viernes, 27 de junio de 2014

Flores sin nombre, XIII. De los fantasmas.

XIII. DE LOS FANTASMAS


40

Ella nos invitaba a cenar
a la acogedora escena de su fantasma.
Estancia impoluta,
con cuadros bien enmarcados
y viandas de sabor
irrefutablemente rural.
Después, con el café, nos obsequiaba
con unas ráfagas de llanto.
No entendía que no la amáramos
con la dedicación que ella lo hacía.
Y es que algunos tenemos, qué desgracias,
fantasmas más incómodos.
No son aptos para recibir a las visitas.
 

41

La mirada perpleja del amor
dejando pesar su ternura entre mis brazos.
Tengo que agradecer a la vida
haber conocido en vosotros un amor nuevo.
Y que vuestras madres odiaran a vuestros padres
en la lógica benevolente que precede al olvido.
Y que yo fuera, al menos un tiempo,
la encarnación para vosotros de un enigma.
Y que, en vuestras noche de terror,
el amor alcanzara un horizonte
hacia el que nunca habría mirado.
Y que vuestra sed señalara para siempre el corazón,
yaciendo con mi nombre en el mar
de vuestros ojos en penumbra.
Y que vuestro infierno de negrura fuera,
al menos un tiempo,
mi paraíso.


42

Hay una pregunta, un gran enigma,
que daría con el secreto de mi vida
y que no soy capaz de resolver.
¿De qué ignaro fantasma
necesito el amor? Sé que no es humano, sé
que no es Dios, ni tampoco una mujer.
Sé que su amor no me falta,
porque si no mi vida sería un infierno
de aborrecimiento y pesadumbre.
Pero no tiene semblante. Sé que está,
pero no puedo adivinarlo. Sé que no vive
entre la armonía de las palabras,
ni en el oropel del éxito,
porque a veces miro hacia allí
y su ausencia, sí,
me incomoda, pero no llega a derruirme.
Algo me ama intensamente. No puedo
luchar por conservar su amor,
porque lo desconozco. Pienso
que le debo este sosiego ocasional
de mi soledad y no puedo negociar
con ello su permanencia.
Y no soy tan necio como para creer
que conseguiré bastarme
únicamente con mis fuerzas.
Cualquier sospecha al respecto
de la identidad de mi etéreo amante
me alarma,
me escandaliza.