sábado, 11 de octubre de 2014

LA VOZ COMPLEJA: DECIR Y ESCUCHAR LA POLÍTICA EN EL SIGLO XXI.



Un discurso es siempre adormecedor, salvo cuando uno no lo comprende — entonces despierta.
Jacques Lacan.

 

1.El sistema comunicativo y el desconcierto político.

De algún modo, podríamos decir que quienes nos ocupamos de analizar, escrutar, estudiar e interpretar los mensajes culturales “en el seno de la vida social”, que dijo el padre de la lingüística moderna, estamos medianamente cómodos cuando nos enfrentamos a aquellos producidos en el seno de las industrias culturales clásicas. Desde el postestructuralismo, solemos de renegar de la noción de autor y de la de obra, que nos parecen saturadas de ese componente metafísico que Marx vio en la mercancía capitalista. Pero nos queda el concepto de texto, con sus límites, su materialidad inalterable, y su carácter de enunciación unidireccional. Cierto, que dentro de esos límites, la materia significante que nos encontremos (palabras, sonidos, imágenes) puede ser muy compleja y hasta rizomática, pero al menos, queramos desentrañar su secreto, deconstruir sus trampas implícitas, o utilizarlo como síntoma (hay lecturas sociológicas, psicoanalíticas, feministas, estudioculutarlistas) de un determinado proceso social, un film, un libro, una canción, una sinfonía o un espectáculo teatral en caja italiana, parece que sabemos dónde empiezan y dónde acaban, quién lo emite, en qué consiste, y que no espera más que una respuesta receptiva, que no va a alterar su materialidad institucional. 

Mayores problemas empezamos a tener en el seno de la cultura digital, donde toda esta estabilidad se pierde. En un entorno de estructura hipertextual y de comunicación interactiva no hay objetividad estable posible, no hay un acto de lectura que responda a un acto de escritura, ni un texto fijable (si no inmutable, sí al menos, de estructura, límites y contenidos consensuables). Aunque la “novela” sea de Joyce, de Becket o de Perec, el film de Chris Marker, Tarkowski o Lynch, al menos podemos tener claro desde dónde se enuncia y desde dónde lo leemos. Pero si estamos en la estructura web, ya hay que empezar a introducir conceptos como navegabilidad y si en un videojuego, jugabilidad. Y si era ya imposible fijar una estructura textual para interpretarla en la versión 1.0 de la cultura digital, imaginémonos cuando han entrado, con la 2.0, la interactividad y customización generalizada, la mezcla absoluta y fluctuante de imagen, sonido y texto, los medios locativos o ubicuos y los dispositivos inteligentes, las redes sociales, las aplicaciones de chat para móviles, etc. 

Podríamos respirar más cómodos si estos medios coexistieran puros, pero sabemos que no, que están completamente interconectados, que interactúan entre sí. Yo he propuesto utilizar del concepto de modo de representación, proveniente de la teoría del cine, para intentar poner un poco de orden en la selva de los fenómenos informativos y comunicativos en la era digital, y así suelo hablar de un Modelo Difusión (en el cual incluiríamos los rasgos más extremos o “puros” las industrias culturales clásicas, desde la industria editorial a la televisión, es decir, el broadcasting) y el Modelo Reticular (caracterizado por la máxima horizontalidad, instantaneidad e interactividad, como en las aplicaciones de chat o en las redes sociales). Pero es una pura distinción metodológica que en absoluto pretende ser un reflejo de lo real. Al contrario, aquí no hay nada puro sino extrema hibridación. La televisión, el cine, la prensa, se digitaliza; la web fue completamente colonizada por los medios clásicos, hasta el punto de que ha llegado ser la publicidad, su máxima fuente de financiación y ésta depende de la audiencia, esto es, de la difusión de los contenidos. Por eso, los perfiles de las redes sociales se han convertido, no en nódulos de una red, sino en pequeños centros difusores. El cine, la más secuencial de las artes, ha tendido a la interactividad (los i-docs) y las remediaciones (videojuegos de cómics, cómics de películas, películas conectadas a serie de tv. y videojuegos y aplicaciones para móviles, etc) están al orden del día. 

El caso es que, evidentemente, semiólogos, comunicólogos y especialistas en el análisis cultural estamos investigando estas cosas y se han dado muchos pasos en la dirección de la comprensión de la cultura digital (por ejemplo o por ejemplo, o por ejemplo, y también, y cómo no , por ir sólo a los más conocidos...). Pero no creo que ningún colega me niegue, que a diferencia de lo que nos hemos conseguido con las producciones textuales clásicas, sea cual sea su complejidad, que es ser capaces de explicar cómo la forma contribuye y determina la generación del sentido y orienta indeleblemente la interpretación global del texto tanto en lo estético como en lo ideológico, ése es un trabajo que está todavía por hacer en los medios interactivos reticulares. Vamos cerniendo su estructura, sus propiedades gramaticales, su potencialidad, o siendo capaces de medir su influencia y su alcance. Pero aún no hemos dado con la manera de religar todo eso con una semiótica interpretativa de los enunciados que realmente vinculan. Ideológica, sémicamente, las redes son un caos.

El sistema parlamentario plural-partidista, se avenía al modelo difusión como se avenía a la economía capitalista. Como Marx advirtió, la sociedad industrial manufacturaba mercancías de modo colectivo pero enajenado, formando parte de la cadena productiva sin ningún control sobre el producto final. En ese sentido, el votante es como el consumidor, y el político profesional como el capitalista: el producto lo construimos entre todos pero él es encargado de gestionar su venta y su rédito. Sin embargo, la digitalidad, al desligar imagen y materia, supone de entrada un reto a ese carácter metafísico y fetichista de la mercancía capitalista. Ya no hay consumidores, sino prosumidores que se las arreglan por fuera de los circuitos de control distributivo establecido por los Estados y por los entes capitalistas clásicos. Eso trae, cómo no, el caos financiero por arriba. Pero por debajo trae los problemas del copyright cuando la distribución se produce en red y no en un proceso típico de expedición comercial capitalista. Eso mismo está pasando en la nueva política. Nadie es dueño absoluto de la marca de un partido, como pasa con todas las evanescentes mercancías digitales, de ahí que en la teoría publicitaria lo propio hoy por hoy sea hablar de intangibles. Y ahí se puede estar fraguando una subversión del eje ontológico del capitalismo con un alcance inédito.

Pues bien, creo que aunque prolija, esta introducción era necesaria para colocar en su contexto cultural el momento de errancia y de ininteligencia política que arrastra una gran parte de la ciudadanía. Si los especialistas andamos a la búsqueda de métodos, es obvio que el ciudadano no especialista corre el riesgo de no entender nada. Ahora bien, eso me preocuparía bastante menos si en estos tiempos de extrema confusión enunciativa, donde millones de voces se interfieren, colisionan, se glosan, se comentan, se contradicen, convergen y divergen, no estuviera convirtiéndose en habitual el intento, por miedo, por angustia, por pavor a la desorientación, de confinar las voces, no ya discrepantes –el bipartidismo sabe muy bien cómo concertar las discrepancias- sino disolventes del sistema, en posiciones enunciativas preconcebidas y prejuiciosas que cauterizan todo su potencial de acción y cambio. Es decir, que se confine la subversión en las casillas de la transgresión.

Este problema lo vemos en todos los partidos y formaciones. Nunca como hasta ahora, los militantes y simpatizantes había tenido no ya acceso a la esfera pública, sino capacidad de disponer de los atributos enunciativos de su partido (el logo, el cartel, las siglas) y suplantar la voz del aparato. Recuerdo en las últimas elecciones europeas una buena bronca en las redes sociales a cuenta de un cartel que iba rondando de muro en muro y que, a causa de los pactos en Extremadura, esgrimía la leyenda IU=PP y firmada con un logo similar al del PSOE. 



 Se armó una buena, con consultas a militantes y cuadros del PSOE, representativos y bien informados, para saber si el partido estaba detrás (como luego comentaré, con Podemos nadie hace eso: si pillo algo contrario a mi opinión lo denuncio con tonito de “ya os decía yo”; si favorable, mira un despistado que no sabe dónde se ha metido).
El caso es que esta lógica política, que se aviene perfectamente al capitalismo clásico, de las masas trabajando y consumiendo, pero una élite controlando y beneficiándose del proceso (y a  la que se avienen también perfectamente las lógicas de capitalismo de Estado de los Partidos Comunistas tradicionales, bajo el principio del centralismo democrático) lleva al votante/simpatizante/militante a una posición que ya he  definido alguna vez, como la del prisionero ante su famoso dilema. Hay quien ve el dilema del prisionero simplemente como un problema de teoría de juegos, es decir, de racionalidad ante la imposibilidad de un cálculo completo por una inconsistencia en el conjunto de los datos disponibles. Pero también hay mucha gente que ha visto en él el molde de un dilema ético

Yo añadiría una dimensión imaginaria, de economía psíquica, que tiene que ver con las identificaciones y que en el contexto reticular resulta mucho más evidente, en cuanto el votante mudo se convierte en portavoz de su propia simpatía. Se produce entonces una revelación. Evidentemente, como el prisionero en su celda, el votante cuando es convocado se juega muchas cosas. Juega estratégicamente a ver cómo puede hacer variar el rumbo de lo colectivo y cómo suma, divide, se anticipa, al resto de los votantes, al juego de las mayorías. ¿Cómo no ver aquí un eco del estadio del espejo lacaniano? En ese juego lo que se dirime es la sospecha de mi incompletud que sólo puede ser velada por mi identificación al otro o a la imagen especular y que está en el propio fundamento del Yo, y en el origen de su agresividad. Precisamente, cuando tiene voz pública, el votante deviene simpatizante, su identificación demanda una declaración por encima de los constructos especulares cuantitivistas que el Modelo Difusión nos había servido para apaciguarnos: la opinión pública, las encuestas, los sondeos, los espejos públicos. Y en esta precariedad de la dicción reticular es donde emerge con más fuerza el micro-enfrentamiento banal, el intento de adelantarse al cómplice que habita en la celda de al lado, la necesidad casi respiratoria de sentirse mayoría y de sentir al otro recluido en una dicción que lo haga reconocible, inconfundible. Y la tentación del éxito aflora con mayor fuerza. Porque la victoria es contra el enemigo. Pero el éxito es siempre contra el rival imaginario. No hay éxito sin patrón. El éxito sólo lo puede medir el amo.

 

2.Podemos como efecto comunicativo.

 

2.1 La voz compleja.


Tenemos, pues, millones de voces simultáneas que, en tanto receptores, votantes, espectadores, nos tienen sumidos en la confusión, y en tanto comunicadores, usuarios, interactuantes, nos llevan frecuentemente al escándalo. Ahora bien, si como hemos visto, en todos los partidos y formaciones nos podemos encontrar el caso, en nuestro panorama social y mediático la palma se la lleva Podemos. Constantes son las acusaciones de populismo y de incoherencia que pueden venir tanto de la izquierda ortodoxa como de la socialdemocracia –recordemos las declaraciones recientes tanto de Pedro Sánchez como de Willy Toledo- y que pueden acusarlo de no tener clara su noción del Estado y su estructura, de tener una política económica impracticable, etc. Pero la acusación fundamental es siempre la de no tener una voz compacta. Más bien, ante las diversas voces que levantan los emblemas de Podemos nos encontramos con que desde las más diversas posiciones, éstas se utilizan como una confirmación de las sospechas de los que las cotemplan: es el nuevo PSOE, son fascistas, antisistema, al servicio de Venezuela… En efecto, había un perfil de Facebook llamado Podemos Fascistas, como hay otro Podemos Antifascistas, como hay otro –con el que me río mucho- llamado Dopemos Círculo Disléxico. En fin, cualquiera puede hacerse un icono con los símbolos circulares de Podemos y pretender hablar en su nombre.

Lo que creo indudable es que Podemos ha supuesto un cambio estructural esencial en el panorama político español. Y si el fenómeno puede ser abordado desde un punto de vista sociológico y politológico, no es menos perentorio enfrentarlo como fenómeno semio-comunicativo. Y ello, pese a la reiterada negativa del núcleo promotor a considerar analítica o teóricamente, a mentar siquiera, el hecho de que el origen del éxito de Pablo Iglesias tiene su origen en sus apariciones televisivas (véase comentario 5), entre otros tabúes comunicativos autoimpuestos. Pareciera que no se puede hacer análisis semio-comunicativo si no es a la contra, propensión a las que nos llevaron la deconstrucción, las posturas apocalípticas y en cierta medida los estudios culturales. Decir que algo es mediático, parece implicar que es necesariamente negativo. Lo cual no deja de ser curioso en un ámbito en el que se están realizando grandes esfuerzos, como veremos más adelante, para reivindicar el término populista. De todos modos, ni se me oculta a mí, ni quiero ocultar a los no especialistas en el campo comunicacional, el tipo de abordaje de los medios que yo intento hacer, basado en el análisis textual (enunciado y enunciación) tampoco es precisamente el más reconocido en el ámbito de la ciencias de la comunicación, donde predominan los enfoques indirectos y métricos, no la observación de las articulaciones significantes en su materialidad formal

Hechas estas salvedades, paso pues a enunciar la tesis esencial de este escrito: En este momento, el discurso de Podemos es un discurso incoherente en el que se inscribe una lógica inexorable: la de la crisis de las estructuras políticas clásicas, centralizadas, avenidas al Modelo Difusión, unidireccionales, en las que la voz, la línea, los mensajes, los lenguajes, estaban perfectamente dominados por los aparatos de los partidos y los grandes grupos empresariales de comunicación. Esta asunción de la incoherencia implica una ética mucho más exigente que la ética kantiana de la intención, porque supone aceptar como propia la voz compleja y plural, contingente y no garantizada por ningún a priori. Contingencia implica posibilidad donde antes no la había, pero en ningún caso una necesidad, una inexorabilidad de los procesos políticos. No hay hegemonía sin contingencia. Pero ello supone la asunción de una pluralidad de tonos y voces que va mucho más allá del pluralismo mono-enunciativo que supone una sola opinión para una sola voz y que no es más que un recurso espectacular del sistema.
La incoherencia, pues, no es la inconsecuencia. La incoherencia es un semblante para esa radicalidad que se expresa en una voz compleja, imposible de reducir a una enunciación institucional canónica y domesticada. Pensar contra uno mismo (eso decía Jacques Lacan que hacía) es la esencia de la radicalidad. Y más aún de la radicalidad democrática. En este momento, la obsesión por una imagen social de coherencia sería una trampa mortal para un pensamiento político nuevo.

Este semblante de incoherencia es legítimo sólo si tenemos en cuenta el campo de complejidad enunciativa en el que se produce. De tal modo, puede ser el epifenómeno y el germen de la subversión radical de la comunicación concebida como campo único de enunciación, que es a mi entender el mayor cáncer de la acción política en tiempos mediático-liberales y el núcleo estructural de toda la sensación de impotencia en la que la ciudadanía se halla encallada desde hace décadas en las sociedades parlamentarias liberales y que le ha impedido constituirse como sujeto popular. Es pues, condición necesaria de todo populismo emancipador, porque impide el abroche, el cierre imaginario, tanto bajo la imagen monolítica de un líder manipulador como bajo de un sentido garantizado por un sustrato ontológico que considere el proceso social como obediente a unas leyes inmanentes de la historia. Es decir, la disolución del sentido, aún más en su faz domésticamente ilustrada, entiendo que es requisito indispensable para la conquista del espacio común y para poder construir una contra-hegemonía proactiva.

Ahora bien, todo esto no deja de ser pura cháchara politológico-comunicológica si no somos capaces de refrendarlo con un análisis de la materialidad comunicativa, por rudimentario que haya de ser una simple entrada de blog. Vayamos a ello.

 

2.2 De la calle a la tele, de la tele al cerco electoral.

Entre las muchas lecturas que se pueden hacer del acontecimiento sociopolítico más importante en el Estado Español desde la implantación del régimen del 78, el 15M significó la crisis definitiva de la hegemonía indiscutible del Modelo Difusión en política, como ya se había verificado en otros espacios de comunicación social. Con su “no nos representan”, el 15M fue ante todo un proceso de disolución enunciativa. Recordemos, también, que no fue un fenómeno pintoresco e idiosincrásico, sino que se enmarcó en un flujo global que implicaba al movimiento occupy o a las primaveras árabes. El caso es que el 15M puso en primer plano la cuestión del uso estratégico y político de los medios ubicuos al servicio de intereses que no eran los del puro márketing político, como había supuesto el caso de las campañas de Obama y que esencialmente se trataba de un nuevo desembarco del Modelo Difusión en los canales reticulares digitales, como ya hicieron las industrias culturales (y las otras) en la Web 1.0 (puede haber diversas narrativas del proceso, pero a mí me gusta la mía, pp. 345 y ss. que para eso la escribí). El proceso fue amplio y cuestiones como el ciberactivismo o la democracia monitorizada pasaron al primer plano de la discusión política, teniendo como buque insignia affaire Wikleaks: las fuerzas que tradicionalmente controlaban las voces en los regímenes liberal-parlamentarios dejaban también de decidir monopolísticamente los silencios. Y ello conllevaba, así mismo, la sospecha hacia cualquier imagen de liderazgo, porque la figura que se pudiera tener del líder en las sociedades europeas, o bien era la del líder empresarial neoliberal o la del líder político profesionalizado y mediáticamente hipervisible, y ninguna de ambas se avenía en absoluto al espíritu del 15M

El caso es que, independientemente de que el proceso haya afectado a todas las opciones partidarias y les haya obligado a recolocarse en el panorama digital, hay tres modelos que intentan responder a la demanda del 15M articulando propuestas electorales que no obedezcan al patrón clásico, que habría dejado de  ser representativo de la ciudadanía. Las CUP, optaron por un modelo de implantación social y asambleario, mientras que el Partido X estableció un sistema de predominancia digital y telemática. Pero Podemos es el único caso de un experimento de hibridación integral del Modelo Difusión y el Modelo Reticular, intentando propiciar su sinergia. En efecto, Pablo Iglesias, que procedía del 15M -ningún afán periodístico, historiográfico o biográfico en esta afirmación, simplemente es como fue presentado por Intereconomía- desembarcó en la televisión difusión por invitación de la "TDT Party". El gesto, visto con perspectiva a día de hoy, resulta crucial y muy significativo, pues se trata de un intento de abrochar la enunciación mediático-electoral con la enunciación popular-reticular. Recordemos que el 15M había sido simultáneo a una victoria aplastante de la derecha en todos los comicios habidos en 2011. Es decir, la calle y en buena medida las redes se habían convertido en el espacio enunciativo de los “antisistema”, de los que cuestionaban el statu quo representativo, mientras que los medios del broadcasting (radio, mucha prensa, televisiones autonómicas y privadas digitales) se habían convertido en un espacio ganado por la derecha. La grieta entre el sistema político, el mediático y el representativo estaba servida. Después, todos conocemos la historia, Pablo Iglesias consigue notoriedad y pasa en breve tiempo de una televisión de ínfima categoría como Intereconomía a ganarse un lugar de referencia en las tertulias políticas de las televisiones generalistas y de ahí, cual territorio conquistado, da el salto al terreno electoral.

Este salto, sin aparato, sin control enunciativo centralizado, provoca un comprensible escándalo en las comunidades de goce preestablecidas. Por un lado, Pablo Iglesias esgrime un cierto populismo en sus actos y comparecencias, ahora ya como líder y no como simple tertuliano aventajado de la clase. Significantes como gente decente, o casta, la huida de la dialéctica de la lucha de clases en la textura de su discurso, el no somos de izquierdas ni de derechas, provocan un cierto malestar y desconfianza en la izquierda desubicada en sus patrones de decodificación habituales. Sí, porque de repente aparece una voz que no “podemos” encajar en los moldes tradicionales y que se busca por todos los medios encajar en alguna de las categorías conocidas para poder manejarse con ella. Yo no diría que ésta es una voz compleja, sino esencialmente transgresiva de los esquemas comunes de encauzamiento de la pulsión en el discurso político. Sin embargo, esta voz, la de los mítines y entrevistas, mantiene una disciplina discursiva férrea, en base a una serie de reglas léxico-discursivas (para mí terriblemente discutibles), orientadas por un objetivo semiótico y estratégico claro: abrochar la enunciación volátil de la calle, del activismo, de los movimientos sociales, con la enunciación mediática y electoral. O con otras palabras, atraer a los votantes tradicionales de la derecha que estaban votando contra sus “intereses objetivos”. Si para ello hay que lastimar un poco la sensibilidad de la izquierda, no importa mucho: esos están hechos a todo. El caso, es que no nos damos casi cuenta, pero en cuestión de semanas, allá por enero de 2014, Pablo Iglesias pasó de ser un tertuliano y un influencer a convertirse en una especie de líder natural. Los efectos ideológicos poderosos producen la impresión de estar vehiculando valores que están ahí desde siempre, aunque sean perfectamente historizables (cuidado, no he dicho datables: “Todas las ciencias del espíritu, e incluso todas las ciencias que estudian lo vivo, tienen que ser necesariamente inexactas si quieren ser rigurosas."). Por eso algunos ven en el populismo un hálito preconstitucional

En cuanto a mí, evidentemente, cosas de la evolución personal, después del escándalo izquierdista lógico en un principio, estoy en Podemos. Quede claro que aún no he dicho con, que es lo fundamental para el votante-consumidor tipo de la era del broadcasting. ¿Qué me ha pasado? Lo puedo explicar, que dicen los sospechosos en las series policíacas. El primer Podemos, fue conformado como una candidatura electoral, sin partido, aparato, ni programa. Únicamente abrochado, frágilmente hilvanado, por la imago (véase el logo en las papeletas de las europeas) de un líder mediático que se recicló en tiempo récord en un líder populista -que no es lo mismo. Yo asistí al proceso ejerciendo escrupulosamente lo que en este texto estoy crititcando (como suelo decirles a mis alumnos cuando intento corregirles algo, no me despierta mucho interés un error o un defecto que yo mismo no tenga o haya cometido, sigo creyendo en la experiencia de la vida): mi actitud consistió en ver todas esas manifestaciones contradictorias expresiones de una voz simple e incoherente, sostenida por esa imagen creada por los media. Llamo a eso el primer Podemos: el núcleo promotor (fundamentalmente formado por politólogos y algún filósofo de las universidades madrileñas) y aquellos que se les unieron, explotando la fuerza mediática de Pablo Iglesias. Pero hay un segundo Podemos: el conformado por los círculos, que ha ido tomando la calle, los espacios cotidianos, las redes digitales, en suma, la realidad social. Podríamos decir que se trata de un empoderamiento enunciativo, mucho más hacia lo simbólico que hacia lo mediáticamente imaginario: la gente se atreve a usar la voz, a hablar y no sólo escuchar la política. No es tanto, pues, una especie de tratamiento neurocognitivo de la autoestima (matiz que el término “empoderamiento” siempre incluye y por lo cual nunca ha gozado de mi simpatía) como que la “gente” ha encontrado un lugar desde el que hablar, percibiendo que con ello están construyendo una voz colectiva.

Estamos en condiciones afirmar, pues, que si Podemos ha traído una transformación estructural de hondo calado en el sistema político español, también ha significado, y tal vez antes que nada, una auténtica revolución comunicativa. No sólo a través de los social media (Facebook y Twitter fundamentalmente), sino a través de los interminables hilos de discusión en la plataforma Reddit Plaza Podemos, chats de Telegram, etc. Y sobre todo las plazas, los barrios, las calles, los jardines, los solares, redes ubicuas, medios locativos, conversaciones. 

Los círculos hablando entre sí, redactando actas de las asambleas, haciendo propuestas e intercambiando innumerables borradores organizativos con el fin confesado de que el Poder esté en los Círculos y en ningún otro lugar, sin ceder por ello a la implantación, la acción social y política y los objetivos electorales (que son una parte importante de los políticos, claro, aunque no su única posibilidad de sinécdoque). Tal vez de aquí surja lo común, de esta imposibilidad de la soledad, de esta conculcación del solipsismo. Pero surgirá como un enigma, no como claridad ilustrada.  La cuestión es que Podemos se está construyendo con la lógica de partido clandestino a plena luz mediática. Lo que ha quedado suprimido de la lógica política es el secreto, pero con ello, también el espacio privado, el silencio, la intimidad y la pausa del pensamiento y del diálogo han sido engullidos por el espacio público. Esto da como resultado la transparencia: una extrema confusión fractal. La transparencia, la ausencia de conflicto, la monitorización pasiva y no proactiva es un ideal del votante bieninintencionado, de la opinión pública, del ciudadanismo burgués, pero no es una aspiración del militante ni del activista. Es el fin de la resistencia como único activismo posible a la espera del acontecimiento revolucionario, que está dando pie a una concepción de la revolución como acción, no como acto que se consuma y se consume en sí mismo de una vez para siempre.

La aldea global, pues, no trae una nueva transparencia, sino un panorama epistémicamente complejo, aunque tal vez menos limitado para la acción, y también menos manejable métricamente que el panorama del broadcasting y de las viejas industrias culturales. Tal vez sea mejor caldo de cultivo para el surgimiento de lo nuevo. Esa gente que hace borradores es la misma gente que está en los barrios, que monta círculos, que va por toda la ciudad apoyando y ayudando a la gente que quiere montar un círculo en su barrio para brindarles su experiencia. Ellos son los que están abriendo Podemos a la gente y a la sociedad y creando a la vez un espacio de expresión y cooperación ciudadana que al abrochar el asociacionismo ciudadano como un potencial práctico mediático y electoral puede suponer la invención de una forma de hacer política completamente inaudita en Europa.

Por eso la voz de Podemos es una voz compleja, heteróclita a veces, que alberga  en sí lo irrepresntable de un deseo que intenta articularse de modo colectivo. Tras ello está la acusación –¡oh, abominación!- de populismo, en la que siempre el señalamiento de la inconsistencia, de la incoherencia, como bien señaló Ernesto Laclau. Pues bien, eso es lo que a mí a acabado atrayéndome de Podemos. No creo que se pueda apoyar o denostar a Podemos desde la barrera, como a un partido tradicional. Yo, como otros muchos ciudadanos, lo que hemos visto en Podemos es no tanto una candidatura o un aparato al que mostrar una lealtad inquebrantable y de la que ser fan eterno, para votarla y defenderla en las redes sociales y en los bares con encono fanático. Yo me he acercado a Podemos porque he visto por primera vez un lugar en el que se puede construir política, pensamiento, ideología y práctica y no sólo sumirse en la ciénaga estratégica del dilema del prisionero en la que se ve el votante tradicional: ver qué candidatura cerrada voto en función de qué vayan a votar los demás. La reducción de mi pena sería formar ilusoriamente parte  de la mayoría que gobierne.

Bien, hasta ahora he estado hablando de dos Podemos. Reconozco que es una forma de simplificar propedéutica y metodológicamente una voz mucho más compleja. De todos modos, estoy en un cierto brete, porque a la vez que estoy comprometido con el proyecto estoy intentando analizarlo rigurosamente. Es decir, que parto de cero supercherías objetivistas neoliberales a la vez que intento evitar también la pasión ignorante del subjetivista enunciativo. Cada una de estas posiciones tiene su modo de enfrentar y neutralizar el asunto negándole toda potencia discusiva, pragmática y de pensamiento. En el primer caso, el cuantitativismo absoluto, la búsqueda de indicadores, el frame prejuicioso y preconcebido. Son procedimientos útiles en la mercadotecnia de raigambre y servidumbre neoliberal comprobada. El otro es el confinamiento enunciativo: negarse a la escucha suponiendo en la palabra del otro un eterno subtexto consabido. Si dices esto es porque eres casta, si dices esto es porque eres un perroflauta. Son dos formas de negarle a la palabra todo potencial poético, de desvelamiento, de incidencia radical. Son, ambos, modos de neutralización de cualquier transformación de la realidad. Ahora bien, si he tenido el atrevimiento de subtitular esta entrada como “la enunciación política en el siglo XXI” no puedo pretender ningún enfoque riguroso si no hablo de dinámicas reticulares y no me refiero a enunciados concretos dentro de ellas. Por ello, a todo aquello a lo que me refiera en esta entrada hay que tener en cuenta que he tenido acceso por mi amistad en las redes con sus autores, de ahí que no vaya a citar párrafos literalmente ni a dejar constancia de ningún nombre propio. Como he dicho al principio, no existe un protocolo firme y generalmente aceptado para el abordaje de estas textualidades como sí lo hay, y con tradición académica, para las que se ajustan al Modelo Difusión clásico.

Asumamos, pues, que si no dos bloques sí que hay dos grandes tendencias en Podemos en tensión y confrontación política y dialéctica. No me asustan estos términos. En Podemos hay bloques, hay debate y hay enfrentamiento (a algunas personas de mi afecto está a punto de costarles la salud y no sólo la mental). No es que me parezca estúpido negarlo. Es que si no los hubiera, no me interesaría lo más mínimo. Podemos está construyendo ideología y pensamiento, está poniendo la tradición emancipatoria anticapitalista y democrática radical a la altura de una praxis muy compleja. Y eso no es fácil ni estamos para discursillos melifluos. Lo que hay que evitar en Podemos, y somos muchos los que estoy seguro que lucharemos contra ello, son las familias, cercos burocráticos y lealtades más allá de cualquier vínculo con la verdad, como los hay en todos los partidos tradicionales. Y la forma estructural de impedir las familias en una formación política es constituir las corrientes en posturas idelógicas debatibles, no en ristras de oscuras solidaridades e intereses personales, que es lo que ha alejado a gran parte de la ciudadanía del activismo y de la militancia

Ya nos hemos referido al segundo Podemos: todos aquellos que han visto tras las europeas un proyecto político en el que podían pensar y construir, no sólo elegir como consumidores. Su voz es proteica, puede que en algunos casos mimetizada con cierta chulería tertulianesca, pero al menos hay una cuerda que vibra con insistencia: todo el poder para los círculos. Cierto, que es una tendencia ésta, a la máxima descentralización y a la máxima democracia y control representativo que cuenta con algunos egregios representantes, incluso entre los ya eurodiputados. Por otro lado, el grupo promotor ofrece un semblante bastante más homogéneo, alrededor del liderazgo mediático de Pablo Iglesias, y su principal urgencia pragmático-instrumental es el fortalecimiento de Podemos como plataforma electoral, el acceso al poder ejecutivo. El grupo está formado fundamentalmente por politólogos que siguen el discurso de Gramsci en la versión postmarxista y posfundacional de Ernesto Laclau, lo que les da por supuesto una homogeneidad doctrinal e ideológica mucho mayor que a los integrantes de los círculos. 

El núcleo promotor da charlas, escribe en prensa, arenga y difunde a través de las redes. Reproducen y proclaman consignas ideológicas, contestan a ataques externos. La transparencia, el lenguaje claro que proclaman necesario para los media queda soslayado cuando escriben en las redes sociales. Esto no es incoherencia: es un doble rasero, casi diría que una doble moral. Normalmente usan sus perfiles para defender el leninismo mediático-representativo o el populismo como fórmula  con un tono de profe de matemáticas resolviendo una ecuación. A la jerga burocrática ahora se suma la jerga politológica. La retórica laclauiana se ve así convertida en una especie de aparato de certezas axiomáticas. Suena raro, porque Laclau, partiendo de Gramsci, fue ante todo un desfundamentalizador de Marx, que opuso una  retórica general al dogmatismo determinista del materialismo histórico. Cuando se les lee en las redes, la verdad, asustan un poco: da la impresión de que los científicos políticos vayan a sustituir con sus certezas las certezas de los científicos económico-jurídicos de la casta. A mí no me da miedo Venezuela, ni el chavismo. Los dogmas sacralizados por el éxito, la verdad sea dicha, un poco más. Además, muy difícilmente contestan. Al principio pensaba que era a mí, porque les hacía observaciones discrepantes o críticas. Pero no es a mí, no. No contestan en general porque la mayoría de ellos se limitan a postular consignas axiomáticas y esperar el aplauso o la difusión. A veces uno tiene la sensación de que lo tratan un poco como si fuera menor de edad: “calla tonto, que cuando saquemos muchos votos ya verás como te alegras.” Algunos, los menos la verdad, sí entran al debate y he podido no ya discutir, sino aprender mucho de ellos y compartir lecturas y referencias. Pero la mayoría, se comportan como políticos profesionales y han convertido los perfiles de las redes sociales en focos de difusión. Es un efecto colonizador y perverso que ha traicionado, no diré su naturaleza, pero sí su potencial, fomentando la estructura clásica de difusión radial concéntrica frente a la reticularidad. Es la herencia pragmática (enunciativa, no sólo en sentido filosófico, sino también semio-lingüístico) del centralismo democrático, que es el patrón (pattern) ideológico con el que el capitalismo pudo colonizar y carcomer el socialismo real.

Pero a su vez, en Podemos Oigo muchas voces a mi alrededor que dicen que ganar elecciones, vale, está bien. Pero que están allí para acometer transformaciones mucho más profundas. Que "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente" es un principio sujeto a gradaciones. Ganar elecciones, ganar el espacio público, es completamente contraproducente si no se ha ensamblado un espacio de resistencia común. Lo público es un cerco en el que el representante queda a merced del dinero, del gran capital, que lo puede presionar. Ése es el gran problema de la crisis de la representación: el representante en la democracia burocrática parlamentaria –donde el lenguaje jurídico pugna por apresar lo real bajo el semblante fantasmático de la universalidad- queda automáticamente extraído y aislado de la comunidad popular. La universalidad jurídica deviene abstracción, abandono de lo concreto, de lo particular. Lo legislativo-burocrático y lo mediático son las dos cuerdas de ese nudo. De ahí, la impotencia ciudadana. La abstracción universalizante es la forma jurídica en la que el capitalismo representativo atrapa toda iniciativa. 

La gratitud reiterada del segundo Podemos hacia el primero es el sentimiento que más veces escucho. Pero sin caer en la trampa del chantaje emocional. Ahora somos muchos más, muchas más voces, tal vez menos científicas políticamente. No se trata de realpolitik, sino de política de verdad. La “gente” no tiene nada que perder. Las prisas electorales dan a veces la impresión de estar fundadas sobre la certeza del botín. Y no será lo mismo negociar apoyándose en las figuras mediáticas avaladas por ellos, que fundándose en una potente articulación popular. La estructura de círculos de Podemos da para ello. No me interesa nada una formación política que esté todo el rato calculando el comportamiento de la opinión pública, sino escuchando el deseo popular, la suma compleja de singularidades y diferencias. Por ello,  la cuestión enunciativa es básica. Quién es Podemos en la urdimbre de sus voces: la voz mediática, la voz partidista, la voz estratégica, la voz popular, la voz militante, la voz pública, la voz asamblearia. Puede que esté poco claro qué dice Podemos (qué apoya, en qué podemos delegar, qué dichos suyos suscribimos) pero para mí, con cierta perspectiva ahora, cada vez está más claro qué significa.

 

3. La cuestión del populismo y del mediaticismo.


Ya hemos visto algunas de las peculiaridades de la voz política en el Modo Reticular. Pero la voz compleja es híbrida y no podemos hacernos una idea cabal de la enunciación política actual si no establecemos sus puentes y relaciones con los media tradicionales, del Modelo Difusión. En cuanto a éste, como es público y notorio, las principales críticas a Podemos son por su populismo, término que en manos de la derecha y en general de los actores bipartidistas implica siempre la acusación de dependencia fanática de un líder y lo utópico (demagógico) de sus propuestas.

Todo el mundo que me haya leído sabe que yo fui muy crítico con el primer proyecto de Podemos, el que se concretó en una candidatura para las europeas. Pero, reto a quien quiera demostrar otra cosa, mis críticas a Podemos han sido siempre a su mediaticismo, no a su populismo. No he criticado jamás que el proyecto fuera utópico o inconsistente. Antes al revés: he criticado que una imagen fabricada mediáticamente pudiera tapar sus inconsistencias simbólicas, que es el caldo de cultivo de toda catástrofe neurótica. Si queremos una voz popular potente, las inconsistencias hay que ponerlas en juego. El único discurso consistente sería el psicótico. Si los demás seres hablantes quieren algo parecido habrán de conformarse con un semblante coherencia integral, es decir, con la mentira. El sentido común es su faz más habitual y aplastante.

Es obvio, que en la teoría política actual, de cuño postmarxista, el término populismo ha sido rescatado definitivamente del pozo de la irracionalidad en el que lo habían sumido los pensadores de la ilustración despótica y ha sido reivindicado plenamente como una opción política digna y racional para incorporar al movimiento emancipatorio lo heterogéneo a esa cultura burguesa biempensante, incluido el componente emocional y afectivo. Laclau primero, y después Mouffe o Zizek están haciendo ese trabajo. Y frente a la opinión pública general, el proceso es muy parecido a muchas de las luchas sectoriales llevadas a cabo en el siglo XX en las sociedades capitalistas: las de género o las raciales, por ejemplo. No negar el término, sino reivindicarlo con orgullo, palabra esta que me gusta mucho más que empoderamiento porque tiene una acepción mucho más política y social. El orgullo del oprimido, que no oculta el rasgo por el que se oprime sino que lo esgrime como enseña, descoloca mucho al poder. Se hizo con los términos gay o queer, se está haciendo con el término populista.

Visto esto, a nadie se le ocultará, que las estrategias de dominación de las masas no son invención del populismo, precisamente. En España hemos asistido hace bien poco a un proceso de Síndrome de Estocolmo colectivo que, si no fuera porque la prensa hegemónica tiene por cometido guardarle las espaldas al bipartidismo, hubiera pasado por un escándalo mayúsculo. Si bien los dos partidos que se están repartiendo el poder en España sufrieron una debacle en las europeas, la del PSOE fue mayúscula. Como purga, la dirección decide hacer una elección de secretario general abierta al voto directo de la militancia, con la estructura de unas “primarias”. Pues bien, de los tres candidatos, va y gana el menos conocido con el único aval de que el aparato fracasado del partido le da su apoyo. Y no sólo eso, sino que, cuando les preguntas a los militantes del PSOE, dicen que ahora hay que cerrar filas en torno al ganador. Les sugieres que por qué no abandonan ese partido que en nada representa sus supuestos principios y te contestan que eso supondría dividir aún más a la izquierda. Con todo respeto, les ruego disculpen mi comentario técnico: WTF???? Las primarias pasan por ser un procedimiento muy democrático, pero un clima liberal bipartidista no son más que un proceso selectivo para intentar garantizar el éxito. Es una trampa al prisionero-militante al que se va a utilizar de conejillo de indias, esto es, como representante en un experimento del votante general. El militante no vota según sus convicciones, sino en un proceso de márketing darwiniano, intenta seleccionar a aquél al que las masas centristas darían más fácilmente su voto. Insisto, el dilema del prisionero en su versión política: ver qué ofrezco, en función de lo que pueda ofrecer el otro. Las primarias del PSOE demuestran que la manipulación de las masas no es precisamente un problema nacido con el populismo.

Y aquí hemos de pararnos a reflexionar. ¿Es Pablo Iglesias un líder populista?: mi opinión es que si lo comparamos con otros líderes populistas de izquierdas, cada vez menos. Yo critiqué mucho el primer proyecto de Podemos, reitero. Pero mis críticas a Podemos, siempre han sido porque Pablo Iglesias me parecía un líder mediático, no populista. Mis críticas a Podemos no fueron desde el escándalo pacato del “mira qué atrevimiento”, sino del “mirad, más de lo mismo”: líder y aparato manipulador usando la televisión como herramienta. Partiendo de esta base, debo de aclarar unos cuantos de mis supuestos argumentativos, que normalmente no se ponen sobre el tapete en este tipo de discusiones, dominadas en unos casos por la jerga tertuliana y otros por la politológica, que a veces no parecen más que la cruz y la cara de la misma moneda.

 

3.1. Los sistemas modelizantes.

Yo, honestamente, creo que mis desentendimientos con algunas personas de Podemos no son de base, son de que hablamos de cosas distintas. Yo, que no soy nada habermasiano -por las mismas razones que he criticado antes al núcleo promotor de Podemos, porque no creo que el lenguaje sea un ente instrumental, neutro transparente y benévolo- no creo que "la razón sea una en sus múltiples voces", antes al contrario: cada voz tiene leyes de refracción (obsérvese que he intento evitar cuidadosamente palabras como coherencia o consistencia) propia y no fácilmente articulables. Las voces no son autónomas, claro, pero en buena medida sí son libres.

Como toda la tradición del pensamiento semiótico, de la teoría fílmica y literaria o de la filosofía del lenguaje de Saussure a Wittgenstein, de Heidegger a Lacan, pasando por Derrida, yo concibo el lenguaje como ámbito, como territorio que impone sus leyes a sus habitantes, no como un apacible instrumento de comunicación. Los juegos de lenguaje tienen su prerrogativa. Como dejó dicho uno de los grandes nombres de la semiótica, Iuri Lotman, los lenguajes son sistemas modelizantes. Y, por si había alguna duda, llamó a los sistemas de comunicación que se edificaban sobre el lenguaje verbal, principalmente a los artísticos, sistemas modelizantes secundarios. La forma es modelizante porque designa la posición del sujeto. Por eso hablamos de una lógica del significante, por eso la semántica es el componente imaginario de todos los lenguajes. Convertir conceptualmente al significado en la parte más relevante de los lenguajes es, voy a mojarme, la operación ideológica más importante del capitalismo tecnocrático en el siglo XX, con nombres también ilustres como Habermas o Searle a la cabeza. Y su corolario es la comunicación como campo único de enunciación. El lenguaje deja de ser el campo de la invención intelectual y se convierte en un simple operador cognitivo. De ahí, que el paso lógico tras la teoría de la acción comunicativa sea la neurociencia y la psicofarmacología. Los estudiosos de la publicidad conocen bien esto. 

En política, uno de los efectos más claros de esta preponderancia neoliberal es precisamente el programismo. Porque una vez se hace del programa el principal bagaje de una formación se forcluye completamente su operatividad simbólica. Pareciera que solamente en algunas teorías políticas ha funcionado una concepción instrumental del lenguaje asociada a una concepción iluminista (la primera traducción del clásico de Adorno y Horkheimer me parece un acierto poético de primer orden) de la razón, es decir, absolutista. El lenguaje, ya lo hemos visto, no tiene sólo una dimensión referencial o semántica, la tiene sobre todo simbólica (poética). Y un ciudadano no puede llevar a su existencia y hacer operativo un texto programático, pero sí un símbolo. De ahí que a veces esto sea más valioso que un programa. Ejemplos tenemos muchos. IU desprestigiada por pactar unas veces con el PP y otras con el PSOE, de acuerdo a un programa en perfecto precepto anguitista, porque el votante no puede dejar de verlo como una claudicación. Y el caso contrario de ERC, que ha sido completamente desleal a su programa y es continuamente premiada en los sondeos por la lealtad a los símbolos, que el pueblo catalán entiende como mucho más radical y profunda. Anguita, con su vista habitual, que ya nos costó ocho años de Aznar, no para de repetir que eso es una pantalla para la verdad de los recortes. No es cierto: para el pueblo catalán la verdad está mucho más del lado del derecho a ser consultado, independientemente de quién dirija el proceso y de cuál pudiera ser el resultado, porque eso lo constituye como pueblo, que de otros supuestos más afines al materialismo de manual. Si no se ha entendido eso no se puede hacer política emancipatoria en el siglo XXI.

De este modo, el carácter utópico y según los que han mandado siempre impracticable de muchos puntos del programa de Podemos es una filfa electoralista si lo atribuimos a una voz simple en un contexto de pluralismo partidista y mediático. Pero es un caldo de cultivo con un potencial más allá de todo imaginario, si lo consideremos (escuchamos y/o pronunciamos) desde una voz múltiple, no jerárquica, plural y no espectacularmente pluralista. Los que nos dedicamos al análisis de los discursos sociales sabemos bien que la verosimilitud depende de los condiciones de recepción que será establecida en cada marco enunciativo y por eso usamos conceptos como Mundo Posible y entendemos la relevancia de una teoría de los géneros como estructura enunciativa.  Porque cualquier mensaje está mediado por el rizoma enunciativo; incluso el método asambleario de Podemos está mediado por el Modelo Difusión y con la disolución de la frontera entre lo privado y lo público, cada mensaje reverbera a muchos niveles: ¿Quién es la voz oficial? Cada dicho, cada asamblea, cada tuit representa. El modelo tertuliano implica un telos imaginario: que se sabe desde dónde se habla, que hay unos presupuestos comunes y la mejor arma en ese terreno es confinar al enemigo en un significante y propagar la impresión de la unicidad enunciativa: “no hace falta que hables porque yo ya sé desde siempre lo que piensas”. Imagínese en cuantas situaciones comunicativas opera este subtexto en nuestro paradigma: del maltrador a su víctima, del tertuliano al tertuliano, del candidato a su votante, ¿del politólogo al militante? Intentemos evitarlo en todos los casos. Es muy mortífero. Y un tal Sigmund Freud ya nos dio hace más de un siglo una lección magistral de cómo operar en sentido contrario: escuchando la verdad en la palabra del Otro.

 

3.2. El lider.

 

3.2.1. Enunciado y enunciación

Evidentemente, líderes ha habido siempre, comenzando por el padre de la horda primitiva, siguiendo por Viriato, Espartaco o César, hasta Napoleón, Hitler, Perón, Castro, Correa o Chávez. Sujetos que han conseguido encarrilar imaginariamente las mociones pulsionales en una acción colectiva hacia la barbarie o hacia la emancipación. Leyendo a Laclau y Mouffe, mi impresión es que su defensa del liderazgo como opción política en el campo del populismo es un gran comienzo, pero está absolutamente por completar, pues se basa exclusivamente en una lectura parcialísima de Picología de las masas y análisis del Yo, que puede acabar llevando a curiosas tesis como la de Zizek, que dice que lo que necesitamos es una Thatcher de izquierdas.

Ahora bien, el líder no es una especie de arquetipo jungiano. Como cualquier otra categoría cultural está determinado por la historia, por el horizonte de expectativas y connotaciones de su época. Y la noción de líder en el presente está muy cargada de su uso neocón: el líder empresarial, el portador de los intangibles y de los valores de una marca. En resumidas cuentas, el líder empresarial, en su acepción comunicológica y publicitaria (en la empresa o en los media) es el que me convierte en un siervo voluntario, es decir, en un esclavo alegre, entusiasta, comprometido vitalmente con los intereses de los que me explotan. De hecho, el líder político liberal-democrático en el occidente global está pergeñado en este molde de hipervisibilidad mediática y comunicativismo totalitario. El político profesional es un líder facturado artificialmente por los Media.

La reivindicación del populismo, sin embargo, nos lleva a creer que puede haber un líder que empodere al pueblo, no que lo encarrile hacia el voto útil bajo especie de realpolitik, como el ejecutivo empresarial o el gurú publicitario los modeliza como productores o consumidores. El caso es que la complejidad enunciativa está claramente relacionada con la noción de locus enunciationis (las modalidades enunciativas de Foucault) abundantemente usada, sobre todo, por los llamados estudios postcoloniales. Porque, claro, el lugar desde el que se enuncia modeliza al lugar de la recepción y modeliza el canal. Me explico: si hablas como líder político mediático te diriges a la opinión pública en la esfera pública. Esta opinión pública queda definitivamente emplazada como un sujeto pasivo e irresponsable (nadie responsabiliza a un electorado por las decisiones de los gobernantes que votaron) . Si hablas como líder popular, tu enunciatario queda emplazado en el lugar del pueblo, no de la opinión pública. La construcción de la opinión pública como enunciatario puede ser leída, pues, como un intento de llevar la comunicación al Modelo Difusión, a una voz lo menos plural e interactiva posible, es decir, reconducir una posible voz popular, que se antoja demasiado anárquica, al orden cuantificable y doméstico del electorado eufóricamente pasivo. Es la diferencia entre el potencial subversivo de la hermenéutica y el potencial de reordenación de la comunicación política. La búsqueda de indicadores (a ser posibles de colorines) cuantitativistas, con la seria intención de reducir toda la complejidad de las voces enunciativas a la “claridad” de los datos y las encuestas, esto es, del frame preestablecido. De hecho, todo método es un locus enunciationis, porque al diseñar sus objetivos modeliza indefectiblemente sus resultados. Nada más manipulable que los datos, nada más incómodo para el poder que los argumentos. De hecho en Podemos mismo ahora hay un claro debate entre los que lo quieren ver claro y los que quieren ver en profundidad. Es un debate viejo (utilizo el adjetivo para que me capten ciertos politólogos que motejan de tal toda concepción política y organizativa distinta de la suya) pero reeditado con más fuerza si cabe en el entorno digital.

Repitámonos pues la pregunta: ¿Es Pablo Iglesias un líder populista?  Primero, dado que es obvio que el populismo como opción política puede ser tanto totalitario como liberal, de izquierdas como de derechas, cabría también hacer una distinción. El líder populista totalitario o de derechas aspira a absorber y monopolizar la voz del pueblo hacia un ideario o un ideal, colocándolo en una posición de euforia intelectualmente pasiva como militante o como votante, es decir, como puro eco de su broadcasting. El lider popular orientado hacia la radicalización democrática y la hegemonía popular, al contrario, tiene como misión condensar en una solidaridad imaginaria la poliédrica voz popular, es decir, vehicular los antagonismos, no para disolverlos, sino para estructurarlos estratégicamente. Son dos formas de organización y estrategia política. Ahora bien, Dios y el diablo están en los detalles: con suerte, distintos, pero a veces en el mismo. Laclau caracterizó al populismo politológicamente. A mí me interesa ahora caracterizarlo semiótica y mediáticamente. Y la única forma de hacerlo, de cernir el lugar de la enunciación en un mensaje articulado (en este caso audiovisual) es por sus huellas en la organización del enunciado, por el sistema que cada texto es, su ensamblaje formal como puesta en escena.  La negativa del núcleo promotor de Podemos a considerar siquiera la cuestión de evaluar analíticamente implicaría ya, de hecho, un presupuesto ideológico, al intentar, precisamente, borrar toda huella del locus enunctiationis.

 

3.2.2. La puesta en escena

Nos planteamos, pues, si Pablo Iglesias es un líder populista o es un líder mediático y la única forma de hacerlo desde el punto de vista de la teoría del discurso es ver su diferencia y su posicionamiento en el seno de los modelos de representación mediática. Podríamos decir que hay dos grandes modelos de representación del líder en las sociedades del siglo XXI. Por un lado, el líder mediático noroccidental, propio de los sistemas liberales parlamentarios en economías capitalistas avanzadas (evidentemente, los países de la UE y de América del Norte) en las que los medios de comunicación ofician de cuarto poder de modo prácticamente institucional y la estructura político-mediática es formalmente bipartidista. El lider populista radical democrático, tiene por el momento su máxima expresión en diferentes países de América Latina.

Debemos, pues, siquiera sea someramente, caracterizar escénicamente la modulación enunciativa que constituye ambos paradigmas a través de su materialidad, esto es, a través de su transmisión y puesta en escena. Veamos. El líder político (por simplificar) europeo jamás se dirige a su receptor-modelo (target comunicativo o público objetivo, dirían los publicitarios) directamente, sino a través de una función marco (intradiegética, en el interior de la representación) sustancializada en la prensa. Por eso, jamás mira al centro axial de la cámara, cosa que se consideraría una provocación o un gesto de mal gusto, en perfecta sintonía con la preceptiva actoral hollywoodense. En román paladino, jamás habla a un pueblo sino a una sociedad y la emplaza como enunciatario en su papel de opinión pública/electorado. Por ello, su canal (su escenografía) connatural es la rueda de prensa, de la que el tristemente famoso televisor de plasma de Rajoy no es más que una versión hiperbólica. De este modo, el líder político europeo se configura como un actor en un entorno de semblante pluralista y el público intradiegético hace la función de marco enunciativo. Pensemos también en otro ejemplo de líder en el capitalismo avanzado, el gurú publicitario (siempre dispuesto a las revelaciones que van a cambiar nuestra percepción del mundo), de Steve Jobs a Al Gore, pasando por otros activistas o "concienciadores", que venden una idea, un concepto, un intangible. La escenografía es siempre la misma: de pie frente a una sala oscura con un auditorio rendido. Y el público objetivo, los fans que van a ver el vídeo como un viral en las redes sociales. Fijémonos, por comparación, que el líder político liberal, incluso en un mitin, nunca habla a una sala oscura. Y nunca al espectador extradiegético, el que mira a la pantalla, que es su verdadero público objetivo.

Veamos pues en qué se diferencia la puesta en escena populista de la escena político-mediática parlamentaria noroccidental y en la que reside buena parte de su carácter escandaloso (demagógico, incoherente, vulgar, etc., etc.) para el establishment europeo.  Si el espacio natural del líder liberal es la rueda de prensa (y subsidiariamente el mitin) el del líder populista es el discurso. El líder populista democrático, socialista, mira directamente a la cámara. Y eso es intolerable, si está pidiendo identificación agónica o a adhesión. Lo descubrió el cine ya en sus inicios y uno del primeros pasos para la instalación hegemónica de lo que en teoría fílmica llamamos Modo de Representación Institucional fue precisamente prohibir que el actor mirara a la cámara, porque resultaba perturbador. Cuando el MRI pasó a la televisión, invirtió aparentemente el precepto. Lo que nos resulta intolerable es que el locutor o el reportero no la miren. Pero para actores, tertulianos, políticos, concursantes y cualquiera que no sea un portavoz directo e imparcial del constructo semiótico llamado “realidad objetiva”, el precepto sigue perfectamente en vigor. Los únicos que pueden mirar a cámara en la TV son los profesionales orgánicamente vinculados al staff de un ente difusor (el presentador sí, el tertuliano deportivo o político, no, por poner un fácil ejemplo) o los jefes de Estado en estricto cumplimiento de su función metapolítica, no partidista, sino representado a la integridad del Estado. Si al final de un debate electoral, los candidatos pueden dirigirse directamente a la audiencia es porque han sido protocolariamente invitados por el moderador institucional del debate.

Probablemente, fue Hugo Chávez con su Aló Presidente el primero que rompe esta regla homeostática del principio del placer mediático-visual y se propone como interlocutor directo de la audiencia sin renunciar a su parcialidad (a ser representante de partido) política. Ahora bien, a diferencia del líder populista autoritario, en la TV o en la radio, el líder populista radical democrático lo hace en un entorno de libertad expresiva que permite la retroalimentación interactiva. La gran acusación es que el populismo le dice a la gente lo que quiere oír. Obvio: el populista triunfa porque pone en voz su demanda silenciosa. Ahora bien, las elecciones, la libertad de prensa, y una oposición fuertes son moduladores imprescindibles del discurso chavista para emplazar a su enunciatario de una forma completamente distinta a como lo hace el político formalista europeo. No tendría ningún sentido el feedback en un espacio comunicativo controlado por la censura y sin posibilidad de réplica y sería visto como un doble engaño. El líder populista emplaza a su enunciatario no como opinión-electorado pasivo e irresponsable, sino como pueblo y le demanda una escucha activa. A un liberal le tiene que molestar: se está metiendo en su vida privada. (Ya en otros lugares he señalado cómo la televisión en el siglo XXI a aprendido a manipular pareciendo no entromenterse, pp. 365 y ss.). 

Por consiguiente, tanto el pueblo como la opinión pública son ficciones operativas, en el uso metodológico que les estamos dando, modelos de enunciatario definidos por cada modalidad enunciativa (Foucault). Pero en tanto ambas modelizan al receptor comunicativo desde las marcas que el sujeto de la enunciación deja en el texto, no son en absoluto éticamente indiferentes. Tiene razón pues el filósofo José Luis Pardo principal rasgo distintivo en la invocación de un “pueblo” (ilusorio) anterior y superior a la Constitución con el cual los líderes de estos movimientos dicen mantener una conexión directa e inmediata. Lo que pasa es que no tiene toda la razón. La versión liberal-constitucional de que existe un pueblo español porque en el reside su soberanía es tan ilusoria y ficticia como si dijéramos que España es una unidad de destino en lo universal. Y tan ficticio es pretender que se mantiene una conexión inmediata con el pueblo como pretender que la legalidad instituida es el shortcut a la razón ilustrada. Insistimos: la diferencia no es ontológica, sino moral.

 

3.2.3. Pablo Iglesias entre Modelos.

Visto lo cual, si me parece crucial la pregunta de si Pablo Iglesias puede ser considerado un líder populista porque hay otras dos preguntas que anidan en ella. Una: ¿Su operación es un inédito y audaz intento de adaptar los modelos emancipatorios de América Latina al entorno europeo o es simple cosmética? Y dos: ¿Está como parece que cree mucha gente en Podemos utilizando inteligentísimamente a los media o está siendo vilmente usado por ellos? No olvidemos el aviso de Pierre Bourdieu: “la televisión oculta mostrando”.
Bien, ya hemos visto antes la vertiente ilocutiva y perlocutiva del sujeto enunciativo denominado Pablo Iglesias (me estoy refiriendo a él como ítem semiótico, como unidad cultural y analítica, obviamente, y no como persona o ciudadano) en un gesto semántico audaz: abrochar la enunciación popular con la enunciación mediático-electoral. Por lo tanto, tras venir del 15M, parte del modelo difusión europeo y pretende que éste le sirva de lanzadera electoral, aunque no confiesa en absoluto esta intención en un principio. Ahora, además de audaz, la operación es realmente inédita y en après coup puede ser interpretada como un experimento ejemplar de asalto a los Media y al cerco político que estos resguardan. Porque Pablo Iglesias pasa del “no nos representan”, no al cerco político, sino al mediático. Es decir, pasa a incrustarse en una de las subespecies del espacio informativo que enmarca al líder político y que en las sociedades neoliberales se reserva como el lugar de eclosión de las comunidades de goce bajo el semblante de pluralismo. Con lo cual, pasa a hablarle a la gente de perfil. Recordemos que en su programa La Tuerka sí hacía una alocución siempre mirando a cámara, hablando directamente al espectador extradiegético, pero se dio perfecta cuenta de que este formato no era suficiente (razones muchas: la audiencia limitada en stream, claro, pero también que esa puesta en escena populista no modula igual el flujo comunicativo si se hace desde el poder –como Hugo Chávez- que si se hace connotando marginalidad, cosa a la que contribuía el decorado estilo “radio pirata” de La Tuerka). No se trataba de hablar o arengar, se trataba de discutir, es decir, de que hubiera una representación palpable (plástica, textual, fijada en un discurso público) de su victoria dialéctica y para ello lo más inteligente era incrustarse en la misma función marco.

Ahora bien, mi hipótesis ha sido siempre que esta entrada en la comunicación como campo único de enunciación, bajo el semblante del pluralismo, no puede dejar de tener efectos secundarios, porque todo canal, toda escena, todo lugar de enunciación tiene leyes de refracción propias. Insisto: el empeño experimental me parece audaz y realmente novedoso, no banalmente innovador (en el sentido institucional y domesticado del I+D+I). Para empezar se trata de pasar del laclauismo silvestre al “tecnolaclauismo”. No quiero decir, no soy experto en ello, que en Latinoamérica no se utilizaran los media para construir hegemonías populares, claro. Estoy diciendo que en un entorno noroccidental de capitalismo avanzado y democracias blindadas, la fabricación técnica del líder y de la hegemonía tiene notas completamente distintas, que llevan a la utilización de técnicas de márketing y construcción de viral de las tendencias basadas en el consenso pluralista. Vale decir que nos encontramos en un punto antinómico al pretender construir un antagonismo desde el consenso aprisionado en el dogma de la corrección política, lo que conlleva la necesidad de un sistema de control significante para no herir sensibilidades enquistadas en una determinada comunidad de goce, a la que se quiere atraer (aquí un buen análisis, aquí un buen síntoma

Por tanto, Pablo Iglesias es antes que nada una estrella de la televisión que ha pasado a liderar un proyecto político innovador, intentando adaptar estrategias de confluencia popular que han funcionado en América Latina y que han sido tildadas de populistas, cosa muy ofensiva para los voceros del establishment pero cada vez menos para los que son motejados de tales. (En fin, me voy a mojar: sí, quien esto escribe, convencido sujeto anticapitalista, está intentando trabajar en un proyecto populista, tras años teniendo que votar a opciones de la izquierda sistémica que no le suscitaban el mínimo entusiasmo. Dicho está). Ahora bien, el problema, tal y como lo estamos planteando, supone una disyunción entre el mediaticismo liberal noroccidental y el populismo propiamente dicho, y sostenemos que la fusión de ambos no es en absoluto aproblemática aunque la politología leninista-mediática (insisto, es un término que yo habría sido capaz de inventarme nunca) crea que con un simple análisis aplicativo de lo que Laclau denominó retórica general es suficiente, es decir, un análisis sincrónico y códico como los que hacía el primer estructuralismo lingüístico y antropológico y no sea necesario tener en cuenta todas las derivas del análisis discursivo y textual posteriores, que hacen del texto un campo de fuerzas y refracciones múltiples (la interextualidad de Kristeva o de Genette, el semanálisis, la deconstrucción, el análisis de las modalidades enunciativas y la arqueología y genealogías foucaultianas, además de todo el Lacan que Laclau se deja en el tintero, de toda la tradición estudio-culturalista anglosojona, y de lo mejor de los estudios fílmicos posestructuralistas…)

 

3.2.4. Pablo Iglesias en la tele.

Sería clave, pues, para hacer esta distinción entre Pablo Iglesias como simple líder mediático o como líder popular-populista hacer un acercamiento riguroso a su tratamiento por los medios de comunicación. Normalmente, la gente se refiere a la enorme presencia de Pablo Iglesias en televisión desde la modalidad enunciativa del escándalo y la sospecha. ¿Por qué le dan pábulo, por qué lo potencian, a quién conviene políticamente que la figura de Pablo Iglesias destaque? ¿Es una estrategia del PP para dividir el voto de la Izquierda? No es tan raro. Estalinistas, socialdemócratas y neoliberales comparten una fe ontológica férrea en el cuantitativismo y en la información como modalidad única del saber, es decir, en los patrones métricos, en las encuestas y en las teorías de la conspiración. 

Las encuestas son un aceptable instrumento si son auxiliares del análisis político y cultural. Cuando lo encierran y lo aprisionan, es decir, lo que suele pasar siempre que pensamos la política capturada en la comunicación como campo único de enunciación, han sido históricamente el gran instrumento de perpetuación del capitalismo. El cuantitativismo extremo es siempre neoliberal. Concibe la política como parte del sector empresarial de la comunicación y acaba coagulando toda posible iniciativa popular porque convierte al pueblo en electorado. Vamos lo que ha hecho la llamada "casta" toda la vida. Es mi opinión. Que no la pública.
Pero lamento tener que desilusionarles. Las empresas mediáticas no obedecen a sus dueños, sino a los mercados. Siempre me ha hecho gracia que cuando hablamos de los agentes económicos los llamemos así, con toda naturalidad, con ese genérico siniestro y enigmático, y sin embargo cuando hablamos de la transmisión y control de la información tengamos que entenderlos como vehículos enunciativos de sus dueños. Es la falacia del economicismo y del personalismo enunciativo. A los medios los dominan los mercados, no los criterios banalmente ideológicos. La ideología es una cuestión de voz y de lugar en el discurso, no de positivismo contenidístico. Como clave hermenéutica, la propiedad de los medios es trivial comparada con el establecimiento de la agenda. Ésta es la que tiene un valor enunciativo y discursivo. Controlar qué y cómo se tratan los temas. Y una cadena no puede dejar de sacar a un tema o un personaje, o contraprogramar con otros, si lo hace la competencia. He ahí todo el secreto: Pablo Iglesias es audiencia

Ahora, no todo acaba en esa banalidad, también es importante ver cómo está estructurado el sistema mediático español y los efectos que ello pueda tener. Para lo que nos compete, baste decir que hay tres grandes grupos televisivos en España. Uno, público: RTVE. Dos, privados: Atresmedia y Mediaset. A su vez, los tres grupos tienen un canal principal (TVE1, Antena 3 y Tele 5) otro, secundario (La 2, La Sexta y Cuatro) y otros varios satélites normalmente con una especialización temática. Podríamos dejar aparte en nuestro análisis tanto RTVE como a todas las televisiones autonómicas, porque Pablo Iglesias jamás es invitado a ellas. Si últimamente sale en algunas, es porque no hay más remedio al ser ya un representante político institucional y ha de respetarse la cuota correspondiente a Podemos por tener cinco parlamentarios en la Eurocámara. Pero en general, las emisoras públicas en España, como las cajas de ahorros en lo financiero, se acepta con naturalidad que son una excepción al semblante de pluralismo obligado en los regímenes liberales y que van a ser censuradas y manipuladas a su antojo por las fuerzas gobernantes correspondientes. No es objeto de este texto entrar profundamente en las causas de esta aceptación, pero la consecuencia del descrédito de los medios públicos es que son los privados los que se hacen cargo de la opinión.

Y aquí los dos grandes errores, en mi opinión, de aquellos que piensan en los media de una forma superficialmente cuantitativa: el error de que los contenidos son autónomos y no están sobredeterminados por las estructurara espectaculares y por los moldes de la puesta en escena y error de creer que se dominan los media, cuando éstos son los que te están utilizando mediante su distribución sistémica. Y aquí, mi razonamiento, y soy consciente de ello, se vuelve tan sutil como discutible, porque se basa más en la intución analítica que en análisis propiamente dicho; entiéndase lo que sigue como hipótesis heurística. Las cadenas serias e importantes para los grupos mediáticos son sus buques insigneas. Ya, más de uno pensará que he perdido la cabeza al decir que Tele 5 es una cadena seria. Pero lo que nos lo indica son otros factores. Primero, qué “telediario” compite por las máximas audiencias. En ese sentido, los de Cuatro o La Sexta son completamente secundarios para sus empresas. Lo mismo, la estructura de la programación. La 1, Tele 5 y Antena 3 cuentan con potentes magazines matutinos, con una tertulia a primera hora. Lo que transmiten es, pues, una sensación a la audiencia de que son el contacto privilegiado con la realidad. No es raro que Pedro Sánchez llamara a Sálvame. Sabía dónde está la audiencia que le interesaba. Allí van los políticos serios. Ironía modo on, claro. Pero no sólo.

Mientras, las cadenas secundarias están especializadas en formatos genéricos: deportes, series de mediana audiencia, tertulias políticas… La Sexta o Cuatro no tocan la política “seriamente” sino como un formato de infoentretenimiento al que concurren periodistas y, sobre todo, políticos de segunda fila (es decir, no destinados, al menos a corto plazo, al poder ejecutivo) como tertulianos. Ahí, es donde se hizo un hueco Pablo Iglesias como, probablemente, la máxima estrella de estos espacios. Un joven activista y profesor de ciencia política que llegó a los medios desde el 15M y sin ser promovido por ninguno de los grandes partidos institucionales. Por eso es interesante observar algunos rasgos de puesta en escena que van variando en las apariciones de Pablo Iglesias desde que dio el salto al terreno electoral. De hecho, cuando volvió a La Sexta Noche el 4 de octubre, ya no como tertuliano, sino como líder político en activo con aspiraciones ejecutivas, el tema fue tratado abiertamente por el conductor del programa: le preguntó cómo había de tratarlo a partir de este momento, si volvería como tertuliano, etc.

Pero en definitiva, lo más importante son los tratamientos en el encuadre y respecto a la ubicación y temporalidad. La última vez que recuerdo (no he contrastado el dato, pero me parece verosímil) haber visto a Pablo Iglesias en Cuatro, actuando como personaje televisivo y casi como miembro de la plantilla es en una parodia del mensaje navideño del rey, en la que pedía abiertamente la instauración de la República. El vídeo es importante, porque leído retrospectivamente puede pensarse como la despedida de un rol y el acceso a otro. De hecho, insisto, es la última vez que yo recuerdo haber visto a Pablo Iglesias hablando directamente a la cámara en una emisora generalista, y por supuesto, juega con el rol del líder populista en su mensaje verbal, pero también con el rol del mandatario apolítico (rey-presidente) de los regímenes europeos: se pone en la posición de Juan Carlos I, pero su despacho está decorado con una bandera pirata, un retrato familiar de Urdangarín y otro de Bárcenas. Pocas semanas después, habrá abandonado su rol de puro tertuliano y pasará al de líder político.

Por supuesto, aquí la puesta en escena del actor político Pablo Iglesias va cambiando gradualmente de tertuliano a entrevistado. La mayor parte de las veces es entrevistado en directo fuera del plató y, por supuesto, comienzan a emerger los colaboradores que se pueden batir en las tertulias evitando desgastar la imagen del líder: Monedero, Errejón, Bescansa, Alegre e incluso Teresa Rodríguez. Las gradaciones y representaciones van cambiando en función del nuevo estatuto enunciativo y la mirada al público (para los no expertos, se puede estar mirando a la cámara sin mirar al público porque se está conversando en off con un entrevistador o con alguien fuera del plató, que entra por teléfono, como Esperanza Aguirre) desaparece casi totalmente. No es pues sólo una cuestión de audiencias o números, sino de estructura del sistema comunicativo y de posición enunciativa. Pablo Iglesias va adoptando poco a poco la posición del líder mediático serio, sin abandonar su vestuario ni su coleta. Pero una dirección de la mirada y un recorte en el encuadre apropiado valen más que mil mediciones del espacio en la pantalla o del tiempo concedido. 

En último caso, y respecto a la estrategia del sistema, también podríamos preguntarnos si lo que se pretende es privilegiar a Podemos respecto a otras fuerzas de la izquierda… O privilegiar el control de Podemos por la corriente liderada por Pablo Iglesias frente a otros planteamientos estratégicos, políticos y comunicativos que también pugnan en su seno y no con poca fuerza. La Transición ya nos enseñó que la mejor forma de devaluar el potencial subversivo de un político es atraparlo en el cerco mediático-electoral, del éxito, la hipervisibilidad, el carisma y la cohorte de cortesanos con intereses económicos que circunda al gobernante y lo aísla de su pueblo, para conseguir que lo vea ya sólo como electorado u opinión pública. La mirada es un circuito de ida y vuelta, no lo olvidemos.

Mientras, cierta politología que ve una maldición en la vieja partición del campo político liberal entre derecha e izquierda, sólo se fija en que la prensa de derechas no para de hablar de la confrontación interna en Podemos. Evidentemente, la prensa escrita no cuenta entre sus moduladores discursivos con la exigencia de un semblante pluralista, como lo cuenta la televisión que no se dirige sólo a unos supuestos adeptos ideológicos, sino como los gobernantes liberales, a la opinión pública como espejo enunciativo de la supuesta sociedad civil. 

No he citado directamente a ningún autor en este texto, pero creo que es importante cerrar este somero y muy preliminar análisis con una cita de Laclau:
“El punto importante es que, en la medida en que ha desaparecido el campo de la «sociedad en general.» como marco válido del análisis político, ha desaparecido también la posibilidad de establecer una teoría general de la política sobre la base de categorías topográficas —es decir, de categorías que fijen de modo permanente el sentido de ciertos contenidos en tanto que diferencias localizables en el seno de un complejo relacional”. (Hegemonía y Estrategia Socialista)

Lo que me parece mentira es que algunos no paren de alabar y citar a Laclau y no se den cuenta de que si esto vale para las “banales” relaciones partidistas también vale para todo el ámbito de la comunicación social y crean que es fácil de dominar, porque se tiene dos claves de las decenas que hay en juego, un espacio en el que no hay categorías topográficas estables que fijen el sentido de ciertos contenidos en el seno de un complejo relacional. O en lenguaje foucaultiano, que no hay valor del enunciado sino es en su pesada materialidad modulada por el locus enunciativo. El capitalismo se ha valido de ello para perpetuarse sin “urgencias” los últimos 70 años. Y hoy tiene el sistema más controlado que nunca. Qué gran error pensar lo político como un campo autónomo sólo porque hemos conseguido liberarlo de la carga ontológica del materialismo histórico y la predestinación dialéctica. La verdadera materialidad, en todo caso, es la del significante en cuanto infinitamente distinto del significado, al que acota pero al que nunca se identifica.

 

4. Por el momento.

No hay última palabra. Es muy difícil en la temporalidad en que vivimos cerrar un texto con un “that’s all folks”, con unas conclusiones al uso. Hace muchos años que Emilio Garroni habló del antisemioticismo como posición reaccionaria. Por supuesto que hay grandes enfoques parciales del tema, llevados a cabo por semiólogos y lingüistas pero lo que yo reclamo ahora es un enfoque metamediático imprescindible en esta época de hibridaciones digitales, transmediáticas y post-hipertextuales. El mismo enunciado verbal, cambia según cómo haya sido enfocado por una cámara y cómo haya sido montado en una secuencia audiovisual y vuelve a cambiar cuando pasa de la difusión controlada a YouTube y a las redes sociales y se convierte en un viral. Y lo terrible es que cada uno que lo difunde cree que está viendo y transmitiendo con total transparencia exactamente el mismo mensaje incólume. Todos los líderes políticos han sufrido esto, pero algunos ejemplos de Pablo Iglesias, tal vez sean los más significativos de ello. Claro que están descontextualizados y remontados. Pero es que así van a circular.

No querer saber del lenguaje que nos condiciona es completamente correlativo un no querer saber del Inconsciente, de un no permitir que éste opere, en perfecta consonancia con el Discurso Capitalista. No nos vale la superstición de la transparencia y la simplicidad, del sentido común, de lo evidente y sin doblez. Si no estamos dispuestos a reconocer que somos dominados más allá de lo que podemos percibir del campo de la intención y la conciencia, estamos abocados al fracaso de una maquinaria ideológica que todo lo ha sabido deglutir desde hace más de dos siglos. Y lo peor de todo, es que esta deglución puede tener la apariencia del éxito. Olvidarnos de que queríamos transformar radicalmente el sistema porque este sistema nos hipnotiza con sus escalas de valores y sus oropeles y nos premia según ellas. El problema de una ciencia política sin atención a los media es que acaba siendo algo así como ponerse a jugar ignorando a la banca, que es quien reparte las cartas y estructura finalmente la partida. La retórica general de Laclau es una gran herramienta, pero sin tener en cuenta los procesos semióticos, textuales y mediáticos en los que esta batería de recursos deviene enunciado material y concreto puede poner a los científicos políticos a revisar continuamente sus ecuaciones a ver qué ha fallado. Vamos, que el riesgo es confundir el fondo de microondas que testimonia del origen del universo con cagadas de palomas. Y dicen los datos que el Universo se expande, que no es estacionario.

La televisión consiguió hace mucho tiempo posicionarse hegemónicamente en el panorama mediático porque logró hacerse con el papel de ágora global y convertirse en nuestro patrón y principal contacto con la realidad, con lo que no vemos. Por eso, creo tan importante considerar la esfera pública en relación con el dilema del prisionero. Primero, le robó ese espacio al cine, en una operación parangonable a la que había realizado la fotografía respecto a la pintura en perspectiva en el siglo XIX, usurpando la representación de la realidad. Después, pese a los embates de los medios digitales ha conseguido conservar ese papel. Nada es susceptible de entrar en el régimen de la verdad hasta que no pasa al ágora. El principal  problema enunciativo de la política actual es precisamente que está atrapado en la comunicación como campo único de enunciación  y ello supone que estamos completamente modelizados por el patrón televisivo y por los géneros del infotainment en que se ha conseguido encarcelar cualquier voz popular en un pluralismo espectacular dirigido al goce público.

De tal modo, uno de las grandes armas en este falso dialogismo, al estilo de la pseudo-oratoria del talkshow y la tertulia, consiste en atribuir toda voz opuesta a un locus de enunciación prejuzgado. Recordemos cuando Intereconomía se embarcó en la cruzada de mostrar cómo lo que no fuera PP obedecía directamente consignas Zapatero: el 15M, los nacionalismos (menos el español, claro), ETA, los sindicatos, el 15M… Confinar la voz del oponente para aislar sus argumentos de toda posible interactuación discursiva no sólo es sucio éticamente. Acaba enajenándonos a todos del campo de la verdad porque si todo oponente discursivo se convierte en un enemigo cuyo discurso es ya conocido y repudiado desde un siempre mítico, es imposible que el debate pueda designar nuestra posición subjetiva, esto es, que podamos descubrir cualquier error en nuestros automatismos mentales. Éste es el poder hipnótico del pluralismo espectacular y polémico, que no agonístico. El clientelismo a que nos sometió el bipartidismo nos hace ser incapaces de ver la contingencia, la inconsistencia de un pensamiento y una línea política en formación, en contradicción, rica y poliédrica en sus facetas y en sus fisuras. Yo he visto quejarse amargamente a gente de Podemos, muchos de ellos jóvenes con una cultura política escasa pero que fían ciegamente y con la mejor intención en el aparato axiomático de los politólogos, que en cuanto destacan, ven que alguna gente desde los círculos se les llama “casta”. Cuando se pone un significante clausurante como éste en circulación, se debería pensar en sus consecuencias como arma primitiva. Puede ser utilizado como un cuchillo de doble filo o como un boomerang aunque los lelininistas mediáticos con toda su buena intención despótico-ilustrada  hubieran querido poner en juego un drone o un misil teledirigido.
La aldea global no trae una nueva transparencia, sino un panorama epistémicamente complejo, aunque tal vez menos limitado para la acción, y también menos mensurable métricamente que el panorama del broadcasting y de las viejas industrias culturales. Tal vez, mejor caldo de cultivo para el surgimiento de lo nuevo. Porque hay una extraña exactitud en el ruido,  la del sujeto que, impelido a gritar sobre el bullicio para hacer valer su voz, acaba encontrando una hendidura de silencio, esa oquedad alrededor de mi grito en la que se percibe, con menos claridad que exactitud, que soy responsable de ella. Probablemente, eso me pasó a mí con Pablo Iglesias. Entendí que demandaba amor y mi reacción, como buena alma bella, fue el escándalo histérico-izquierdista. Precisamente, porque decidí no cegarme en categorías enunciativas dogmáticas he podido rectificar. Y a lo mejor eso me hace peligroso. Espero que así sea.

Parece que uno de los grandes debates que ahora mismo se agitan en Podemos, y que ha exportado como un furor democraticista a las fuerzas tradicionales de la izquierda parlamentaria es la disputa entre el “leninismo mediático”, que pretende salvar el coto electoral y el valor publicitario de la marca desde una verticalidad diligente y operativa, y la anarquía hermenéutica de la horizontalidad. Mi apuesta es muy clara por un modelo asambleario de máxima participación y máximo control de los cuadros ejecutivos. No tengo ningún especial interés en el éxito, sino en la victoria. Y el centralismo democrático ya fue un rotundo fracaso. Llegar al gobierno es un éxito indudable. Pero la victoria es derrotar al capitalismo. Y no hablo de una especie de triunfo espectacular y revolucionario. Vencer al capitalismo es ir ganándole terreno hacia lo común, más allá de la falsa dicotomía entre lo público y lo privado. Que lo táctico no nos impida ver lo político.

Lo que anida aquí es la antigua y denostada cuestión del “hombre nuevo”, que tanto inquietó, de modos tan diferentes, tanto a al marxismo como a al vitalismo nietzcheano y que estuvo en la base de todas las utopías del siglo XX, incluidas las más sangrientas. Cuidado, hablamos de una nueva forma de vivir el horizonte de la época, no de un objetivo planificable, ni de un destino metafísico. Y la cuestión no puede ser desalojada, simplemente porque haya caído la ilusión de su refrendo ontológico. Efectivamente, desde el descubrimiento freudiano, no podemos creer ya en una supuesta lealtad de la materia y en una inexorabilidad de las leyes de la Historia que ofrezcan un cobijo apacible al ser hablante bajo la especie de la reconciliación absoluta ni de la síntesis dialéctica. Pero ello no desaloja el enigma, sino que no que nos obliga a una reformulación más desesperanzada de cualquier garantía. Menos eufórica, más entusiasta, más compleja. Pero un nuevo sujeto es el que sea capaz de no ver al mundo y en sus semejantes bajo la lente única del fetichismo y la metafísica de la mercancía y la explotación y sea capaz de inventar un nuevo vínculo social. Y cierto que la reflexión entendida como meditación introspectiva cartesiana o como speculum filosófico, reactivado por ciertas corrientes de la autoayuda y el coaching, no es precisamente la solución. Pero tampoco caer en una especie de intuicionismo rousseauniano que, huyendo las falacias de la fenomenología, acabe convirtiendo cualquier articulación popular en un colectivo de nobles brutos y sanotes. No hay revelación sin tiempo de comprender, sin el momento de vivir.

En fin, que no hay nada más viejo, caduco y rancio que desconfiar de “las masas” (que según cierto activo politólogo ha dejado dicho en las redes sociales “confunden churras con merinas, democracia con representación”: qué bien se está en los despachitos y en la asambleítas convertidas en homogéneas reuniones de amiguetes, mientras las masas de mente maloliente se alienan con Sálvame: cuidadito que ahí igual están con Pedro Ken Sánchez…) con una lectura estrecha del leninismo como despotismo ilustrado. Tal vez alguien se haya escandalizado por mí uso del aparato terminológico de la Teoría de la Publicidad , pero no soy yo quien ha dicho que presentarse a las municipales es arriesgar la Marca Podemos. Si hay que privilegiar el dolor ante la lucha como he leído en los muros de algún teórico de Podemos –triste incultura de cenáculo la mía, en realidad se estaba metiendo con una corriente rival, y yo va y me tomé su reflexión en serio- es difícil aceptar ahora que es más importante la marca que la militancia por algún abstruso axioma de la ciencia política. El problema es que la marca es un intangible pero la gente que está construyendo podemos es de came y hueso A ver si resulta que aún estamos haciendo política para el estratégico sujeto ilustrado. El sujeto antifilosófico es el que ha atravesado el fantasma del sujeto racional, no el que lo ha evitado.

La anarquía de las interpretaciones, efectivamente, dificulta el éxito. Menos mal, porque tras todo éxito se esconde una victoria del sistema. Los movimientos populares latinoamericanos no fracasaron sino que fueron vilmente derrotados en los años 70. Y el sistema, con el FMI a la cabeza y los partidos socialdemócratas en la cola, no para empeñarse en intentar indicar su falta de éxito actual, cuando están ganando elecciones una tras otra. La Unión Soviética fracasó. Y también el Partido Comunista chino, sólo que éste se siente guarecido porque puede ocultar su fracaso tras los oropeles del éxito sistémico en el capitalismo. De derrota en derrota hasta la victoria final, decía Ho Chi Min. Recordemos cómo define derrota el DRAE: Rumbo o dirección que llevan en su navegación las embarcaciones. Claro que hay que ganar las elecciones y mandar a una panda de maleantes a su casa. Pero sin una base popular articulada, combativa, eso puede acabar en un tremendo fracaso más. Por eso no temo ni no ganar las elecciones demasiado rápido ni considero un desastre que las opciones que apoyo en Podemos puedan perder una votación u otra. Por supuesto, mejor si se gana. Pero siempre que eso no suponga una relajación en la vigilancia, creyendo que se ha acabado la guerra. No hay victoria final, no hay palabra final. Lo que más me seduce del pensamiento laclauiano es la denuncia de un posible mundo sin política como una utopía idealista. No habrá una sociedad reconciliada y sin antagonismos. No habrá un sujeto íntegramente subsumido en la razón. Jamás. Somos seres hablantes.

Me imagino dos reacciones posibles a este texto desde fuera de Podemos: a. Menudo palo les ha dado éste. b. Otro de Podemos intentando defender lo indefendible con peregrinos argumentos. Ambos se equivocan, luego lógicamente apuntan directamente a le verdad. De lo que se pueda pensar desde dativo no consigo imaginar nada. La imagen no es un acceso digno a esa voz. Lo que se juega en la asamblea en Madrid el 18 y 19 de octubre no es simplemente un modelo organizativo, sino algo mucho más trascendente en el paradigma comunicativo: un modelo de voz. ¿Queremos una voz clara y sin matices, una portavocía monocorde para competir según las reglas de la casta, o queremos una voz profunda, aunque poliédrica y mucho menos domesticable? ¿Algo radicalmente nuevo o un nuevo PSOE? A mí no me parece una cuestión de buenos y malos, sino el reflejo estructural de un debate. Hay dos grandes bloques de proyectos para la Asamblea Ciudadadana. Uno "claro" y otro "profundo". Yo, lo que tengo interés, es en seguir trabajando por la profundización, esto es, por la radicalización democrática. Si la luminosa claridad nos lo permite seguiremos hurgando en lo profundo, que a ciertos ilustrados les parece siempre un poquito oscuro. No se nos oculta tampoco que nada tendrá valor de cambio hasta que no haya unas elecciones. Estamos en un medio político noroccidental y de ética liberal parlamentaria cuyo reflejo estructural es la división del sujeto entre el votante y el militante. 
Gracias, sufridos lectores, por haber llegado hasta aquí. En cualquier caso, yo tampoco he tenido nunca la intención de ser original, sino lógico.


(Directamente relacionado con este texto: ¿Se puede conseguir que Podemos sea algo más que un fenómeno mediático? Sí se puede)