Mostrando entradas con la etiqueta Feminismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Feminismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de marzo de 2018

El feminismo no es transversal (algunas vueltas sobre el 8M de 2018)

Aquí os dejo otra entrada del estilo de las últimas. Como veis, parece que me va bien este género que podríamos llamar "aforismo aumentado", como forma particular del ensayo y que, de Montaigne a Pascal, a través del maestro Lichtenberg y de Voltaire, y pasando por Benjamin o Adorno, ha llegado hasta nosotros. No sé que hubieran hecho Pascal o el Adorno de las Minima Moralia si se hubieran encontrado con algo como facebook, que permite la ilusión de que el pensar no sea una actividad radicalmente solitaria. Esto es lo que hecho yo. Las comparaciones, siempre odiosas. El tema, la huelga feminista de ayer. Copio.


Antecedentes.

Arrimadas

✺Cierto interés, igual tiene esto... ¿no? ¿Es posible acabar con el patriarcado sin combatir el capitalismo? Las estrellas de Hollywood de anoche, parecían de la opinión de Arrimadas, ¿verdad? 5 de marzo.


 ❁Que no es comunista dice. Es muy de fascistas asimilar a un solo paradigma extremo todo lo que no sea pensar como ellos: judíos (Hitler y Goebbels), comunistas (las dictaduras latinoamericanas), marxismo internacional (eso lo decía Pinochet), rojos en general (el generalísimo y sus secuaces). Tras ello hay un silogismo, más que perverso, paleto. Y un paleto es mucho más peligroso que un perverso, porque no hay refinamiento ni sutileza alguna en su proceder. El palurdismo de Arrimadas me aterra. Nadie del PP se atrevería a tanto. Ni Trump, siquiera, que no es peor que McCarthy. Los de Ciudadanos, sí. Decir que no hace la huelga del jueves porque no es comunista es de ser bestia, pero que muy bestia. 6 de marzo.



Posiciones.


✿Yo la laboral no puedo hacerla, por la simple razón de que estoy de vacaciones (en Castelló es la Magadalena) y la de cuidados, para bien o para mal, tampoco me afecta directamente, porque no tengo a ningún dependiente a mi cargo. Pero la de consumo, al menos, intentaré cumplirla a rajatabla. Soy demócrata radical, de izquierdas. No hay mucho más que explicar. Las mujeres tienen razón y ésta es una huelga necesaria y justa. Punto. 5 de marzo.

❂Veo cosas raras. La CEOE e Inés Arrimadas, quedan como mera constatación del sentir de la extrema derecha. Pero no sé si os habéis dado cuenta que en la prensa y hasta en las televisiones matutinas lo que nos encotramos ante la Huelga Feminista de mañana es una mirada entre simpática y empática, en cualquier caso "comprensiva" y condescendiente. Mis sospechas comenzaron cuando vi que el periódico líder actualmente de la opinión neoliberal en España, El País, trataba el asunto con cierta ecuanimidad e indulgencia, haciéndose eco de las reivindicaciones (salariales, sociales, políticas) puestas encima de la mesa por las convocantes. La posverdad es lo que tiene. Ya no se combate algo ocultándolo, criticándolo o atacándolo necesariamente, se puede hacer difundiéndolo al máximo para, precisamente, tener el control de la agenda y del tono de los mensajes. Que hay un posible movimiento de emancipación popular y democrático, se convierte, de acción, en evento, esto es, en noticia. Y entonces el receptor de la información queda convertido, de agente social proactivo y empoderado, en mera opinión pública pasiva que asiste como espectadora al acto de otros. Míralos cómo gozan, que decía Lacan, hablando de cómo trataba el sistema a los que protestaban en el 68.
Cuando sucedió lo de Gamonal, hace ya cuatro años, escribí algunas entradas de mi blog sobre este fenómeno de reconducción de la verdad a la posverdad, al espectáculo. Copio este párrafo, que mutatis mutandis, puede valer para mañana, creo yo:
"Aquí pasa algo, sin duda. Estamos ante una estrategia diáfanamente más oscura y truculenta de las que nos tiene acostumbrados la derecha mediática, con todo su poder de despliegue. El procedimiento es sibilino: no ocultar, no condenar al fuera de campo y a las catacumbas de la comunicación mediática el conflicto, sino cederle pantallas y micros. Es ingenioso y clásico: divide y vencerás. Pero en su versión postmediática (es imposible acallar totalmente los hechos porque twitter, facebook y YouTube actúan) no se trata de dividir entre unos y otros, se trata de algo más canalla: dividir al enemigo contra sí mismo. Una división, una tachadura de pleno derecho. El pueblo alzado, al ser acogido como espectáculo, se encuentra remitido, ante su reflejo especular, a dejar de ser multitud alzada para convertirse en juez supremo, opinión pública. Y así el acto se convierte en noticia y el saber hacer de la sublevación, no en acción que coagula y presenta, sino en información que circula y se ausenta. La opinión publica tiene todo el poder. Menos uno: el de la acción."
Yo me aventuré a decir el otro día que Susana Griso informaría desfavorablemente de la Huelga Feminista de mañana. Hoy, tengo mis serias dudas. Claro que, si apoyas esta huelga, y eres mujer, con relevancia social e influencia mediática como lideresa de opinión, lo que tienes que hacer mañana no es hablar favorablemente , sino no informar en absoluto, porque estás haciendo la huelga y no glosándola. Creo que la prueba del algodón puede ser lo que hagan algunas de estas mujeres que conducen (lo que no es lo mismos que dirigir) estos grandes magazines matutinos. Susanna Griso, pero también Pepa Bueno o Ana Rosa Quntana. Sería la mejor noticia que ellas no dieran la noticia, sino que estuvieran en las manifestaciones a pie de calle y que se encargaran del asunto los de los servicios mínimos. Eso y la viñeta de El Roto de mañana -si ignora, apoya o hace algún sarcasmo o ironía sobre la huelga y en qué medida- son para mí las dos grandes pruebas del algodón de cómo y con quién se posicionan los poderes sistémicos durante la huelga. Ya veremos. 7 de marzo.



Añadir leyenda



Consecuentes: El feminismo no es transversal.

Transversalidad y manipulación

🌗Me está fastidiando oír todo el día que esta huelga es un éxito de la transversalidad. Y un cuerno. Es un triunfo de las mujeres, en todo caso. Y las mujeres no son transversales. Es como decir que antes que mujeres son otra cosa y se han encontrado en el accidente de su feminidad. Vamos que lo que funda esta huelga no es que sea feminista, sino que lo femenino es un punto de encuentro adecuado y oportuno para gente cuya realidad, cuyo anclaje ontológico, está en otro sitio. Lo siento pero disiento. De esta y de todas las transversalidades. Empezaremos a ganar la guerra al capitalismo, al patriarcado y a la opresión cuando seamos capaces de ver nuestras victorias como verdades y no como aciertos productode hábiles destrezas estratégicas. Hoy han ganado las mujeres, no es una victoria transversal sino lealmente consecuente con su ser en el mundo. No hay las realidades ontológicas fijas (la ideología, la clase, el género, las raza, los pueblos, las lenguas, las razones, las sociedades ) y luego convergemos transversalmente en afortunados apaños coyunturales. Nuestra verdad es que luchamos y no que aparcamos nuestras verdades para luchar. La libertad y la dignidad son eso: absolutas e inmanentes. La verdad es lo que conseguimos hacer con ello seres que no somos ni lo uno ni lo otro. La ética consiste en la posición de absoluta libertad del sujeto frente al hecho de la imposibilidad de su absoluta autonomía. Las mujeres que hoy han hecho huelga y los hombres que las hemos apoyado no hemos sido transversales. En todo caso, leales a nosotras mismas.
Nadie más fundamentalista, nadie más trancendentalista, que un adepto a la transversalidad. Necesita de los fundamentos para poder tras-cenderlos. O todo el mundo está fijado o clasificado o a ver cómo te apañas para religarlos en una transversalidad. La gente que se mueve, que avanza, que lucha, no es puede ser alcanzada por línea transversal alguna porque no tienen raíces, tienen pies. Su género, su raza, su clase, su lengua o su nación, en tanto que oprimidos, son puntos de apoyo de su performatividad emancipadora, no esencias invariables ni casillas en las que permanecen esperando que un redentor venga trazar una línea que los atraviese para poder hacer algo. Tras la lucha, su ser será tranformado por la dignidad y la libertad, no quedará incólume esperando a que el próximo redentor venga a trazar la línea transversal siguiente. La transversalidad no es más que un dogma burocrático y una variante más de la tecnocracia neoliberal. Creo que si la huelga de hoy será recordada como un triunfo de las mujeres es porque ha sido feminista, no transversal. 8 de marzo.



La transversalidad se ha convertido en el eje de la axiomática capitalista. Cualquier éxito contra el capitalismo, esto es, contra el binomio patriarcal-neoliberal, los medios del régimen lo convierten en un éxito de la transversalidad y así se reafirma el axioma de que el sentido común establecido es el único que prevalece en tanto que preexiste. Esto es, transversal se convierte en sinónimo de mayoritario y tener éxito es ser mayoritariamente aceptado y consumido. Tener éxito cosiste, exclusivamente, en acertar con lo que ya existía pero no se había sustanciado aún en una mercancía, no había aparecido el talento capaz de comodificar la cosa para ponerla a disposición de la mayoría, del mercado. De ese modo es imposible inventar nada que transforme la realidad, porque todo lo que se pro-duzca e invente está condenado a reafirmarla: ya existía de antes y algún espabilado/a emprendedor/a ha sabido ver “un nuevo modelo de negocio”, sintagma que ha invadido el ámbito de las ciencias sociales y de la comunicación, con el emprendedurismo como fundamento ideológico. La novedad post-fordista consiste en diseñar formas más eficaces de comunicación, de alcance, de difusión porque todo lo demás ya lo hace solo "el genio del sistema". De ese modo, todo lo nuevo está condenado a reafirmar la estructura de lo existente. Eso es, a mi entender, a lo que se referían Deleuze/Guattari cuando afirmaban que el capitalismo se había convertido en una axiomática, frente a las sociedades tradicionales, cuyo método era la recodificación, el castigo, la llamada al orden. La Institución emblemática del feudalismo, por ejemplo, sería la Inquisición. La de las sociedades burguesas y disciplinarias, la cárcel, la escuela, el hospital y la fábrica. Bueno, pues en las sociedades de control post-fordistas parece que para regular la situación es suficiente el mercado: si conseguimos comodificar cualquier cosa y constituirla como oportunidad de negocio, la constituimos en mayoritaria y ya no es lo que se opone al sistema, sino una prueba más de sus urdimbre axiomática, de la trama de demostración de que era y es el mejor y el único posible. Una prueba colateral muy sibilina, muy del ámbito de la posverdad es que además ha derrotado a las instituciones disciplinarias de la sociedad y ha supuesto una liberación moral. La cultura Rock fue el gran banco de pruebas de esta axiomática, del método para devolver al redil del mercado lo que conculcaba la moral burguesa.
Parece que el sistema, a través de sus medios de difusión, ha aceptado el éxito de la huelga de ayer porque era transversal, porque era para toda la sociedad, para todo el mundo porque se hacía eco de una demanda social natural en la dinámica del progreso capitalista. No, porque fuera un triunfo de la lucha de las mujeres como sector subordinado de la sociedad. Y el paripé de reabsorción sistémica estaba bien montado. Las que se oponían a la huelga decían ser tan feministas como las que la defendían. Que no la apoyaban por estar politizada, repetían. Esto es, ser feminista bien, pero esta huelga es anti-capitalista y eso no lo podemos consentir. Arrimadas o Cristina (Cruella) Seguí, que ayer hizo de alter ego de Susanna Griso en Espejo Público mientras esta bajaba a pie de calle a manifestarse, son magníficos ejemplos. “Yo no apoyo esta huelga porque no veo feminismo sino consignas anticapitalistas y el capitalismo ha sido el sistema que más ha hecho por los derechos femeninos”. No, señora. Eso ha sido la democracia. Y que capitalismo y democracia no coinciden lo demuestran todos los fascismos capitalistas que han existido y que, para usted y su partido (Vox), siguen siendo el estado ideal de la sociedad y por eso lo propugnan, un capitalismo neoliberal y autoritario. Los que se les oponían, en las televisiones sistémicas, defendían lo contrario: “esta no es una huelga anticapitalista ni comunista, sino transversal”. Mentiras ambas que juntas pretendían sustancializar una posverdad. Sibilno, además, que ante la no presencia de mujeres que apoyaran la huelga eran los hombres "progresistas" (las comillas son por Rubén Amón, el replicante de Seguí ayer) los que la defendían. Consigueron, pues, una puesta en escena que invirtiera lo real de las relaciones materiales del género: mujeres contra la huelga y hombres apoyándola. Lo decía yo el otro día: apoyar o no denostar la huelga ha sido la fórmula de los medios masivos para intentar controlar su sentido, que es el que produce efectos sobre lo real.
No, señoras y señores, no. Ayer las mujeres y muchos hombres salieron a luchar contra el patriarcado y contra el capitalismo a la vez, contra la sobre-explotación de la mujeres con sueldos más bajos que los hombres a igual puesto y trabajo, contra la mayor precariedad y temporalidad de sus empleos y ejerciendo muchos trabajos (los cuidados de quienes los necesitan, pro ejemplo) sin remuneración alguna. La de ayer no fue una huelga de buenas chicas, sino de mujeres. No fue una huelga transversal para el bien de la sociedad en general, sino una muestra triunfante de una lucha transformadora y subversiva que las mujeres lideraron, en todo caso, para bien de la especie humana. Será como especie que todos ganaremos con el feminismo, no como sociedad civil de mercado. La de ayer fue una huelga subversiva, no transversal. Quede claro, por favor. 9 de marzo.


Lo común no es transversal.


🌌 Lo común no está por descubrir y menos aún por calcular, como quieren los transversalistas, que, en el mejor de los casos, lo conciben como una especie de cesión, de tolerancia, de la izquierda “de verdad” con los demás. En todo caso, está por construir. Yo no concibo que lo común sea el máximo común denominador entre los negros, las mujeres, los LGBT, los catalanes, los gitanos, los excluidos, los inmigrantes, los explotados… En todo caso, esas identidades son el punto de apoyo desde el que se pueden empoderar contra la opresión para combatirla. La identidad oprimida debería ser algo que lo común atraviese, trascienda y rebase. Sin embargo, la transversalidad quiere esas identidades quietas, inmóviles, esenciales, para que sus ecuaciones divisorias puedan establecer sobre ellas un cociente exacto. El problema de este cálculo divisorio, previo a las estrategias contra-hegemónicas, es como en todas las divisiones, el resto. Y cuando el dividendo deja de ser una suma a dividir, el resto sigue aún ahí, como lo real de la opresión. Tras cada operación transversalista quedan los oprimidos en el mismo lugar que estaban. La transversalidad puede operar trans-parencias, performances de la distinción, pero no toca lo real. El negro, la mujer, el explotado, la indígena, la hablante de una lengua minorizada o la lesbiana no se liberan de su condición de oprimidas por la transversalidad, porque simplemente la han prestado, no la han transformado, no se han reposicionado subjetivamente de un modo radical respecto a ellas. Es entonces cuando el fascismo, cuando el totalitarismo neo-conservador (¿veis como todas sus promesas eran mentira?) tiene su momento y hace su agosto. No, la huelga de ayer no me dio la impresión que fuera transversal. Eran las mujeres liderando un cambio radical de su condición de mujeres: la rebelión contra la subordinación como rasgo esencial de su feminidad. Eso era mucho más fuerte que todo lo demás. Y mucho más constructivo del común que cualquier operación transversal que se quiera operar sobre ese arrostramiento de su dignidad por las propias mujeres. Lo que hay que hacer es sumarse a esa lucha, no pedir que te la presten. Creo que no es difícil de adivinar que lo que hay detrás de las admoniciones  de ciertos hombres (el famoso mansplaining), al feminismo es precisamente la transversalidad, en su forma más canónicamente ilustrada: disfrazada de racionalismo. Sí, sí, si lo vuestro está muy bien pero no hay que perder de vista el objetivo. Si no cambiamos el objetivo, esto es, el horizonte, no cambiaremos nada. Ayer, las mujeres tomaron el timón de ese cambio hacia un más allá de lo que podemos ver. Vayamos detrás a ver qué nos enseñan. 9 de marzo.






sábado, 9 de septiembre de 2017

No soy un activista, ni soy un militante.

A ver, hay dos cositas para las que sé seguro que no sirvo. Por mucho que unos y otros puedan tener mi afecto y mi respeto, no tengo madera de activista sectorial a tiempo completo, pero tampoco la tengo de militante. Esto es, creo que hay que tener una mirada abierta. No he dicho holística, ni integral, ni global porque no me llega la soberbia -en este terreno, en otros puede que sí- para ello. A poco que te descuides, los tres adjetivos de la oración anterior pueden ser sinónimos de total y de total deriva totalitario.

Entonces, puedo apoyar sin reservas a los ecologistas sin necesidad de ser vegano ni decirle a la gente cómo tiene que comer o desplazarse.Hay otros condicionantes, aparte de la sanidad más o menos paranoica y de sentirse infinitamente maternal con el planeta, que influyen en cómo un sujeto decide conducir su vida. Defiendo sin dudas la igualdad de género y la mayoría de los postulados del feminismo, también, sin que ello me lleve a pensar que quien no hace de ésta la causa única de su vida es un machista terrorista y violento o una despreciable descerebrada víctima del sistema, de facto y sin matices. También creo que hacerle alguna crítica a los planteamientos feministas (en mi caso, siempre desde el punto de vista táctico y comunicativo, no desde el estratégico, político o ideológico) no implica que se deduzca de ellas que estés incurriendo en un micromachismo inconsciente porque tienes una falta de asesoramiento pedagógico. Lo que pasa es que igual que hay micromachismos hay microneoliberalismos y tampoco está de más señalarlos.

También defiendo la lengua y la cultura de mi país y su derecho a la autodeterminación, como la de los países que son hermanos  del mío. Me siento muy afín, pues, con el nacionalismo catalanista y valencianista. Pero eso no me lleva a negarme a  hablar en castellano ni mirar mal a quien lo hace, sino a defender a muerte a quien se exprese en catalán (en mi tierra solemos decir valenciano, pero es lo mismo) siempre que lo considere oportuno. Defenderé a muerte el catalán frente a las imposiciones del castellano, como defenderé el castellano -mucho más que los castellano-parlantes monolingües, sin duda- frente al inglés como lengua del poder.

Apoyo sin reservas todas la reivindicaciones LGTBI, desde siempre. Pero en casos como la maternidad subrogada no tengo  inconveniente en manifestar mis  reservas frente a algunas posturas mantenidas por algunos miembros de la parte G del colectivo. Ni pienso que los heterosexuales -hombres y  mujeres- lo seamos por mala intención o por afán de colaborar con el patriarcado sistémico. Vamos, es lo que piensan muchos derechistas españoles de los que hablamos otras lenguas en el Estado Español, que lo hacemos de mala fe. Nada que ver. Son aquellos puntos en los que se articula lo íntimo con lo común y, por tanto, el juicio político sobre ellos no digo que sea impertinente, sino simplemente parcial.

Por lo tanto, tampoco creo que se pueda decir que soy un militante al uso. Desde el lado marxista, no creo que enfocar cualquier fenómeno como un efecto de la lucha de clases nos permita un entendimiento suficiente de la realidad sin tener en cuenta muchos otros factores. Los de género, los nacionales, los ecológicos, por ejemplo. Ni tampoco pienso, desde el lado anarquista, que una acción que no lleve a la desaparición del capitalismo para mañana a primera hora de la mañana ni a la abolición del Estado para la hora de la merienda, lo más tardar, sea un acto maligno de inicua colaboración con los explotadores. Vamos, que no censuraré a nadie por tomarse una caña en vez de estar todo el rato pendiente de hacer la revolución. Ello no me impide hacerme hacerme una foto con emoción junto a una estatua de Lenin en el Metro de Moscú, puño en alto. Ni emocionarme escuchando A las Barricadas o La Internacional. Me pasa a veces con La Marsellesa también, porque toda manifestación colectiva antifascista me capta el corazón de inmediato.

¿En qué me convierte esta actitud?  No diría que en un progre, porque me aleja de ellos una posición innegociable de radicalidad, un cierto amor por la verdad en lo que tiene de complejo, esto es, en tanto en ella siempre hay una resistencia a dejarse atrapar por el saber. Esa resistencia que, tantas veces, el militante y el activista intentan ahogar con la impostación de la pulsión de muerte en forma extremismo e intolerancia profética y mesiánica (lo que tiene un relevante componente de coñazo)  y el progre, con su afecto por la levedad (lo light) y la simpleza ignorante, en un semblante de fatua felicidad y  de estar encantado de haberse conocido.

Así que probablemente sólo se me pueda definir como un simple tipo de izquierdas del montón. El problema es que a veces el montón, la multitud, no parece tal, porque a diferencia de la masa, el no ir de uniforme la hace menos visible. De todos modos, no está mal ser un izquierdista del montón. Si la hay un futuro para la humanidad, pasará por nuestras muchísimas manos. En forma de una radicalización de la democracia. Ya veréis.







La foto es mala, porque es mía. Pero la traigo porque el concepto de la escultura, en una fachada de Moscú, cerca del Bolshoi, me seduce. Un martillo y una hoz que no están entrelazados, pero que sirven de apoyo para un bello pensador. No habrá futuro si no somos capaces de admitir, que por mucha y sólida que sea nuestra base, el símbolo de nuestra unión, su andamiaje discursivo, necesitará siempre ser pensado. Que la unión de los oprimidos no es sin pensamiento, que la conciencia por sí sola no es suficiente y que esa unidad no goza de garantía ontológica alguna. La materialidad del símbolo la sostiene al sujeto. Esa es su verdad. La obligación del sujeto es pensarlo siempre. Es es la verdad del sujeto.Todavía es más emblemática la imagen en su contexto: la fachada de un centro comercial. Post-fordismo creativo en estado puro. La multitud se significa, pero a diferencia de los uniformados no prot-agoniza.

Aquí, el contexto: https://goo.gl/maps/QLWc3tSJV2z















miércoles, 19 de julio de 2017

El capitalismo nos divide: una mínima reflexión a cuenta de la maternidad subrogada

El capitalismo nos divide, nos cercena por la mitad con una spaltung sin posibilidad de sutura en el mismo capitalismo. El juego del libérrimo mercado neoliberal consiste en fingir lo contrario. Todos estamos divididos en el capitalismo entre nuestra posición productiva y nuestra posición de consumidores, entre nuestra posición de explotados y nuestra posición de clientes. La treta neoliberal consiste en hacernos creer que como clientes podemos compensar lo que se nos sustrae como productores. Incluso en el terreno de la moral. Consumiendo responsablemente –la ética del no logo- compensamos las pérdidas ocasionadas al planeta y a la humanidad por nuestra actividad explotadora.

Es una clientelización de la moral que pasa con toda naturalidad al campo de lo jurídico, lo político y lo civil. Somos clientes del sector público. Somos clientes (contribuyentes) del Estado y así tapamos nuestra condición de súbditos. Así nos comportamos, pues, respecto a nuestras demandas. Nos consideramos sujetos de derechos mientras se nos permite tratar a estos derechos como mercancías. Es la comodificación de nuestra dignidad. Tenemos derecho a algo desde el momento en que podemos pagárnoslo. Negarnos lo que podemos pagar es un atentado intolerable a nuestros derechos, ocultándosenos cual almas bellas que la mayoría de las veces nuestros derechos, en el neoliberalismo, suelen implicar la explotación de otros y –para conseguir poder pagar- de nosotros mismos.
Bueno, pues yo pienso que esta brutal e insalvable raja entre nuestras dos condiciones a veces se nos presenta ante los ojos, con toda su crudeza paradójica e irresoluble entre nuestra condición de explotados y de explotadores, de siervos y de clientes, como una epifanía fatídica. Pues bien, el dilema político, económico y moral de la maternidad subrogada es uno de esos casos en que la demanda de los derechos sub especie neoliberal nos muestra el máximo desgarro. Es el círculo siniestro del Discurso Capitalista. El derecho a la paternidad de unos parece permitirles exigir a cambio de dinero la posibilidad de disfrutar de los privilegios del útero de otras. Parece que nos evitamos tratar con el pene (y con el clítoris, porque la vagina, aunque sea de salida, sigue implicada), pero el falo sigue tan céntrico como siempre, a través del dinero y de la explotación y sometimiento de otro cuerpo humano.


Y de lo que nadie habla es del derecho fundamental del hijo o de la hija. Hasta donde yo sé, ninguna época, civilización o cultura ha considerado nunca la paternidad como un derecho. En todo caso, como una obligación. Un mínimo sentido de la responsabilidad implica, que si decidimos cambiar esa estructura antropológica en la post-modernidad, dediquemos algún segundo a pensar en la tremenda innovación, en la violenta irrupción de lo inédito que estamos propiciando y en sus consecuencias, y no hablemos de ello con una regocijo estúpido porque al fin hemos liberado a la naturaleza de las ignominiosas imposiciones de la tradición. Esa estulticia banal del progre neoliberal, que deambula jovial por la existencia repitiendo mantras como si un anuncio de la tele le hubiera desvelado el secreto de la vida, es lo más irritante que tienen los yupiprogres, los mayores enemigos, sin duda, de un digno enfoque radical. Porque toda introducción de un derecho en el capitalismo implica un menoscabo del otro. Siempre, mientras la dignidad material no esté asegurada y todos los derechos acaben ejerciéndose por la vía del mercado. Yo no le veo solución a esta paradoja en un entorno de “sociedad de mercado”. Si alguien la encuentra, que me lo diga que se la compro. Estaría en mi derecho, ¿no? Es un decir…


Original VLCN

viernes, 29 de julio de 2016

Las narrativas no explican el mundo (y las ideologías tampoco)

1  Ya pasó con Andreas Lubitz y ha vuelto a pasar con David Sonboly, muchacho de origen iraní que se autoproclamó alemán mientras masacraba a unos cuantos de sus conciudadanos. En Alemania los asesinos de masas parecen ser inexplicables.  La causa es que de entrada intentamos encajarlos en la narrativa equivocada. Queremos que sean antagonistas de Occidente en la narrativa yihadista y, sin embargo, se comportan como protagonistas en la narrativa de los asesinos de masas yanquis. El asesino de masas norteamericano es puro producto de la competencia neoliberal exacerbada en los centros educativos (looser es el insulto neoliberal por excelencia y el coach, la referencia moral) y que conlleva el bullying como corolario ineludible.
Una víctima de bullying se convierte en alguien terriblemente lúcido: de repente el mundo le ha dejado constancia de que nunca cumplirá sus sueños. Como la lucidez no lleva de suyo aparejada la sabiduría, el clima auto-ayúdico y biopolítico le habrá conducido a concluir que lo que tiene que hacer es aumentar su autoestima y empoderarse. Y entonces va y resuelve su angustia de castración comprándose un falo automático de repetición “en” la Internet (que no sé dónde estará ese sitio pero en los telediarios lo citan mucho) y disparando contra la multitud. Si la sensatez y la madurez llegan antes que los consejos psicológicos –me llama mucho la atención que estos sujetos suelan estar en tratamiento psiquiátrico, ¿no se dieron cuenta sus terapeutas? ¿o es que entendieron mal sus consejos?-  puede llegar la sabiduría, y ese desencanto trágico de la adolescencia puede convertirse en una ironía serena sobre las promesas del mercado vital y sobre las posibilidades de alcanzar los propios sueños y, encima, pretender sentirse, tras alcanzarlos, como uno se sentía que se sentiría al alcanzarlos cuando los soñaba.
2
Pero hablábamos de yihadismo. Y hablábamos de su narrativa.  La estrategia yihadista ha ido cambiando, pero su narrativa no. Por eso no entendemos  nada,  porque el enfoque narrativista sólo contempla el esqueleto mítico-arquetípico. Como narratólogo que soy –al menos en buena parte de mi desempeño profesional- desde hace treinta años, veo que a muchos narrativistas no les interesa nada ver la diferencia enunciado-enunciación que, aunque sea de una forma intuitiva, cualquier ciudadano es capaz de captar. Ellos hacen un enfoque transversal, identitario, cuantitativo, en el que el esquema actancial (las acciones y las funciones actuantes que las sustentan) es el único factor a tener en cuenta.

sábado, 8 de marzo de 2014

Sobre el 8 de marzo

Hace unos años tuve un encontronazo con una conocida mía que alardeaba de feroz feminista  (no daré más datos porque no tengo ningún interés en que se la identifique) tal día como hoy. Estábamos "celebrando el día de la mujer" con una especie de aperitivo y yo le dije que lo vivía con más entusiasmo antes, cuando era literalmente "El día de la mujer trabajadora" y no se celebraba con unas frivolidades saladas o dulces sino con una manifestación, porque era una jornada reivindicativa. Se plantó ante mí y me espetó como un mantra bien aprendido: ¡todas las mujeres son trabajadoras! Yo le contesté que me negaba a celebrar el día de Margaret Thatcher o de Condoleeza Rice o de Sarah Palin o de las hermanas Koplowitz, o de Sofía de Grecia y así. La cuestión es que esta persona era feminista visceral porque en su asociación de vecinos había ido a un cursillo o algo parecido y desde entonces el morado se había convertido en su color y ahora era ella la que iba impartiendo cursillos. Se había aprendido la lección como un catecismo que se limitaba a repetir una y otra vez. Y como todos los creyentes en catecismos, estaba vacunada contra cualquier crítica o mínimo intento de diálogo: si no piensas exactamente como yo es que eres el enmigo, en este caso, un machista. No conseguí razonar con ella ni un minuto.
En fin, mi reflexión no va sobre los que individualmente acatan una doctrina sin contrastarla ni reflexionar sobre ella. Para mi anticatecismo (si me pongo, me pongo) son todos de derechas porque la reflexión crítica es un rasgo antigregario, antimasificante, antiestupefaciente y profundamente subversivo sin el cual nadie puede considerarse ni progresista ni revolucionario (fíjense si amplío el espectro). Y no lo digo por decir o por resabio. Caigamos en la cuenta de que, en este acriticismo, lo que se jugaba al quitar el adjetivo era la apropiación del discurso feminista por el neoliberalismo, es decir, el uso reiterado de las relaciones de género como una cortina de humo para evitar contemplar las relaciones de clase. Yo creo sinceramente que es un error y una de las más grandes trampas en las que los progresistas hemos caído reiteradamente. Porque si no cuestionamos las relaciones de poder y explotación lo más que pueden conseguir las políticas de género son más y más afinamientos formales, por floridos y superyoicos que se quiera, (serán más obsesivos, iracundos y represivos cuanto más impotentes para atacar la raíz del problema) pero nunca conseguirán la igualdad de hecho. Cierto que todos los días salen en la televisión noticias bajo el titular "violencia machista" y siempre se refieren a "mujeres asesinadas por sus parejas" ¿Es esa la única violencia machista? ¿Por qué es tan difícil "noticiar", convertir en formato noticiable, todos los demás acosos y violencias sexistas que sufren las mujeres? En sus puestos de trabajo, por ejemplo. ¿No se está connotando tendenciosamente que el machismo sólo se ejerce en el ámbito doméstico y que las relaciones laborales y de explotación son de un orden distinto o, al menos, no están vinculadas al patriarcalismo? Da qué pensar.
En fin, que yo estoy con las mujeres que trabajan y luchan por la igualdad. No voy a celebrar nada por las que le hicieron la clac el otro día a Gallardón. Para mí hoy no es el día de las señoras. Para mí, no todas las mujeres son iguales, cosa que me pasa también, dicho sea de paso con el resto de los seres humanos.
No es mi lucha que las mujeres (ni nadie) consigan más poder, sino que ese poder tenga cada día menos víctimas. En el postcapitalismo -ya le inventaremos un nombre- que yo soy capaz de imaginar no cabe el machismo ni la  homofobia porque no cabe la imposición del poderoso al débil, sea hombre, mujer o cualquier otra variedad genérica que seamos capaces de inventar. Sin embargo, en el capitalismo en el que vivo esas cosas tienen más espacio cada día. Seamos capaces de ver cómo consigue el poder utilizar nuestras luchas y nuestros discursos emancipatorios para sus fines. El primer paso es siempre convertirlos en un catecismo refractario al pensamiento y sostenido por la repetición.



(Ah, y recordad que esto sigue el aire. Perdón por el rincón publicitario, pero tengo mucho interés en que sea parte del debate)