
Es lo mejor.
No te empeñes en vislumbrar los astros
que, crees, cifran tu destino.
Cuanto mayor es su brío,
menos puedes saber.
La luna se ha tomado a pecho
eso de ocultar la oscuridad de cualquier signo.
Deja, pues, que llegue la luna nueva.
Y así volverás a ser
un asilado en tu patria.
La sombra, que tanto amas,
te volverá a regalar su misterio de luces.
Luces que no ocultan la nada,
porque no la iluminan.
Recuerda que miramos a las estrellas
porque la inutilidad de su luz traza todos los caminos
y nos manifiesta la naturaleza
de los designios de los dioses.
Una luz inútil es la mayor bendición
de la que ellos son capaces.


79

El tiempo se volvió extraño,
como el aire turbio que desluce
el fragor de las batallas.
Era una soledad real.
No esa soledad que vivo
como una ascesis contemplativa
y sosegada, de viejo hidalgo cuerdo
entre sus libros y sus polillas.
Era el aire enrarecido
de la espera de mí. De repente,
supe que la vida me necesitaba
como un tirano necesita
la carne de cañón.
Y la atmósfera sabía a limones verdes
bañados en leche vieja,
y al friegue temprano de las tabernas,
y al aguardiente,
sorbido con avidez de gorrión,
que meriendan las viudas
entre sus usanzas y sus desvelos.
Todo, por la premura impostergable
de que amaneciera al fin otro día.
Qué patanes son los astros
en cuanto se les confronta
con la simple nimiedad del deseo.
Y se supone que no tienen más que hacer
que acercarnos,
con ritmo y con mesura, a la halitosis
rutinaria de los muertos.
No sé si el futuro soñado
vale mis médulas engrasando
las uñas de los buitres. Y la cercanía
indolente del mar.


80

La laringe se trueca con los dados
restregados por las manos
de la verdad, que deja
ver sus callosidades, engrasadas de virtud.
Como si el armazón del cielo impune tuviera
vida propia, como si esta tierra
no hubiera sido, antes de Abel,
digna de albergar el paraíso.
Malditas urnas de brasas infames,
cómo queman
descendiendo.
El firmamento se sabe otro y yo
me abismo entre el gentío tullido.
La inocencia
soñada va a lamer tus hombros
como lluvia de tormenta,
como los átomos de una postración sagrada.
Sabe Dios.
Yo descifro.
Es mi limosna emponzoñada.

(Los tres grabados son de Gustave Doré)