sábado, 9 de septiembre de 2017

No soy un activista, ni soy un militante.

A ver, hay dos cositas para las que sé seguro que no sirvo. Por mucho que unos y otros puedan tener mi afecto y mi respeto, no tengo madera de activista sectorial a tiempo completo, pero tampoco la tengo de militante. Esto es, creo que hay que tener una mirada abierta. No he dicho holística, ni integral, ni global porque no me llega la soberbia -en este terreno, en otros puede que sí- para ello. A poco que te descuides, los tres adjetivos de la oración anterior pueden ser sinónimos de total y de total deriva totalitario.

Entonces, puedo apoyar sin reservas a los ecologistas sin necesidad de ser vegano ni decirle a la gente cómo tiene que comer o desplazarse.Hay otros condicionantes, aparte de la sanidad más o menos paranoica y de sentirse infinitamente maternal con el planeta, que influyen en cómo un sujeto decide conducir su vida. Defiendo sin dudas la igualdad de género y la mayoría de los postulados del feminismo, también, sin que ello me lleve a pensar que quien no hace de ésta la causa única de su vida es un machista terrorista y violento o una despreciable descerebrada víctima del sistema, de facto y sin matices. También creo que hacerle alguna crítica a los planteamientos feministas (en mi caso, siempre desde el punto de vista táctico y comunicativo, no desde el estratégico, político o ideológico) no implica que se deduzca de ellas que estés incurriendo en un micromachismo inconsciente porque tienes una falta de asesoramiento pedagógico. Lo que pasa es que igual que hay micromachismos hay microneoliberalismos y tampoco está de más señalarlos.

También defiendo la lengua y la cultura de mi país y su derecho a la autodeterminación, como la de los países que son hermanos  del mío. Me siento muy afín, pues, con el nacionalismo catalanista y valencianista. Pero eso no me lleva a negarme a  hablar en castellano ni mirar mal a quien lo hace, sino a defender a muerte a quien se exprese en catalán (en mi tierra solemos decir valenciano, pero es lo mismo) siempre que lo considere oportuno. Defenderé a muerte el catalán frente a las imposiciones del castellano, como defenderé el castellano -mucho más que los castellano-parlantes monolingües, sin duda- frente al inglés como lengua del poder.

Apoyo sin reservas todas la reivindicaciones LGTBI, desde siempre. Pero en casos como la maternidad subrogada no tengo  inconveniente en manifestar mis  reservas frente a algunas posturas mantenidas por algunos miembros de la parte G del colectivo. Ni pienso que los heterosexuales -hombres y  mujeres- lo seamos por mala intención o por afán de colaborar con el patriarcado sistémico. Vamos, es lo que piensan muchos derechistas españoles de los que hablamos otras lenguas en el Estado Español, que lo hacemos de mala fe. Nada que ver. Son aquellos puntos en los que se articula lo íntimo con lo común y, por tanto, el juicio político sobre ellos no digo que sea impertinente, sino simplemente parcial.

Por lo tanto, tampoco creo que se pueda decir que soy un militante al uso. Desde el lado marxista, no creo que enfocar cualquier fenómeno como un efecto de la lucha de clases nos permita un entendimiento suficiente de la realidad sin tener en cuenta muchos otros factores. Los de género, los nacionales, los ecológicos, por ejemplo. Ni tampoco pienso, desde el lado anarquista, que una acción que no lleve a la desaparición del capitalismo para mañana a primera hora de la mañana ni a la abolición del Estado para la hora de la merienda, lo más tardar, sea un acto maligno de inicua colaboración con los explotadores. Vamos, que no censuraré a nadie por tomarse una caña en vez de estar todo el rato pendiente de hacer la revolución. Ello no me impide hacerme hacerme una foto con emoción junto a una estatua de Lenin en el Metro de Moscú, puño en alto. Ni emocionarme escuchando A las Barricadas o La Internacional. Me pasa a veces con La Marsellesa también, porque toda manifestación colectiva antifascista me capta el corazón de inmediato.

¿En qué me convierte esta actitud?  No diría que en un progre, porque me aleja de ellos una posición innegociable de radicalidad, un cierto amor por la verdad en lo que tiene de complejo, esto es, en tanto en ella siempre hay una resistencia a dejarse atrapar por el saber. Esa resistencia que, tantas veces, el militante y el activista intentan ahogar con la impostación de la pulsión de muerte en forma extremismo e intolerancia profética y mesiánica (lo que tiene un relevante componente de coñazo)  y el progre, con su afecto por la levedad (lo light) y la simpleza ignorante, en un semblante de fatua felicidad y  de estar encantado de haberse conocido.

Así que probablemente sólo se me pueda definir como un simple tipo de izquierdas del montón. El problema es que a veces el montón, la multitud, no parece tal, porque a diferencia de la masa, el no ir de uniforme la hace menos visible. De todos modos, no está mal ser un izquierdista del montón. Si la hay un futuro para la humanidad, pasará por nuestras muchísimas manos. En forma de una radicalización de la democracia. Ya veréis.







La foto es mala, porque es mía. Pero la traigo porque el concepto de la escultura, en una fachada de Moscú, cerca del Bolshoi, me seduce. Un martillo y una hoz que no están entrelazados, pero que sirven de apoyo para un bello pensador. No habrá futuro si no somos capaces de admitir, que por mucha y sólida que sea nuestra base, el símbolo de nuestra unión, su andamiaje discursivo, necesitará siempre ser pensado. Que la unión de los oprimidos no es sin pensamiento, que la conciencia por sí sola no es suficiente y que esa unidad no goza de garantía ontológica alguna. La materialidad del símbolo la sostiene al sujeto. Esa es su verdad. La obligación del sujeto es pensarlo siempre. Es es la verdad del sujeto.Todavía es más emblemática la imagen en su contexto: la fachada de un centro comercial. Post-fordismo creativo en estado puro. La multitud se significa, pero a diferencia de los uniformados no prot-agoniza.

Aquí, el contexto: https://goo.gl/maps/QLWc3tSJV2z