A ver, hay dos cositas para las que sé seguro que no sirvo. Por mucho que unos y otros puedan tener mi afecto y mi respeto, no tengo madera de activista sectorial a tiempo completo, pero tampoco la tengo de militante. Esto es, creo que hay que tener una mirada abierta. No he dicho holística, ni integral, ni global porque no me llega la soberbia -en este terreno, en otros puede que sí- para ello. A poco que te descuides, los tres adjetivos de la oración anterior pueden ser sinónimos de total y de total deriva totalitario.
Entonces, puedo apoyar sin reservas a los ecologistas sin necesidad de ser vegano ni decirle a la gente cómo tiene que comer o desplazarse.Hay otros condicionantes, aparte de la sanidad más o menos paranoica y de sentirse infinitamente maternal con el planeta, que influyen en cómo un sujeto decide conducir su vida. Defiendo sin dudas la igualdad de género y la mayoría de los postulados del feminismo, también, sin que ello me lleve a pensar que quien no hace de ésta la causa única de su vida es un machista terrorista y violento o una despreciable descerebrada víctima del sistema, de facto y sin matices. También creo que hacerle alguna crítica a los planteamientos feministas (en mi caso, siempre desde el punto de vista táctico y comunicativo, no desde el estratégico, político o ideológico) no implica que se deduzca de ellas que estés incurriendo en un micromachismo inconsciente porque tienes una falta de asesoramiento pedagógico. Lo que pasa es que igual que hay micromachismos hay microneoliberalismos y tampoco está de más señalarlos.
También defiendo la lengua y la cultura de mi país y su derecho a la autodeterminación, como la de los países que son hermanos del mío. Me siento muy afín, pues, con el nacionalismo catalanista y valencianista. Pero eso no me lleva a negarme a hablar en castellano ni mirar mal a quien lo hace, sino a defender a muerte a quien se exprese en catalán (en mi tierra solemos decir valenciano, pero es lo mismo) siempre que lo considere oportuno. Defenderé a muerte el catalán frente a las imposiciones del castellano, como defenderé el castellano -mucho más que los castellano-parlantes monolingües, sin duda- frente al inglés como lengua del poder.
Apoyo sin reservas todas la reivindicaciones LGTBI, desde siempre. Pero en casos como la maternidad subrogada no tengo inconveniente en manifestar mis reservas frente a algunas posturas mantenidas por algunos miembros de la parte G del colectivo. Ni pienso que los heterosexuales -hombres y mujeres- lo seamos por mala intención o por afán de colaborar con el patriarcado sistémico. Vamos, es lo que piensan muchos derechistas españoles de los que hablamos otras lenguas en el Estado Español, que lo hacemos de mala fe. Nada que ver. Son aquellos puntos en los que se articula lo íntimo con lo común y, por tanto, el juicio político sobre ellos no digo que sea impertinente, sino simplemente parcial.
Por lo tanto, tampoco creo que se pueda decir que soy un militante al uso. Desde el lado marxista, no creo que enfocar cualquier fenómeno como un efecto de la lucha de clases nos permita un entendimiento suficiente de la realidad sin tener en cuenta muchos otros factores. Los de género, los nacionales, los ecológicos, por ejemplo. Ni tampoco pienso, desde el lado anarquista, que una acción que no lleve a la desaparición del capitalismo para mañana a primera hora de la mañana ni a la abolición del Estado para la hora de la merienda, lo más tardar, sea un acto maligno de inicua colaboración con los explotadores. Vamos, que no censuraré a nadie por tomarse una caña en vez de estar todo el rato pendiente de hacer la revolución. Ello no me impide hacerme hacerme una foto con emoción junto a una estatua de Lenin en el Metro de Moscú, puño en alto. Ni emocionarme escuchando A las Barricadas o La Internacional. Me pasa a veces con La Marsellesa también, porque toda manifestación colectiva antifascista me capta el corazón de inmediato.
¿En qué me convierte esta actitud? No diría que en un progre, porque me aleja de ellos una posición innegociable de radicalidad, un cierto amor por la verdad en lo que tiene de complejo, esto es, en tanto en ella siempre hay una resistencia a dejarse atrapar por el saber. Esa resistencia que, tantas veces, el militante y el activista intentan ahogar con la impostación de la pulsión de muerte en forma extremismo e intolerancia profética y mesiánica (lo que tiene un relevante componente de coñazo) y el progre, con su afecto por la levedad (lo light) y la simpleza ignorante, en un semblante de fatua felicidad y de estar encantado de haberse conocido.
Así que probablemente sólo se me pueda definir como un simple tipo de izquierdas del montón. El problema es que a veces el montón, la multitud, no parece tal, porque a diferencia de la masa, el no ir de uniforme la hace menos visible. De todos modos, no está mal ser un izquierdista del montón. Si la hay un futuro para la humanidad, pasará por nuestras muchísimas manos. En forma de una radicalización de la democracia. Ya veréis.
La foto es mala, porque es mía. Pero la traigo porque el concepto de la escultura, en una fachada de Moscú, cerca del Bolshoi, me seduce. Un martillo y una hoz que no están entrelazados, pero que sirven de apoyo para un bello pensador. No habrá futuro si no somos capaces de admitir, que por mucha y sólida que sea nuestra base, el símbolo de nuestra unión, su andamiaje discursivo, necesitará siempre ser pensado. Que la unión de los oprimidos no es sin pensamiento, que la conciencia por sí sola no es suficiente y que esa unidad no goza de garantía ontológica alguna. La materialidad del símbolo la sostiene al sujeto. Esa es su verdad. La obligación del sujeto es pensarlo siempre. Es es la verdad del sujeto.Todavía es más emblemática la imagen en su contexto: la fachada de un centro comercial. Post-fordismo creativo en estado puro. La multitud se significa, pero a diferencia de los uniformados no prot-agoniza.
Aquí, el contexto: https://goo.gl/maps/QLWc3tSJV2z
Intentos de comprender el mundo con la esperanza de intuir algunas estrategias que puedan transformarlo.
Mostrando entradas con la etiqueta Democracia Radical. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Democracia Radical. Mostrar todas las entradas
sábado, 9 de septiembre de 2017
sábado, 20 de mayo de 2017
Sí se puede aunque no esté claro: sobre el 15M y su supuesta derrota
“Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”. Jean-Paul Sartre.
El año pasado aún hubo algunas, pero este año no he visto conmemoración alguna del 15M. Parece que la trama –del bus, a la moción de censura–
la está copando toda y no queda atención para más. Yo, que jamás he
considerado que el optimismo fuera precisamente uno de mis defectos, al
poner algún comentario al respecto en las redes sociales me he
encontrado con desoladas invectivas como respuesta. Aquello fue un
engaño y un fracaso, dicen algunos que se lo creyeron en su momento,
mientras que estalinistas (paleo-marxistas, sí se prefiere),
socialdemócratas del aparato (sociatas me vale también) y algunos
activistas que provienen de la parte más tosca e integrista del
anarco-individualismo se hinchaban como pavos reales, presumiendo de
aquello que ya postularon entonces, a saber, que el 15M estuvo promovido
pcor la CIA para desarticular a la peligrosísima y eficacísima vetusta
izquierda de los 30 años anteriores.
Evidentemente, el neoliberalismo ha inoculado su virus a la izquierda y el síntoma más evidente es que se haya caído en la trampa de confundir eficacia con éxito, ocultando que qué es y qué no éxito lo deciden patrones impuestos por las élites. El caso es que la famosa “hipótesis Podemos”, la supuesta vacuna populista que vendría a curarnos de los achaques de la vieja izquierda, empezó desde casi el primer día a mostrar los síntomas más extremos de la patología: la política es éxito, hay que aprovechar la ventana de oportunidad, hay que ganar las elecciones con una potente máquina de guerra pergeñada en tiempo récord, y curar a la izquierda identitaria de su adicción a perder… Buena parte del desencanto actual, pues, es consecuencia directa de esta maniobra del populismo caído, como el resto de las opciones políticas, en las garras de la posverdad, porque a partir de que Podemos aspiró exclusivamente a constituirse en una operación de triunfo relámpago, el resultado de todo el proceso parece haber sido un reforzamiento del PP.
Fue la multitud la que decidió tomar la plaza y la pantalla. Qué sea la multitud aún no lo sabemos. Que haya que hablar con conceptos claros, distintos y acabados es un dogma como cualquier otro. Y la multitud está, sin cesar, haciéndose. Sin embargo, la creencia más generalizada es que la sociedad es un ente objetivo y disponible, establemente previo a los discursos que se emiten sobre ella. Ahora bien, si observamos con una mirada más atenta se nos muestra fehacientemente que no es así. A la masa social se la emplaza desde lugares muy distintos y es al emplazarla cuando se le da forma concreta y material: no es lo mismo dirigirse a un auditorio
como pueblo, como opinión pública, como audiencia, como electorado o como comunidad de potenciales compradores de tu producto (target),
aunque sostengamos que “empíricamente” las personas, los cuerpos
humanos en los que se encarnan esos modelos de receptor, son los mismos.
Visto así, la opinión pública occidental ha sido modelizada como juez pasivo y ésa ha sido la forma de tenernos controlados como sociedad, de emplazar a la democracia para impedir las urgencias:
juzgamos a unos profesionales, que actúan. Nosotros sólo miramos. Y
luego consumimos o votamos, según a qué profesionales hayamos estado
mirando cada vez. Podemos nació desde el error de que el pueblo podía construirse
utilizando exclusivamente los medios de comunicación del establishment,
esto es, disputando el marco, haciendo pueblo a partir de una sociedad
objetivamente estable –de ahí, el dogma de la transversalidad–
de la que el núcleo promotor iba a constituirse como sujeto
trascendental incontaminado por su objeto. Pero las cosas son algo
distintas. Dale una narrativa a un pueblo y le servirá para ponerse en
movimiento. Dásela a la opinión pública y la adormecerás aún más.
Vivimos, al fin, en la época de las narrativas de consumo: los
videojuegos o las series de televisión están viviendo una época dorada. Y
por mucho potencial transgresivo o subversivo que tengan un videojuego o
una serie –que algunas, vaya si lo tienen-, si el espectador adopta la
posición del espectador pasivo (audiencia) su capacidad simbólica y
pragmática resulta desactivada.
Desde este nuevo punto de vista que
hemos propuesto, el proceso de desencanto se puede explicar diciendo que
lo que sucede es que los críticos del 15M adoptan una posición
clientelar. No ya de opinión pública, sino de audiencia de Talent Show:
míralos que mal lo hacen, parecen decir. Igual ha sido una mala suerte
que la efemérides haya caído dos días después de Eurovisión. Pero la
verdad es que jamás ha conseguido ya después el PP gobernar con la
tranquilidad, soberbia y prepotencia de las épocas de Aznar, Zaplana,
Camps y Rita. Y que el Psoe, acorralado, se ha visto obligado a sacar
del sótano sórdido de Ferraz su particular retrato de Dorian Grey,
llamado Susana Díaz. No me parece
poca victoria. El 15M ha servido para
romper con el totalitarismo pasivo de la opinión pública. No tanto para empoderar,
como para redimir de la resignación. El empoderamiento es una categoría
nacida de la episteme neoliberal y, por lo tanto, necesita de la
evidencia, del reconocimiento público y del éxito visible en el
enfrentamiento. Liberarse de la resignación, muy al contrario, es una
alegría que busca el calor de lo común y de lo colectivo, no la
publicidad. Pues bien, me alegra mucho saber que puedo luchar no siendo
bien visto por la opinión pública mayoritaria, porque mi marco
epistémico y campo de operaciones la excede. Puedo ser minoría sin
resignación. Eso no es un éxito homologable por los baremos
cuantitativistas del sistema. Pero es una victoria sin precedentes ni
paliativos. No hemos ganado la lucha, sólo la hemos hecho posible. Nada
menos. Podemos pensarnos sin la mediación ni el refrendo del espejo
público. Por mucha influencia que los Media sigan teniendo, ya no tienen
el control total. Podemos ser otros que los que dicen que somos o que
debemos ser. Podemos ser sujetos de la enunciación y no sólo objetos del
cálculo, como demuestran los grandes fracasos demoscópicos de los
últimos tiempos, siendo que los manufactureros de estadísticas llevaban
decenios acostumbrados a operar sobre una balsa de aceite. Hacer creer
que eso no es ya en sí un logro porque aún no se ha conquistado la
mayoría es ver la cuestión de una forma muy mezquina. Conquistar la
mayoría es fácil si trabajas a favor del sistema. Te lo pueden contar
los biógrafos de Steve Jobs, Bill Gates, Macri o Macron. Es una pena que
haya quien se ha empeñado en hacer creer que el 15M no era nada si
ellos no ganaban unas elecciones. El pospopulismo del Podemos
intervistalegrino supuso el intento de devolver el movimiento a la
ontología del éxito y el neopositivismo. El domingo pasado estuve en la
II Assemblea Ciutadana del Podemos valenciano y vi gente que no necesita
de las urnas ni de las estadísticas ni de la bendición de los
periódicos del régimen, ni de las cúpulas encumbradas para seguir
bregando. Nada que ver con los rostros televisivos del que algunos aún
llaman comando mediático. Sin el 15M nada de eso hubiera sido posible.
Evidentemente, el neoliberalismo ha inoculado su virus a la izquierda y el síntoma más evidente es que se haya caído en la trampa de confundir eficacia con éxito, ocultando que qué es y qué no éxito lo deciden patrones impuestos por las élites. El caso es que la famosa “hipótesis Podemos”, la supuesta vacuna populista que vendría a curarnos de los achaques de la vieja izquierda, empezó desde casi el primer día a mostrar los síntomas más extremos de la patología: la política es éxito, hay que aprovechar la ventana de oportunidad, hay que ganar las elecciones con una potente máquina de guerra pergeñada en tiempo récord, y curar a la izquierda identitaria de su adicción a perder… Buena parte del desencanto actual, pues, es consecuencia directa de esta maniobra del populismo caído, como el resto de las opciones políticas, en las garras de la posverdad, porque a partir de que Podemos aspiró exclusivamente a constituirse en una operación de triunfo relámpago, el resultado de todo el proceso parece haber sido un reforzamiento del PP.
¿De verdad entonces el 15M no ha servido para nada? Lo que sucede es que
es imposible entender el alcance del 15M desde las categorías de la
ciencia política y del márketing neoliberal basadas en a ontología de la
causalidad y éxito, compartida por estalinistas, algunos activistas y
todos los neoliberales. Contraataquemos, pues, con una aserción
taxativa: El 15M fue una victoria de la multitud contra la opinión pública.
El no tener líderes (esto es, rostros hipervisibles) del 15M no era una
tara, como intentó hacer creer el ya tan descompuesto –aunque otrora
pétreo- clan de Somosaguas, era su gesto más radical y subversivo.
Fue la multitud la que decidió tomar la plaza y la pantalla. Qué sea la multitud aún no lo sabemos. Que haya que hablar con conceptos claros, distintos y acabados es un dogma como cualquier otro. Y la multitud está, sin cesar, haciéndose. Sin embargo, la creencia más generalizada es que la sociedad es un ente objetivo y disponible, establemente previo a los discursos que se emiten sobre ella. Ahora bien, si observamos con una mirada más atenta se nos muestra fehacientemente que no es así. A la masa social se la emplaza desde lugares muy distintos y es al emplazarla cuando se le da forma concreta y material: no es lo mismo dirigirse a un auditorio
como pueblo, como opinión pública, como audiencia, como electorado o como comunidad de potenciales compradores de tu producto (target),
aunque sostengamos que “empíricamente” las personas, los cuerpos
humanos en los que se encarnan esos modelos de receptor, son los mismos.
Visto así, la opinión pública occidental ha sido modelizada como juez pasivo y ésa ha sido la forma de tenernos controlados como sociedad, de emplazar a la democracia para impedir las urgencias:
juzgamos a unos profesionales, que actúan. Nosotros sólo miramos. Y
luego consumimos o votamos, según a qué profesionales hayamos estado
mirando cada vez. Podemos nació desde el error de que el pueblo podía construirse
utilizando exclusivamente los medios de comunicación del establishment,
esto es, disputando el marco, haciendo pueblo a partir de una sociedad
objetivamente estable –de ahí, el dogma de la transversalidad–
de la que el núcleo promotor iba a constituirse como sujeto
trascendental incontaminado por su objeto. Pero las cosas son algo
distintas. Dale una narrativa a un pueblo y le servirá para ponerse en
movimiento. Dásela a la opinión pública y la adormecerás aún más.
Vivimos, al fin, en la época de las narrativas de consumo: los
videojuegos o las series de televisión están viviendo una época dorada. Y
por mucho potencial transgresivo o subversivo que tengan un videojuego o
una serie –que algunas, vaya si lo tienen-, si el espectador adopta la
posición del espectador pasivo (audiencia) su capacidad simbólica y
pragmática resulta desactivada.
Cierto que el 15M estaba lleno de
ingenuas demandas ciudadanistas y de buena conciencia, lo cual hacía
escandalizarse a los marxistas más dogmáticos. Un sintagma como
“Democracia Real Ya” probablemente sea el mejor ejemplo de una demanda
que da por posible algo sin plantearse la posibilidad de cada uno de sus
términos. No hace falta pararse a pensar qué significa “democracia”, ni
“real”, ni “ya”. Pero lo que sucede es que el pueblo no es
auto-transparente, no tiene un saber inmediato sobre sí, sino que ese
saber se aliena, precisamente, en la esfera pública. A diferencia de las
agencias de inteligencia y de las tramas corruptas, el pueblo no tiene
secretos. Es todo él un íntegro enigma. El enigma de lo común, que aún
no existe. El auto-emprendimiento (en lo privado) y la obsesión
institucional y electoral (en lo público) tienen como fin primordial que
los y las singulares jamás desvíen su atención hacia lo común. Sería
muy peligroso para las élites porque socavaría la impostora centralidad
del vínculo de explotación como paradigma de todas las relaciones
humanas y de la mercancía como única forma del bien, que es núcleo mismo
de la ontología capitalista. Así, parece que el único destino de la
multitud es constituirse en pueblo -y el pueblo en un partido-, si quiere tener derecho a desear….
Igual la cosa es un poco más complicada…
El gran error del populismo como instrumento de la radicalización
democrática, pensamos, es haberse olvidado de la multitud en su obsesión
por reducir lo político a la representación instituyente. La multitud
es un resto: lo que no cabe en el electorado, en la opinión pública, en
las masas, en el griterío de la turba, en los protocolos de la sociedad
civil o en la impostada unidad del pueblo. Es lo que no se puede
domesticar de los oprimidos. Una democracia multitudinaria es la única
alternativa política que podría resistirse a caer en las garras del
neoliberalismo más cínico y sangriento. El populismo debería asumir la
obscuridad de la multitud como uno de sus valores más vivificantes.
Podemos quiso convertir una película de Eisenstein en un film de John
Ford. Con mi máximo respeto para ambos, claro está. Y al final la
impresión general es que nadie -ni un tirador público, ni un tirador
oculto, ni un tirador solitario tampoco- mató a Liberty
Valance, que campa por sus respetos más vivo que nunca aunque muchos de
sus amigos sí estén pisando la cárcel.
poca victoria. El 15M ha servido para
romper con el totalitarismo pasivo de la opinión pública. No tanto para empoderar,
como para redimir de la resignación. El empoderamiento es una categoría
nacida de la episteme neoliberal y, por lo tanto, necesita de la
evidencia, del reconocimiento público y del éxito visible en el
enfrentamiento. Liberarse de la resignación, muy al contrario, es una
alegría que busca el calor de lo común y de lo colectivo, no la
publicidad. Pues bien, me alegra mucho saber que puedo luchar no siendo
bien visto por la opinión pública mayoritaria, porque mi marco
epistémico y campo de operaciones la excede. Puedo ser minoría sin
resignación. Eso no es un éxito homologable por los baremos
cuantitativistas del sistema. Pero es una victoria sin precedentes ni
paliativos. No hemos ganado la lucha, sólo la hemos hecho posible. Nada
menos. Podemos pensarnos sin la mediación ni el refrendo del espejo
público. Por mucha influencia que los Media sigan teniendo, ya no tienen
el control total. Podemos ser otros que los que dicen que somos o que
debemos ser. Podemos ser sujetos de la enunciación y no sólo objetos del
cálculo, como demuestran los grandes fracasos demoscópicos de los
últimos tiempos, siendo que los manufactureros de estadísticas llevaban
decenios acostumbrados a operar sobre una balsa de aceite. Hacer creer
que eso no es ya en sí un logro porque aún no se ha conquistado la
mayoría es ver la cuestión de una forma muy mezquina. Conquistar la
mayoría es fácil si trabajas a favor del sistema. Te lo pueden contar
los biógrafos de Steve Jobs, Bill Gates, Macri o Macron. Es una pena que
haya quien se ha empeñado en hacer creer que el 15M no era nada si
ellos no ganaban unas elecciones. El pospopulismo del Podemos
intervistalegrino supuso el intento de devolver el movimiento a la
ontología del éxito y el neopositivismo. El domingo pasado estuve en la
II Assemblea Ciutadana del Podemos valenciano y vi gente que no necesita
de las urnas ni de las estadísticas ni de la bendición de los
periódicos del régimen, ni de las cúpulas encumbradas para seguir
bregando. Nada que ver con los rostros televisivos del que algunos aún
llaman comando mediático. Sin el 15M nada de eso hubiera sido posible.
Me quedo con una reflexión: el 15M aún no ha sucedido. Aún hay que hacer que suceda. Es curioso que mientras muchas lenguas de nuestro entorno hayan utilizado la etimología latina succedere
para designar el triunfo, en castellano o catalán esta raíz se use para
nombrar el acontecer. Y sin embargo, ambas lenguas utilicen “éxit(o)”
que implica claramente el matiz de “salir”. Efectivamente, el 15M salió. Yo me quedo sin dudarlo con el 15M, al que le habrán podido quitar muchas cosas, pero no el ser un momento multitudinario. La filosofía política posfundacional ha tenido que teorizar el acontecimiento,
que animar al sobresalto, precisamente porque las revoluciones
fracasadas del siglo pasado eliminaron del calendario utópico la idea de
la transformación como resultado un único acto afortunado. Lo revolucionario
dejó de ser un simple hecho histórico para convertirse en un trasfondo
ético y en un horizonte político. Si la revolución era la toma del poder
por una clase o un pueblo, el acontecimiento no puede ser sino
un momento de la multitud. Y el 15 de mayo de 2011, ante la inminencia
de una victoria extrema de la derecha, para allá se fue la multitud
postfordista buscándose a sí misma en su performance virtuosa,
mientras se miraban en los bolsillos a ver si llevaban su carné de
socios civiles, en tanto que la opinión pública, -que, por definición,
nunca sale (ni de casa, ni en la tele)- los miraba atónita desde su
mullida poltrona, sentando caderas como quien sienta cátedras. Luego
vinieron las masas a ocupar las calles con sus mareas, rodeos y
primaveras. Y en 2014, saltando desde los ojos atónitos de la opinión
pública aposentada ante el televisor vino el líder y, con él, el núcleo
irradiador. El pueblo, ese nuevo pueblo que nos prometió cual maná el
núcleo irradiador, aún no está. No sabemos si se le espera porque hasta
hace bien poco andaba perdido entre apaños electorales y vericuetos
transversales.
Decía Walter Benjamin en sus Tesis de Filosofía de la Historia:
El historicismo se contenta con establecer un nexo causal de diversos momentos históricos. Pero ningún hecho es ya histórico por ser causa. Llegará a serlo póstumamente a través de datos que muy bien pueden estar separados de él por milenios. El historiador que parta de ello, dejará de desgranar la sucesión de datos como un rosario entre sus dedos. (…) Articular históricamente lo pasado no significa conocerlo «tal y como verdaderamente ha sido». Significa adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro. Al materialismo histórico le incumbe fijar una imagen del pasado tal y como se le presenta de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante. En toda época ha de intentarse arrancar la tradición al respectivo conformismo que está a punto de subyugarla.
No soy muy amigo de las narrativas,
lo soy más bien de los relatos. Pero una gran fuente de legitimación de
la opresión han sido siempre las narrativas denigrantes sobre los
oprimidos. Por eso, los grandes avances en las luchas sectoriales de las
últimas décadas han pasado por hacer valer el concepto de orgullo: ni
raza inferior, ni sexo débil subalterno, ni enfermos o degenerados.
Orgullosxs de la negritud, la feminidad o la homosexualidad. No caigamos
en regalarle al enemigo neoliberal y dogmático lo que ha sido el
acontecimiento popular más estimulante de los últimos cuarenta años,
porque no ha conseguido el éxito según los parámetros del enemigo, que
precisamente vino a cuestionar. El 15M no ha sido un fracaso. Es ya para
siempre un aún no. La muerte de la resignación y el
conformismo con la servidumbre. Y la constatación definitiva de que en
el ámbito neoliberal, todas las élites son iguales y por igual temerosas
de la democracia.
Sin duda, sí se puede. El problema, que ello nunca nos va a parecer claro.
Hagámonos ya a la idea de que lo obvio nunca podrá ser reducido a la
fatua simpleza de lo evidente. La multitud tiene un poder real pero que no se aviene fácilmente al show.
La toxina paralizante de la claridad está empezando a ceder y los que
pretendían narcotizar a los que faltaban haciéndoles recuperar la
ilusión ya se han llevado algo de su merecido. Las cosas no están tan
mal. Seguimos sufriendo. Mucha gente, mucho. Pero no ha habido derrota
alguna. Sólo que el camino es más largo y más oscuro que lo que los
magos de la chistera y algoritmo vacío hicieron creer. Deja que lo haga
yo que de esto sé mucho, decían. Quedarán para siempre como nuestros
“hermanos en la ley”, de principios del siglo XXI. Es lo que tiene
confundir la fraternidad con el cuñadismo. Los entusiasmos son
imprescindibles en política. Las ilusiones son un peligroso cáncer. Es
la diferencia entre creer en lo que haces y creer en lo que te quieran
contar.
domingo, 10 de mayo de 2015
Lo que queda de Podemos.... (Apuntes sobre el Populismo, 31)
Comentarios hechos en las redes sociales entre el 6 y el 10 de mayo de 2015...
- Examen de Teoría Política para los nuevos tiempos.
1. Relacióneme los conceptos de Hegemonía, tiempo homogéneo y vacío y fase instituyente, con especial atención al imperativo de acallamiento hegemónico de la diversidad multitudinaria en dicha fase.
2. Responda a esta pregunta de forma clara y concisa: Si no creemos en las clases como sustrato ontológico del proceso político ¿quién puede arrogarse el derecho de declarar que ha comenzado una fase instituyente y que por tanto todas la voces deben subordinarse sólo a una?
3. El líder, la razón y la pasión: relaciones de sobredeterminación y prevalencia. (No conteste un simple ¡Te amo!, intente razonar su respuesta)
4. Tipo test ¿Es usted de izquierdas?
a. SI (Si tacha ustede esta casilla no hace falta que conteste el resto del examen, está suspendido)
b. No tengo por qué contestar a esa pregunta, pero mis papás y abuelitos sí lo eran y corrían delante de los grises y tal. (Si tacha usted esta casilla no hace falta que conteste las preguntas de desarrollo: tiene ud. notable)
c. Viva el ejército, la guardia civil, España, la clase media y la madre que la parió, hegemónicamente y realistamente hablando desde el punto de vista de la centralidad del tablero (Si tacha usted esta casilla no hace falta que conteste las preguntas de desarrollo: tiene ud. sobresaliente).
d. Soy de derechas pero buena persona, porque no he ido a la cárcel ni nada (Va, hombre, aprobao)
e. Estoy dudando entre votar al PP, al Psoe o a Cs
(-¡Bedel!, lleve a este al aula 3 derecha, que su examen es allí.
-Es que está petada y allí no cabe nadie más)
f. Sí, soy de izquierdas, porque estoy por la libertad, la justicia, la igualdad y la distribución equitativa de la riqueza. Pero estoy completamente abierto al debate y a la escucha e intento no caer en rigideces, dogmatismos, fanatismos, ni fascinaciones malsanas, para crear una mayoría que propicie el cambio radical y el avance hacia el rebasamiento del capitalismo y la explotación. (Si tacha usted esta casilla, corre serio riesgo de ser expulsado del Centro (docente y del tablero))
Aclaración: Para optar a MH deberá responder a la pregunta 3 de desarrollo y marcar la opción C de la pregunta 4.
- Alguien ha dejado anónimamente en mi blog, un comentario a una entrada con la que no puedo estar más de acuerdo.
"Los palmeros se han dado a la fuga. Hasta hace dos meses cualquier comentarios crítico sobre Podemos provocaba una oleada inmediata de descalificaciones ("Casta" era lo más suave que le decían a uno), pero en esos mismos foros pasan sin protestas comentarios mucho más duros,´Los hooligans se han ido, algunos incluso a Ciudadanos, lo que da una idea clara de la solidez de sus convicciones y de la claridad de ideas; pero además los jefecillos de los consejos ciudadanos, cooptados por su acriticismo, andan ahora desesperados buscando a unos militantes que pensaron que tenían y que ahora han descubierto que se han largado o que nunca estuvieron."
Efectos secundarios cecupé. Lo he vivido durante más de un año en mis carnes como mucha gente: cada vez que hacía un mínimo comentario disintiendo de alguna actuación de la cúpula de Podemos un montón de pistoleros a sueldo venían a insultarme, a acusarme de trabajar para el enemigo, etc. Y como yo, a otros muchos compañeros. Hasta el punto de que ya últimamente les contestaba ¡Anda a votar a Albert Rivera, que es tu lugar natural!
Y ahora están tranquilitos. O han desertado o han desesperado. Lo mismo que pasaba con esos pistoleros de alma fascista que podían haber estado en Podemos como en un supuesto frente nacional a la lepeniana, va a pasar estoy seguro con muchos de los actuales miembros de la listas electorales y consejos ciudadanos, cuando vean -que lo verán- que no consiguen coger lo que ell@s consideraban el tren de su vida -en algunos casos el último, en otros el único. Desaparecerán y nadie se acordará de que estuvieron en Podemos. Mientras, los marginados, los acosados, y algunos a los que han conseguido quebrar su humana resitencia, aquí seguimos de momento. Porque nos interesaba el bien común y no trepar, destacar, decirle uno a su papá o a su tía, mira ahora empiezo una carrera política. Ayer me entró en facebook uno de esos, que es el pobre diablo más pobre diablo que he conocido en Podemos, y ya harto lo bloqueé. Un mamporrero muy tosco y paleto, que hace unos meses iba paseándose por la prensa como una de las grandes promesas del Círculo Ciutat de València y que el pobre, al que han usado para las labores más indignas -desde usar perfiles falsos para insultar a la gente hasta, según se sospecha, hackear cuentas de miembros de los círculos que no se consideraban fieles (de esto tengo alguna constatación, pero ninguna prueba)- y que de todos sus amiguitos ("amo a Laura" los llamaban fuera del clan) el pobre, que yo sepa, es el único que no ha conseguido colocarse en ningún consejo ciudadano ni en ninguna lista electoral. En fin, valga por alguna de sus amig@s del alma que acaparan varios.
Luego veo a algunos intelectuales orgánicos -la dimisión de Monedero, dando a entender que había descubierto el solito el Mediterráneo del que tantas voces llevábamos tiempo avisando, es un síntoma claro- que presintiendo la debacle están empezando a hacer guiños a los críticos, porque saben que la gente honrada es la que va a acabar heredando (lo que dejen) de Podemos.
En fin, ¿qué gente había entrado en Podemos? Gente de los barrios, de las escuelas, hospitales, tiendas, fábricas, universidades. Unos pensando honestamente que estaban dando lugar a una forma popular nueva, que estaban luchando por una radicalización de la democracia.
Otros, pensando que, al fin, algo de adrenalina iba alimentar sus pobres vidas, y haciendo, vinieran de la extracción social y profesional que vinieran, el hooligan para defender con terror la única posibilidad de salir de sus tristes vidas de precariado o cognitariado. De repente, algunos le podían contar a sus papás que al fin iban a ser algo en la vida. Otros, daban cursos y conferencias sobre politólogos abstrusos que de repente se llenaban de gente. Otros en fin, saliendo por la tele para que los vieran los parientes.
Pero el futuro de los trepas no está en Podemos, hombre. Está en Ciudadanos. Los de baja extracción social o, en general, de pocos posibles, llamarán a la puerta y quedarán con un palmo de narices. Porque los que van a copar los puestos en Cs son esos muchachotes y muchachotas de buena familia, con másteres carísimos, que todos tenían ya la costumbre de tener algún matón de la ultraderecha en su pandilla, que se emborrachaba, les decía guarradas a las chicas, y se hacía fotos mano en alto con la bandera del águila. En fin, mal futuro les veo a los hooligans de extracción popular, que nunca tuvieron convicción pero que alguien les prometió que iban a ganar y ellos lo interpretaron como que iban a ser algo en la vida. Sus luces no les dan para muchas distinciones.
Y, nada, de momento por aqui quedaremos los que aceptamos que la militancia emancipatoria en el siglo XXI iba a ser una cosa incómoda, menos hecha de euforia y adrenalina, que de alegría, recononocimiento y entusiasmo. No soy adivino, claro. Pero esa sigue siendo mi apuesta. No es mala señal en absoluto que los hoolligans estén calladitos. (Sólo falta que yo haya dicho esto para que ahora, de repente, aparezca algún despistao que siga echándole la culpa de todos los males a los críticos y no a las metidas de pata de la cúpula y del comando mediático y me llame de todo :D ). - Todavía no he oído una sola disculpa, ni desautorización -si la hay, sacadme de mi error- por parte del Psoe por los energúmenos de sus diputados andaluces que insultaron y despreciaron con un machismo infame, de auténticas bestias, a Teresa Rodríguez en su intervención en la sesión de investidura del otro día. Bien que saliimos todos a defender a Elena Valenciano cuando Cañete se faltó con ella en la campaña de las Europeas, de una forma deleznable, pero hay que reconocer que menos grave que un "cállate bonita", un "vete a tu casa" o un "no tienes ni puta idea" a una diputada en el ejercicio de sus funciones. Bien que les hicimos hace un año la campaña entre todos, porque ellos no hicieron otra cosa ¿Dónde estás Susana? ¿Antes casta que mujer?
- No se trata tanto de cuestionar la hegemonía como de cuestionar la
legitimidad de monopolizarla para acabar con la autonomía de la multiud
como origen de todo el proceso emancipador. Vamos que no se trata
cuestionar la hegemonía, sino de cuestionar las formas de liderarla y
acapararla y, muy posiblemente estrangularla. Nadie cuestiona el proceso
hegemónico como estructura. Ahora, su gestión, a veces,
deja mucho, mucho que desear.... Decir que se está descalificando la
teoría de la hegemonía porque se critica el uso que desde la cúpula de
Podemos se hace de ella como discurso legitimador, es como acusar de
antimarxista a alguien porque se meta con Kim Jong-Un.
Es una pena, pero se está haciendo una aplicación de la hegemonía, que a base de retrotraerla a la época de Maquiavelo, está desembocando en que todo el proceso democrático consista en intentar elegir una amo menos cruel y no es fortalecer al pueblo, al común, a la multitud para debilitar irreversiblemente la posición del amo. Que no nos creamos ya la posibilidad de una sociedad absolutamente reconciliada no implica creer que hay una esencia intransformable del Estado . Si Gramsci levantara la cabeza y viera cómo se está utilzando su idea de Estado Integral, igual montaba en cólera. Aprender de Juego de Tronos, tira que te va. Gozar y babear con ello, mejor no.
- "El problema es que dejamos votar a la gente. Si los hubiera elegido yo, habría más mujeres" ¿Son palabras de un macho alfa o no son palabras de un macho alfa? Eligiendo harén, concretamente. Mucho más digna sea cual sea, la posición de una mujer -y la de un hombre, por supuesto- en una lista votada democráticamente, que elegida por el padre de la horda para formar parte de su corte. Y, además, como si el 90% de las listas plancha triunfadoras no las hubiera elegido él personalmente. Mucho Juego de Tronos llevamos visto.
- A ver. Algunos seremos críticos, con la cúpula, con la verticalidad y con el aparato. Pero gente de o cercana a Podemos de todos los pelajes estamos dejándonos la piel desenmascarando a Ciudadanos por todos los medios. Yo puse mi granito de arena en público en un artículo el otro día. Pero todo el mundo está haciendo vídeos, hablando con su familia y amigos para marcar clara la distancia. Para que la gente no crea que son en ningún punto equiparables, que obedecen a lógicas políticas totalmente distintas... ¿Para que ahora el comando mediático meta la pata, presa del miedo escénico -cagaos, vaya- y le vaya tendiendo la mano en Twitter? Y el colmo, que el Secretario General se avenga a comparecer en un programa como Chéster, por separado pero dando la impresión de que son dos productos de la misma gama que comparten escaparate, con Albert Rivera al grito de busque, compare, etc.? Señores, literalmente, esto no se hace. Bajo ningún concepto. Un poquito de dignidad y de respeto a la gente. Ha sido de una torpeza comunicativa inaudita. ¡Qué curiosa mezcla de soberbia, fanatismo y miedo!
- Al desastre. Por ese camino, al desastre. No quiero aprender lecciones de nadie del pasado. De su experiencia y sabiduría, mucho. Pero nada de lecciones. Queremos algo nuevo. Nada contra los intelectuales, mucho contra los empollones que pretenden aplicar un manual. Hemos de subjetivar la experiencia de los siglos, no repetir consignas huecas de pseudo-expertos. Si ganas al sistema porque te acoplas al sistema puedes ser un gurú tecnológico, un líder popular radical, no. Yo no quiero votar a un Steve Jobs. Y menos a un Bill Gates. Yo quiero cambiar las cosas, no optimizarlas. (Referido a una declaraciones de Pablo Iglesias donde decía que su modelo eran los países escandinavos y no Venezuela...)
- "EN LAS CAMPAÑAS ELECTORALES NO SE DISPUTA HEGEMONÍA. LAS CAMPAÑAS ELECTORALES SON UNA EXPRESIÓN DE HEGEMONÍA" (Antón Dobao dixit)
Magnífica conclusión para mi texto: "Cambiar de jerga no es cambiar de discurso: sobre el intento de colonizar el campo crítico por parte de la cúpula de Podemos. " http://lasuficienciadeloobvio.blogspot.com.es/ 2015/05/ cambiar-de-jerga-no-es-cambiar-de.html
- Yo creo que no puede haber un valenciano bien nacido que no se alegre de que un miserable como Rus -u otro como Rato- acabe como está acabando. Pero sólo pensar cuánto más miseables son los que lo han vendido, verdaderamente aterra. El PP está sacando matones a la calle y los ministros y prebostes están portándose como pistoleros falangistas. Ojo. (Esto es del 2 de mayo)
![]() |
| https://www.facebook.com/basespodemos |
viernes, 8 de mayo de 2015
(Lacan ◊ : ? Laclau), 1
- La defensa del Populismo puede derivarse de los planteamientos de Hegemonía y Estrategia Socialista pero en ningún caso se deducen de ellos como una necesidad lógica.
- Veo muy difícil la conciliación de ciertos supuestos del populismo con el psicoanálisis. Por supuesto, estoy a la espera -con ansia incluso- del poder leer el libro de Nora Merlin Populismo y psicoanálisis, todavía en prensa, que estoy perfectamente abierto a que reconduzca mis objeciones.
- Carl Schmitt es absolutamente incompatible con Lacan y con Freud. Al menos, yo no atisbo de momento la manera. Esta incompatibilidad es para mí cada vez una convicción más profunda.
- El análisis "hegemónico" del discurso ha hecho olvidar la propia noción de Discurso en Lacan (y en la semiótica, y en Foucault, y en Derrida, y en Kristeva, y en Bajtin, y en Barthes...) Cierto que de vez en cuando se habla de la construcción hegemónica y se dice que allá al fondo está el Discurso del Capitalista, pero se ha privado a al matema de su enorme precisión descriptiva, teniendo en cuenta que la matemización lacaniana tuvo siempre un propósito heurístico y lógico, no algorítmico o predictivo. Es decir, político y no táctico. Es un álgebra no ecuacional, no despeja la incógnita sino que le da su justo papel de causa del discurso.
- No veo a nadie (sigo esperando a Nora) que haya hecho el trabajo de tender puentes teóricos entre el último Lacan (el de lo real, el del parlêtre, el del anudamiento de los tres órdenes como constitución de "lo que habla") con el hegemonismo teórico. Ello lleva a una teorización del uso de las pasiones y las emociones en la política que no las distingue de las pulsiones. Me parece un riesgo innecesario.
Introducción a esta serie.
Comienzo con este texto, lo que pretendo que sea una serie de exploraciones sobre el uso de Lacan por la política emancipatoria. No voy a extenderme en esta introducción, porque no tengo ni idea de a dónde me llevará esta deriva, por lo que sólo voy a apuntar una serie de hipótesis que presumo a día de hoy que pueden ser el hilo conductor de estas entradas.Les dejo, pues, con la primera de estas entregas...
(Lacan ◊ : ? Laclau), 1
“Por el contrario, el presente escenario político mundial, en especial desde el comienzo de la crisis económica en 2008, nos muestra el avance de formas de protesta social que escapan a toda obvia domesticación institucional (movimientos como el de los Indignados en España y otras movilizaciones similares en Europa; el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos; los piqueteros en Argentina; las diferentes formas de nueva protesta social en Medio Oriente y en África del Norte, etc.). Estas movilizaciones tienden a operar de un modo que rebase las capacidades de canalización de los marcos institucionales existentes. Esta es la dimensión horizontal de «autonomía": y ella corresponde exactamente a lo que en nuestros trabajos hemos denominado "lógicas de equivalencia'. Pero nuestra segunda tesis es que la dimensión horizontal de la autonomía sería incapaz, si es librada a sí misma, de lograr un cambio histórico de largo plazo, a menos que sea complementada por la dimensión vertical de la «hegemonía», es decir, por una radical transformacfón del Estado. La autonomía, librada a sí misma, conduce, más tarde o más temprano, al agotamiento y la dispersión de los movimientos de protesta” (Ernesto Laclau, Los fundamentos retóricos de la sociead)
El problema es la hipostatización ontológica de la hegemonía, en base al interés y la conveniencia calculable. Se supone que alguien "sabe" lo que la multitud quiere y está capacitado para revertir esto en una fase instituyente vertical y hegemónica que le proporcione lo que le conviene, convirtiéndolo en Demanda y traduciéndolo a un programa del que él se erige en representante y gestor exclusivo. Esto es un error grave. Porque implica no cuestionar en ningún momento la capacidad modelizadora de esos lenguajes y degradar todo el componente subversivo de la fase equivalencial en cuanto liberadora de la autonomía. De facto, implica reducir el momento histérico de la multitud al Discurso Universitario y después al Discurso del Amo. De la impronta lacaniana, del Discurso del Analista, aquí no queda ya nada. Lo interesante sería confrontar a esa multitud "virtuosa", desorganizada y vocinglera con su propio enigma y dar así paso a un momento de invención, de construcción de lo inédito. Y no es ninguna estupidez, en el sentido de que la mayoría de la gente en España entendió eso cuando comenzaron a apoyar a Pablo Iglesias. Es decir, que podrían utilizarlo (eso vendía él: ¡usadme!) como representante de su propia inteligencia colectiva. Como portavoz, literalmente, y no como usurpador de una voz en el papel de "sujeto supuesto al saber". Y lo que ha hecho Pablo Iglesias -supuestamente, según han intentado legitimarlo algunos, basándose en Lacan-, es una operación IPA: literalmente psico-adaptativa, cognitivo-conductual, y en absoluto lacaniana. Cada vez que lo voy leyendo tengo más la impresión de que no tanto Laclau como los laclauistas, y sobre todo Mouffe, han hecho una lectura psicologista y banal de Freud, como tantas. Por eso, el uso de las pasiones y las emociones, etc. Me suena de los más cognitivista, tipo inteligencia emocional, auotestima (de la que el empoderamieno ha acabado siendo una subespecie). De ahí, que me cueste mucho entender el apoyo de algunos psicoanalistas a este tipo de tesis.
Si uno ve vídeos de años anteriores de Pablo Iglesias, denostando a la izquierda y sus lenguajes, entiende rápidamente el proceso. Yo ya me di cuenta, antes de meterme más a fondo, sólo viendo sus usos comunicativos. Si luego me enganchó Podemos, es porque coincidí en la calle con gente de extracción social muy diferente que estaban empeñados en construir un común y no regalarle prebendas al líder y al grupo promotor. La gente entró en Podemos y mucha gente confió en Podemos creyendo que iban a poder pensar por fin su vida. No que le iban a regalar esa opción a otro grupo de expertos que iban a hacer un uso torticero de esa posición de "sujeto supuesto al saber". Es decir, que iban a poder constituir su deseo como enigma, que es el germen de todo saber subversivo, emancipatorio, revolucionario en el sentido de nobleza radical de esta palabra. Copio una cita de Lacan, que lo deja bastante claro:
"Rendí homenaje a Marx como inventor del síntoma. Sin embargo, este Marx es el restaurador del orden, por el solo hecho de que reinsufló en el proletariado la dimensión/la dicha-mansión [dit-mension] del sentido. Bastó con que, al proletariado, lo llamara así"
Cuanto más leo a Laclau más pienso que tuvo intuiciones magníficas y esclarecedoras. Pero que a sus acólitos les pasa como a tantos que tocan con su pensamiento lo real: que les falta coraje para construirlo como un enigma y se deciden por el sentido y por el orden. Son dos formas de tratar lo real por lo simbólico. Pero de consecuencias diametralmente opuestas. La gente no es tonta. No del todo, al menos. Al menos, no toda la gente. En buena medida, el desengaño de una gran parte de las bases y del electorado con el proyecto de Podemos viene de aquí. Lo expresen en el lenguaje que lo expresen. Pero eso ya sería materia para otro momento del pensamiento.
Copio ahora la continuación de la cita, por si algún laclau-hegemo-populista, de tantos que hay pululando la lee. Porque me parece que algunos se detuvieron en la anterior. No había más que seguir leyendo:
“Pero la hegemonía, si no es acompañada de una acción de masas al nivel de la sociedad civil, conduce a una burocratización y a una fácil colonización por parte del poder corporativo de las fuerzas del statu quo. Avanzar paralelamente en las direcciones de la autonomía y de la hegemonía es el verdadero desafío para aquellos que luchan por un futuro democrático que dé un real significado al -con frecuencia advocado- "socialismo del siglo xxi"".
Vistalegre fue una decisión de no seguir leyendo. Por eso la maniobra comenzó pidiendo silencio, coagulando, con las emociones y las pasiones, el pensamiento.
Cierro con una cita de Ricardo Piglia (Respiración Artificial), de la que algunos debieran, creo yo, tomar nota, incluyendo el pesar por la, a mi juicio, injusticia con Heidegger, que cometió un indudable errror, pero luego volvió a su asiento y siguió pensando.
“Entonces el cabo austríaco y el filósofo de Friburgo (con el Ser habitando la casa de al lado, según decía Astrada) no son otra cosa que los descendientes directos y legítimos de ese filósofo francés que se fue a Holanda y se sentó ante el fuego de la chimenea para fundar las certezas de la razón moderna. Un filósofo sentado frente al hogar, dijo Tardewski, ¿no es ésa la situación básica? (Sócrates en cambio, como usted sabe, me dijo entre paréntesis, se paseaba por las calles y las plazas) ¿No está allí condensada la tragedia del mundo moderno? Es totalmente lógico, dijo, que cuando el filósofo se levanta de su sillón, después de haberse convencido de que es el propietario exclusivo de la verdad más allá de toda duda, lo que hace es tomar uno de esos leños encendidos y dedicarse a incendiar con el fuego de su razón el mundo entero. Sucedió cuatrocientos años después pero era lógico, era una consecuencia inevitable. Si al menos se hubiera mantenido sentado. Pero usted sabe lo difícil que es mantenerse mucho tiempo sentado, dijo Tardewski y se incorporó y empezó a pasearse por el cuarto.”
A veces, cuánto ganaríamos si algunos con tanta prisa por pasar al acto siguieran sentados.
Ah, y muchas gracias y enhorabuena a quien haya llegado leyendo hasta aquí, que serán pocos. Alguien me dijo hace unos días tras leer un texto mío, que si “con este lenguaje pretendíamos llegar a las bases, apañados estamos”. Lo que pasa es que yo no pretendo llegar a las bases porque ya me siento en ellas. Esa mezcla liberal-parlamentaria (neoliberal) de la política con la pedagogía me da mucha grima: aquello del político profesional que cuando pierde unas elecciones dice que no ha sabido explicar sus políticas. Suele pasar que la gente las ha entendido sin necesidad de sus explicaciones. Se trata de entender el mundo y de entendernos entre nosotros. No de pretender que se tiene el privilegio de un conocimiento consumado y cometer la petulancia de ir a explicárselo a alguien. Las cosas están muy poco claras. Que sea así, no es bueno ni malo: es real. Lo malo sería que alguien quisiera hacer creer que sí lo están.
(No dejen de ver este vídeo. Es muy esclarecedor):
(Por supuesto, no es la primera vez que me intereso por estos temas, así que si a alguien le parece sugerente mi planteamiento, también puede ir a esta otra entrada... "¿Qué psicoanálisis para el populismo?")
viernes, 24 de octubre de 2014
¿Se puede conseguir que Podemos sea algo más que un fenómeno mediático? Sí se puede (Apuntes sobre el populismo, 8)
Sé que esta pregunta va a ser dolorosa para mucha gente. Y lo asumo, porque en cierto modo para mí también lo es. Podemos está en fase constituyente y mucha gente, llevada por un legítimo entusiasmo, ve en este proceso un “real” fenómeno político –puede que el más importante desde 1978- que va mucho más allá de lo puramente mediático. Yo me cuento entre ellos de más está decir. El caso es que el fin de semana pasado tuvo lugar el acto central de constitución de Podemos como partido, la llamada Asamblea Ciudadana. Y de ahí han salido varios borradores que son los que compiten por convertirse en el embrión de los estatutos de la nueva formación. El más conocido y divulgado es Claro que Podemos patrocinado por el propio Pablo Iglesias y sus más estrechos colaboradores (Errejón, Bescansa, Monedero…), es decir, el núcleo promotor de la idea desde las elecciones europeas. Y parece que su principal rival en el voto ciudadano va a ser Sumando Podemos, que es el producto de la confluencias de muchos documentos elaborados en los círculos, pero cuyas imágenes de apoyo más visibles son los eurodiputados Pablo Echenique, Teresa Rodríguez y Lola Sánchez.
Hay discusión y polémica, innegablemente. Creo que nadie en Podemos discute el liderazgo de Pablo Iglesias, debido a su presencia mediática y a su indiscutible tirón electoral. Pero hay dos versiones de cómo se debe ejercer ese liderazgo: de forma más protagónica e independiente, en el caso de Claro que Podemos, y de forma más colegiada y sometida al parecer de los círculos, en el caso de Sumando Podemos. No es este lugar ni es nuestro propósito analizar ambos borradores: hay quien lo ha hecho mucho mejor que nosotros lo haríamos y además animo a los lectores a que adjunten otros vínculos en sus comentarios, si lo consideran oportuno.
Mi intención aquí es examinar algunos de los argumentos de la opción avalada por Pablo Iglesias. Evidentemente, cuando el dijo el otro día que “tres secretarios generales no la ganan las elecciones a Rajoy y uno sí” estaba en recalando precisamente en la trama argumental básica de su posición. La idea táctica que subyace a la propuesta CQP es precisamente aprovechar su tirón mediático para ganar las elecciones cuanto y echar a la casta cuanto antes, y para ello lo mejor es concentrar el máximo poder en sus manos y en un equipo escogido y controlado por él. Es lo que algunos de sus ideólogos llaman leninismo mediático, y tiene por objetivo, según Íñigo Errejón, construir una “máquina de guerra electoral” de una eficacia aplastante.
Ahora bien, creo que un toque de “realismo” no vendría mal en este momento. El resultado en las Elecciones Europeas fue un indudable éxito personal de Pablo Iglesias, pero en absoluto fue una victoria, como él se encargó de recordar esa misma noche. Queda mucho camino por recorrer y en él, muy previsiblemente, Podemos se convierta en un partido decisivo para quitarle el gobierno a la derecha, pero su posición pasará o bien por hacer una combativa oposición o por colaborar en tareas de gobierno pero no en mayoría, ni siquiera relativa. Y ése será un camino muy, muy espinoso. El caso es que quien parece será con toda probabilidad el encargado de regir los destinos de la formación es alguien, sin duda, brillante pero que objetivamente, hasta ahora no ha demostrado más que un exitoso personaje televisivo que ha dado el salto al campo electoral. Como hemos dicho en muchas ocasiones, lo electoral y lo mediático en los sistemas parlamentarios capitalistas son campos homólogos y entre ellos tejen la agenda informativa desde un campo de enunciación único, la comunicación, pero normalmente se dividen férreamente el trabajo y el salto de un frente a otro tiene mucho mérito. Se trata de un cerco poderoso, pues marca el principio de realidad, lo que es creíble y esperable o no, para una sociedad y la sume en una pasividad acorde con sus objetivos de perpetuación ideológica, política y económica, dándole forma de electorado dúctil, maleable, con una ilusión de poder que desemboca y encalla en la ilusión de alternancia propia del bipartidismo. Pues bien, si penetrar ese cerco es ya de por sí difícil, imagínense la titánica tarea que ha de suponer introducirse en él con la confesada intención de disolverlo. Imaginen la cantidad de presiones, erosiones, zancadillas y tentaciones que ha de sufrir un líder político en ese proceso y el desgaste comunicativo y de imagen que le ha de suponer.
Sabemos que Pablo Iglesias es un orador brillante, pero de momento aún no le hemos visto más que cultivando dos géneros menores de la oratoria política moderna: la tertulia y el mitin. Aún no le hemos visto batirse en serio en sede parlamentaria –sus contadas intervenciones en la Eurocámara no tienen todavía ese nivel- o negociando de verdad cuando el programa no es simplemente un desiderátum popular sino que está marcado por la agenda enemiga. Es una gran promesa, y la ilusión de muchísima gente hace de él el gobernante y el líder popular ideal. Pero en realidad Pablo Iglesias, como líder político ejecutivo, aún no ha tenido la ocasión de demostrar nada. ¿Se lo imaginan negociando entre tiburones de lo que él llama la casta (banqueros, empresarios, la troika, Merkel, muchos sindicalistas apoltronados en el sistema, para qué lo vamos a negar, e incluso partidos de izquierda sistémica y nacionalistas de los que no habrá más remedio que ser socio si se quiere echar al PP…), sin más ayuda que su labia y su grupo asesor de expertos en ciencia política y filósofos? ¿A dónde va sin apoyo popular eficiente, sin más aval que unos votos, que igual que le han llegado se le pueden ir, de un electorado ilusionado (y por lo tanto fácilmente decepcionable)?
Ya lo hemos advertido hace unos días. Creer que se pueden usar impune y libremente los media para los propios fines, cuando esos fines difieren de perpetuar el status quo del poder, es realmente muy ingenuo. El capitalismo tiene en su maquinaria mediática, que hace del fetichismo mercancía, el aparato ideológico y represivo más potente que ha existido jamás. Y como dejó dicho el sociólogo Pierre Bourdieu, “la televisión oculta mostrando”. Ojalá me equivoque pero la intuición me dice que, mientras ahora todo lo que le concierne es tratado casi como un programa de producción propia en Cuatro o La Sexta, el sistema mediático español lo tiene todo previsto para neutralizar y expulsar del centro de la agenda a Pablo Iglesias en cuanto éste deje de ser un mero generador de audiencia y pase a ser un actor clave del empoderamiento popular en las instituciones, Si eso llegara a suceder, las masas le abandonarían inmediatamente seducidas por el siguiente juguete… Excepto que ellas mismas se hayan constituido como una sólida unidad popular transmediática.
Dicen los apocalípticos leninistas de salita de estar (por distinguirlos de los leninistas mediáticos integrados) que Podemos se puede convertir en un nuevo PSOE. Me temo que no. Todas las engañifas que Felipe González consiguió endilgarle al pueblo español en los 80 y parte de los 90 estaban costrosamente amparadas en un viejo imaginario noventayochista: las traiciones al programa y las promesas (liberalización, reconversión industrial, OTAN) tenían como fin que no volviéramos a perder el tren de la Historia y que Europa nos reconociera como uno de sus iguales. Colaron ante una población de un nivel cultural, y sobre todo de auto-reconocimiento y capacidad de expresarse por su cuenta, muy inferior a la de la sociedad española actual. Es esa presencia, esa conciencia de sí, la que hace que hayan salido tantos respondones al grupo promotor de Podemos, pero que sobre todo envió por la vía rápida a Zapatero a su casa cuando pretendió hacer las de Felipe González en el siglo XXI. No, Podemos no cuenta a su favor con los traumas de la España cañí, sino que nace para ser la gran arma contra ellos. No viene a vendernos el viejo sueño de la inclusión en Occidente, sino a despertarnos de esa pesadilla del capitalismo salvaje y de la troika. Su fin, si traiciona sus objetivos, es el ostracismo electoral y el olvido más cruel, no la desactivación del pueblo y el encandilamiento de la opinión pública por medio del carisma del líder, como consiguió durante trece años el felipismo.
No, no hay hoja de ruta ni experiencia en la que ampararse. Ni todos los procesos latinoamericanos, ni todas las luchas de liberación sectorial (feminismos, LGBT, antirracismo…) ni todos los movimientos sociales del Siglo XX, ni toda la ciencia política moderna, con todo su potencial emancipador desde Maquiavelo hasta Laclau, por mucho que las utilicemos como un excelente apoyo, pueden evitarnos el trabajo hercúleo de pensar por nuestra cuenta, de analizar minuciosamente cada táctica, de cada línea comunicativa, porque en la sociedad de la información táctica y comunicación son prácticamente sinónimos, como me admitiría, creo yo, cualquier especialista en comunicación política. No se trata de crear unidad popular en torno a una imagen, ni siquiera a una idea, sino de crear una voz nueva, una voz popular sólidamente anclada en la indomable inteligencia colectiva.
Yo no veo tanta claridad como otros, sino mucha ilusión, mucho deslumbramiento. Uno, significa uno visible y bastantes más detrás sujetándole, apoyándole, influyéndole desde sus intereses. Tres significa una pluralidad debatiendo y recogiendo los frutos de un diálogo inédito e inmenso. Si tienes un secretario general y una lista cerrada tienes uno o muchos lobbies revoloteando rapaces sobre ellos, pocos, definidos, identificados. Tres, con listas abiertas, implica una división de los lobbies y de los poderes fácticos, que indudablemente debilita mucho menos a la organización que a los pudieran pretender hacerla rehén de sus intereses. Es mucho más fácil, a veces inevitable, consensuar con el enemigo y olvidar la voluntad de las bases y la misión para la que un pueblo te ha elegido para uno que para tres. Tres secretarios generales significa tres frentes distintos abiertos contra la casta. Contra Uno, y la inevitable camarilla cortesana que lo rodearía, les sería mucho fácil concentrar sus esfuerzos. Poder sin sumar, sólo creo que se pueda tener el cuarto de gloria al que todo ser humano tiene derecho, según decía Andy Warhol. Sí, estoy tomando partido. Y sí, mi posición es descarnadamente estratégica, como exige un mundo en el que nada es claro ni transparente, sino lleno de mediaciones y representaciones interpuestas entre la ilusión y la acción. Sumando Podemos, seguir luchando por la victoria y no sólo por un éxito espectacular y efímero. Sumar, creo yo, es la mejor forma de proteger a ese líder y no cargar sobre sus hombros todo el peso de una claridad, que si sólo es un gancho electoral y mediático, podría ser fácilmente reversible. El otro día tuiteé esto, y estoy completamente convencido de ello: “#SumandoPodemos liberar a Pablo Iglesias de las garras que lo aprisionan.” De las futuras. Y de las ya presentes.
Este texto fue originalmente publicado como columna en VLCNoticias
domingo, 19 de octubre de 2014
#Sumandopodemosganar (Apuntes sobre el Populismo, 7)
Todos los comentarios que he ido haciendo en facebook a cuenta de la Asamblea Ciudadana "Sí Se Puede", reunidos en esta entrada. (Otros eran extractos de mis dos entradas justamente anteriores)
- Nunca se ve menos claro que cuando se está bajo los efectos tóxicos de una borrachera de presente. Ver a las masas arremolinadas en torno a un líder que las ordena y les promete es el más viejo de los anhelos burgueses. Es un narcótico luminoso, de una impresión de solidez absolutamente engañosa, que llevó a intelectos de la altura del de Heidegger a ver en el nazismo una especie de explosión del Ser en la Historia. Necesitamos algo nuevo, algo que hay que inventar, algo que aún no existe: todo, bajo la soberanía de la multitud que se inventa como pueblo. La vieja noción revolucionaria, tan del siglo pasado, de vanguardia es un obstáculo atroz para una inteligencia colectiva concernida por la verdad, que en la medida en que sólo puede ser dicha a medias, en la medida en nunca es toda, es lo que puede incidir en lo real, y no sólo por el patrón métrico, imaginario, del éxito. Eso aún no ha pasado. Y para eso, puede haber saber, experiencia, pensamiento, conocimiento, pero no hay doctrina. Las doctrinas son siempre una fascinación vieja del iluminista intoxicado. Estamos ante la posibilidad de un fenómeno histórico nuevo. Ni es evidente, ni es claro, ni existe aún. Ganar unas elecciones es una cosa muy antigua. Y nadie niega que la tradición pueda usarse al servicio de lo nuevo. Pero dice una vieja letanía que ignorar la historia es verse obligado a repetirla. Y la estrategia del presente es siempre un efecto de goce deslumbrante. Lleva al ruido y a la ira, en cuanto el deslumbramiento se atenúa lo más mínimo. No queremos una república de filósofos, sino un comunismo de la inteligencia y de la interpretación. Si tenemos mucha prisa porque lo desvanecido en el aire vuelva a ser sólido, estaremos apostando por una alucinación. Todos los cielos lo son. #sumandopodemos #sumandopodemosganar
- El grupo que forma la “intelligentsia” del núcleo duro de Podemos
pertenece a la generación políticamente más anodina de la historia de
España, gente que ahora ronda entre los 30 y los 45 años, pero
fundamentalmente alrededor de los 40, y el máximo margen que ha tenido
para llevar adelante alguna inquietud política ha sido pagar la cuota de
alguna onegé y hacer algo de turismo solidario. Mientras, iban
arreglando lo de su placita en la universidad y haciendo asambleas a las
que iban 10 ó 15. Miran a sus compañeros de generación que han luchado
por sus vidas, que están en el paro, que se han buscado la vida
trabajando como han podido, con una condescendencia infinita. Algunos
son, incluso, artistas (qué odio, qué rechinar de dientes). Vamos, puro
lumpen.
Uno lee en sus ataques a la transición, más allá de toda objetividad, un lastre edípico y superyoico (nunca es suficiente). Y se sienten felices porque en facebook o twitter cada vez que dicen algo, tienen unas cuantas decenas de likes o favs, algunas menos de shares y retuits, y algunos comentarios fanáticos y triunfalistas admirando su verborrea. Utilizan la misma estructura argumentativa esencialista que los estalinistas, pero queriendo pasar por hipsters sensitivo-sociales, cosa para la que ya están un poco mayores.
A mí en su furibundia y desprecio contra todo lo que no les da la razón ciegamente (los más jóvenes son niñatos de clase media, los más mayores -aunque sea por seis o siete años- somos viejos anarco-estalinistas que deberíamos estar en terapia en vez de meternos en política, así, sin preguntar) y su defensa cerrada del liderazgo de Pablo Iglesias no puede dejar de evocarme la historia bíblica de José y sus hermanos. Yo creo que ven Pablo Iglesias como el hermanito pequeño espabilado que les ha aventajado y en muchas de sus declaraciones hay un subtexto de hermano celoso que quiere dejar bien claro ante el padre-masa (a quien necesitan y odian también a partes iguales): tranquilos nosotros le aconsejamos, nosotros lo protegemos. Pueden ser una gran rémora para Podemos porque aspiran a ser una especie de cuerpo de tecnoburócratas que sustituyan a los economistas y banqueros de la casta, pero sigan hipnotizando a las masas con su retórica de despachito departamental donde antes operaba la de sala de juntas y de consejo de administración, con las mismas técnicas de hipnotismo sofístico y pseudodialógico, van a sustituir términos como mercado por ideologema o por impolítico pero van a seguir estructuralmente igual.
Miren no los culpamos de nada. La gran droga con que nos adormeció el neoliberalismo fue el futuro y la espera confiada en un crecimiento incesante. Muchos nos enganchamos con hipotecas bancarias o con hipotecas ideológicas, pero sin acertar a encontrar un camino para la acción contra el sistema, más allá del pensamiento y la resistencia. No cuela que estaban preparando este momento en sus catacumbas, porque la crisis primero y la movilización masiva de los ciudadanos después nos ha pillado a todos de sorpresa.
Lo que pasa es que los demás estamos en otra guerra. Hay quien prefiere una organización con un núcleo duro y una periferia pasiva y hay quienes preferimos una formación política con un núcleo más maleable, más dado a la ósmosis de ideas y de apoyos, y pensamos que eso construirá una coraza mucho más dura y resistente. Lo único que pedimos es que no se haga pasar un fenómeno mediático como la esencia de un momento político e histórico que lo excede con mucho. Lo siento, pero hay mucha gente que estamos convencidos #sumandopodemosganar y Pablo Iglesias no debería ser un títere en manos de sus hermanos mayores, con prisas por colocarse, sino el líder de una mayoría inédita –cuantitativa y cualitativamente- en la historia de este país. Es mucho más fácil encontrar un huequecito en la corte del Faraón, pero se puede pagar alumbrando una estirpe de esclavos cuya única posibilidad acabe siendo vagar por el desierto. La incultura intelectual es grave, pero la profunda incultura existencial, la carencia de vida, es extremadamente peligrosa. - Ganar unas elecciones generales es imprescindible, pero en absoluto
suficiente. Decir que eso ha de ser un objetivo prioritario y excluyente
es dar a entender que la casta son el PP y el PSOE y punto. Y no. La
casta es mucho más amplia. Las tarjetas de Caja Madrid nos han enseñado
que hay “trazas de casta” (así, bien etiquetado) en todas las
instituciones, partidos, sindicatos, en las empresas en la banca, en
cada ayuntamiento, en muchos barrios, en las comunidades autónomas. Un
comité central, un puro aparato de partido no puede con eso en la vida.
Con eso puede un movimiento colectivo inmenso en fuerza y número,
infiltrado y combatiendo plaza a plaza, fábrica a fábrica, escuela a
escuela, farmacia a farmacia, oficina de gestión tributaria a oficina de
gestión tributaria, universidad a universidad. Viendo siempre un
compañero al lado.
Se dice que Podemos ya no es un movimiento social, que es un partido político. ¿Y eso qué es? ¿Una cosa de esas que salen en la tele y luego se presentan a elecciones? Miren, para Lenin o para Gramsci (en quien dicen inspirarse los que defienden esa tesis) el partido era mucho más que un movimiento social, era una forma de vida. Pretender que ahora somos un partido y que eso significa que debemos limitarnos a difundir ideas del núcleo central y a votar, es tener una idea de partido estrictamente liberal, conservadora, reaccionaria. ~#Sumandopodemosganar - Hay algunos pensadores, filósofos y teóricos que a la vez que me
producen un indudable rechazo, me inspiran un profundo respeto.
Fundamentalmente por la capacidad que tuvieron para realizar a plena
satisfacción la ingrata labor de plasmar en su obra mejor que nadie el
sentido común de la civilización occidental en todo su delirio
iluminista y biempensante, lo cual me permite atacarlo teniendo su obra
prácticamente como referencia suficiente y casi única. Los hay de varias
disciplinas, pero en filosofía quien mejor encarna ese ideal de enemigo
imaginario es Aristóteles y en la filosofía contemporánea, Jürgen
Habermas.
Pero claro, al encarnar tan bien ese sentido común tienen algo de insoslayable y, como demonios familiares, vuelven una y otra vez. La ética discursiva racionalista de Habermas tiene eso, que uno la ve superficial, simplona, ignorando la muerte como inminencia del sujeto y el goce como interés supremo, y que se queda en el kantianismo más light (Kant es otra cosa, por favor) de la buena conciencia “sin reservas”. Pero sin embargo, vuelve y vuelve, porque está enraizada en sentido común de la civilización occidental, de la metafísica de la presencia, de la res cogitans transparente.
Decir que “los cielos se toman por asalto”, es una frase que tiene un sentido absolutamente materialista, si se dice en la intimidad de una carta, si es un acto de escritura que deja un tiempo para la reflexión y la hermenéutica. Decirla en un mitin, retransmitido en streaming ante una audiencia entregada es un acto que tiene un sentido completamente distinto. Para el versado en marxismo es un guiño, claro. Pero para el fan irreflexivo puede constituir una simple imprecación idealista, un eslogan demagógico.
Lo que pasa en Podemos, y por eso me referí a ello en mi blog como “la voz compleja” es que tenemos un gran cruce, un auténtico enmarañamiento de posiciones enunciativas, de incoherencias discursivas, que es imposible que acabe de tapar por sí solo el semblante de un líder electoral y mediático, opositando a ser líder popular. ¿Puede convertirse Podemos en un partido como los demás? ¿O está signado ya para siempre por un origen forjado en realidades discursivas heterogéneas, es decir, condenado a ser algo nuevo? La cuestión del liderazgo para asaltar los cielos electorales es aquí crucial. Pero lo que se está definiendo este fin de semana y en los próximos días es algo más radical y profundo.
Pondré un ejemplo. ¿Me parece mal Pablo Iglesias como una cabeza de cartel ganadora de cara a unas elecciones? En absoluto. Pero igual me parecerían mejor, gente que respeto mucho más porque ha hecho menos malabarismos y ha cometido menos triquiñuelas enunciativas, como Ada Colau o David Fernández, personas ambas a las que admiro y agradezco profundamente su lucha. ¿Me gustaría que David Fernández y Ada Colau, personajes públicos de cuya honradez, eficacia en la lucha y carisma no dudo ni un segundo, fueran secretarios generales plenipotenciarios de Podemos? Lo diré claro: JAMÁS. Tendrían, con toda probabilidad, mi apoyo electoral y moral si encabezan una candidatura, pero no si quieren “presidir” una organización como Podemos.
Si a alguien le damos ese poder en Podemos, todo el trabajo de empoderamiento, de consistencia popular, quedaría librada a confiar en que el líder fuera fiel a los principios de inteligibilidad, verdad, rectitud y veracidad que exige la bienintencionada ética habermasiana. Y cuando alguien tiene a los media para hacer de voceros de su imagen y los que de él discrepan no, es muy difícil dejarlo todo a la buena fe.
El problema es ése, creo yo. Y gente como Teresa Rodríguez, Lola Sánchez o Echenique están repitiendo estos días es eso: nadie como Pablo Iglesias para candidato, para presidente del gobierno, para dirigir un proyecto electoral que combata a la casta. Pero ni él ni nadie, como macho o hembra alfa de Podemos. En cuanto a que uno es militante y por eso ha de apostar y saber decir no, eso está muy bien cuando se negocia con la casta, no con los compañeros, no con la unidad popular. Ya hace varias décadas, un tal Felipe González hizo el mismo amago de irse si no se aceptaban todas sus propuestas, llevándose consigo su tirón electoral. Se las aceptaron sus militantes y se quedó. Y eso sirvió para muchas cosas -entre otras, para enriquecer el acervo popular con la palabra felipada, que quedó como nombre genérico para estos brindis al sol políticos-, pero para tirar a la casta, no. #Sumandopodemosganar no sólo una sino muchas elecciones.
sábado, 11 de octubre de 2014
LA VOZ COMPLEJA: DECIR Y ESCUCHAR LA POLÍTICA EN EL SIGLO XXI.
Un discurso es siempre
adormecedor, salvo cuando uno no lo comprende — entonces despierta.
Jacques Lacan.
1.El sistema comunicativo y el desconcierto político.
De algún modo, podríamos decir que quienes nos ocupamos de
analizar, escrutar, estudiar e interpretar los mensajes culturales “en el seno
de la vida social”, que dijo el
padre de la lingüística moderna, estamos medianamente cómodos cuando nos
enfrentamos a aquellos producidos en el seno de las industrias
culturales clásicas. Desde el postestructuralismo, solemos de renegar
de la noción de autor y de la de obra, que nos parecen saturadas de ese
componente metafísico que Marx vio en la mercancía capitalista. Pero nos queda
el concepto de texto, con sus límites, su materialidad inalterable, y su
carácter de enunciación unidireccional. Cierto, que dentro de esos límites, la
materia significante que nos encontremos (palabras, sonidos, imágenes) puede
ser muy compleja y hasta rizomática,
pero al menos, queramos desentrañar su secreto, deconstruir sus trampas
implícitas, o utilizarlo como síntoma (hay lecturas sociológicas,
psicoanalíticas, feministas, estudioculutarlistas) de un determinado proceso
social, un film, un libro, una canción, una sinfonía o un espectáculo
teatral en caja italiana, parece que sabemos dónde empiezan y dónde acaban, quién lo emite, en qué
consiste, y que no espera más que una respuesta receptiva, que no va a alterar
su materialidad institucional.
Mayores problemas empezamos a tener en el seno de la cultura
digital, donde toda esta estabilidad se pierde. En un entorno de estructura
hipertextual y de comunicación interactiva no hay objetividad estable posible,
no hay un acto de lectura que responda a un acto de escritura, ni un texto
fijable (si no inmutable, sí al menos, de estructura, límites y contenidos
consensuables). Aunque la “novela” sea de Joyce, de Becket o de Perec, el film
de Chris Marker, Tarkowski o Lynch, al menos podemos tener claro desde dónde se
enuncia y desde dónde lo leemos. Pero si estamos en la estructura web, ya hay que empezar a introducir
conceptos como navegabilidad y si en
un videojuego, jugabilidad. Y si era
ya imposible fijar una estructura textual para interpretarla en la versión 1.0
de la cultura digital, imaginémonos cuando han entrado, con la 2.0, la
interactividad y customización generalizada, la mezcla absoluta y fluctuante de
imagen, sonido y texto, los medios locativos
o ubicuos y los dispositivos
inteligentes, las redes sociales, las aplicaciones de chat para móviles, etc.
Podríamos respirar más cómodos si estos medios coexistieran
puros, pero sabemos que no, que están completamente interconectados, que
interactúan entre sí. Yo
he propuesto utilizar del concepto de modo
de representación, proveniente de la teoría del cine, para intentar poner
un poco de orden en la selva de los fenómenos informativos y comunicativos en
la era digital, y así suelo hablar de un Modelo
Difusión (en el cual incluiríamos los rasgos más extremos o “puros” las
industrias culturales clásicas, desde la industria editorial a la televisión, es decir, el broadcasting) y el Modelo Reticular (caracterizado por la máxima horizontalidad,
instantaneidad e interactividad, como en las aplicaciones de chat o en las
redes sociales). Pero es una pura distinción metodológica que en absoluto
pretende ser un reflejo de lo real. Al contrario, aquí no hay nada puro sino
extrema hibridación. La televisión, el cine, la prensa, se digitaliza; la web
fue completamente colonizada por los medios clásicos, hasta el punto de que ha
llegado ser la publicidad, su máxima fuente de financiación y ésta depende de
la audiencia, esto es, de la difusión de los contenidos. Por eso, los perfiles
de las redes sociales se han convertido, no en nódulos de una red, sino en
pequeños centros difusores. El cine, la
más secuencial de las artes, ha tendido a la interactividad (los i-docs) y las remediaciones
(videojuegos de cómics, cómics de películas, películas conectadas a serie
de tv. y videojuegos y aplicaciones para móviles, etc) están al orden del día.
El caso es que, evidentemente, semiólogos, comunicólogos y
especialistas en el análisis cultural estamos investigando estas cosas y se han
dado muchos pasos en la dirección de la comprensión de la cultura digital (por ejemplo o por ejemplo, o por ejemplo, y también, y cómo no , por ir sólo a los más conocidos...). Pero
no creo que ningún colega me niegue, que a diferencia de lo que nos hemos
conseguido con las producciones textuales clásicas, sea cual sea su complejidad, que es
ser capaces de explicar cómo la forma contribuye y
determina la generación del sentido y orienta indeleblemente la interpretación
global del texto tanto en lo estético como en lo ideológico, ése es un trabajo que está
todavía por hacer en los medios interactivos reticulares. Vamos cerniendo su
estructura, sus propiedades gramaticales,
su potencialidad, o siendo capaces de medir su influencia y su alcance. Pero
aún no hemos dado con la manera de religar todo eso con una semiótica
interpretativa de los enunciados que realmente vinculan. Ideológica,
sémicamente, las redes son un caos.
El sistema parlamentario plural-partidista, se avenía al modelo difusión como se avenía a la economía capitalista. Como Marx advirtió,
la sociedad industrial manufacturaba mercancías de modo colectivo pero
enajenado, formando parte de la cadena productiva sin ningún control sobre el
producto final. En ese sentido, el votante es como el consumidor, y el político
profesional como el capitalista: el producto lo construimos entre todos pero él
es encargado de gestionar su venta y su rédito. Sin embargo, la digitalidad, al
desligar imagen y materia, supone de entrada un reto a ese carácter metafísico y fetichista de la mercancía
capitalista. Ya no hay consumidores, sino prosumidores que se las
arreglan por fuera de los circuitos de control distributivo establecido por
los Estados y por los entes capitalistas clásicos. Eso trae, cómo no, el caos
financiero por arriba. Pero por debajo trae los problemas del copyright cuando la distribución se
produce en red y no en un proceso típico de expedición comercial capitalista. Eso mismo está pasando en la nueva política.
Nadie es dueño absoluto de la marca de un partido, como pasa con todas las
evanescentes mercancías digitales, de ahí que en la teoría publicitaria lo
propio hoy por hoy sea hablar de intangibles.
Y ahí se puede estar fraguando una subversión del eje ontológico del capitalismo
con un alcance inédito.
Pues bien, creo que aunque prolija, esta introducción era
necesaria para colocar en su contexto cultural el momento de errancia y de
ininteligencia política que arrastra una gran parte de la ciudadanía. Si los
especialistas andamos a la búsqueda de métodos, es obvio que el ciudadano no
especialista corre el riesgo de no entender nada. Ahora bien, eso me
preocuparía bastante menos si en estos tiempos de extrema confusión
enunciativa, donde millones de voces se interfieren, colisionan, se glosan, se
comentan, se contradicen, convergen y divergen, no estuviera convirtiéndose en
habitual el intento, por miedo, por angustia, por pavor a la desorientación, de
confinar las voces, no ya discrepantes –el bipartidismo sabe muy bien cómo
concertar las discrepancias- sino disolventes del sistema, en posiciones
enunciativas preconcebidas y prejuiciosas que cauterizan todo su potencial de
acción y cambio. Es decir, que se confine
la subversión en las casillas de la transgresión.
Este problema lo vemos en todos los partidos y formaciones.
Nunca como hasta ahora, los militantes y simpatizantes había tenido no ya
acceso a la esfera pública, sino capacidad de disponer de los atributos
enunciativos de su partido (el logo, el cartel, las siglas) y suplantar la voz
del aparato. Recuerdo en las últimas elecciones europeas una buena bronca en
las redes sociales a cuenta de un cartel que iba rondando de muro en muro y
que, a causa de los pactos en Extremadura, esgrimía la leyenda IU=PP y firmada
con un logo similar al del PSOE.
Se armó una buena,
con consultas a militantes y cuadros del PSOE, representativos y bien
informados, para saber si el partido estaba detrás (como luego comentaré, con Podemos nadie hace eso: si pillo algo
contrario a mi opinión lo denuncio con tonito de “ya os decía yo”; si
favorable, mira un despistado que no sabe dónde se ha metido).
El caso es que esta lógica política, que se aviene
perfectamente al capitalismo clásico, de las masas trabajando y consumiendo,
pero una élite controlando y beneficiándose del proceso (y a la que se avienen también perfectamente las
lógicas de capitalismo de Estado de los Partidos Comunistas tradicionales, bajo
el principio del centralismo democrático) lleva al
votante/simpatizante/militante a una posición que ya he definido alguna vez, como la del prisionero
ante su famoso dilema. Hay quien ve el dilema del prisionero simplemente como un problema de teoría de
juegos, es decir, de racionalidad ante la imposibilidad de un cálculo completo
por una inconsistencia en el conjunto de los datos disponibles. Pero también
hay mucha gente que ha visto en él el molde
de un dilema ético.
Yo añadiría una dimensión imaginaria, de economía psíquica,
que tiene que ver con las identificaciones y que en el contexto reticular
resulta mucho más evidente, en cuanto el votante mudo se convierte en portavoz
de su propia simpatía. Se produce entonces una revelación. Evidentemente, como
el prisionero en su celda, el votante cuando es convocado se juega muchas
cosas. Juega estratégicamente a ver cómo puede hacer variar el rumbo de lo
colectivo y cómo suma, divide, se anticipa, al resto de los votantes, al juego
de las mayorías. ¿Cómo no ver aquí un eco del estadio del espejo lacaniano? En
ese juego lo que se dirime es la sospecha de mi incompletud que sólo puede ser
velada por mi identificación al otro o a la imagen especular y que está en el
propio fundamento del Yo, y en el origen de su agresividad.
Precisamente, cuando tiene voz pública, el votante deviene simpatizante, su
identificación demanda una declaración por encima de los constructos
especulares cuantitivistas que el Modelo
Difusión nos había servido para apaciguarnos: la opinión pública, las encuestas, los sondeos, los espejos públicos.
Y en esta precariedad de la dicción reticular es donde emerge con más fuerza el
micro-enfrentamiento banal, el intento de adelantarse al cómplice que habita en
la celda de al lado, la necesidad casi respiratoria de sentirse mayoría y de
sentir al otro recluido en una dicción que lo haga reconocible, inconfundible.
Y la tentación del éxito aflora con mayor fuerza. Porque la victoria es contra
el enemigo. Pero el éxito es siempre
contra el rival imaginario. No hay éxito sin patrón. El éxito sólo lo puede
medir el amo.
2.Podemos como efecto comunicativo.
2.1 La voz compleja.
Tenemos,
pues, millones de voces simultáneas que, en tanto receptores, votantes,
espectadores, nos tienen sumidos en la confusión, y en tanto comunicadores,
usuarios, interactuantes, nos llevan frecuentemente al escándalo. Ahora bien,
si como hemos visto, en todos los partidos y formaciones nos podemos encontrar
el caso, en nuestro panorama social y mediático la palma se la lleva Podemos. Constantes son las acusaciones
de populismo y de incoherencia que
pueden venir tanto de la izquierda ortodoxa como de la socialdemocracia
–recordemos las declaraciones recientes tanto de Pedro Sánchez como de Willy
Toledo- y que pueden acusarlo de no tener clara su noción del Estado y su
estructura, de tener una política económica impracticable, etc. Pero la acusación fundamental es siempre la
de no tener una voz compacta. Más bien, ante las diversas voces que
levantan los emblemas de Podemos nos
encontramos con que desde las más diversas posiciones, éstas se utilizan como
una confirmación de las sospechas de los que las cotemplan: es el nuevo PSOE,
son fascistas, antisistema, al servicio de Venezuela… En efecto, había un
perfil de Facebook llamado Podemos
Fascistas, como hay otro Podemos
Antifascistas, como hay otro –con el que me río mucho- llamado Dopemos Círculo Disléxico. En fin,
cualquiera puede hacerse un icono con los símbolos circulares de Podemos y pretender hablar en su nombre.
Lo que
creo indudable es que Podemos ha
supuesto un cambio estructural esencial en el panorama político español. Y si
el fenómeno puede ser abordado desde un punto de vista sociológico y
politológico, no es menos perentorio enfrentarlo como fenómeno
semio-comunicativo. Y ello, pese a la reiterada negativa del núcleo promotor a considerar analítica o
teóricamente, a mentar siquiera, el hecho de que el origen del éxito de Pablo
Iglesias tiene su origen en sus
apariciones televisivas (véase comentario 5), entre otros tabúes comunicativos autoimpuestos. Pareciera que no se puede hacer
análisis semio-comunicativo si no es a la contra, propensión a las que nos llevaron
la deconstrucción, las
posturas apocalípticas y en cierta medida los estudios culturales. Decir que algo es mediático, parece implicar
que es necesariamente negativo. Lo cual no deja de ser curioso en un ámbito en
el que se están realizando grandes esfuerzos, como veremos más adelante, para
reivindicar el término populista. De
todos modos, ni se me oculta a mí, ni quiero ocultar a los no especialistas en
el campo comunicacional, el tipo de abordaje de los medios que yo intento
hacer, basado en el análisis textual (enunciado y enunciación) tampoco es
precisamente el más reconocido en el ámbito de la ciencias de la comunicación, donde
predominan los enfoques indirectos y métricos, no la observación de las
articulaciones significantes en su materialidad formal.
Hechas estas salvedades, paso pues a enunciar la tesis
esencial de este escrito: En este
momento, el discurso de Podemos es un discurso incoherente en el que se
inscribe una lógica inexorable: la de la crisis de las estructuras políticas
clásicas, centralizadas, avenidas al Modelo
Difusión, unidireccionales, en las que la voz, la línea, los mensajes, los
lenguajes, estaban perfectamente dominados por los aparatos de los partidos y los grandes grupos empresariales de comunicación. Esta
asunción de la incoherencia implica una ética mucho más exigente que la ética
kantiana de la intención, porque supone aceptar como propia la voz compleja y
plural, contingente y no garantizada por ningún a priori. Contingencia implica
posibilidad donde antes no la había, pero en ningún caso una necesidad, una
inexorabilidad de los procesos políticos. No hay hegemonía sin contingencia.
Pero ello supone la asunción de una pluralidad de tonos y voces que va mucho
más allá del pluralismo mono-enunciativo que supone una sola opinión para una
sola voz y que no es más que un recurso espectacular del sistema.
La incoherencia, pues,
no es la inconsecuencia. La incoherencia es un semblante para esa radicalidad
que se expresa en una voz compleja, imposible de reducir a una enunciación
institucional canónica y domesticada. Pensar contra uno mismo (eso decía Jacques
Lacan que hacía) es la esencia de la radicalidad. Y más aún de la radicalidad
democrática. En este momento, la obsesión por una imagen social de coherencia sería una trampa
mortal para un pensamiento político nuevo.
Este semblante de incoherencia es legítimo sólo si tenemos
en cuenta el campo de complejidad enunciativa en el que se produce. De tal
modo, puede ser el epifenómeno y el germen de la subversión radical de la comunicación concebida como campo único de enunciación, que es a mi entender el mayor cáncer de la acción política en
tiempos mediático-liberales y el núcleo estructural de toda la sensación de
impotencia en la que la ciudadanía se halla encallada desde hace décadas en las
sociedades parlamentarias liberales y que le ha impedido constituirse como
sujeto popular. Es pues, condición necesaria de todo populismo emancipador, porque impide el abroche, el cierre
imaginario, tanto bajo la imagen monolítica de un líder manipulador como bajo
de un sentido garantizado por un sustrato ontológico que considere el proceso
social como obediente a unas leyes inmanentes de la historia. Es decir, la disolución del sentido, aún más en su
faz domésticamente ilustrada, entiendo que es requisito indispensable para la
conquista del espacio común y para poder construir una contra-hegemonía
proactiva.
Ahora bien, todo esto no deja de ser pura cháchara politológico-comunicológica si no somos capaces de refrendarlo con un análisis de la materialidad comunicativa, por rudimentario que haya de ser una simple entrada de blog. Vayamos a ello.
2.2 De la calle a la tele, de la tele al cerco electoral.
Entre las muchas lecturas que se pueden hacer del
acontecimiento sociopolítico más importante en el Estado Español desde la
implantación del régimen del 78, el 15M
significó la crisis definitiva de la
hegemonía indiscutible del Modelo Difusión en política, como ya se había
verificado en otros espacios de comunicación social. Con su “no nos representan”, el 15M fue ante todo un proceso de
disolución enunciativa. Recordemos, también, que no fue un fenómeno
pintoresco e idiosincrásico, sino que se enmarcó en un flujo global que
implicaba al movimiento occupy o a
las primaveras árabes. El caso es que
el 15M puso en primer plano la
cuestión del uso estratégico y político de los medios ubicuos al servicio de
intereses que no eran los del puro márketing político, como había supuesto el
caso de las campañas de Obama y que esencialmente se trataba de un nuevo
desembarco del Modelo Difusión en los
canales reticulares digitales, como ya hicieron las industrias culturales (y
las otras) en la Web 1.0 (puede haber diversas narrativas del proceso, pero
a mí me gusta la mía, pp. 345 y ss. que para eso la escribí). El proceso
fue amplio y cuestiones como el ciberactivismo
o la democracia monitorizada
pasaron al primer plano de la discusión política, teniendo como buque insignia affaire Wikleaks: las fuerzas que
tradicionalmente controlaban las voces en los regímenes liberal-parlamentarios
dejaban también de decidir monopolísticamente
los silencios. Y ello conllevaba, así mismo, la sospecha
hacia cualquier imagen de liderazgo, porque la figura que se pudiera tener del
líder en las sociedades europeas, o bien era la del líder empresarial
neoliberal o la del líder político profesionalizado y mediáticamente
hipervisible, y ninguna de ambas se avenía en absoluto al espíritu del 15M.
El caso es que, independientemente de que el proceso haya
afectado a todas las opciones partidarias y les haya obligado a recolocarse en
el panorama digital, hay tres modelos que intentan responder a la demanda del
15M articulando propuestas electorales que no obedezcan al patrón clásico, que
habría dejado de ser representativo de
la ciudadanía. Las CUP, optaron por un modelo de implantación social y asambleario,
mientras que el Partido X estableció un sistema de predominancia digital y
telemática. Pero Podemos es el único caso de un experimento de
hibridación integral del Modelo Difusión y el Modelo Reticular, intentando
propiciar su sinergia. En efecto, Pablo Iglesias, que procedía del 15M -ningún afán periodístico, historiográfico o biográfico en esta afirmación, simplemente es como fue presentado por Intereconomía- desembarcó en la televisión difusión por invitación de la "TDT Party". El
gesto, visto con perspectiva a día de hoy, resulta crucial y muy significativo,
pues se trata de un intento de abrochar
la enunciación mediático-electoral con la enunciación popular-reticular.
Recordemos que el 15M había sido simultáneo a una victoria aplastante de la
derecha en todos los comicios habidos en 2011. Es decir, la calle y en buena medida las redes se habían convertido en el espacio enunciativo de los “antisistema”,
de los que cuestionaban el statu quo
representativo, mientras que los medios del broadcasting (radio, mucha prensa, televisiones
autonómicas y privadas digitales) se habían convertido en un espacio ganado por
la derecha. La grieta entre el sistema político, el mediático y el representativo
estaba servida. Después, todos conocemos la historia, Pablo Iglesias consigue
notoriedad y pasa en breve tiempo de una televisión de ínfima categoría como Intereconomía a ganarse un lugar de
referencia en las tertulias políticas de las televisiones generalistas y de
ahí, cual territorio conquistado, da el salto al terreno electoral.
Este salto, sin aparato, sin control enunciativo
centralizado, provoca un comprensible escándalo en las comunidades
de goce preestablecidas. Por un lado, Pablo Iglesias esgrime un cierto
populismo en sus actos y comparecencias, ahora ya como líder y no como simple
tertuliano aventajado de la clase. Significantes como gente decente, o casta,
la huida de la dialéctica de la lucha de clases en la textura de su discurso,
el no somos de izquierdas ni de derechas, provocan un cierto malestar y desconfianza
en la izquierda desubicada en sus patrones de decodificación habituales. Sí, porque de repente aparece una voz que no
“podemos” encajar en los moldes tradicionales y que se busca por todos los
medios encajar en alguna de las categorías conocidas para poder manejarse con
ella. Yo no diría que ésta es una voz
compleja, sino esencialmente transgresiva de los esquemas comunes de
encauzamiento de la pulsión en el discurso político. Sin embargo, esta voz, la
de los mítines y entrevistas, mantiene una disciplina discursiva férrea, en
base a una serie de reglas
léxico-discursivas (para mí terriblemente discutibles), orientadas por un objetivo
semiótico y estratégico claro: abrochar
la enunciación volátil de la calle, del activismo, de los movimientos sociales,
con la enunciación mediática y electoral. O con otras palabras, atraer a
los votantes tradicionales de la derecha que estaban votando contra sus
“intereses objetivos”. Si para ello hay que lastimar un poco la sensibilidad de
la izquierda, no importa mucho: esos están hechos a todo. El caso, es que no
nos damos casi cuenta, pero en cuestión de semanas, allá por enero de 2014,
Pablo Iglesias pasó de ser un tertuliano y un influencer a convertirse en una especie de líder natural. Los
efectos ideológicos poderosos producen la impresión de estar vehiculando
valores que están ahí desde siempre, aunque sean perfectamente historizables
(cuidado, no he dicho datables: “Todas
las ciencias del espíritu, e incluso todas las ciencias que estudian lo vivo,
tienen que ser necesariamente inexactas si quieren ser rigurosas.").
Por eso algunos ven en el populismo un hálito preconstitucional.
En cuanto a mí, evidentemente,
cosas de la evolución personal, después del
escándalo izquierdista lógico en un principio, estoy en Podemos. Quede claro que aún no he dicho con, que es lo fundamental para el votante-consumidor tipo de la
era del broadcasting. ¿Qué me ha
pasado? Lo puedo explicar, que dicen los sospechosos en las series policíacas.
El primer Podemos, fue conformado
como una candidatura electoral, sin partido, aparato, ni programa. Únicamente
abrochado, frágilmente hilvanado, por la imago (véase el logo en las papeletas
de las europeas) de un líder mediático
que se recicló en tiempo récord en un líder
populista -que no es lo mismo. Yo asistí al proceso ejerciendo
escrupulosamente lo que en este texto estoy crititcando (como suelo decirles a
mis alumnos cuando intento corregirles algo, no me despierta mucho interés un
error o un defecto que yo mismo no tenga o haya cometido, sigo creyendo en la experiencia
de la vida): mi actitud consistió en ver todas esas manifestaciones
contradictorias expresiones de una voz simple e incoherente, sostenida por esa
imagen creada por los media. Llamo a eso el primer
Podemos: el núcleo promotor (fundamentalmente formado por politólogos y
algún filósofo de las universidades madrileñas) y aquellos que se les unieron,
explotando la fuerza mediática de Pablo Iglesias. Pero hay un segundo Podemos: el conformado por los
círculos, que ha ido tomando la calle, los espacios cotidianos, las redes
digitales, en suma, la realidad social. Podríamos decir que se trata de un empoderamiento enunciativo, mucho más
hacia lo simbólico que hacia lo mediáticamente imaginario: la gente se atreve a
usar la voz, a hablar y no sólo escuchar la política. No es tanto, pues, una
especie de tratamiento neurocognitivo de la autoestima (matiz que el término “empoderamiento”
siempre incluye y por lo cual nunca ha gozado de mi simpatía) como que la
“gente” ha encontrado un lugar desde el que hablar, percibiendo que con ello
están construyendo una voz colectiva.
Estamos en condiciones afirmar, pues, que si Podemos ha traído una transformación
estructural de hondo calado en el sistema político español, también ha
significado, y tal vez antes que nada, una auténtica revolución comunicativa.
No sólo a través de los social media (Facebook y Twitter fundamentalmente),
sino a través de los interminables hilos de discusión en la plataforma Reddit Plaza Podemos, chats
de Telegram, etc. Y sobre todo las plazas, los barrios, las calles, los
jardines, los solares, redes ubicuas, medios locativos, conversaciones.
Los círculos hablando entre sí, redactando actas de las
asambleas, haciendo propuestas e intercambiando innumerables borradores organizativos con el fin confesado de que el Poder esté en los Círculos
y en ningún otro lugar, sin ceder por ello a la implantación, la acción social
y política y los objetivos electorales (que son una parte importante de los
políticos, claro, aunque no su única posibilidad de sinécdoque). Tal vez de
aquí surja lo común, de esta
imposibilidad de la soledad, de esta conculcación del solipsismo. Pero surgirá
como un enigma, no como claridad ilustrada.
La cuestión es que Podemos se está
construyendo con la lógica de partido clandestino a plena luz mediática. Lo
que ha quedado suprimido de la lógica política es el secreto, pero con ello,
también el espacio privado, el silencio, la intimidad y la pausa del
pensamiento y del diálogo han sido engullidos por el espacio público. Esto da
como resultado la transparencia: una
extrema confusión fractal. La transparencia, la ausencia de conflicto, la
monitorización pasiva y no proactiva es un ideal del votante
bieninintencionado, de la opinión pública, del ciudadanismo burgués, pero no es
una aspiración del militante ni del activista. Es el fin de la resistencia como
único activismo posible a la espera del acontecimiento revolucionario, que está
dando pie a una concepción de la revolución como acción, no como acto que se
consuma y se consume en sí mismo de una vez para siempre.
La aldea global, pues, no trae una nueva transparencia, sino
un panorama epistémicamente complejo, aunque tal vez menos limitado para la
acción, y también menos manejable métricamente que el panorama del broadcasting y de las viejas industrias
culturales. Tal vez sea mejor caldo de cultivo para el surgimiento de lo nuevo.
Esa gente que hace borradores es la misma gente que está en los barrios, que
monta círculos, que va por toda la ciudad apoyando y ayudando a la gente que
quiere montar un círculo en su barrio para brindarles su experiencia. Ellos son los que están abriendo Podemos
a la gente y a la sociedad y creando a la vez un espacio de expresión y cooperación ciudadana que al abrochar el asociacionismo ciudadano como un potencial práctico mediático y electoral puede suponer la invención de una forma de hacer política completamente inaudita en Europa.
Por eso la voz de Podemos es una voz compleja, heteróclita a veces, que alberga en sí lo irrepresntable de un deseo que intenta articularse de modo colectivo. Tras ello está la acusación –¡oh, abominación!- de populismo, en la que siempre el señalamiento de la inconsistencia, de la incoherencia, como bien señaló Ernesto Laclau. Pues bien, eso es lo que a mí a acabado atrayéndome de Podemos. No creo que se pueda apoyar o denostar a Podemos desde la barrera, como a un partido tradicional. Yo, como otros muchos ciudadanos, lo que hemos visto en Podemos es no tanto una candidatura o un aparato al que mostrar una lealtad inquebrantable y de la que ser fan eterno, para votarla y defenderla en las redes sociales y en los bares con encono fanático. Yo me he acercado a Podemos porque he visto por primera vez un lugar en el que se puede construir política, pensamiento, ideología y práctica y no sólo sumirse en la ciénaga estratégica del dilema del prisionero en la que se ve el votante tradicional: ver qué candidatura cerrada voto en función de qué vayan a votar los demás. La reducción de mi pena sería formar ilusoriamente parte de la mayoría que gobierne.
Bien, hasta ahora he estado hablando de dos Podemos. Reconozco que es una forma de simplificar propedéutica
y metodológicamente una voz mucho más compleja. De todos modos, estoy en un
cierto brete, porque a la vez que estoy comprometido con el proyecto estoy
intentando analizarlo rigurosamente. Es decir, que parto de cero supercherías
objetivistas neoliberales a la vez que intento evitar también la pasión
ignorante del subjetivista enunciativo. Cada una de estas posiciones tiene su
modo de enfrentar y neutralizar el asunto negándole toda potencia discusiva,
pragmática y de pensamiento. En el primer caso, el cuantitativismo absoluto, la
búsqueda de indicadores, el frame
prejuicioso y preconcebido. Son procedimientos útiles en la mercadotecnia de
raigambre y servidumbre neoliberal comprobada. El otro es el confinamiento
enunciativo: negarse a la escucha suponiendo en la palabra del otro un eterno
subtexto consabido. Si dices esto es porque eres casta, si dices esto es porque
eres un perroflauta. Son dos formas de negarle a la palabra todo potencial
poético, de desvelamiento, de incidencia radical. Son, ambos, modos de
neutralización de cualquier transformación de la realidad. Ahora bien, si he
tenido el atrevimiento de subtitular esta entrada como “la enunciación política
en el siglo XXI” no puedo pretender ningún enfoque riguroso si no hablo de
dinámicas reticulares y no me refiero a enunciados concretos dentro de ellas.
Por ello, a todo aquello a lo que me refiera en esta entrada hay que tener en
cuenta que he tenido acceso por mi amistad
en las redes con sus autores, de ahí que
no vaya a citar párrafos literalmente ni a dejar constancia de ningún nombre
propio. Como he dicho al principio, no existe un protocolo firme y
generalmente aceptado para el abordaje de estas textualidades como sí lo hay, y
con tradición académica, para las que se ajustan al Modelo Difusión clásico.
Asumamos, pues, que si no dos bloques sí que hay dos grandes
tendencias en Podemos en tensión y
confrontación política y dialéctica. No me asustan estos términos. En Podemos hay bloques, hay debate y hay
enfrentamiento (a algunas personas de mi afecto está a punto de costarles la
salud y no sólo la mental). No es que me parezca estúpido negarlo. Es que si no
los hubiera, no me interesaría lo más mínimo. Podemos está construyendo ideología y pensamiento, está poniendo la
tradición emancipatoria anticapitalista y democrática radical a la altura de
una praxis muy compleja. Y eso no es fácil ni estamos para discursillos
melifluos. Lo que hay que evitar en Podemos,
y somos muchos los que estoy seguro que lucharemos contra ello, son las familias, cercos burocráticos y
lealtades más allá de cualquier vínculo con la verdad, como los hay en todos
los partidos tradicionales. Y la forma estructural de impedir las familias en una formación política es constituir las corrientes en posturas idelógicas debatibles, no en ristras de oscuras solidaridades e intereses personales, que es lo que ha alejado a gran parte de la
ciudadanía del activismo y de la militancia.
Ya nos hemos referido al segundo Podemos: todos aquellos que han visto tras las europeas un proyecto político en el que podían pensar y construir, no sólo elegir como consumidores. Su voz es proteica, puede que en algunos casos mimetizada con cierta chulería tertulianesca, pero al menos hay una cuerda que vibra con insistencia: todo el poder para los círculos. Cierto, que es una tendencia ésta, a la máxima descentralización y a la máxima democracia y control representativo que cuenta con algunos egregios representantes, incluso entre los ya eurodiputados. Por otro lado, el grupo promotor ofrece un semblante bastante más homogéneo, alrededor del liderazgo mediático de Pablo Iglesias, y su principal urgencia pragmático-instrumental es el fortalecimiento de Podemos como plataforma electoral, el acceso al poder ejecutivo. El grupo está formado fundamentalmente por politólogos que siguen el discurso de Gramsci en la versión postmarxista y posfundacional de Ernesto Laclau, lo que les da por supuesto una homogeneidad doctrinal e ideológica mucho mayor que a los integrantes de los círculos.
Ya nos hemos referido al segundo Podemos: todos aquellos que han visto tras las europeas un proyecto político en el que podían pensar y construir, no sólo elegir como consumidores. Su voz es proteica, puede que en algunos casos mimetizada con cierta chulería tertulianesca, pero al menos hay una cuerda que vibra con insistencia: todo el poder para los círculos. Cierto, que es una tendencia ésta, a la máxima descentralización y a la máxima democracia y control representativo que cuenta con algunos egregios representantes, incluso entre los ya eurodiputados. Por otro lado, el grupo promotor ofrece un semblante bastante más homogéneo, alrededor del liderazgo mediático de Pablo Iglesias, y su principal urgencia pragmático-instrumental es el fortalecimiento de Podemos como plataforma electoral, el acceso al poder ejecutivo. El grupo está formado fundamentalmente por politólogos que siguen el discurso de Gramsci en la versión postmarxista y posfundacional de Ernesto Laclau, lo que les da por supuesto una homogeneidad doctrinal e ideológica mucho mayor que a los integrantes de los círculos.
El núcleo promotor da charlas, escribe en prensa, arenga y difunde a través de las redes. Reproducen y proclaman consignas ideológicas, contestan a ataques externos. La transparencia, el lenguaje claro que proclaman necesario para los media queda soslayado cuando escriben en las redes sociales. Esto no es incoherencia: es un doble rasero, casi diría que una doble moral. Normalmente usan sus perfiles para defender el leninismo mediático-representativo o el populismo como fórmula con un tono de profe de matemáticas resolviendo una ecuación. A la jerga burocrática ahora se suma la jerga politológica. La retórica laclauiana se ve así convertida en una especie de aparato de certezas axiomáticas. Suena raro, porque Laclau, partiendo de Gramsci, fue ante todo un desfundamentalizador de Marx, que opuso una retórica general al dogmatismo determinista del materialismo histórico. Cuando se les lee en las redes, la verdad, asustan un poco: da la impresión de que los científicos políticos vayan a sustituir con sus certezas las certezas de los científicos económico-jurídicos de la casta. A mí no me da miedo Venezuela, ni el chavismo. Los dogmas sacralizados por el éxito, la verdad sea dicha, un poco más. Además, muy difícilmente contestan. Al principio pensaba que era a mí, porque les hacía observaciones discrepantes o críticas. Pero no es a mí, no. No contestan en general porque la mayoría de ellos se limitan a postular consignas axiomáticas y esperar el aplauso o la difusión. A veces uno tiene la sensación de que lo tratan un poco como si fuera menor de edad: “calla tonto, que cuando saquemos muchos votos ya verás como te alegras.” Algunos, los menos la verdad, sí entran al debate y he podido no ya discutir, sino aprender mucho de ellos y compartir lecturas y referencias. Pero la mayoría, se comportan como políticos profesionales y han convertido los perfiles de las redes sociales en focos de difusión. Es un efecto colonizador y perverso que ha traicionado, no diré su naturaleza, pero sí su potencial, fomentando la estructura clásica de difusión radial concéntrica frente a la reticularidad. Es la herencia pragmática (enunciativa, no sólo en sentido filosófico, sino también semio-lingüístico) del centralismo democrático, que es el patrón (pattern) ideológico con el que el capitalismo pudo colonizar y carcomer el socialismo real.
Pero a su vez, en Podemos
Oigo muchas voces a mi alrededor que dicen que ganar elecciones, vale, está
bien. Pero que están allí para acometer transformaciones mucho más profundas. Que "el
poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente" es un principio
sujeto a gradaciones. Ganar elecciones, ganar el espacio público, es
completamente contraproducente si no se ha ensamblado un espacio de resistencia
común. Lo público es un cerco en el que el representante queda a merced del
dinero, del gran capital, que lo puede presionar. Ése es el gran problema de la
crisis de la representación: el representante en la democracia burocrática
parlamentaria –donde el lenguaje jurídico pugna por apresar lo real bajo el
semblante fantasmático de la universalidad- queda automáticamente extraído y
aislado de la comunidad popular. La universalidad jurídica deviene abstracción,
abandono de lo concreto, de lo particular. Lo legislativo-burocrático y lo
mediático son las dos cuerdas de ese nudo. De ahí, la impotencia ciudadana. La
abstracción universalizante es la forma jurídica en la que el capitalismo
representativo atrapa toda iniciativa.
La gratitud reiterada del segundo Podemos hacia el primero es el sentimiento que más veces escucho. Pero
sin caer en la trampa del chantaje emocional. Ahora somos muchos más, muchas
más voces, tal vez menos científicas políticamente. No se trata de realpolitik, sino de política de verdad.
La “gente” no tiene nada que perder. Las prisas electorales dan a veces la
impresión de estar fundadas sobre la certeza del botín. Y no será lo mismo
negociar apoyándose en las figuras mediáticas avaladas por ellos, que
fundándose en una potente articulación popular. La estructura de círculos de Podemos da para ello. No me interesa
nada una formación política que esté todo el rato calculando el comportamiento
de la opinión pública, sino escuchando el deseo popular, la suma compleja de
singularidades y diferencias. Por ello, la
cuestión enunciativa es básica. Quién es
Podemos en la urdimbre de sus voces: la voz mediática, la voz partidista, la
voz estratégica, la voz popular, la voz militante, la voz pública, la voz
asamblearia. Puede que esté poco claro qué dice Podemos (qué apoya, en qué
podemos delegar, qué dichos suyos suscribimos) pero para mí, con cierta
perspectiva ahora, cada vez está más claro qué significa.
3. La cuestión del populismo y del mediaticismo.
Ya hemos visto algunas de las peculiaridades de la voz
política en el Modo Reticular. Pero
la voz compleja es híbrida y no podemos hacernos una idea cabal de la
enunciación política actual si no establecemos sus puentes y relaciones con los
media tradicionales, del Modelo Difusión.
En cuanto a éste, como es público y notorio, las principales críticas a Podemos son por su populismo, término
que en manos de la derecha y en general de los actores bipartidistas implica
siempre la acusación de dependencia fanática de un líder y lo utópico
(demagógico) de sus propuestas.
Todo el mundo que me haya leído sabe que yo fui muy crítico
con el primer proyecto de Podemos, el
que se concretó en una candidatura para las europeas. Pero, reto a quien quiera
demostrar otra cosa, mis críticas a Podemos
han sido siempre a su mediaticismo,
no a su populismo. No he criticado
jamás que el proyecto fuera utópico o inconsistente. Antes al revés: he
criticado que una imagen fabricada mediáticamente pudiera tapar sus
inconsistencias simbólicas, que es el caldo de cultivo de toda catástrofe
neurótica. Si queremos una voz popular potente, las inconsistencias hay que
ponerlas en juego. El único discurso consistente sería el psicótico. Si los
demás seres hablantes quieren algo parecido habrán de conformarse con un
semblante coherencia integral, es decir, con la mentira. El sentido común es su
faz más habitual y aplastante.
Es obvio, que en la teoría política actual, de cuño
postmarxista, el término populismo ha
sido rescatado definitivamente del pozo de la irracionalidad en el que lo
habían sumido los pensadores de la ilustración despótica y ha sido reivindicado
plenamente como una opción política digna y racional para incorporar al
movimiento emancipatorio lo heterogéneo a esa cultura burguesa biempensante,
incluido el componente emocional y afectivo. Laclau primero, y después Mouffe o
Zizek están haciendo ese trabajo. Y frente a la opinión pública general, el
proceso es muy parecido a muchas de las luchas sectoriales llevadas a cabo en
el siglo XX en las sociedades capitalistas: las de género o las raciales, por
ejemplo. No negar el término, sino reivindicarlo con orgullo, palabra esta que me gusta mucho más que empoderamiento porque tiene una acepción
mucho más política y social. El orgullo del oprimido, que no oculta el rasgo
por el que se oprime sino que lo esgrime como enseña, descoloca mucho al poder.
Se hizo con los términos gay o queer, se está haciendo con el término populista.
Visto esto, a nadie se le ocultará, que las estrategias de
dominación de las masas no son invención del populismo, precisamente. En España
hemos asistido hace bien poco a un proceso de Síndrome de Estocolmo colectivo que,
si no fuera porque la prensa hegemónica tiene por cometido guardarle las
espaldas al bipartidismo, hubiera pasado por un escándalo mayúsculo. Si bien
los dos partidos que se están repartiendo el poder en España sufrieron una
debacle en las europeas, la del PSOE fue mayúscula. Como purga, la dirección
decide hacer una elección de secretario general abierta al voto directo de la
militancia, con la estructura de unas “primarias”. Pues bien, de los tres
candidatos, va y gana el menos conocido con el único aval de que el aparato
fracasado del partido le da su apoyo. Y no sólo eso, sino que, cuando les
preguntas a los militantes del PSOE, dicen que ahora hay que cerrar filas en
torno al ganador. Les sugieres que por qué no abandonan ese partido que en nada
representa sus supuestos principios y te contestan que eso supondría dividir
aún más a la izquierda. Con todo respeto, les ruego disculpen mi comentario
técnico: WTF???? Las primarias pasan
por ser un procedimiento muy democrático, pero un clima liberal bipartidista no
son más que un proceso selectivo para intentar garantizar el éxito. Es una
trampa al prisionero-militante al que se va a utilizar de conejillo de indias,
esto es, como representante en un experimento del votante general. El militante no vota según sus convicciones, sino en un proceso de márketing darwiniano, intenta seleccionar a aquél al que las masas centristas darían más fácilmente su voto. Insisto, el dilema del prisionero en su versión política: ver qué ofrezco, en función de lo que pueda ofrecer el otro. Las
primarias del PSOE demuestran que la manipulación de las masas no es
precisamente un problema nacido con el populismo.
Y aquí hemos de pararnos a reflexionar. ¿Es Pablo Iglesias
un líder populista?: mi opinión es que si lo comparamos con otros líderes populistas de izquierdas, cada vez menos. Yo critiqué mucho el primer proyecto de Podemos, reitero. Pero mis críticas a Podemos, siempre han sido porque Pablo
Iglesias me parecía un líder mediático, no populista. Mis críticas a Podemos no
fueron desde el escándalo pacato del “mira qué atrevimiento”, sino del “mirad,
más de lo mismo”: líder y aparato manipulador usando la televisión como
herramienta. Partiendo de esta base, debo de aclarar unos cuantos de mis
supuestos argumentativos, que normalmente no se ponen sobre el tapete en este
tipo de discusiones, dominadas en unos casos por la jerga tertuliana y otros
por la politológica, que a veces no parecen más que la cruz y la cara de la
misma moneda.
3.1. Los sistemas modelizantes.
Yo, honestamente, creo que mis desentendimientos con algunas
personas de Podemos no son de base,
son de que hablamos de cosas distintas. Yo, que no
soy nada habermasiano -por las mismas razones que he criticado antes al
núcleo promotor de Podemos, porque no creo que el lenguaje sea un ente
instrumental, neutro transparente y benévolo- no creo que "la razón sea una en
sus múltiples voces", antes al contrario: cada voz tiene leyes de refracción
(obsérvese que he intento evitar cuidadosamente palabras como coherencia o
consistencia) propia y no fácilmente articulables. Las voces no son autónomas,
claro, pero en buena medida sí son libres.
Como toda la tradición del pensamiento semiótico, de la
teoría fílmica y literaria o de la filosofía del lenguaje de Saussure a
Wittgenstein, de Heidegger a Lacan, pasando por Derrida, yo concibo el lenguaje
como ámbito, como territorio que impone sus leyes a sus habitantes, no como un
apacible instrumento de comunicación. Los juegos de lenguaje tienen su
prerrogativa. Como dejó dicho uno de los grandes nombres de la semiótica, Iuri
Lotman, los lenguajes son sistemas
modelizantes. Y, por si había alguna duda, llamó a los sistemas de
comunicación que se edificaban sobre el lenguaje verbal, principalmente a los
artísticos, sistemas modelizantes
secundarios. La forma es modelizante porque designa la posición del sujeto.
Por eso hablamos de una lógica del
significante, por eso la semántica es el componente imaginario de todos los
lenguajes. Convertir conceptualmente al significado en la parte más
relevante de los lenguajes es, voy a mojarme, la operación ideológica más
importante del capitalismo tecnocrático en el siglo XX, con nombres también
ilustres como Habermas o Searle a la cabeza. Y su corolario es la comunicación como campo único de enunciación.
El lenguaje deja de ser el campo de la invención intelectual y se convierte en
un simple operador cognitivo. De ahí, que el paso lógico tras la teoría de la acción comunicativa sea la neurociencia y la psicofarmacología. Los estudiosos
de la publicidad conocen bien esto.
En política, uno de los efectos más claros de esta
preponderancia neoliberal es precisamente el programismo. Porque una vez se hace del programa el principal
bagaje de una formación se forcluye completamente su operatividad simbólica. Pareciera que solamente en algunas teorías políticas
ha funcionado una concepción instrumental del lenguaje asociada a una
concepción iluminista (la primera
traducción del clásico de Adorno y
Horkheimer me parece un acierto poético de primer orden) de la razón, es
decir, absolutista. El lenguaje, ya lo hemos visto, no tiene sólo una dimensión
referencial o semántica, la tiene sobre todo simbólica (poética). Y un
ciudadano no puede llevar a su existencia y hacer operativo un texto
programático, pero sí un símbolo. De ahí que a veces esto sea más valioso que
un programa. Ejemplos tenemos muchos. IU desprestigiada por pactar unas veces
con el PP y otras con el PSOE, de acuerdo a un programa en perfecto precepto anguitista, porque el votante no
puede dejar de verlo como una claudicación. Y el caso contrario de ERC, que ha
sido completamente desleal a su programa y es continuamente premiada en los
sondeos por la lealtad a los símbolos, que el pueblo catalán entiende como
mucho más radical y profunda. Anguita, con su vista habitual, que ya nos costó
ocho años de Aznar, no para de repetir que eso es una pantalla para la verdad
de los recortes. No es cierto: para el pueblo catalán la verdad está mucho más del lado del derecho a ser consultado, independientemente de quién dirija el proceso y de cuál pudiera ser el resultado, porque eso lo constituye como pueblo, que de otros supuestos más afines al materialismo de manual. Si no se ha entendido eso no se puede hacer política
emancipatoria en el siglo XXI.
De este modo, el carácter utópico y según los que han
mandado siempre impracticable de muchos puntos del programa de Podemos es una filfa electoralista si lo
atribuimos a una voz simple en un contexto de pluralismo partidista y
mediático. Pero es un caldo de cultivo con un potencial más allá de todo
imaginario, si lo consideremos (escuchamos y/o pronunciamos) desde una voz
múltiple, no jerárquica, plural y no espectacularmente pluralista. Los que nos
dedicamos al análisis de los discursos sociales sabemos bien que la
verosimilitud depende de los condiciones de recepción que será establecida en
cada marco enunciativo y por eso usamos conceptos como Mundo Posible y entendemos la relevancia de una teoría de los géneros como estructura
enunciativa. Porque cualquier mensaje
está mediado por el rizoma enunciativo; incluso el método asambleario de Podemos está mediado por el Modelo Difusión y con la disolución de
la frontera entre lo privado y lo público, cada mensaje reverbera a muchos
niveles: ¿Quién es la voz oficial? Cada dicho, cada asamblea, cada tuit
representa. El modelo tertuliano implica un telos imaginario: que se sabe desde
dónde se habla, que hay unos presupuestos comunes y la mejor arma en ese
terreno es confinar al enemigo en un significante y propagar la impresión de la
unicidad enunciativa: “no hace falta que hables porque yo ya sé desde siempre lo
que piensas”. Imagínese en cuantas situaciones comunicativas opera este
subtexto en nuestro paradigma: del maltrador a su víctima, del tertuliano al
tertuliano, del candidato a su votante, ¿del politólogo al militante?
Intentemos evitarlo en todos los casos. Es muy mortífero. Y un tal Sigmund
Freud ya nos dio hace más de un siglo una lección magistral de cómo operar en
sentido contrario: escuchando la verdad en la palabra del Otro.
3.2. El lider.
3.2.1. Enunciado y enunciación
Evidentemente, líderes ha habido siempre, comenzando por el
padre de la horda primitiva, siguiendo por Viriato, Espartaco o César, hasta
Napoleón, Hitler, Perón, Castro, Correa o Chávez. Sujetos que han conseguido
encarrilar imaginariamente las mociones pulsionales en una acción colectiva
hacia la barbarie o hacia la emancipación. Leyendo a Laclau y Mouffe, mi
impresión es que su defensa del liderazgo como opción política en el campo del
populismo es un gran comienzo, pero está absolutamente por completar, pues se
basa exclusivamente en una lectura parcialísima de Picología de las masas y análisis del Yo, que puede acabar llevando
a curiosas tesis como la de Zizek, que dice que lo que necesitamos es una
Thatcher de izquierdas.
Ahora bien, el líder no es una especie de arquetipo
jungiano. Como cualquier otra categoría cultural está determinado por la
historia, por el horizonte de expectativas y connotaciones de su época. Y la
noción de líder en el presente está muy cargada de su uso neocón: el líder
empresarial, el portador de los intangibles y de los valores de una marca. En
resumidas cuentas, el líder empresarial,
en su acepción comunicológica y publicitaria (en la empresa o en los media) es
el que me convierte en un siervo voluntario, es decir, en un esclavo alegre,
entusiasta, comprometido vitalmente con los intereses de los que me explotan.
De hecho, el líder político liberal-democrático en el occidente global está
pergeñado en este molde de hipervisibilidad mediática y comunicativismo
totalitario. El político profesional es un líder facturado artificialmente por
los Media.
La reivindicación del populismo, sin embargo, nos lleva a creer que puede haber un líder que empodere al pueblo, no que lo encarrile hacia el voto útil bajo especie de realpolitik, como el ejecutivo empresarial o el gurú publicitario los modeliza como productores o consumidores. El caso es que la complejidad enunciativa está claramente relacionada con la noción de locus enunciationis (las modalidades enunciativas de Foucault) abundantemente usada, sobre todo, por los llamados estudios postcoloniales. Porque, claro, el lugar desde el que se enuncia modeliza al lugar de la recepción y modeliza el canal. Me explico: si hablas como líder político mediático te diriges a la opinión pública en la esfera pública. Esta opinión pública queda definitivamente emplazada como un sujeto pasivo e irresponsable (nadie responsabiliza a un electorado por las decisiones de los gobernantes que votaron) . Si hablas como líder popular, tu enunciatario queda emplazado en el lugar del pueblo, no de la opinión pública. La construcción de la opinión pública como enunciatario puede ser leída, pues, como un intento de llevar la comunicación al Modelo Difusión, a una voz lo menos plural e interactiva posible, es decir, reconducir una posible voz popular, que se antoja demasiado anárquica, al orden cuantificable y doméstico del electorado eufóricamente pasivo. Es la diferencia entre el potencial subversivo de la hermenéutica y el potencial de reordenación de la comunicación política. La búsqueda de indicadores (a ser posibles de colorines) cuantitativistas, con la seria intención de reducir toda la complejidad de las voces enunciativas a la “claridad” de los datos y las encuestas, esto es, del frame preestablecido. De hecho, todo método es un locus enunciationis, porque al diseñar sus objetivos modeliza indefectiblemente sus resultados. Nada más manipulable que los datos, nada más incómodo para el poder que los argumentos. De hecho en Podemos mismo ahora hay un claro debate entre los que lo quieren ver claro y los que quieren ver en profundidad. Es un debate viejo (utilizo el adjetivo para que me capten ciertos politólogos que motejan de tal toda concepción política y organizativa distinta de la suya) pero reeditado con más fuerza si cabe en el entorno digital.
Repitámonos pues la pregunta: ¿Es Pablo Iglesias un líder
populista? Primero, dado que es obvio
que el populismo como opción política puede ser tanto totalitario como liberal,
de izquierdas como de derechas, cabría también hacer una distinción. El líder
populista totalitario o de derechas aspira a absorber y monopolizar la voz del
pueblo hacia un ideario o un ideal, colocándolo en una posición de euforia
intelectualmente pasiva como militante o como votante, es decir, como puro eco
de su broadcasting. El lider popular
orientado hacia la radicalización
democrática y la hegemonía popular,
al contrario, tiene como misión condensar en una solidaridad imaginaria la
poliédrica voz popular, es decir, vehicular los antagonismos, no para
disolverlos, sino para estructurarlos estratégicamente. Son dos formas de
organización y estrategia política. Ahora bien, Dios y el diablo están en los
detalles: con suerte, distintos, pero a veces en el mismo. Laclau caracterizó
al populismo politológicamente. A mí me interesa ahora caracterizarlo semiótica
y mediáticamente. Y la única forma de hacerlo, de cernir el lugar de la
enunciación en un mensaje articulado (en este caso audiovisual) es por sus
huellas en la organización del enunciado, por el sistema que cada texto es, su
ensamblaje formal como puesta en escena.
La negativa del núcleo promotor de Podemos
a considerar siquiera la cuestión de evaluar analíticamente implicaría ya, de hecho,
un presupuesto ideológico, al intentar, precisamente, borrar toda huella del locus enunctiationis.
3.2.2. La puesta en escena
Nos planteamos, pues, si
Pablo Iglesias es un líder populista o es un líder mediático y la única
forma de hacerlo desde el punto de vista de la teoría del discurso es ver su
diferencia y su posicionamiento en el seno de los modelos de representación
mediática. Podríamos decir que hay dos grandes modelos de representación del
líder en las sociedades del siglo XXI. Por un lado, el líder mediático noroccidental, propio de los sistemas liberales
parlamentarios en economías capitalistas avanzadas (evidentemente, los países
de la UE y de América del Norte) en las que los medios de comunicación ofician
de cuarto poder de modo prácticamente institucional y la estructura político-mediática
es formalmente bipartidista. El lider
populista radical democrático, tiene por el momento su máxima expresión en
diferentes países de América Latina.
Debemos, pues, siquiera sea someramente, caracterizar
escénicamente la modulación enunciativa que constituye ambos paradigmas a
través de su materialidad, esto es, a través de su transmisión y puesta en
escena. Veamos. El líder político (por simplificar) europeo jamás se dirige a
su receptor-modelo (target
comunicativo o público objetivo,
dirían los publicitarios) directamente, sino a través de una función marco (intradiegética,
en el interior de la representación) sustancializada en la prensa. Por eso, jamás mira al centro axial de la cámara,
cosa que se consideraría una provocación o un gesto de mal gusto, en perfecta
sintonía con la preceptiva actoral hollywoodense. En román paladino, jamás habla a un pueblo sino a una sociedad y la
emplaza como enunciatario en su papel de
opinión pública/electorado. Por ello, su canal (su escenografía) connatural
es la rueda de prensa, de la que el tristemente famoso televisor de plasma de
Rajoy no es más que una versión hiperbólica. De este modo, el líder político
europeo se configura como un actor en un entorno de semblante pluralista y el público
intradiegético hace la función de marco enunciativo. Pensemos también en
otro ejemplo de líder en el capitalismo avanzado, el gurú publicitario (siempre dispuesto a las revelaciones que van a cambiar
nuestra percepción del mundo), de Steve Jobs a Al Gore, pasando por otros
activistas o "concienciadores", que venden una idea, un concepto, un intangible. La
escenografía es siempre la misma: de pie frente a una sala oscura con un
auditorio rendido. Y el público objetivo, los fans que van a ver el vídeo como
un viral en las redes sociales. Fijémonos, por comparación, que el líder
político liberal, incluso en un mitin, nunca habla a una sala oscura. Y nunca
al espectador extradiegético, el que mira a la pantalla, que es su verdadero
público objetivo.
Veamos pues en qué se diferencia la puesta en escena populista de la escena político-mediática parlamentaria noroccidental y en la que reside
buena parte de su carácter escandaloso (demagógico, incoherente, vulgar, etc.,
etc.) para el establishment
europeo. Si el espacio natural del líder liberal es la rueda de prensa (y subsidiariamente el mitin) el del líder populista es el discurso. El líder populista democrático,
socialista, mira directamente a la cámara. Y eso es intolerable, si está
pidiendo identificación agónica o a adhesión. Lo descubrió el cine ya en sus
inicios y uno del primeros pasos para la instalación hegemónica de lo que en
teoría fílmica llamamos Modo de
Representación Institucional fue
precisamente prohibir que el actor mirara a la cámara, porque resultaba
perturbador. Cuando el MRI pasó a la televisión, invirtió aparentemente el
precepto. Lo que nos resulta intolerable es que el locutor o el reportero no la
miren. Pero para actores, tertulianos, políticos, concursantes y cualquiera que
no sea un portavoz directo e imparcial del constructo semiótico llamado
“realidad objetiva”, el precepto sigue perfectamente en vigor. Los únicos que
pueden mirar a cámara en la TV son los profesionales orgánicamente vinculados
al staff de un ente difusor (el
presentador sí, el tertuliano deportivo o político, no, por poner un fácil
ejemplo) o los jefes de Estado en estricto cumplimiento de su función
metapolítica, no partidista, sino representado a la integridad del Estado. Si
al final de un debate electoral, los candidatos pueden dirigirse directamente a
la audiencia es porque han sido protocolariamente invitados por el moderador
institucional del debate.
Probablemente, fue Hugo Chávez con su Aló
Presidente el primero que rompe esta regla homeostática del principio
del placer mediático-visual y se propone como interlocutor directo de la
audiencia sin renunciar a su parcialidad (a ser representante de partido) política. Ahora bien, a
diferencia del líder populista autoritario, en la TV o en la radio, el líder
populista radical democrático lo hace en un entorno de libertad expresiva que
permite la retroalimentación interactiva. La gran acusación es que el populismo
le dice a la gente lo que quiere oír. Obvio: el populista triunfa porque pone
en voz su demanda silenciosa. Ahora bien, las elecciones, la libertad de
prensa, y una oposición fuertes son moduladores imprescindibles del discurso
chavista para emplazar a su enunciatario de una forma completamente distinta a
como lo hace el político formalista europeo. No tendría ningún sentido el feedback en un espacio comunicativo
controlado por la censura y sin posibilidad de réplica y sería visto como un
doble engaño. El líder populista emplaza a su enunciatario no como
opinión-electorado pasivo e irresponsable, sino como pueblo y le demanda una
escucha activa. A un liberal le tiene que molestar: se está metiendo en su vida
privada. (Ya
en otros lugares he señalado cómo la televisión en el siglo XXI a aprendido a
manipular pareciendo no entromenterse, pp. 365 y ss.).
Por consiguiente, tanto el pueblo como la opinión
pública son ficciones operativas, en el uso metodológico que les estamos
dando, modelos de enunciatario definidos por cada modalidad enunciativa (Foucault). Pero en tanto ambas modelizan al
receptor comunicativo desde las marcas que el sujeto de la enunciación deja en
el texto, no son en absoluto éticamente indiferentes. Tiene razón pues el
filósofo José Luis Pardo principal rasgo distintivo en la invocación de un
“pueblo” (ilusorio) anterior y superior a la Constitución con el cual los
líderes de estos movimientos dicen mantener una conexión directa e inmediata.
Lo que pasa es que no tiene toda la razón. La versión liberal-constitucional de
que existe un pueblo español porque en el reside su soberanía es tan ilusoria y
ficticia como si dijéramos que España es una unidad de destino en lo universal.
Y tan ficticio es pretender que se mantiene una conexión inmediata con el pueblo
como pretender que la legalidad instituida es el shortcut a la razón ilustrada. Insistimos: la diferencia no es
ontológica, sino moral.
3.2.3. Pablo Iglesias entre Modelos.
Visto lo cual, si me parece crucial la pregunta de si Pablo
Iglesias puede ser considerado un líder populista porque hay otras dos
preguntas que anidan en ella. Una: ¿Su operación es un inédito y audaz intento
de adaptar los modelos emancipatorios de América Latina al entorno europeo o es
simple cosmética? Y dos: ¿Está como parece que cree mucha gente en Podemos utilizando inteligentísimamente
a los media o está siendo vilmente usado por ellos? No olvidemos el aviso de
Pierre Bourdieu: “la televisión oculta mostrando”.
Bien, ya hemos visto antes la vertiente ilocutiva y
perlocutiva del sujeto enunciativo denominado Pablo Iglesias (me estoy
refiriendo a él como ítem semiótico, como unidad cultural y analítica,
obviamente, y no como persona o ciudadano) en un gesto semántico audaz: abrochar la enunciación popular con la
enunciación mediático-electoral. Por lo tanto, tras venir del 15M, parte
del modelo difusión europeo y pretende que éste le sirva de lanzadera
electoral, aunque no confiesa en absoluto esta intención en un principio.
Ahora, además de audaz, la operación es realmente inédita y en après coup puede ser interpretada
como un experimento ejemplar de asalto a los Media y al cerco político que
estos resguardan. Porque Pablo Iglesias pasa del “no nos representan”, no al
cerco político, sino al mediático. Es decir, pasa a incrustarse en una de las
subespecies del espacio informativo que enmarca al líder político y que en las
sociedades neoliberales se reserva como el lugar de eclosión de las comunidades de goce bajo el semblante de
pluralismo. Con lo cual, pasa a hablarle a la gente de perfil. Recordemos que
en su programa La Tuerka sí hacía una
alocución siempre mirando a cámara, hablando directamente al espectador
extradiegético, pero se dio perfecta cuenta de que este formato no era
suficiente (razones muchas: la audiencia limitada en stream, claro, pero también que esa puesta en escena populista no
modula igual el flujo comunicativo si se hace desde el poder –como Hugo Chávez-
que si se hace connotando marginalidad, cosa a la que contribuía el decorado
estilo “radio pirata” de La Tuerka). No se trataba de hablar o arengar, se
trataba de discutir, es decir, de que hubiera una representación palpable
(plástica, textual, fijada en un discurso público) de su victoria dialéctica y
para ello lo más inteligente era incrustarse en la misma función marco.
Ahora bien, mi
hipótesis ha sido siempre que esta entrada en la comunicación como campo único
de enunciación, bajo el semblante del pluralismo, no puede dejar de tener
efectos secundarios, porque todo canal, toda escena, todo lugar de enunciación
tiene leyes de refracción propias. Insisto: el empeño experimental me
parece audaz y realmente novedoso, no banalmente innovador (en el sentido
institucional y domesticado del I+D+I). Para empezar se trata de pasar del
laclauismo silvestre al “tecnolaclauismo”. No quiero decir, no soy experto en
ello, que en Latinoamérica no se utilizaran los media para construir hegemonías populares, claro. Estoy diciendo
que en un entorno noroccidental de
capitalismo avanzado y democracias blindadas, la fabricación técnica del líder
y de la hegemonía tiene notas completamente distintas, que llevan a la
utilización de técnicas de márketing y construcción de viral de las tendencias
basadas en el consenso pluralista. Vale decir que nos encontramos en un punto
antinómico al pretender construir un antagonismo desde el consenso aprisionado
en el dogma de la corrección política, lo que conlleva la necesidad de un
sistema de control significante para no herir sensibilidades enquistadas en una
determinada comunidad de goce, a la
que se quiere atraer (aquí un buen análisis, aquí un
buen síntoma)
Por tanto, Pablo Iglesias es antes que nada una estrella de
la televisión que ha pasado a liderar un proyecto político innovador,
intentando adaptar estrategias de confluencia popular que han funcionado en
América Latina y que han sido tildadas de populistas, cosa muy ofensiva para
los voceros del establishment pero cada vez menos para los que son
motejados de tales. (En fin, me voy a mojar: sí, quien esto escribe, convencido sujeto anticapitalista, está
intentando trabajar en un proyecto populista, tras años teniendo que votar a
opciones de la izquierda sistémica que no le suscitaban el mínimo entusiasmo.
Dicho está). Ahora bien, el problema, tal y como lo estamos planteando,
supone una disyunción entre el mediaticismo
liberal noroccidental y el populismo
propiamente dicho, y sostenemos que la fusión de ambos no es en absoluto
aproblemática aunque la politología leninista-mediática (insisto, es un término
que yo habría sido capaz de inventarme nunca) crea que con un simple análisis aplicativo
de lo que Laclau denominó retórica
general es suficiente, es decir, un análisis sincrónico y códico como los
que hacía el primer estructuralismo lingüístico y antropológico y no sea
necesario tener en cuenta todas las derivas del análisis discursivo y textual
posteriores, que hacen del texto un campo de fuerzas y refracciones múltiples
(la interextualidad de Kristeva o de Genette, el semanálisis, la
deconstrucción, el análisis de las modalidades enunciativas y la arqueología y
genealogías foucaultianas, además de todo el Lacan que Laclau se deja en el
tintero, de toda la tradición estudio-culturalista anglosojona, y de lo mejor
de los estudios fílmicos posestructuralistas…)
3.2.4. Pablo Iglesias en la tele.
Sería clave, pues, para hacer esta distinción entre Pablo
Iglesias como simple líder mediático o como líder popular-populista hacer un
acercamiento riguroso a su tratamiento por los medios de comunicación.
Normalmente, la gente se refiere a la enorme presencia de Pablo Iglesias en
televisión desde la modalidad enunciativa del escándalo y la sospecha. ¿Por qué
le dan pábulo, por qué lo potencian, a quién conviene políticamente que la
figura de Pablo Iglesias destaque? ¿Es una estrategia del PP para dividir el
voto de la Izquierda? No es tan raro. Estalinistas, socialdemócratas y neoliberales
comparten una fe ontológica férrea en el cuantitativismo y en la información
como modalidad única del saber, es decir, en los patrones métricos, en las
encuestas y en las teorías de la conspiración.
Las encuestas son un aceptable instrumento si son auxiliares
del análisis político y cultural. Cuando lo encierran y lo aprisionan, es decir, lo que
suele pasar siempre que pensamos la política capturada en la comunicación como campo único de enunciación, han sido
históricamente el gran instrumento de perpetuación del capitalismo. El cuantitativismo
extremo es siempre neoliberal. Concibe la política como parte del sector
empresarial de la comunicación y acaba coagulando toda posible iniciativa
popular porque convierte al pueblo en electorado. Vamos lo que ha hecho la
llamada "casta" toda la vida. Es mi opinión. Que no la pública.
Pero lamento tener que desilusionarles. Las empresas mediáticas no obedecen a sus dueños, sino a los mercados.
Siempre me ha hecho gracia que cuando hablamos de los agentes económicos los
llamemos así, con toda naturalidad, con ese genérico siniestro y enigmático, y
sin embargo cuando hablamos de la transmisión y control de la información
tengamos que entenderlos como vehículos enunciativos de sus dueños. Es la falacia del economicismo y del
personalismo enunciativo. A los medios los dominan los mercados, no los
criterios banalmente ideológicos. La ideología es una cuestión de voz y de
lugar en el discurso, no de positivismo contenidístico. Como clave
hermenéutica, la propiedad de los medios es trivial comparada con el
establecimiento de la agenda. Ésta es la que tiene un valor enunciativo
y discursivo. Controlar qué y cómo se tratan los temas. Y una cadena no puede
dejar de sacar a un tema o un personaje, o contraprogramar con otros, si lo
hace la competencia. He ahí todo el secreto: Pablo Iglesias es audiencia.
Ahora, no todo acaba en esa banalidad, también es importante
ver cómo está estructurado el sistema mediático español y los efectos que ello
pueda tener. Para lo que nos compete, baste decir que hay tres grandes grupos
televisivos en España. Uno, público: RTVE. Dos, privados: Atresmedia y
Mediaset. A su vez, los tres grupos tienen un canal principal (TVE1, Antena 3 y
Tele 5) otro, secundario (La 2, La Sexta y Cuatro) y otros varios satélites
normalmente con una especialización temática. Podríamos dejar aparte en nuestro
análisis tanto RTVE como a todas las televisiones autonómicas, porque Pablo
Iglesias jamás es invitado a ellas. Si últimamente sale en algunas, es porque
no hay más remedio al ser ya un representante político institucional y ha de
respetarse la cuota correspondiente a Podemos
por tener cinco parlamentarios en la Eurocámara. Pero en general, las emisoras
públicas en España, como las cajas de ahorros en lo financiero, se acepta con
naturalidad que son una excepción al semblante de pluralismo obligado en los
regímenes liberales y que van a ser censuradas y manipuladas a su antojo por
las fuerzas gobernantes correspondientes. No es objeto de este texto entrar
profundamente en las causas de esta aceptación, pero la consecuencia del
descrédito de los medios públicos es que son los privados los que se hacen cargo de
la opinión.
Y aquí los dos grandes errores, en mi opinión, de aquellos que piensan en los media de una forma superficialmente cuantitativa: el error de que los contenidos son autónomos y no están sobredeterminados por las estructurara espectaculares y por los moldes de la puesta en escena y error de creer que se dominan los media, cuando éstos son los que te están utilizando mediante su distribución sistémica. Y aquí, mi razonamiento, y soy consciente de ello, se vuelve tan sutil como discutible, porque se basa más en la intución analítica que en análisis propiamente dicho; entiéndase lo que sigue como hipótesis heurística. Las cadenas serias e importantes para los grupos mediáticos son sus buques insigneas. Ya, más de uno pensará que he perdido la cabeza al decir que Tele 5 es una cadena seria. Pero lo que nos lo indica son otros factores. Primero, qué “telediario” compite por las máximas audiencias. En ese sentido, los de Cuatro o La Sexta son completamente secundarios para sus empresas. Lo mismo, la estructura de la programación. La 1, Tele 5 y Antena 3 cuentan con potentes magazines matutinos, con una tertulia a primera hora. Lo que transmiten es, pues, una sensación a la audiencia de que son el contacto privilegiado con la realidad. No es raro que Pedro Sánchez llamara a Sálvame. Sabía dónde está la audiencia que le interesaba. Allí van los políticos serios. Ironía modo on, claro. Pero no sólo.
Mientras, las cadenas secundarias están especializadas en
formatos genéricos: deportes, series de mediana audiencia, tertulias políticas…
La Sexta o Cuatro no tocan la política “seriamente” sino como un formato de infoentretenimiento
al que concurren periodistas y, sobre todo, políticos de segunda fila (es
decir, no destinados, al menos a corto plazo, al poder ejecutivo) como
tertulianos. Ahí, es donde se hizo un hueco Pablo Iglesias como, probablemente,
la máxima estrella de estos espacios. Un joven activista y profesor de ciencia
política que llegó a los medios desde el 15M y sin ser promovido por ninguno de
los grandes partidos institucionales. Por eso es interesante observar algunos
rasgos de puesta en escena que van variando en las apariciones de Pablo
Iglesias desde que dio el salto al terreno electoral. De hecho, cuando volvió a
La Sexta Noche el 4 de octubre, ya no
como tertuliano, sino como líder político en activo con aspiraciones
ejecutivas, el tema fue tratado abiertamente por el conductor del programa: le
preguntó cómo había de tratarlo a partir de este momento, si volvería como
tertuliano, etc.
Pero en definitiva, lo más importante son los tratamientos en el encuadre y respecto a la ubicación y temporalidad. La última vez que recuerdo (no he contrastado el dato, pero me parece verosímil) haber visto a Pablo Iglesias en Cuatro, actuando como personaje televisivo y casi como miembro de la plantilla es en una parodia del mensaje navideño del rey, en la que pedía abiertamente la instauración de la República. El vídeo es importante, porque leído retrospectivamente puede pensarse como la despedida de un rol y el acceso a otro. De hecho, insisto, es la última vez que yo recuerdo haber visto a Pablo Iglesias hablando directamente a la cámara en una emisora generalista, y por supuesto, juega con el rol del líder populista en su mensaje verbal, pero también con el rol del mandatario apolítico (rey-presidente) de los regímenes europeos: se pone en la posición de Juan Carlos I, pero su despacho está decorado con una bandera pirata, un retrato familiar de Urdangarín y otro de Bárcenas. Pocas semanas después, habrá abandonado su rol de puro tertuliano y pasará al de líder político.
Por supuesto, aquí la puesta en escena del actor político
Pablo Iglesias va cambiando gradualmente de tertuliano a entrevistado. La mayor
parte de las veces es entrevistado en directo fuera del plató y, por supuesto,
comienzan a emerger los colaboradores que se pueden batir en las tertulias
evitando desgastar la imagen del líder: Monedero, Errejón, Bescansa, Alegre e
incluso Teresa Rodríguez. Las gradaciones y representaciones van cambiando en
función del nuevo estatuto enunciativo y la mirada al público (para los no
expertos, se puede estar mirando a la cámara sin mirar al público porque se
está conversando en off con un entrevistador o con alguien fuera del plató, que
entra por teléfono, como Esperanza Aguirre) desaparece casi totalmente. No es pues sólo una cuestión de audiencias o
números, sino de estructura del sistema comunicativo y de posición enunciativa.
Pablo Iglesias va adoptando poco a poco la posición del líder mediático serio,
sin abandonar su vestuario ni su coleta. Pero una dirección de la mirada y un
recorte en el encuadre apropiado valen más que mil mediciones del espacio en la
pantalla o del tiempo concedido.
En último caso, y respecto a la estrategia del sistema,
también podríamos preguntarnos si lo que se pretende es privilegiar a Podemos respecto a otras fuerzas de la
izquierda… O privilegiar el control de Podemos
por la corriente liderada por Pablo Iglesias frente a otros planteamientos
estratégicos, políticos y comunicativos que también pugnan en su seno y no con
poca fuerza. La Transición ya nos enseñó que la mejor forma de devaluar el
potencial subversivo de un político es atraparlo en el cerco
mediático-electoral, del éxito, la hipervisibilidad, el carisma y la cohorte de
cortesanos con intereses económicos que circunda al gobernante y lo aísla de su
pueblo, para conseguir que lo vea ya sólo como electorado u opinión pública. La
mirada es un circuito de ida y vuelta, no lo olvidemos.
Mientras, cierta politología que ve una maldición en la vieja partición del campo político liberal entre derecha e izquierda, sólo se fija en que la prensa de derechas no para de hablar de la confrontación interna en Podemos. Evidentemente, la prensa escrita no cuenta entre sus moduladores discursivos con la exigencia de un semblante pluralista, como lo cuenta la televisión que no se dirige sólo a unos supuestos adeptos ideológicos, sino como los gobernantes liberales, a la opinión pública como espejo enunciativo de la supuesta sociedad civil.
No he citado directamente a ningún autor en este texto, pero
creo que es importante cerrar este somero y muy preliminar análisis con una cita de Laclau:
“El punto importante es que, en la medida en que ha
desaparecido el campo de la «sociedad en general.» como marco válido del
análisis político, ha desaparecido también la posibilidad de establecer una
teoría general de la política sobre la base de categorías topográficas —es
decir, de categorías que fijen de modo permanente el sentido de ciertos
contenidos en tanto que diferencias localizables en el seno de un complejo
relacional”. (Hegemonía y Estrategia
Socialista)
Lo que me parece mentira es que algunos no paren de alabar y
citar a Laclau y no se den cuenta de que si esto vale para las “banales”
relaciones partidistas también vale para todo el ámbito de la comunicación
social y crean que es fácil de dominar, porque se tiene dos claves de las
decenas que hay en juego, un espacio en el que no hay categorías topográficas estables que fijen el sentido de ciertos
contenidos en el seno de un complejo relacional. O en lenguaje
foucaultiano, que no hay valor del enunciado sino es en su pesada materialidad
modulada por el locus enunciativo. El
capitalismo se ha valido de ello para perpetuarse sin “urgencias”
los últimos 70 años. Y hoy tiene el sistema más controlado que nunca. Qué gran
error pensar lo político como un campo autónomo sólo porque hemos conseguido
liberarlo de la carga ontológica del materialismo histórico y la predestinación
dialéctica. La verdadera materialidad, en
todo caso, es la del significante en cuanto infinitamente distinto del
significado, al que acota pero al que nunca se identifica.
4. Por el momento.
No hay última palabra. Es muy difícil en la temporalidad en que vivimos cerrar un texto con un
“that’s all folks”, con unas conclusiones al uso. Hace muchos años que Emilio
Garroni habló del antisemioticismo como posición reaccionaria. Por supuesto
que hay grandes enfoques parciales del tema, llevados a cabo por
semiólogos y lingüistas pero lo que yo reclamo ahora es un enfoque metamediático
imprescindible en esta época de hibridaciones digitales, transmediáticas
y post-hipertextuales. El mismo enunciado verbal, cambia según cómo haya
sido enfocado por una cámara y cómo haya sido montado en una secuencia
audiovisual y vuelve a cambiar cuando pasa de la difusión controlada a YouTube y a las redes sociales y se
convierte en un viral. Y lo terrible es que cada uno que lo difunde cree que
está viendo y transmitiendo con total transparencia exactamente el mismo
mensaje incólume. Todos los líderes políticos han sufrido esto, pero algunos ejemplos de Pablo
Iglesias, tal vez sean los más significativos de ello. Claro que están
descontextualizados y remontados. Pero es que así van a circular.
No querer saber del lenguaje que nos condiciona es completamente correlativo un no querer saber del Inconsciente, de un no permitir que éste opere, en perfecta consonancia con el Discurso Capitalista. No nos vale la superstición de la transparencia y la simplicidad, del sentido común, de lo evidente y sin doblez. Si no estamos dispuestos a reconocer que somos dominados más allá de lo que podemos percibir del campo de la intención y la conciencia, estamos abocados al fracaso de una maquinaria ideológica que todo lo ha sabido deglutir desde hace más de dos siglos. Y lo peor de todo, es que esta deglución puede tener la apariencia del éxito. Olvidarnos de que queríamos transformar radicalmente el sistema porque este sistema nos hipnotiza con sus escalas de valores y sus oropeles y nos premia según ellas. El problema de una ciencia política sin atención a los media es que acaba siendo algo así como ponerse a jugar ignorando a la banca, que es quien reparte las cartas y estructura finalmente la partida. La retórica general de Laclau es una gran herramienta, pero sin tener en cuenta los procesos semióticos, textuales y mediáticos en los que esta batería de recursos deviene enunciado material y concreto puede poner a los científicos políticos a revisar continuamente sus ecuaciones a ver qué ha fallado. Vamos, que el riesgo es confundir el fondo de microondas que testimonia del origen del universo con cagadas de palomas. Y dicen los datos que el Universo se expande, que no es estacionario.
La televisión consiguió hace mucho tiempo posicionarse
hegemónicamente en el panorama mediático porque logró hacerse con el papel de
ágora global y convertirse en nuestro patrón y principal contacto con la
realidad, con lo que no vemos. Por eso, creo tan importante considerar la
esfera pública en relación con el dilema
del prisionero. Primero, le robó ese espacio al cine, en una operación
parangonable a la que había realizado la fotografía respecto a la pintura en
perspectiva en el siglo XIX, usurpando la representación de la realidad. Después, pese a los embates de los medios
digitales ha conseguido conservar ese papel. Nada es susceptible de entrar en
el régimen de la verdad hasta que no pasa al ágora. El principal problema enunciativo de la política actual es
precisamente que está atrapado en la
comunicación como campo único de enunciación y ello supone que estamos completamente
modelizados por el patrón televisivo y por los géneros del infotainment
en que se ha conseguido encarcelar cualquier voz popular en un pluralismo
espectacular dirigido al goce público.
De tal modo, uno de las grandes armas en este falso
dialogismo, al estilo de la pseudo-oratoria del talkshow y la tertulia, consiste en atribuir toda voz opuesta a un locus de enunciación prejuzgado.
Recordemos cuando Intereconomía se
embarcó en la cruzada de mostrar cómo lo que no fuera PP obedecía directamente
consignas Zapatero: el 15M, los nacionalismos (menos el español, claro), ETA,
los sindicatos, el 15M… Confinar la voz del oponente para aislar sus argumentos
de toda posible interactuación discursiva no sólo es sucio éticamente. Acaba enajenándonos
a todos del campo de la verdad porque si todo oponente discursivo se convierte
en un enemigo cuyo discurso es ya conocido y repudiado desde un siempre mítico,
es imposible que el debate pueda designar nuestra posición subjetiva, esto es,
que podamos descubrir cualquier error en nuestros automatismos mentales. Éste
es el poder hipnótico del pluralismo espectacular y polémico, que no agonístico.
El clientelismo a que nos sometió el bipartidismo nos hace ser incapaces de ver
la contingencia, la inconsistencia de un pensamiento y una línea política en
formación, en contradicción, rica y poliédrica en sus facetas y en sus fisuras.
Yo he visto quejarse amargamente a gente de Podemos,
muchos de ellos jóvenes con una cultura política escasa pero que fían
ciegamente y con la mejor intención en el aparato axiomático de los politólogos,
que en cuanto destacan, ven que alguna gente desde los círculos se les llama “casta”. Cuando
se pone un significante clausurante como éste en circulación, se debería pensar
en sus consecuencias como arma primitiva. Puede ser utilizado como un cuchillo
de doble filo o como un boomerang aunque los lelininistas mediáticos con toda
su buena intención despótico-ilustrada
hubieran querido poner en juego un drone o un misil teledirigido.
La aldea global no trae una nueva transparencia, sino un
panorama epistémicamente complejo, aunque tal vez menos limitado para la
acción, y también menos mensurable métricamente que el panorama del broadcasting y de las viejas industrias
culturales. Tal vez, mejor caldo de cultivo para el surgimiento de lo nuevo. Porque
hay una extraña exactitud en el ruido, la
del sujeto que, impelido a gritar sobre el bullicio para hacer valer su voz,
acaba encontrando una hendidura de silencio, esa oquedad alrededor de mi grito
en la que se percibe, con menos claridad que exactitud, que soy responsable de
ella. Probablemente, eso me pasó a mí con Pablo Iglesias. Entendí que demandaba
amor y mi reacción, como buena alma bella, fue el escándalo
histérico-izquierdista. Precisamente, porque decidí no cegarme en categorías enunciativas dogmáticas he podido rectificar. Y a lo mejor eso me hace
peligroso. Espero que así sea.
Parece que uno de los grandes debates que ahora mismo se
agitan en Podemos, y que ha exportado
como un furor democraticista a las fuerzas tradicionales de la izquierda
parlamentaria es la disputa entre el “leninismo mediático”, que pretende salvar
el coto electoral y el valor publicitario de la marca desde una verticalidad diligente y operativa, y la anarquía
hermenéutica de la horizontalidad. Mi
apuesta es muy clara por un modelo asambleario de máxima participación y máximo
control de los cuadros ejecutivos. No tengo ningún especial interés en el
éxito, sino en la victoria. Y el centralismo democrático ya fue un rotundo
fracaso. Llegar al gobierno es un éxito indudable. Pero la victoria es derrotar
al capitalismo. Y no hablo de una especie de triunfo espectacular y
revolucionario. Vencer al capitalismo es ir ganándole terreno hacia lo común, más allá de la falsa dicotomía
entre lo público y lo privado. Que lo táctico no nos impida ver lo político.
Lo que anida aquí es la antigua y denostada cuestión del
“hombre nuevo”, que tanto inquietó, de modos tan diferentes, tanto a al
marxismo como a al vitalismo nietzcheano y que estuvo en la base de todas las
utopías del siglo XX, incluidas las más sangrientas. Cuidado, hablamos de una
nueva forma de vivir el horizonte de la época, no de un objetivo planificable,
ni de un destino metafísico. Y la cuestión no puede ser desalojada, simplemente
porque haya caído la ilusión de su refrendo ontológico. Efectivamente, desde el
descubrimiento freudiano, no podemos creer ya en una supuesta lealtad de la
materia y en una inexorabilidad de las leyes de la Historia que ofrezcan un
cobijo apacible al ser hablante bajo
la especie de la reconciliación absoluta ni de la síntesis dialéctica. Pero
ello no desaloja el enigma, sino que no que nos obliga a una reformulación más
desesperanzada de cualquier garantía. Menos eufórica, más entusiasta, más
compleja. Pero un nuevo sujeto es el que sea capaz de no ver al mundo y en sus
semejantes bajo la lente única del fetichismo y la metafísica de la mercancía y
la explotación y sea capaz de inventar un nuevo vínculo social. Y cierto que la
reflexión entendida como meditación introspectiva cartesiana o como speculum filosófico, reactivado por
ciertas corrientes de la autoayuda y el coaching, no es precisamente la solución. Pero tampoco caer en una
especie de intuicionismo rousseauniano que, huyendo las falacias de la
fenomenología, acabe convirtiendo cualquier articulación popular en un
colectivo de nobles brutos y sanotes. No hay revelación sin tiempo de
comprender, sin el momento de vivir.
En fin, que no hay nada más viejo, caduco y rancio que desconfiar de “las masas” (que según cierto activo politólogo ha dejado dicho en las redes sociales “confunden churras con merinas, democracia con representación”: qué bien se está en los despachitos y en la asambleítas convertidas en homogéneas reuniones de amiguetes, mientras las masas de mente maloliente se alienan con Sálvame: cuidadito que ahí igual están con Pedro Ken Sánchez…) con una lectura estrecha del leninismo como despotismo ilustrado. Tal vez alguien se haya escandalizado por mí uso del aparato terminológico de la Teoría de la Publicidad , pero no soy yo quien ha dicho que presentarse a las municipales es arriesgar la Marca Podemos. Si hay que privilegiar el dolor ante la lucha como he leído en los muros de algún teórico de Podemos –triste incultura de cenáculo la mía, en realidad se estaba metiendo con una corriente rival, y yo va y me tomé su reflexión en serio- es difícil aceptar ahora que es más importante la marca que la militancia por algún abstruso axioma de la ciencia política. El problema es que la marca es un intangible pero la gente que está construyendo podemos es de came y hueso A ver si resulta que aún estamos haciendo política para el estratégico sujeto ilustrado. El sujeto antifilosófico es el que ha atravesado el fantasma del sujeto racional, no el que lo ha evitado.
La anarquía
de las interpretaciones, efectivamente, dificulta el éxito. Menos mal,
porque tras todo éxito se esconde una victoria del sistema. Los movimientos
populares latinoamericanos no fracasaron sino que fueron vilmente derrotados en
los años 70. Y el sistema, con el FMI a la cabeza y los partidos
socialdemócratas en la cola, no para empeñarse en intentar indicar su falta de
éxito actual, cuando están ganando elecciones una tras otra. La Unión Soviética
fracasó. Y también el Partido Comunista chino, sólo que éste se siente
guarecido porque puede ocultar su fracaso tras los oropeles del éxito sistémico
en el capitalismo. De derrota en derrota hasta la victoria final, decía Ho Chi Min. Recordemos
cómo define derrota el DRAE: Rumbo o dirección que llevan en su navegación las
embarcaciones. Claro que hay que ganar las elecciones y mandar a una panda de maleantes a su casa. Pero sin una base popular articulada, combativa, eso puede acabar en un tremendo fracaso más. Por eso no temo ni no ganar las elecciones demasiado rápido ni
considero un desastre que las opciones que apoyo en Podemos puedan perder una votación u otra. Por supuesto, mejor si
se gana. Pero siempre que eso no suponga una relajación en la vigilancia,
creyendo que se ha acabado la guerra. No hay victoria final, no hay palabra
final. Lo que más me seduce del
pensamiento laclauiano es la denuncia de un posible mundo sin política como una
utopía idealista. No habrá una sociedad reconciliada y sin antagonismos. No
habrá un sujeto íntegramente subsumido en la razón. Jamás. Somos seres
hablantes.
Me imagino dos reacciones posibles a este texto desde fuera
de Podemos: a. Menudo palo les ha
dado éste. b. Otro de Podemos
intentando defender lo indefendible con peregrinos argumentos. Ambos se
equivocan, luego lógicamente apuntan directamente a le verdad. De lo que se
pueda pensar desde dativo no consigo imaginar nada. La imagen no es un acceso
digno a esa voz. Lo que se juega en la asamblea en Madrid el 18 y 19 de octubre
no es simplemente un modelo organizativo, sino algo mucho más trascendente en
el paradigma comunicativo: un modelo de
voz. ¿Queremos una voz clara y sin matices, una portavocía monocorde para
competir según las reglas de la casta,
o queremos una voz profunda, aunque
poliédrica y mucho menos domesticable? ¿Algo radicalmente nuevo o un nuevo PSOE?
A mí no me parece una cuestión de buenos y malos, sino el reflejo estructural
de un debate. Hay dos grandes bloques de proyectos para la Asamblea Ciudadadana. Uno
"claro" y otro "profundo". Yo, lo que tengo interés, es en
seguir trabajando por la profundización, esto es, por la radicalización
democrática. Si la luminosa claridad nos lo permite seguiremos hurgando en lo
profundo, que a ciertos ilustrados les parece siempre un poquito oscuro. No se nos oculta tampoco que nada
tendrá valor de cambio hasta que no haya unas elecciones. Estamos en un medio
político noroccidental y de ética liberal parlamentaria cuyo reflejo
estructural es la división del sujeto entre el votante y el militante.
Gracias, sufridos lectores, por haber llegado hasta aquí. En cualquier caso, yo tampoco he tenido nunca la intención de ser original, sino lógico.
Gracias, sufridos lectores, por haber llegado hasta aquí. En cualquier caso, yo tampoco he tenido nunca la intención de ser original, sino lógico.
(Directamente relacionado con este texto: ¿Se puede conseguir que Podemos sea algo más que un fenómeno mediático? Sí se puede)
Etiquetas:
Comunicación Política,
comunidades de goce,
Democracia Radical,
dogmatismo,
hegemonía,
Hermenéutica,
Paradigma Comunicativo,
Podemos,
Politólogos,
populismo,
televisión
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




