miércoles, 5 de noviembre de 2014

Flores sin nombre, XVIII. DE LA PASIÓN



55

El odio hiede escandalosamente a verdad.
Duele como una llaga abierta
en la masa muscular del corazón.
El odio es soledad.
No podemos pedirle a dios que devaste
lo que no ha podido la justicia del destino.
El odio es el imperio de la conciencia absoluta.
El que odia de veras no necesita
ningún más allá del pensamiento.
El odio es enemigo del sueño.
Y del aire que, esclerótico, levita
en los escenarios vacíos.
 

56

Cásate conmigo.
Sólo hasta que nos separe la muerte.
Ya va siendo hora de aplazar
para siempre el despertar.
En la salud. En la enfermedad.
En el estruendo salino de los raíles errantes
que trenzan la fosa sin lápida
a la que vendrán nuestros hijos
a depositar sus lágrimas
vagabundas.
Domingos inconmovibles de huérfanos
que buscan la alegría en el recuerdo
y hallan gestos flotando en la caverna
hermética de las carcajadas sin boca.
Aquí ha quedado un hueco.
Tras tu desmembración. Te desvaneces.
Las palabras han encontrado un ritmo.
No importa quién fuera su anterior propietario.
 

57

Solo contra el terco universo de lo dicho,
que es el prototipo más factible de lo posible de decir.
Solo, pues, frente al pasado,
cuyas voces levitan fantasmales
sin la amistad de los cuerpos en que los símbolos dolían
como garfios corrosivos.
El viscoso presente es necesario
para que el tiempo haya fluido.
Este dolor de perderte,
este alivio angosto de odiarte,
serán también voces sin cuerpo.
Y sin cuerpos no hay escenas.
De esa naturaleza muerta
nacerá un poema o la vida.
Las únicas formas que conozco
de practicar el luto.
 

58

El amor hace las veces de contrafuerte del futuro.
Ahora, que la muralla de la esperanza
no existe,
tu desvanecimiento sólo deja
una humareda perfumada
en la que reconozco la persistencia de los días.
Me llamarás bestia insensible.
No, simplemente soy un hombre
que ya llamó a las puertas del cielo
y le contestaron que esperara resignado
el instante de su muerte.