miércoles, 3 de diciembre de 2014

Flores sin nombre, XXI. DEL SABER


63

Uno sabe que las mujeres saben.
La pregunta es si ellas saben que saben lo que saben.
Precisamente, en ese hiato minúsculo del saber
que no se sabe si se sabe
es donde el deseo echa raíces.
Porque el deseo no es nunca de las mujeres,
sino de una mujer
–y puede que de otra, pero en todo caso
de una en una, cada una frente a otra.
Y ese deseo de la otra,
que no es una
si no es una frente a otra,
es un saber que no se sabe si se sabe,
aunque un hombre siempre pueda ser acusado
de no haber sabido saberlo.
 

64

La demanda de que el espejo
le restituya el sacrificio.
Éste el rasgo distintivo
que convierte a un ente,
de todos los que pueblan el mundo,
en un auténtico ser humano.
 

65

La principal pasión de toda juventud,
la que enhebra la secuencia de cada acto
con su locura,
es el terror a la posibilidad de no ser feliz.
Un rencor a los ancestros
por no haber sabido darnos,
junto con la vida, un destino
y un saber.
Es la muerte, presente en cada instante
del ser armado con palabras,
que se empeña en no ser reconocible
en los primeros decenios
de una vida.
Capear el temporal con un pánico ágil
al atroz respiradero del error,
de la verdad, del acto por fin logrado,
es una pérdida de tiempo
gloriosa, sana y vengativa.
Y una capacidad para negar la lucidez en la derrota,
digna del honor de toda envidia.
La ignorancia es un triunfo cruento e inflamado.