martes, 13 de enero de 2015

Flores sin nombre, XXIII. DEL DESAFÍO.


71

La fe mueve montañas, no lo dudo:
me lo muestra la experiencia.
La cuestión es conseguir que se desplacen
a un sitio conveniente
y se queden allí quietas.
 

72

Llegará el mundo y yo no estaré allí.
La ética, es cosa banal y consabida,
no es asunto que tenga que ver con el carácter,
ni con los principios,
sino con la oportunidad,
con la fortuna,
con el poder.
La ocasión será propicia
y el terror será también.
Estar hecho de esta o aquella pasta,
de este o aquel temperamento, poco importa.
Tengo miedo.
Miedo porque estoy solo.
Miedo porque amo el miedo
y ello me ha dejado solo.
Me fatigan los que confían en mí.
No se enteran de nada,
pobrecillos.
Es una confianza vana
porque soy todo deseo.
Y en eso no se puede confiar.
Todo deseo. Todo falta de mí. Por eso,
llegará el mundo y yo faltaré a la cita.
Con mi corona de campanillas y pinocha.
Asido al recuerdo de los frescos crepúsculos rojizos
y de los gatos colosales.
Refugiado en mi infancia infeliz.
Pero asombrosamente ancha.
Ancha como el terror a todo lo posible.

73

Duele el alquitrán
en la boca de las hormigas.
Irrita los ojos del buitre la lozanía
de las pieles lejanas de su buche.
Amanecen ataviadas las ortigas
todavía de luna llena,
con el alma hecha jirones.
Estoy dentro del plazo.
Todo a mi alrededor me lo grita
con un pudor cordial y sádico.
 

74

¡No me jodas, que vas a ser el último gran amor de mi vida!
¡No me jodas, no me jodas!