viernes, 12 de diciembre de 2014

Flores sin nombre, XXII. DEL AMOR.

66

No escapes esta noche
del tiovivo hechizado de tus órganos.
Palpa suavemente el almendro deshojado,
antes de que insulte con su luz la primavera.
Que el odio sea esta noche
tu lealtad de princesa bella y muerta,
aquí, a mi lado.
No sueñes con príncipes azules,
ni con bandoneones agrios,
ni con humaredas oscuras,
ni con cabellos desceñidos.
Limítate a permanecer
conmigo esta noche, a esperar
la resurrección en la ficción de mi compañía.
Sabrás hacerlo, estoy seguro.
La inocencia es el destino de los ángeles.
Y les cuesta horrores alcanzarlo.
¿No ves que no tienen carne
y la carne es ingrediente indispensable
en el crimen atroz de la inocencia?
 

67

Aquí, a mi lado,
tan extranjera en el vacío
que disuelves como un milagro
de piel cálida.
Deberíamos compartir cada noche
el proyecto de un amanecer,
en eso convinimos.
La luz ausente no nos deja
leernos los ojos,
no sabemos hasta qué punto
cada uno de los dos desea
solo desear que esa tibieza
exiliada,
a la que cualquier caricia amenaza
con erigir en estallido,
nos desee,
o desee desearnos,
o desea que la deseemos.
Se supone que somos compañeros,
pero ahora nos sentimos
pura maldición encarnada.
Incómoda verdad de la noche,
entre dos
que lo más seguro es que se amen.
Parece mentira.

68

La espalda hermosa de una mujer amada
diluyéndose en el horizonte en fuga
de la noche en la ciudad.
Las luces amarillas
bañan su paso decidido.
Un taxi se detiene
como el carro de fuego del profeta.
Y la eternidad de una ausencia,
evidente, ante los ojos,
sucede inevitable
como en una pantalla antigua,
de esas que no admiten sobornos.
El pecho explotando
y las lágrimas,
corteses, esperando
a brotar tras la bajada de bandera.
Los puentes del río falso,
las ráfagas aisladas
del tráfico distante,
vehículos tan solos como el propio corazón.
Y el deseo, tan familiar, de que el presente,
hijo de puta,
se disuelva una vez más
en la nada del sosiego.
La sabiduría es la certeza
de una mujer huyendo. Esa escena
condensa como ninguna
la esencia coagulada del existir.
Una escena muriendo impostora,
como un final genuino,
sólo porque no encontramos la manera
de encajarla en una alucinación.



69

Las lágrimas son una conquista evolutiva.
La impotencia, metáfora preciosa,
se hace de humo y rescoldos de candor.
Es lluvia.
Unos ojos que lloran son belleza.
Hacen lúcido a un ser
que, de otra forma, sólo sería humano.
Ponen a la razón en su sitio. Y su sitio
es la esperanza. Y la esperanza,
una escena. Y la escena,
un axioma. Y el axioma,
una mentira. Y así,
lo real aparece tras la lluvia.
Llueve.
Y tras el muro acristalado de la lluvia
estoy yo mirando.
Lo que veo sucede simplemente.
Sucede a una causa embaucadora
que se ocultaba en el segundo antes del llanto.
Por eso, a la invasión de lo real en la conciencia
se la llama desengaño.
Es un estado de excepción que nos recuerda
que aún no estamos muertos.
Que aún nos queda tiempo.


70

El amor tiene el tacto oscuro y fragante
de la venganza.
Amar con furia es el gozo
último que nos queda
tras rebelarnos contra los dioses
y sus pueblos miserables,
el precario refugio orgulloso
de los ángeles blasfemos
en que la verdad nos convirtió.
Cuando amamos, sabemos
que el destino funesto
nos ha lanzado su sonrisa inexplicable,
y la carne,
que a duras penas redimimos,
merece por una vez su galardón de patria opaca.
El amor tiene el tacto sanguíneo, escandaloso, voraz,
de la venganza.