lunes, 23 de junio de 2014

Democracia radical y representación política (Apuntes sobre el populismo, 2)




  • El 15M surgió como un movimiento sociopolítico radical. Lo afirmo sin ningún tipo de dudas ni ambages. Toma de la calle, método asambleario y renuncia premeditada (pro-gramática, como anuncio inequívoco de una escritura política inédita) a ser condensados y confinados en la figura de un líder, dado que no hay mejor eslabón para que el poder agarre la cadena con la que sujetar a la gente que un líder. Primero, porque supone un influjo hipnótico y persuasivo que elimina, o al menos anestesia drásticamente, la posibilidad de una conciencia crítica basada en el discurso y la argumentació bajo la imagen y la consigna reiterativa. Pero, segundo, porque cuanto más condensada está la representación más fácil es la corrupción. Un líder es una puerta abierta a la coacción, a la manipulación, al soborno, a la claudicación.
  • Por ello, yo no entendí nunca su principal eslogan, No nos representan, como alusión a una formación política, ni a una tendencia ideológica, sino como protesta contra el sistema representativo propiamente dicho, en tanto que éste impedía a las ciudadanía el acceso a la participación política. No nos representan no significaba que ésos no nos representaban: si queríamos otros no había más que esperar las elecciones o fundar un partido político nuevo. Lo entendí más bien como la búsqueda de una forma de actuación política nueva que no se resumiera en el electoralismo partidista, en el puro desposeimiento de toda iniciativa que propugna el electoralismo liberal-capitalista.
  • El 15M, pues, no tuvo nunca una intención ni una proyección electoral. Nace justo en un momento en el que acaba un ciclo electoral de izquierda parlamentaria y en el que todas las encuestas, con la fuerza irrebatible de lo científico, vaticinaban una victoria irrefutable de la derecha en el siguiente ciclo de comicios. No se trataba de ir contra esta marea neoliberal en su terreno parlamentario, sino de plantear un terreno de lucha política participativa alternativo a la arena parlamentaria, cuyos engranajes estaban totalmente dominados por el emporio financiero y mediático a través del sistema partidista.
  • La idea era no tanto que aquellas voces tuvieran una única voz, sino conseguir una patencia de irrepresentabilidad, un resto operativo de la operación electoral que mantuviera la tensión e impidiera que el círculo de los representantes se mantuviera cerrado. No se trataba de reintroducir en el parlamento esa inquietud, de hacerla apaciblemente representable en el legislativo, sino de dividir al poder, de mantenerlo inquieto, de imaginarle (figure out, dicen los ingleses) un afuera que lo mantuviera siempre incompleto.
  • Por eso, tal vez, ciertas voces del sistema empezaron a reputar el 15M como un fracaso y le inocularon el peor de los venenos, el ansia de éxito sustancializada en la imagen de una victoria electoral. El 15M era simplemente emocional, así no íbamos a ninguna parte.
  • Ganar unas elecciones no es nunca, en sí mismo, un objetivo radical. Lo radical es transformar la realidad, las reglas discursivas, no hacerse un hueco en ellas. Tenemos el caso Obama como gran ejemplo. Su Yes we can (en el que se basa el español Podemos) pudo implicar el impulso a un cambio radical en el sistema. Pero con el añadido de una imagen que condensaba ese imposible para convertirlo no en posibilidad (en contingencia, en escritura sobre lo real, sobre "lo que no cesa de no escribirse") sino en potencia: colocar a un negro en la Casa Blanca. Un negro que, con leves variantes, mostró lo que podía en breve tiempo: hacer las mismas políticas que los 43 blancos que lo habían precedido.
  • Al fin y al cabo, dejar un resto de imposible como patente pero irrepresentable es abrirle la puerta al deseo, colocar al sujeto de lo político, en este caso, en una posición de responsabilidad, de hacerse cargo de sí, que ningún sistema podrá ejercer la función de sostenerle en una falaz completud simbólica.
  • Se trataba, pues, de colocar al pueblo, a la marea popular, en una posición éxtima (nuclear pero exterior, imposible de sojuzgar y de ignorar) respecto al poder establecido que ya no iba a poder ser nunca estable sin contar con voces que le eran heterogéneas. Parecía tonto, tal vez. Por eso, desde cierta izquierda burocrática y feliz en su posicionamiento en el sistema se empezó a culpar al 15M de la victoria electoral de la derecha, por no haber aglutinado fuerzas. En un sistema de concentración capitalista, probablemente, la desconcentración sea la opción más sabia. Quincememos, les decían algunos.
  • En épocas de bonanza económica el PSOE había sido una factoría de taylorismo programista. Conversión en serie de cualquier demanda popular en petición democrática cauterizando su potencial subversivo. La demanda nacional y soberanista de Catalunya fue un buen ejemplo. El antagonismo absorbido en el ruido de la confrontación espectacular. La tensión electoral, de la que hablaba Zapatero.
  • Laclau, que es el máximo valedor del populismo como opción política legítima, distingue entre demandas democráticas y demandas populares. Las primeras serían sectoriales, funcionarían según una lógica diferencial y serían asumibles por el Estado. Las segundas, funcionarían según una lógica equivalencial en la que por sinécdoque una demanda representaría a la totalidad popular provocando la insostenibilidad del poder. Pero esta imposibilidad de la totalidad, suturada por un tropo, por una operación retórica, no queda por ello anulada, sino que es el resto que convoca todo avance, toda fuerza operativa, impulsando la cadena de los significantes.
  • Hay quien hace unos años hablaba (parece que no se acuerda) de lo que Lacan llamó el Discurso Capitalista. Una de las principales causas de su fortaleza era precisamente su carácter de bucle, de círculo siniestro, que impedía, a diferencia del Discurso del Amo antiguo, establecer en él ningún corte que propiciara el establecimiento de un reverso. Pues bien, en lo político, este carácter de bucle se ha patentizado en la capacidad del capitalismo de convertir las posibles demandas populares en sectoriales demandas democráticas que, coartada la posibilidad de su potencia equivalencial, se han convertido en particularidades homogeneizadas.
  • Probablemente no hay caso más claro que la llamada Transisción Española y el subsiguiente Régimen Constitucional del 78, donde los antagonismos operativos pudieron ser reconvertidos en consensos desactivantes. Las demandas populares pasaron a ser solicitudes administrativas. El caso de las autonomías es ejemplar. Frente al grito identitario contra la opresión cultural, lingüística y económica del centralismo españolista, el régimen inventó aquello que se llamó "café para todos": 17 autonomías igualadas en la imposibilidad de su equivalencia. Y el problema de la soberanía devino burocrático: cesión de competencias, quejas por la balanza entre lo que se contribuye y lo que se recibe, administración de servicios (sanidad, educación), etc. La homogeneidad del "todas diferentes", la imposibilidad de equivalencia frente a un Estado central.
  • Podemos, de momento, se ha constituido sobre la idea de dar una sola voz a las voces múltiples, de llevar las demandas de la calle al interior del sistema. Y todo sobre la base de un semblante de potencia (empoderamiento) que ha llevado mucho más allá de su eslogan hasta su propio nombre. ¿Soy el único que ve aquí el riesgo de una reabsorción conservadora de las demandas populares, de pasaje al acto como aniquilación de la memoria, del deseo y de la responsabildad de sí? Habrá que ver.
  
Hegemonía, razón, comunicación (Apuntes sobre el populismo, 1)