sábado, 14 de junio de 2014

Flores sin nombre, XI. DEL UNIVERSO

XI. DEL UNIVERSO

34

Vaciado de estructura, un universo
se derruye como la carpa desosada y mal zurcida
de un circo apenadísimo.
Y honrado, muy honrado.
Todo él gestionado
por una pléyade de payasos bien nacidos.
Payasos son los trapecistas,
los funámbulos, los domadores
y los caballistas.
Los que cortan las entradas
y los que llevan la contabilidad.
Su prótesis nasal encarnada
y la cicatriz colorida
que rasga su calavera
son el único indicio fiable de la existencia
del cosmos. Y de la luz.
 

35

Un niño, un pequeño ser humano,
puede ser lacerado, explotado, torturado,
horadado por la ígnea lascivia
de una bestia adulta y sentir
la más abrasadora fricción en cada uno de sus poros,
el más brutal dolor
en cada boca de su alma,
ser convertido en un monstruo
mientras recorre sus tuétanos
el despotismo más viscoso,
sin que sospeche en ningún momento
que pueda ser otra cosa
que la víctima de un gran amor.
 

36

Haber aislado cada símbolo,
como la órbita de un astro huérfano.
Y saber, no obstante,
que se producirá el choque inevitable
porque esa órbita está enraizada
en el campo gravitatorio de las células.
Como una pasión o una fatiga.
Sentarse a esperar en la puerta
el paso del propio cadáver.
La dignidad, al menos,
de no pretender adelantarlo.