lunes, 16 de febrero de 2015

Flores sin Nombre, XXVI. DE LA SANGRE.

81

La sangre sabía a sangre.
Y el olvido era un ascenso
fácil, alado, huérfano.
La muerte sabía a lujuria
y el cielo sabía a carne
y a humor agrio de mujer.
Y a calor.
Y a conjura del diablo. Y el ayer
a tierra quemada,
como el mañana
a tierra prometida.
La sangre sabía a sangre.
Y el presente aún no sabía.
 

82

He perdido tanto tiempo
buscando la muerte
que no he hecho
otra cosa que vivir.
No guardo nada. Nada
parece aguardarme. Nada
que hoy exista. Y hoy, tal vez,
sea siempre.
Era un riesgo.
Continúa siéndolo.
 

83

La sangre ya no sabe a sangre.
Y uno no sabe
si son los años en los huesos,
los días en los nervios,
los lustros en los músculos,
las noches en el aliento,
las décadas en la piel,
las eras
extinguidas en los ojos o el peso
de la eternidad sobre la lengua,
la causa de este desdoro.
O sólo la lucidez,
amarga enemiga de imaginar
abrazos entre la vida y el deseo.
La vejez,
si es sabia, será vengativa.
Porque el amor es mejor
ortopedia que la nostalgia.

Fin

Este grabado es Narciso Echeverría.

Estas acuarelas, de Carmina Pascual Benavent.