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viernes, 11 de mayo de 2018

La verdad del CIS


La mitad de la verdad: Podemos en la pantalla.

Ayer la gente de izquierdas estaba absolutamente azorada y desorientada con el Barómetro del CIS. Curioso. Hace como cuatro años, la sociedad, la opinión pública y los medios de masas del régimen estaban completamente despistados con eso de Podemos y qué era y no hay dios que los entienda. Yo lo definí como una voz compleja, con un fértil semblante de incoherencia, que me parecía inevitable en todo movimiento verdaderamente disruptivo. La multitud y el embrión de un pueblo (sujetos completamente distintos de esos que he llamado sociedad u opinión pública, como apunté entonces), sin embargo, estaban confiados, ilusionados, apasionados en medio de la aparente confusión que se veía desde afuera. La gente montando y amontonando círculos en las ciudades, en los parques, en los pueblos, que se contraponían, se superponían, se contradecían. Pero llegó el núcleo promotor y mandó a parar. Con el líder forjado en las tertulias y que había conseguido escaño en el Parlamento europeo había bastante. Nada de desorden, qué dirá la gente. La gente ya decía lo que tenía que decir. Los que daba miedo qué dijeran eran los electores, la opinión pública, los respetables medios del régimen. Había que poner orden. Todo lo que no salía de ellos empezó a atribuirse a la vieja izquierda identitaria, de la que por cierto en la calle no se acordaba nadie. Que esta multitud no era la de la vieja guardia marxo-anarquista era obvio. No se organizaron en las fábricas, sino en las plazas. Tenían claro que en la época del neoliberalismo salvaje es inútil disputar los medios de producción porque éstos no tienen amo. Propietarios, puede, pero quién es un propietario. El autónomo, el emprendedor, el inversor en fraudulentas “preferentes” son “propietarios” de medios de producción. Pero no parecen ni el enemigo, ni la clase dominante, ¿verdad? Y los que lo son, no tienen rostro, ni cuerpo ni alma. La playa puede que no estuviera debajo de los adoquines, pero las flores, las sonrisas, los nuestros, sí estaban encima. Nada que ver con vacíos valores de clase media juvenil, como decían los adocenados revolucionarios de la espera. Era la vida. No había que esperar la verdad, había que hacerla aquí y ahora. Ni dioses, ni reyes, ni tribunos.
Pero no. Qué peligro. Había que ordenarse, había que dar buena imagen, había que seguir a un líder reconocible porque sin marca no hay nicho de mercado. Había que ser coherente, reconocible, pre-decible. Efectivamente, había que dejar el decir por el calcular los efectos de lo dicho. Y esa reducción de la voz, esa constricción enunciativa, no podía dejar, lo vimos venir muchos, de tener efectos de mortífera melancolía. Con ella llegó el incrustarse en el sistema, la obsesión por agrandar el target, por expandirse en el mercado político. En una palabra, la transversalidad: pero la transversalidad necesita una mítica objetividad de lo social, implica una base ontológicamente estable, como todas las racionalidades que ha alumbrado el capitalismo, que convierte cualquier cambio posible cambio hegemónico en algo puramente accidental y reversible. La multitud no puede ser nunca transversal y el pueblo tampoco, porque es una innovación, una invención, una creación simbólica. Quién iba a querer transversalidad en aquellas primaveras entre 2011 y 2014 cuando todos los valores que teníamos eran producto de una lucha de clases que íbamos perdiendo. Y aquí estamos. En el CIS. Los sociólogos lo tienen claro, los medios se han reposicionado (el paso de PRISA a la ultraderecha es el mejor ejemplo), la gente vota C’s porque odia al único rescoldo de un pueblo que queda en el Reino de España, el republicanismo catalán. Y ahora, los sorprendidos somos nosotros de qué extraña esta primavera. Hace cuatro años, los que nos acercábamos por Podemos parecía que estábamos locos. Hoy es el “podemismo” el que parece llevarse las manos a la cabeza y decir que no entiende nada, que la sociedad está loca como dicen las encuestas. Una pena, porque ya se advirtió que a una sociedad sí, pero nadie puede encuestar a un pueblo. Errejón va a por Madrid. No parece, precisamente, que el que fue el ideólogo de toda aquella trama de destitución popular sea ahora su máximo representante. Competencia virtuosa, dicho en román paladino significa, ni más ni menos, que ser esclavos de la agenda, que nos dicen qué es lo que hay que hacer, que ya no podemos inventar. Cuando advertí hace cuatro años que Podemos corría el riesgo de convertirse en un fenómeno mediático me refería entre otras cosas a esto, a que se enclaustrara en la jaula de los Screen Media, a que no pudiera ser sin esa mediación y a que en vez de un fenómeno popular o populista se convirtiera en un actor más, y encima secundario, del espectáculo del poder neoliberal para las masas dependiente de sus medios e indefensa ante sus manipulaciones y creaciones fraudulentas de opinión. Es para estar triste. El desbordamiento ha sido reencauzado: nos toca la cuarta columna a la derecha, la morada pequeñita. Nos toca a todos, porque eso es lo que queda de la izquierda. El CIS nos ha robado el mes de mayo. Siete, cuatro, cincuenta años después.



El resto de la verdad: Ciudadanos en las encuestas.




Mi comentario en Facebook a este Tuit:
"Comienza diciendo José Antonio Primo de Rivera que la esencia del movimiento que acaudilla es la unidad. Restablecer la unidad de España, que se encuentra dividida por las clases que luchan contra las clases, los partidos contra los partidos y las tierras de España contra otras tierras de España también. (Muy bien.) Así vemos –continúa– que las comarcas españolas, lejos de considerarse como partes de un todo, adoptan una actitud independiente, y sólo les preocupa solucionar las cuestiones que les afectan, desinteresándose de las planteadas en las demás comarcas. Y así vemos también cómo cada región aspira a su Estatuto, y nada me extrañaría –añade– que el día menos pensado, en Ávila, Salamanca o Burgos, surja cualquier intelectual pedante o ateneísta superior defendiendo la tesis de sus hechos diferenciales y del derecho a regirse por sí mismas. Los partidos políticos –continúa–, y nadie vea en mis palabras ningún ataque personal, expresan igualmente todo lo más opuesto a esa unidad que nosotros defendemos. Los de derechas representan lo nacional, pero carecen de un verdadero contenido social; los de izquierdas, al contrario, tienen un fondo social, pero antiespañol, olvidando unos y otros la necesidad de superar a ambos elementos, fundiéndose en una síntesis superior. Las luchas de clases –dice–, absurdas y estériles, no tienen, en definitiva, más que una finalidad: convertir a un proletariado oprimido en un proletariado opresor, lleno de odios y rencores, sin Patria y sin espíritu. ¿Qué quiere decir todo esto? Pues simplemente que hay una imperiosa necesidad de restablecer la unidad de España viendo en ella, no un mero conglomerado de elementos en pugna, sino una realidad histórica con un destino universal que cumplir. (Ovación.)"

RESUMEN DEL DISCURSO PRONUNCIADO EN EL TEATRO PRINCIPAL DE JAÉN EL DIA 7 DE ABRIL DE 1935 (José Antonio Primo de Rivera, OO.CC)

No es más que un aggiornamento. Léase "sistema de partidos" donde dice Bipartidismo y prácticamente no hay que tocar nada más. De Rivera a Riverita. Falange reloaded. Creo que nadie puede dejar de ver el aire de familia. Pretender superar superar el antagonismo izquierda derecha, sin ofrecer nada que lo reemplace, desde la izquierda es una pardillada. Desde la derecha es una jugada maestra.







viernes, 9 de marzo de 2018

El feminismo no es transversal (algunas vueltas sobre el 8M de 2018)

Aquí os dejo otra entrada del estilo de las últimas. Como veis, parece que me va bien este género que podríamos llamar "aforismo aumentado", como forma particular del ensayo y que, de Montaigne a Pascal, a través del maestro Lichtenberg y de Voltaire, y pasando por Benjamin o Adorno, ha llegado hasta nosotros. No sé que hubieran hecho Pascal o el Adorno de las Minima Moralia si se hubieran encontrado con algo como facebook, que permite la ilusión de que el pensar no sea una actividad radicalmente solitaria. Esto es lo que hecho yo. Las comparaciones, siempre odiosas. El tema, la huelga feminista de ayer. Copio.


Antecedentes.

Arrimadas

✺Cierto interés, igual tiene esto... ¿no? ¿Es posible acabar con el patriarcado sin combatir el capitalismo? Las estrellas de Hollywood de anoche, parecían de la opinión de Arrimadas, ¿verdad? 5 de marzo.


 ❁Que no es comunista dice. Es muy de fascistas asimilar a un solo paradigma extremo todo lo que no sea pensar como ellos: judíos (Hitler y Goebbels), comunistas (las dictaduras latinoamericanas), marxismo internacional (eso lo decía Pinochet), rojos en general (el generalísimo y sus secuaces). Tras ello hay un silogismo, más que perverso, paleto. Y un paleto es mucho más peligroso que un perverso, porque no hay refinamiento ni sutileza alguna en su proceder. El palurdismo de Arrimadas me aterra. Nadie del PP se atrevería a tanto. Ni Trump, siquiera, que no es peor que McCarthy. Los de Ciudadanos, sí. Decir que no hace la huelga del jueves porque no es comunista es de ser bestia, pero que muy bestia. 6 de marzo.



Posiciones.


✿Yo la laboral no puedo hacerla, por la simple razón de que estoy de vacaciones (en Castelló es la Magadalena) y la de cuidados, para bien o para mal, tampoco me afecta directamente, porque no tengo a ningún dependiente a mi cargo. Pero la de consumo, al menos, intentaré cumplirla a rajatabla. Soy demócrata radical, de izquierdas. No hay mucho más que explicar. Las mujeres tienen razón y ésta es una huelga necesaria y justa. Punto. 5 de marzo.

❂Veo cosas raras. La CEOE e Inés Arrimadas, quedan como mera constatación del sentir de la extrema derecha. Pero no sé si os habéis dado cuenta que en la prensa y hasta en las televisiones matutinas lo que nos encotramos ante la Huelga Feminista de mañana es una mirada entre simpática y empática, en cualquier caso "comprensiva" y condescendiente. Mis sospechas comenzaron cuando vi que el periódico líder actualmente de la opinión neoliberal en España, El País, trataba el asunto con cierta ecuanimidad e indulgencia, haciéndose eco de las reivindicaciones (salariales, sociales, políticas) puestas encima de la mesa por las convocantes. La posverdad es lo que tiene. Ya no se combate algo ocultándolo, criticándolo o atacándolo necesariamente, se puede hacer difundiéndolo al máximo para, precisamente, tener el control de la agenda y del tono de los mensajes. Que hay un posible movimiento de emancipación popular y democrático, se convierte, de acción, en evento, esto es, en noticia. Y entonces el receptor de la información queda convertido, de agente social proactivo y empoderado, en mera opinión pública pasiva que asiste como espectadora al acto de otros. Míralos cómo gozan, que decía Lacan, hablando de cómo trataba el sistema a los que protestaban en el 68.
Cuando sucedió lo de Gamonal, hace ya cuatro años, escribí algunas entradas de mi blog sobre este fenómeno de reconducción de la verdad a la posverdad, al espectáculo. Copio este párrafo, que mutatis mutandis, puede valer para mañana, creo yo:
"Aquí pasa algo, sin duda. Estamos ante una estrategia diáfanamente más oscura y truculenta de las que nos tiene acostumbrados la derecha mediática, con todo su poder de despliegue. El procedimiento es sibilino: no ocultar, no condenar al fuera de campo y a las catacumbas de la comunicación mediática el conflicto, sino cederle pantallas y micros. Es ingenioso y clásico: divide y vencerás. Pero en su versión postmediática (es imposible acallar totalmente los hechos porque twitter, facebook y YouTube actúan) no se trata de dividir entre unos y otros, se trata de algo más canalla: dividir al enemigo contra sí mismo. Una división, una tachadura de pleno derecho. El pueblo alzado, al ser acogido como espectáculo, se encuentra remitido, ante su reflejo especular, a dejar de ser multitud alzada para convertirse en juez supremo, opinión pública. Y así el acto se convierte en noticia y el saber hacer de la sublevación, no en acción que coagula y presenta, sino en información que circula y se ausenta. La opinión publica tiene todo el poder. Menos uno: el de la acción."
Yo me aventuré a decir el otro día que Susana Griso informaría desfavorablemente de la Huelga Feminista de mañana. Hoy, tengo mis serias dudas. Claro que, si apoyas esta huelga, y eres mujer, con relevancia social e influencia mediática como lideresa de opinión, lo que tienes que hacer mañana no es hablar favorablemente , sino no informar en absoluto, porque estás haciendo la huelga y no glosándola. Creo que la prueba del algodón puede ser lo que hagan algunas de estas mujeres que conducen (lo que no es lo mismos que dirigir) estos grandes magazines matutinos. Susanna Griso, pero también Pepa Bueno o Ana Rosa Quntana. Sería la mejor noticia que ellas no dieran la noticia, sino que estuvieran en las manifestaciones a pie de calle y que se encargaran del asunto los de los servicios mínimos. Eso y la viñeta de El Roto de mañana -si ignora, apoya o hace algún sarcasmo o ironía sobre la huelga y en qué medida- son para mí las dos grandes pruebas del algodón de cómo y con quién se posicionan los poderes sistémicos durante la huelga. Ya veremos. 7 de marzo.



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Consecuentes: El feminismo no es transversal.

Transversalidad y manipulación

🌗Me está fastidiando oír todo el día que esta huelga es un éxito de la transversalidad. Y un cuerno. Es un triunfo de las mujeres, en todo caso. Y las mujeres no son transversales. Es como decir que antes que mujeres son otra cosa y se han encontrado en el accidente de su feminidad. Vamos que lo que funda esta huelga no es que sea feminista, sino que lo femenino es un punto de encuentro adecuado y oportuno para gente cuya realidad, cuyo anclaje ontológico, está en otro sitio. Lo siento pero disiento. De esta y de todas las transversalidades. Empezaremos a ganar la guerra al capitalismo, al patriarcado y a la opresión cuando seamos capaces de ver nuestras victorias como verdades y no como aciertos productode hábiles destrezas estratégicas. Hoy han ganado las mujeres, no es una victoria transversal sino lealmente consecuente con su ser en el mundo. No hay las realidades ontológicas fijas (la ideología, la clase, el género, las raza, los pueblos, las lenguas, las razones, las sociedades ) y luego convergemos transversalmente en afortunados apaños coyunturales. Nuestra verdad es que luchamos y no que aparcamos nuestras verdades para luchar. La libertad y la dignidad son eso: absolutas e inmanentes. La verdad es lo que conseguimos hacer con ello seres que no somos ni lo uno ni lo otro. La ética consiste en la posición de absoluta libertad del sujeto frente al hecho de la imposibilidad de su absoluta autonomía. Las mujeres que hoy han hecho huelga y los hombres que las hemos apoyado no hemos sido transversales. En todo caso, leales a nosotras mismas.
Nadie más fundamentalista, nadie más trancendentalista, que un adepto a la transversalidad. Necesita de los fundamentos para poder tras-cenderlos. O todo el mundo está fijado o clasificado o a ver cómo te apañas para religarlos en una transversalidad. La gente que se mueve, que avanza, que lucha, no es puede ser alcanzada por línea transversal alguna porque no tienen raíces, tienen pies. Su género, su raza, su clase, su lengua o su nación, en tanto que oprimidos, son puntos de apoyo de su performatividad emancipadora, no esencias invariables ni casillas en las que permanecen esperando que un redentor venga trazar una línea que los atraviese para poder hacer algo. Tras la lucha, su ser será tranformado por la dignidad y la libertad, no quedará incólume esperando a que el próximo redentor venga a trazar la línea transversal siguiente. La transversalidad no es más que un dogma burocrático y una variante más de la tecnocracia neoliberal. Creo que si la huelga de hoy será recordada como un triunfo de las mujeres es porque ha sido feminista, no transversal. 8 de marzo.



La transversalidad se ha convertido en el eje de la axiomática capitalista. Cualquier éxito contra el capitalismo, esto es, contra el binomio patriarcal-neoliberal, los medios del régimen lo convierten en un éxito de la transversalidad y así se reafirma el axioma de que el sentido común establecido es el único que prevalece en tanto que preexiste. Esto es, transversal se convierte en sinónimo de mayoritario y tener éxito es ser mayoritariamente aceptado y consumido. Tener éxito cosiste, exclusivamente, en acertar con lo que ya existía pero no se había sustanciado aún en una mercancía, no había aparecido el talento capaz de comodificar la cosa para ponerla a disposición de la mayoría, del mercado. De ese modo es imposible inventar nada que transforme la realidad, porque todo lo que se pro-duzca e invente está condenado a reafirmarla: ya existía de antes y algún espabilado/a emprendedor/a ha sabido ver “un nuevo modelo de negocio”, sintagma que ha invadido el ámbito de las ciencias sociales y de la comunicación, con el emprendedurismo como fundamento ideológico. La novedad post-fordista consiste en diseñar formas más eficaces de comunicación, de alcance, de difusión porque todo lo demás ya lo hace solo "el genio del sistema". De ese modo, todo lo nuevo está condenado a reafirmar la estructura de lo existente. Eso es, a mi entender, a lo que se referían Deleuze/Guattari cuando afirmaban que el capitalismo se había convertido en una axiomática, frente a las sociedades tradicionales, cuyo método era la recodificación, el castigo, la llamada al orden. La Institución emblemática del feudalismo, por ejemplo, sería la Inquisición. La de las sociedades burguesas y disciplinarias, la cárcel, la escuela, el hospital y la fábrica. Bueno, pues en las sociedades de control post-fordistas parece que para regular la situación es suficiente el mercado: si conseguimos comodificar cualquier cosa y constituirla como oportunidad de negocio, la constituimos en mayoritaria y ya no es lo que se opone al sistema, sino una prueba más de sus urdimbre axiomática, de la trama de demostración de que era y es el mejor y el único posible. Una prueba colateral muy sibilina, muy del ámbito de la posverdad es que además ha derrotado a las instituciones disciplinarias de la sociedad y ha supuesto una liberación moral. La cultura Rock fue el gran banco de pruebas de esta axiomática, del método para devolver al redil del mercado lo que conculcaba la moral burguesa.
Parece que el sistema, a través de sus medios de difusión, ha aceptado el éxito de la huelga de ayer porque era transversal, porque era para toda la sociedad, para todo el mundo porque se hacía eco de una demanda social natural en la dinámica del progreso capitalista. No, porque fuera un triunfo de la lucha de las mujeres como sector subordinado de la sociedad. Y el paripé de reabsorción sistémica estaba bien montado. Las que se oponían a la huelga decían ser tan feministas como las que la defendían. Que no la apoyaban por estar politizada, repetían. Esto es, ser feminista bien, pero esta huelga es anti-capitalista y eso no lo podemos consentir. Arrimadas o Cristina (Cruella) Seguí, que ayer hizo de alter ego de Susanna Griso en Espejo Público mientras esta bajaba a pie de calle a manifestarse, son magníficos ejemplos. “Yo no apoyo esta huelga porque no veo feminismo sino consignas anticapitalistas y el capitalismo ha sido el sistema que más ha hecho por los derechos femeninos”. No, señora. Eso ha sido la democracia. Y que capitalismo y democracia no coinciden lo demuestran todos los fascismos capitalistas que han existido y que, para usted y su partido (Vox), siguen siendo el estado ideal de la sociedad y por eso lo propugnan, un capitalismo neoliberal y autoritario. Los que se les oponían, en las televisiones sistémicas, defendían lo contrario: “esta no es una huelga anticapitalista ni comunista, sino transversal”. Mentiras ambas que juntas pretendían sustancializar una posverdad. Sibilno, además, que ante la no presencia de mujeres que apoyaran la huelga eran los hombres "progresistas" (las comillas son por Rubén Amón, el replicante de Seguí ayer) los que la defendían. Consigueron, pues, una puesta en escena que invirtiera lo real de las relaciones materiales del género: mujeres contra la huelga y hombres apoyándola. Lo decía yo el otro día: apoyar o no denostar la huelga ha sido la fórmula de los medios masivos para intentar controlar su sentido, que es el que produce efectos sobre lo real.
No, señoras y señores, no. Ayer las mujeres y muchos hombres salieron a luchar contra el patriarcado y contra el capitalismo a la vez, contra la sobre-explotación de la mujeres con sueldos más bajos que los hombres a igual puesto y trabajo, contra la mayor precariedad y temporalidad de sus empleos y ejerciendo muchos trabajos (los cuidados de quienes los necesitan, pro ejemplo) sin remuneración alguna. La de ayer no fue una huelga de buenas chicas, sino de mujeres. No fue una huelga transversal para el bien de la sociedad en general, sino una muestra triunfante de una lucha transformadora y subversiva que las mujeres lideraron, en todo caso, para bien de la especie humana. Será como especie que todos ganaremos con el feminismo, no como sociedad civil de mercado. La de ayer fue una huelga subversiva, no transversal. Quede claro, por favor. 9 de marzo.


Lo común no es transversal.


🌌 Lo común no está por descubrir y menos aún por calcular, como quieren los transversalistas, que, en el mejor de los casos, lo conciben como una especie de cesión, de tolerancia, de la izquierda “de verdad” con los demás. En todo caso, está por construir. Yo no concibo que lo común sea el máximo común denominador entre los negros, las mujeres, los LGBT, los catalanes, los gitanos, los excluidos, los inmigrantes, los explotados… En todo caso, esas identidades son el punto de apoyo desde el que se pueden empoderar contra la opresión para combatirla. La identidad oprimida debería ser algo que lo común atraviese, trascienda y rebase. Sin embargo, la transversalidad quiere esas identidades quietas, inmóviles, esenciales, para que sus ecuaciones divisorias puedan establecer sobre ellas un cociente exacto. El problema de este cálculo divisorio, previo a las estrategias contra-hegemónicas, es como en todas las divisiones, el resto. Y cuando el dividendo deja de ser una suma a dividir, el resto sigue aún ahí, como lo real de la opresión. Tras cada operación transversalista quedan los oprimidos en el mismo lugar que estaban. La transversalidad puede operar trans-parencias, performances de la distinción, pero no toca lo real. El negro, la mujer, el explotado, la indígena, la hablante de una lengua minorizada o la lesbiana no se liberan de su condición de oprimidas por la transversalidad, porque simplemente la han prestado, no la han transformado, no se han reposicionado subjetivamente de un modo radical respecto a ellas. Es entonces cuando el fascismo, cuando el totalitarismo neo-conservador (¿veis como todas sus promesas eran mentira?) tiene su momento y hace su agosto. No, la huelga de ayer no me dio la impresión que fuera transversal. Eran las mujeres liderando un cambio radical de su condición de mujeres: la rebelión contra la subordinación como rasgo esencial de su feminidad. Eso era mucho más fuerte que todo lo demás. Y mucho más constructivo del común que cualquier operación transversal que se quiera operar sobre ese arrostramiento de su dignidad por las propias mujeres. Lo que hay que hacer es sumarse a esa lucha, no pedir que te la presten. Creo que no es difícil de adivinar que lo que hay detrás de las admoniciones  de ciertos hombres (el famoso mansplaining), al feminismo es precisamente la transversalidad, en su forma más canónicamente ilustrada: disfrazada de racionalismo. Sí, sí, si lo vuestro está muy bien pero no hay que perder de vista el objetivo. Si no cambiamos el objetivo, esto es, el horizonte, no cambiaremos nada. Ayer, las mujeres tomaron el timón de ese cambio hacia un más allá de lo que podemos ver. Vayamos detrás a ver qué nos enseñan. 9 de marzo.






viernes, 12 de mayo de 2017

Populismo y branded content.


1.      Este Podemos.

Aunque yo lo hubiera preferido más "en movimiento", este Podemos me parece mejor que el anterior a Vistalegre II y me es mucho más simpático. Me siento infinitamente más cómodo con Irene Montero –con Beatriz Gimeno o Teresa Rodríguez me sentiría aún mucho mejor, dicho sea de paso- que con las formas algo melifluas del portavoz anterior, que eran las adecuadas a la versión “clara” de antes –y que algunos pretendían convertir ya directamente en “ilusa”. Comenzar un artículo con semejante boutade está perfectamente justificado cuando la prensa sistémica está sistemáticamente recalcando lo antipático que es el populismo y equiparando- través de esa animosidad- las figuras de Pablo Iglesias y de Donald Trump, a la par que –cuanto más a la derecha está el medio, más insiste en ello- se presenta a Íñigo Errejón como una víctima de la persecución, censura y varios ominosos cargos más imputables a la nueva cúpula de Podemos.

Por tanto,  esto no es un ataque a Podemos. Lo digo sobre todo para aviso de algunos  que  consideran que es ataque todo lo que no es pura repetición sumisa de las consignas de la cúpula. Es, eso sí, una crítica radical, porque apunta, no tanto a personas o acciones concretas –aunque nombre y comente algunas-, como a una revisión de sus supuestos más nucleares.  Si estoy a favor o en contra de Podemos no es más que una típica pregunta en el ámbito de la opinión pública  y si algo ha de ser una lucha contra-hegemónica es una excepción a la opinión pública, al blanco o negro sin matices –información sin saber- del paradigma epistémico neoliberal.
Este texto parte, pues, de  una profunda convicción: creo firmemente que en el proceso de radicalización democrática todo está por inventar, porque ninguna de las recetas tradicionales de enfrentamiento, resistencia o corrección de los efectos del capitalismo puede funcionar de modo independiente y absoluto en tiempos de post-fordismo neoliberal. Ni el marxismo, ni ningún activismo sectorial o anti-sistema, ni,  –por supuesto- la socialdemocracia. Pero tampoco el populismo, al menos en su versión europea –la latinoamericana, de momento, está en una crisis evidente-, tiene la respuesta en solitario –ni simplemente “en conjunto” o eclécticamente- a los males de las sociedades capitalistas.  

2.      Tramabús: Storytelling y branded content.

Se ha hablado mucho de cierta torpeza de los actuales cargos y cuadros pablistas en las tareas de comunicación, ahora que los errejonistas, que las venían copando los dos últimos años, se han visto forzados a abandonarlas. Porque hasta ahora toda la estrategia comunicativa, que en el paradigma actual no se distingue de la política (no hay más política que la comunicación) había permanecido muy mayoritariamente en manos del sector errejonista. El ideario se con-fundía con argumentario. Pero el caso es que mi experiencia (semi-interna) en Podemos  me ha enseñado que leer a los intelectuales del errejonismo es como si pretendiéramos juzgar y entender el arte de vanguardia exclusivamente a través de sus manifiestos. Eso en la mejor versión. En la peor, es como creerse lo buena que es una novela leyendo lo que dice su contrasolapa. En Vistalegre II se vio claramente que a praxis errejonista consistía en un  “lo compro todo” si me da votos. Mal lo tenemos para entendernos, porque la constancia en las ideas es un valor .Claro que se puede cambiar de ideas: se llama dialogar con el mundo. Lo que no se puede es actuar en contra de lo que predicas como fingiendo que eres consecuente. Y menos cambiar completamente de ideas fingiendo que las actuales son consecuentes con las anteriores. Se trata de simular coherencia, el truco de todos los partidos del régimen en el seno del tri-decenio neoliberal.

Me gustaría poder decir que el post-populismo errejonista está hecho de dogmas. Pero sus asertos ni siquiera tienen esa dimensión. Están hechos de clichés que, a base de pretender ser transversales (divulgativos desde la élite irradiadora, que es la que sabe, hacia las masas), acaban siendo soberbiamente autoritarios. Casi como entradas de catecismo, para hablar con propiedad. Una sentencia como “los marcos no se crean, se disputan”, que es un cliché típico, por ejemplo, implica que sólo puede disputar el marco quien se ha introducido en él: vanguardia, burocracia. Es una sentencia más post-populista que populista, en cualquier caso, porque responde a un momento lógicamente posterior a la construcción del pueblo. O que algún intelectual errejonista, después de haberse llenado la boca y habernos llenado los oídos con la cantinela de los significantes vacíos esté pidiendo ahora cuidado con el vocabulario que se usa porque este tiene un peso histórico que modeliza todo el mensaje.

El caso es que sí que percibimos ahora una cierta experimentalidad comunicativa en Podemos, frente a la banalidad estandarizada y repetitiva del núcleo irradiador y de la máquina de guerra electoral. Y cuando se experimenta, lógicamente,  se cometen errores. El desliz la campaña “Correa financia a Podemos”, que remite inevitablemente a la “trama Gürtel”, es evidente. Del tramabús se critica su uso el haber utilizado una estrategia que hace poco implementó una organización de extrema derecha como Hazte Oír. Pero sobre todo se critica su inoportunidad, su redundancia, su intención de incoar un debate falso a partir de una acción inútil  porque no ofrecía ni ninguna información novedosa, ni ninguna alternativa a ese estado generalizado de corrupción patrocinado por el PP.

Lo que pasa es que difícilmente entenderemos las acciones si no sabemos contra (versus) quién van dirigidas. Los hegemono-populistas tienen al menos tres frentes abiertos: contra el sistema y sus élites (antes conocidos como “casta), contra la que ellos llaman izquierda identitaria y contra el populismo neofascista.  ¿Valen las mismas estrategias para todos los adversarios, como ha defendido en la práctica el sector más schmittiano de Podemos amparándose en la distinción amigo-enemigo? La pregunta es relevante, porque se juega en ella una dinámica de las identidades y de los goces (en el sentido psicoanalítico del término) que pone a las nuevas formaciones de cuño populista de izquierdas en la disyuntiva de “construir pueblo” o del “todos contra mí”.   
La cuestión es que el problema del tramabús es otro, porque el adversario es otro que el que se denuncia. En la comunicación concebida como campo único de enunciación, donde la verdad se muestra infructuosa e impotente, las dinámicas son otras y, por ello, creo que algunas herramientas de análisis que usan los publicitarios pueden ser más útiles que las categorías de la politología. Iremos al grano: creo que el tramabús es, antes que cualquier otra cosa, una estrategia de branding, de construcción de marca. Es un intento de permanecer visible en la agenda mediática, que es un espacio ferozmente darwiniano y competitivo.
Como tantas marcas comerciales, Podemos ha echado mano del storytelling (la trama) transmedia para perpetuarse en los medios. Es notorio que el grafismo del autobús conformado por imágenes distorsionadas a partir de fotografías previas remite a la estética del meme, como género visual digital, lo cual ayuda a su receptor potencial a contextualizar y decodificar mejor el mensaje
ofreciéndole una imagen más cotidiana y familiar. La vocación de transmedia del proyecto, que se origina como un #hashtag, también me parece evidente: un autobús en el espacio urbano, que sirve para retransmitir en directo a través de las redes sociales y, así, dinamizarlas, a la par que para incrustarse en periódicos y televisiones. 
Los publicitarios suelen llamarlo branded content. Se trata de crear contenidos patrocinados por una marca, para que simplemente la marca aparezca ellos, esto es, para copar una porción de la audiencia y de la agenda mediática.  Si lo puede hacer Repsol, Activia, Coca-Cola o Red Bull, ¿por qué no (,) Podemos? No es nada insólito, pues: se vende un sueño, un estilo de vida, una narrativa de esfuerzo, empoderamiento y triunfo. ¿Cuántas veces hemos visto un anuncio en los últimos tiempos y nos hemos preguntado “pero esto qué tiene  que ver con el refresco, friegaplatos, combustible, producto lácteo o vehículo publicitado”?  En tiempos donde la función fática del lenguaje -comunicar y estar continuamente presente- es mucho más importante que todas las demás, los mensajes no son nunca rectos, sino preponderantemente oblicuos, obtusos. Tiempos, pues, en los que la verdad deviene impotente, porque, en tanto sometida al patrón de la eficacia, por encima de la retórica, simbólica o contextual, no se distingue de cualquier otro mensaje, ficticio o mentiroso. Es una cuestión de condiciones del dispositivo y de reglas del discurso. La semántica queda completamente sometida a ellas.  El lector juzgará si nos estamos acercando a una de nuestras tesis esenciales: que no es tanto que Podemos sea presa de su modelo comunicativo como del modelo comunicativo del neoliberalismo postfordista, esto es, de la propia sociedad de la información, que es también la del espectáculo. Y que de poco sirve disputar los marcos si no disputas el modelo epistémico y discursivo que los genera. Ese desbordamiento era el más urgente para no acabar siendo engullido por los tableros al buscar su centralidad.

3.      La moción de censura

Con alguna de las anteriores oleadas de detenciones se me ocurrió decir que el Sistema daba por amortizado al PP. Luego ganó las elecciones y consiguió gobernar. Dudé de si pronunciarme con un comedido “¡Glups!, me colé” Pues resulta que no. Todo ese tiempo a lo que se estaba dedicando “el sistema” era a machacar al PSOE, de un modo distinto. Fue, entonces, la fórmula para salvar el bipartidismo, ante la posibilidad de un PSOE díscolo, que pudiera virar a la izquierda. Pues bien, yo creo que está sucediendo lo mismo otra vez. Ahora –con la operación Lezo- se trata de machacar al PP para que el PSOE pueda recuperarse, ante el riesgo evidentísimo de pasokización, mirando las barbas del vecino. Si llevamos razón, el tramabús habría colaborado inocentemente con el sistema en este cometido, sumándose a la caza y derribo del PP. 
El problema es que las narrativas –las tramas- no siempre traducen las lógicas. Y yo siempre creo que, en caso de disparidad, es mejor el original. Y el original es la lógica. La narrativa –a no confundir con el relato- es en todo caso superestructural, en el sentido clásico del término. El problema es que las lógicas son más difíciles de entender y de hacer entender que las narrativas y, así, el sistema ha conseguido tener a la gente, ansiosa de entender pronto más que de entender, de lo más entretenida con las teorías de la conspiración o, en su caso, con los poemas épicos de empoderamiento colectivo totalmente pergeñadas en el molde del empoderamiento personal. Ejemplo: las cantinelas haciendo creer que ganar unas elecciones –primero, y conseguir tenere algunos colocados en las instituciones, después- simplemente, era ya una victoria. Entonces vienen los conspiranoicos y te incluyen en el delirio: si has ganado es que eres sistema. Si nos conformamos con la información y no proyectamos una mirada meta-discursiva, nos vamos a estar colando continuamente. En el anti-intelectualismo, desde luego, no está la solución. Como no lo estaba en el populismo sabihondo de los núcleos irradiadores. Dale una narrativa a un pueblo y le servirá para ponerse en movimiento. Dásela a la opinión pública y la adormecerás aún más. Podemos nació desde el error de que el pueblo podía hacerse utilizando exclusivamente los medios de comunicación del establishment, esto es, disputando el marco, haciendo pueblo con una sociedad objetivamente estable de la que el núcleo promotor iba a constituirse como sujeto trascendental incontaminado por su objeto.
¿Es, entonces, un acierto o una torpeza la Moción de Censura –en realidad, mociones, si sumamos la de la Comunidad de Madrid- al PP que plantea ahora Podemos? Veamos. Desde el punto de vista de las narrativas es una cosa y desde el punto de vista de las lógicas es otra.

1) Para empezar, es como el #tramabús, una estrategia de branded content basada en el storytelling, teniendo en cuenta que es una narrativa de oblicua, que persigue unos objetivos distintos de los que declara: se trata de utilizar una narrativa para copar un espacio de la agenda, simplemente, con el añadido, tras estas oleadas de detenciones (I. González, O. Pujol y demás) de poder jactarse de haber tenido razón.
2) La moción de censura implica haberse tragado la narrativa que propone el sistema como cebo: vamos a por el PP. Todo el discurso de que el sistema se está sosteniendo contra el gobierno del PP va en esa dirección. Gracias a los jueces, guardias civiles, etc, ha dicho Pablo Iglesias. Ahora bien, es una estrategia ludo-narrativa, una acción gamificada, y por lo tanto, no importa que no haya ninguna posibilidad de que tal moción salga adelante: su eficacia es oblicua.
3) Por eso mismo, cabe otra lectura más sistémica, más anti-sistema si se quiere. El envite no es en absoluto al PP, sino a un PSOE al que pilla en un precario catastrófico: no tiene candidato alguno para liderar esa moción y tendría que ponerse a rebufo de Podemos o bien sostener al PP. En ese caso, la acusación y denuncia al bipartidismo como sistema sería evidente. Y, además, tendría el añadido de dar un buen bofetón a los críticos errejonistas, convencidos de que lo que hay que hacer es “entenderse con la socialdemocracia”, antes o después. 
En cualquier caso, si vas a llevar la cuestión al tablero o a la consola, es decir, si vas a plantear las cosas desde el juego narrativo (ludo-narrativa y gamificación, son términos técnicos provenientes del campo de los videojuegos) lo que no puedes perder es la visión de las lógicas, que está por detrás (o por abajo o por encima, utilícese la metáfora espacial que se prefiera) y que es la que va a ser determinante. En España hay una gran urgencia sistémica de salvar el bipartidismo, precisamente, porque no hay una opción electoral neofascista como en Francia (o en USA, o en Holanda, o incluso en UK, con el Brexit). Todo el sistema está apostando contra UP. Ganar partiditas no es suficiente. Eso no debe perderse de vista.
De todo ello deducimos, pues, que la izquierda no está exenta de tener que confrontarse con las dinámicas de la competencia neoliberal. Buena parte del dogma de la unidad, tan implantado en la izquierda, tiene como base un micro-neoliberalismo: no quedarse desamparado de la marca. Micro-neoliberalismo es un término que nos acabamos de inventar, en el molde de micro-machismo, y que es fácilmente constatable que hay, al menos, tantos de éstos en nuestra vida cotidiana como de aquéllos. El más habitual es confundir eficacia con éxito.  A veces pasan desapercibidos porque son nombrados como “cuñadismos”. En fin, el término nos parece necesario porque en la categoría de cuñadismo entran muchos neoliberalismos que de micro no tienen nada, así que mejor un término específico.
El vergonzoso espectáculo de Ferraz hace unos meses, y el menos enconado y cruento aunque también virulento de Vistalegre, algo después, tienen, entre otras, esa lectura. Lo que se dilucidaba es quién se queda con la marca PSOE, quién con la marca Podemos. La continua compulsión secesionista y el dogma unitarista, tan presentes en la izquierda, nos hablan del difícil que es abandonar la marca, no sólo para el político profesional, sino también para un militante.  De ahí que la lucha por la marca tenga también una lectura en el antagonismo interno. Los partidarios del errejonismo sabían que si la nueva imagen que está dando al pablismo triunfa, sus postulados -y sus puestos- quedan fuera de ella. Parece que le hicieron el vacío al tramabús, muy de calle para ellos. Parece que aunque sólo sea estéticamente, no le hacen tantos ascos a la moción de censura.

4.      Populismo, identidad, narrativa: Las comunidades de goce.

La creencia más generalizada es que la sociedad es un ente objetivo y disponible. Ahora bien, desde un punto de vista discursivo se nos muestra fehacientemente que no es así. A la masa social se la emplaza desde lugares muy distintos y es al emplazarla cuando se le da forma concreta y material: no es lo mismo dirigirse a un auditorio como pueblo, como opinión pública, como audiencia, como electorado o como comunidad de potenciales compradores de tu producto (target/heavy users), aunque sostengamos que “empíricamente” las personas, los cuerpos humanos en los que se encarnan esos modelos de receptor, son los mismos.
Visto así,  la opinión pública occidental ha sido modelizada como juez pasivo y ésa ha sido la forma de tenernos controlados como sociedad, de emplazar a la democracia para impedir las urgencias: juzgamos a unos profesionales, que actúan. Nosotros sólo miramos. Y luego consumimos o votamos, según a qué profesinales hayamos estado mirando cada vez. El terrorismo islámico es la mejor prueba de que así nos consideran a los ciudadanos noroccidentales desde fuera de nuestra zona de confort. Cada bomba, cada atropello, cada atentado, son llamadas de atención a la opinión pública como masa homogeneizada de particulares. Si quisieran  dirigirse al “pueblo francés”, por ejemplo, los procedimientos serían radicalmente distintos a atentar en las calles de Francia. La opinión pública es radicalmente irresponsable, una especie de amo despótico o rey decadente y adormilado. Los islamistas terroristas intentan despertarla haciéndole sentir en sus carnes  lo que sienten los musulmanes atacados por occidente.
En las sociedades occidentales el enemigo del pensamiento y de la lectura crítica de la realidad no es el analfabetismo o la ignorancia, sino la híper-información paralizante, la multitud hiper-comunicativizada. La pregunta, desde el paradigma pópulo-hegemonista es  cómo hacer de esta multitud postfordista europea, pueblo. Y el populismo ofrece una respuesta canónica a esa pregunta: la construcción de contra-narrativas e identidades aglutinantes que se opongan a las hegemónicas. El problema es que vía “significantes vacíos” (al menos desde una versión simplista del concepto) y vía mediatización e híper-información, lo que tenemos es una especie de “podemos proveerlo de identidades customizadas al por mayor”, por hacer una paráfrasis bastante cacofónica del título del cuento de Philip K. Dick. Y más, en un entorno tan heteróclito como el Estado plurinacional Español. 
Las identidades, en ese sentido, son siempre represivas. No se las puede poner en cuestión simplemente oponiéndoles otra opinión en el fárrago del polemos informativo, excepto que quien la vaya a adquirir no tenga otra representación en el discurso. La narrativización antagónica tuvo éxito en las luchas feministas, las de los afroamericanos o las LGBTI porque su lucha es por la visibilidad, por la representación, por el orgullo (yoico). Pero no puede tenerlo masivamente entre un electorado que ya goza de una representación, que ya se siente articulado en una comunidad de goce narcisista y agresivamente enfrentada a otra. Eso no va a funcionar con los votantes convictos del PP. De ahí, que  Podemos sólo le haya robado votos a la izquierda. De la identidad “izquierdista”, como de cualquier identidad no puede deshacerse uno a placer, ni por convicción. Pretender eso es de un racionalismo aún más dogmático y represivo que el paleo-marxista de la conciencia de clase. No puedes llegar a un montón de gente identificada con la izquierda (es una comunidad de goce y, por tanto, impone sus condiciones fantasmáticas) o con cualquier tipo de activismo de resistencia y decirle: ¡desidentifícate (o peor aún, ¡desidentitariízate!, que es dificilísimo de pronunciar, además) y populistízate!  
Pero es que, para más inri, no serviría de nada, como ha quedado demostrado en los tres años de existencia de Podemos. El bloque antagónico (insisto, la comunidad de goce contraria) va a seguir identificándote como izquierdista, comunista y perro-flauta y reproduciendo sistémicamente el viejo rechazo, aumentado con la acusación de que mientes y ocultas tus verdaderas intenciones. Las reacciones mediáticas contra Podemos y las alusiones a Venezuela son una prueba evidente. A ello se suma que el genio del sistema es perfectamente capaz inventar cosas nuevas para neutralizar tu novedad. Ciudadanos en España o Trump en USA, ambos fenómenos relámpago, son ejemplos elocuentes. Los populismos en Latinoamérica -y hasta la extrema derecha en Francia- que vieron la luz a través de mecanismos distintos de generación política, propiamente populistas y no mediaticistas, ha costado decenios ponerlos en pie. Trump, Ciudadanos o el Daesh no. Con todas las diferencias entre ellos que se quiera son respuestas relámpago  sistémicas, con un modo de construcción y articulación de tipo variado pero sobre todo contrario a la construcción populista clásica, en el sentido que la describe Ernesto Laclau.  Supongo que más de un lector se habrá escandalizado de que meta en el mismo saco al Daesh y a C’s. Piense si pensaría lo mismo si sólo hubiera mentado a Trump y al extremismo islamista. No, ¿verdad? El propio genio del sistema se ha encargado de crearlos y denostarlos para poder deshacerse de ellos o convertirlos en el enemigo fantasma (el que hace de pantalla de cualquier enemigo más auténtico) en caso de necesidad o de que se le vayan de las manos. Así con el Daesh como con la mayoría de los genocidas golpistas en América Latina.  En lo único que coinciden, y por ello los traigo a colación en conjunto, es en ser instrumentos sistémicos ready made, sin tradición propia pero sí apropiándose de la tradición pública. En ese sentido, Ciudadanos es el menos peligroso y dañino de los tres casos. Dependiendo, claro está, de cuanto considere cada cual de dañino el servir como apuntalamiento de un ente tan corrupto como el PP en el gobierno….
En fin, inisistimos: que el sistema sea capaz de realizar estas operaciones relámpago no quiere decir que eso esté al alcance de cualquiera que no tenga estos recursos y estos objetivos pro-sistema.  “Claro que se puede”, “yes, we can”, son micro-neoliberalismos, trampas sistémicas preparadas en el molde “lucha por tus sueños” que transmiten los gurús del coaching, el auto-emprendimiento y la autoayuda, y el populismo europeo de laboratorio (con un núcleo irradiador prefijado como vanguardia intelectual orgánica) ha caído en todas ellas corriendo el riesgo de convertirlo en un postpopulismo. Se puede, fácilmente, si se rema a favor del viento. Si se pretende remar en contra, todo es mucho más difícil. No de otra forma, creemos, debe leerse la opción que ha promovido Íñigo Errejón y sus correligionarios más cercanos, que ha estado siempre orientada a la fase instituyente desde la que reinterpretar el 15M a partir de una estabilización institucional.

5.      La opinión pública y el pueblo: el dogma de la transversalidad.

Visto todo lo anterior,  es evidente que la opinión pública es el arma más eficaz contra el pueblo. Lo están demostrando los sistemas de occidente poniendo toda su maquinaria a trabajar para conseguir que el pueblo sea obsceno para la opinión pública. No otro mensaje anida en acusar de populista a todo lo que no se aviene a los protocolos políticos normativos sancionados por las élites. En las sociedades postfordistas ser pueblo es excluirse de la opinión pública y convertirse en un espectáculo para la misma.  
Consecuentemente, la transversalidad no es la solución a los problemas políticos de la inmensa mayoría, porque está pensada sobre categorías mediaticistas (la opinión pública) y no populistas (el pueblo) ni tampoco de clase (obrera).  Este dogma de lo transversal es el que está llevando a este Podemos a intentar estrategias de la industria publicitaria, como al anterior a mantenerse en el empeño de copar las tertulias y los informativos, cosa que al actual le resulta mucho más difícil o, al menos, mucho más incómodo. La idea de transversalidad implica que hay unas identidades sociales objetivas y previas que hay que coordinar. Esto es, la sociedad, que sí existe, ya tiene una identidad válida para ti. En el fondo, es la filosofía del consumo y del mercado neoliberal que lleva el fetichismo de la mercancía hasta las mismas raíces del ser. Si la transversalidad se construye desde una élite ilustrada, el discurso neoliberal del poder y del éxito prevalecerá siempre como efecto hermenéutico. Porque en el panorama de la opinión pública en el que se inscribe toda comunicación de la élite a la masa todo lo que incoe el proceso adquirirá la función de una consigna. La transversalidad, la ética civil de lo “claro” (que podemos) es un efecto del individualismo ciudadanista. Y problema de las demandas ciudadanistas y reformistas es que dan por ontológicamente posible la transparencia de los hechos al juicio. Y no, el pueblo, dividido por la opinión pública no es transparente para sí mismo. El pueblo es siempre obscuro.
Para Laclau, el teórico que reivindicó el populismo y que está en la base de todos desarrollos del concepto desde la izquierda, la sociedad “no existe”. Esto es, no está ahí disponible y objetiva, sino que “lo político” es el acto central que la constituye. Por ello, aceptó la transversalidad, cierto, pero establecida desde abajo, jamás desde arriba, desde una especie de meta-saber que acaba siendo un despotismo ilustrado de la élite irradiadora populista. ¿Y cómo entender la transversalidad desde abajo sin una conversación continua, en la anarquía de las interpretaciones, desde la docta ignorantia? Lo que proponemos es la invención de algo distinto de la clásica concepción de la “democracia deliberativa”, pergeñada en el molde del alma bella comunicativa habermasiana, esto es, de la deliberación modelizada dese la concepción del individuo como mónada. Lo que necesitamos es un paradójico sujeto multitudianario.

Ese saber es obligación de cualquier líder o de cualquier agitador (activista). Lo contrario no es un saber es la impostación del conocimiento que establece una clásica (iluminista, burguesa) relación sujeto objeto y por ello implica la cosificación de la multitud como masa. Si la intención es desbordar no se trata, creemos, de pretender copar la normalidad –disputar simplemente  los marcos discursivos para tomar ventaja en ellos, sin cuestionarlos-, sino de debilitarla para que no sea totalitaria. Se llama subversión y es la diferencia entre la multitud que piensa y la masa electoral.  Lo común no puede construirse nunca desde lo transversal establecido desde una supuesta realidad social (todos los realismos los carga el diablo), sino desde la multitud. No es un a priori, sino un desiderátum. Nunca puede ser datum, sino in-ventio.
Lo que pasa es que al campo de la normalidad la burguesía le inyectó la vacuna del universalismo: eso hace al capitalismo insubvertible a través de la conquista de lo normal, porque toda conquista de lo normal, todo intento de transgresión, se universaliza por la vía del mercado (y del espectáculo). La Ilustración, de hecho, consistió en traducir la cosmovisión burguesa a categorías universales. Y uno de sus movimientos más sibilinos fue la ética kantiana, la del imperativo categórico: ha uno de pretender que su acción pueda ser considerada como ley universal y, eso, jamás utilizando a ningún ser humano (al semejante, tanto como a uno mismo) sólo como medio, sino siempre como fin. En resumidas cuentas, lo que se ha eliminado en la ética universalista contemporánea es la mediación de lo singular –el caso, el ejemplo, el consejo, el amor- entre lo particular y lo universal. Lo particular ha de entendérselas a solas con lo universal a través de la razón. Es la radical diferencia entre la autonomía abstracta (la razón ante el universo) y la libertad material, que no puede desligarse de la igualdad y la fraternidad. Tremendo y cruel, porque eso ha dejado en medio un enorme abismo que en la versión neoliberal del capitalismo han venido a llenar la llenar la autoayuda y la utopía romántica
Hay que llevar cuidado con la carga de tradición que acumulan las palabras. Cuando el núcleo promotor primigenio de Podemos promovió el uso de las emociones en política, estaban partiendo, sin querer verlo, de la autoayuda y de la utopía romántica. “Claro que Podemos”, el eslogan con el que el núcleo irradidador arrasó en  casi todos los comicios internos entre los dos Vistalegres, era una luminosa consigna auto-ayúdica de neón neoliberal. Y la impostación del líder era una variante de la utopía romántica de la redención, tan tildada de machista y con razón. Ojo, el líder populista tiene algo de anti-neoliberal, es cierto. Ya supone un paso por el otro como medio –el amor es eso, como se puede ver aquí y aquí- pero hay que llevar mucho cuidado cuando este líder entra en colisión con el líder mediático neoliberal (empresarial o político) en el campo comunicativo, porque queda completamente contaminado de sus valores.  Más micro-neoliberalismos.
Éste es problema de disputar los marcos sin entrar en el planteamiento radical de pensarlos como dispositivos concretos y materiales de producción y orientación del sentido y viéndolos sólo como un espacio neutro, homogéneo y vacío, a conquistar.  Se puede montar toda una alternativa política para apuntalar el sistema simulando que se combate contra su núcleo cuando en realidad  no se está más que representando una confrontación con su sector más extremo. El Yes, we can de Obama no fue otra cosa. Y la resurrección desde el núcleo del sector más extremo del neoliberalismo, el neofascista, no se ha hecho esperar. Efectivamente, las tradiciones son relatos y a partir de ellos se construyen  las narrativas. Pero a partir de los relatos, las tradiciones se constituyen como una constelación de significantes, esto es, como un dispositivo instituyente de las condiciones de sentido. Pensar que cambiando el esquema actancial del relato y la sintaxis de la trama se cambia toda la constelación, como si esta no tuviera un anclaje en lo real (en la compulsión a la repetición, en lo que vuelve y vuelve de la pretendida tumba de la sinrazón) es una ingenuidad, cuanto menos, peligrosa. Por eso, prefiero el término "comunidades de goce" a “bloques antagónicos” o a "sensibilidades enfrentadas" porque en él se incluye la pulsión de muerte, la agresividad, la eyección del otro.
El populismo es la enésima forma que está inventando la izquierda para promulgar su unidad, visto el fracaso de la conciencia de clase (obrera) y del partido único.  El problema teórico y epistemológico del hegemono-populismo es que, pretendiendo relativizarlo todo, ha acabado por  absolutizar ciertas cosas y darlas por eternas. Al hacer de “lo políticouna matriz  nuclear a partir de la cual se desenvuelve todo proceso, resulta que los marcos y los vínculos  devienen eternos: lo político existe desde que el hombre es hombre y no  desaparecerá jamás. Y lo instituyente es el único objetivo y éxito posible de la política. 
Creo que las cosas son completamente distintas y la realidad nos lo está mostrando. El pueblo no se ha de movilizar sino es por su deseo. El pueblo es obscuro porque no se sabe.  El pueblo no es auto-transparente, no tiene un saber inmediato sobre sí, sino que ese saber se aliena, precisamente, en la esfera pública. Por eso, el líder debe escuchar las demandas pero no aprestarse a satisfacerlas. La misión del líder es encauzar el modo en el que el pueblo cuida de sí.  Por eso debe catalizar el proceso de creación de un contra-poder.  
Siento tener que ser yo quien revele que los reyes magos no existen, pero los pueblos unidos (o las izquierdas reunidas homogeneizadas), hasta ahora, han sido derrotados siempre. Si han ganado en las urnas, a través del juego sucio y la violencia. Y les juro que se me eriza la piel cuando oigo y canto ese himno. Insistimos: en el proceso de radicalizar la democracia, todo está por pensar y no hay quien tenga el secreto. Porque, a diferencia de las agencias de inteligencia y de las tramas corruptas, el pueblo no tiene secretos. Es todo él un íntegro enigma. El enigma de lo común, que aún no existe. El auto-emprendimiento (en lo privado) y la obsesión institucional (en lo público) tienen como fin primordial que los y las singulares jamás desvíen su atención hacia lo común. Sería muy peligroso para las élites porque socavaría la impostora centralidad del vínculo de explotación como paradigma de todas las relaciones humanas, que es núcleo mismo de la ontología capitalista.

6.      La multitud.

Es un rasgo típico del populismo del norte de occidente, su convicción de estar en el secreto de la naturaleza humana y su consecuente falta de fe en la humanidad. Otro micro-neoliberalismo.  El gran error del populismo como instrumento de la radicalización democrática, pensamos, es haberse olvidado de la multitud en su obsesión por reducir lo político a la  representación instituyente. La multitud es un resto: lo que no cabe en el electorado, en la opinión pública, en las masas, en el griterío de la turba, el los protocolos de la sociedad civil o en la impostada unidad del pueblo. Es lo que no se puede domesticar de los oprimidos. Una democracia multitudinaria es la única alternativa política que podría resistirse a caer en las garras del neoliberalismo más cínico y sangriento. El populismo debería asumir la obscuridad de la multitud como uno de sus valores más vivificantes. Se trata de oponer al genio del sistema la inteligencia colectiva. Fue André Bazin quien acuñó el primer término para referirse al sistema de producción hollywoodense, frente al de las vanguardias y poéticas europeas. Fue Marx quien acuñó el general intellect. 
La multitud necesita pensar, no sólo pensar-se, no sólo instituirse. No opinar o difundir a una cúpula o vanguardia, sino darse al pensamiento. Una opinión es una verdad encerrada, es decir, por definición una  mentira. El pensamiento, sin embargo, es un “medio decir” y por ello está más cerca  de la verdad. La complejidad no es ya que no sea patrimonio de las élites, es que es  refractaria a ellas. Se nota la mano de las élites en el simplismo, en el afán  divulgativo, en la pedagogía del “lo que he hecho es por tu bien”. La multitud es un objeto complejo para el pensamiento. La gran  conquista emancipatoria habrá de venir por la vía de hacer de esa complejidad sujeto. Como el sistema se ha hecho sujeto cobijando a los intereses privados en el anonimato de los mercados, que no necesita de líderes carismáticos. No  habrá élites que puedan colonizar a un sujeto que piensa (enuncia  la verdad, no sólo reflexiona sobre ella) desde su complejidad.  Mal sistema es el que pretende poner orden en la multitud ejecutándola en las categorías de nación, pueblo o sociedad civil.

El problema del populismo es que ha soslayado toda ética deliberativa en lo que ésta pueda tener de radical. Eso, o se hace con mucho cuidado o acaba hipostasiando una ontología. Es decir, acaba convirtiéndose en una metafísica dogmática. Y, el paso a la praxis, en una mancia. Los círculos hubieran sido un instrumento eficacísimo para vehicular un pensamiento multitudinario, pero, ay, el núcleo irradiador desconfiaba mortalmente de ellos porque desconfiaban de  la militancia de izquierdas, tan aviesa, que se infiltraría en su seno. Y Vistalegre II no ha mejorado eso en absoluto, sino todo lo contrario: ha reafirmado el modelo presidencialista, entre otras cosas porque cuando Pablo Echenique intentó revitalizarlos se encontró con la casi-nada. A cambio seguimos con el ágora voting, la posibilidad de las listas plancha y los sistemas electorales obsesivamente debatibles y perfectibles. Tanto que se habla de paridad a cuenta de ellos y no recuerdo un solo caso en el que uno haya sido diseñado por una mujer. He ahí una excepción a la lógica fálica y al para todos de la castración. Y he ahí, en la multitud, una posibilidad inédita de feminización de la política, más allá de las cuotas. Después de todo, igual acabamos descubriendo que los micro-machismos y los micro-neoliberalismos no andan tan alejados. El electoralismo democratista es un destilado de la transversalidad. Elimina cualquier eficacia de la política porque si no hay debate y posibilidad de surgimiento de la invención, el acto de votar se convierte en una especie de metafísica. 

Aquí lo dejo.  Si el momento populista de occidente (norte, claro), son Le Pen, Trump, el Brexit o Geert Wilders, yo me quedo claramente con el 15M al que le habrán podido quitar muchas cosas, pero no el ser un momento multitudinario. Para allá se fue la multitud postfordista buscándose a sí misma en su performance virtuosa y mirándose en los bolsillos a ver si llevaban su carné de socios civiles, mientras la opinión pública, -que, por definición, nunca sale (ni de casa, ni en la tele)- los miraba atónita desde su mullida poltrona, sentando caderas como quien sienta cátedras. Luego vinieron las masas a ocupar las calles con sus mareas, rodeos y primaveras. Y en 2014, saltando desde los ojos atónitos de la opinión pública aposentada  ante el televisor vino el líder y, con él, el núcleo irradiador. El pueblo, ese nuevo pueblo que nos prometió cual maná el núcleo irradiador, aún no está. No sabemos si se le espera porque hasta hace bien poco andaba perdido entre apaños electorales y vericuetos transversales. Lo que tenemos es una opinión pública alterada, un target difuso que necesita branded content para no disolverse en el aire. Y un montón de heavy users, a veces más mansos, a veces más feroces, que difunden ese content convencidos de que en la marca y el líder está la redención. Por el momento es márketing, no contra-hegemonía. Como decía la maldición china: “Ojalá te toque vivir en tiempos interesantes”. Si esos momentos son populistas, neofascistas, o bien -¡ojalá nos oiga el dios de Spinoza!- multitudinarios está por ver.