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viernes, 7 de febrero de 2014

La verdad acerca de los hechos, 9



(viene de aquí)
IX.        El paradigma comunicativo y sus olvidos.

       No dejo de estar sorprendido de que en la investigación sobre los discursos informativos y la prácticas comunicativas todos los hallazgos de los años 60-80 parecen haber sido borrada de un plumazo. Yo llegué a la Universidad como profesor allá por 2002 y, pese a haber estado siempre en contacto con ella, no dejó de chocarme como el paradigma hermenéutico y crítico en el que me había formado había sido definitivamente desplazado en el ámbito de las ciencias de la comunicación y de las ciencias sociales. Ya no se trataba de interpretación y crítica, sino de técnica y ortología. Los estudiantes se preparaban para ser eficientes comunicadores, no para entender cómo funcionaban y qué transmitían las prácticas semióticas y sociales. Aunque algo de esto hubiera podido ser positivo, el triunfo del paradigma comunicativo no es inocente en absoluto: significa el triunfo de la razón técnico-instrumental. Tal y como se ha llevado a cabo el triunfo del cuantitativismo y de la entrevista, la enunciación controlada bajo el yugo de la información y sometida a la funcionalidad empresarial ha significado en buena medida la derrota del pensamiento.

        El problema es que se han olvidado hitos del pensamiento esenciales que “ya habían pensado” nuestro presente. Se ha olvidado a Baudrillard, que ya leyó la Guerra de Vietnam como un apaño entre las superpotencias, que convertía el antagonismo y la dialéctica en simulacros y nuestro entorno en hiperrealidad. Se ha olvidado al Foucault que caracterizó las sociedades disciplinarias y la microfísica del poder, y el poder queda como una relación simétrica, reprimiendo todo antagonismo, toda diferencia no subsumible en el consenso. Se ha tachado a Deleuze y Guatari y a la esquizofrenia capitalista. A Debord y la imposible transparencia de la  sociedad del espectáculo, la del capitalismo más allá de la apacibilidad nominal de la estructura. A Derrida, y su denuncia de la metafísica de la presencia, que tan implicada está en la creencia de que hay una verdad de los hechos. Pero también se ha olvidado la esencia de la escuela de Frankfurt de la que parece que Habermas es la culminación natural y de sus predecesores sólo quedan los textos más culturalistas de Benjamin y el saboteado concepto de industria cultural de Adorno y Horkheimer.
          
             En última instancia se ha olvidado a Marx. Sí, se ha borrado al, en palabras de Lacan, inventor del síntoma, esto es, al Marx analítico, intérprete de la cultura, filósofo, economista y político y se nos ha legado una versión de Marx hecha de consignas y recetas que, desprovistas de su fundamento, parecen trasnochadas. Si desconocemos los fundamentos de su crítica de la economía política, su genial y gigantesco desciframiento del capitalismo, su abordaje de Hegel y su inversión del signo de la dialéctica, y sólo nos quedamos con la dictadura del proletariado, aviados estamos.

          El caso es que el último efecto perverso de esta tachadura es la reaparición de los discursos de cuño estalinista (hay a quien una versión acrítica y dogmática de Marx le viene muy bien) que comparten el ideal de inmediatez y transparencia con el neoliberalismo y que, sorprendentemente, han reprimido todo recuerdo el fracaso del modelo del socialismo real soviético. Parecen predispuestos a ofrecerse como vanguardia de las descerebradas masas trabajadoras porque son capaces de leer el presente y ya tienen diseñado el futuro (¡qué miedo!).  Y del lado reformista, vemos aparecer con estupor propuestas ciudadano-populistas  que con sus consignas de reticularismo extremo repiten repiten ingenuamente eslóganes y pautas protofascistas, porque ni saben que lo son. O, casi que peor, eslóganes ciudadanistas y liberales del siglo XIX que en lo que pueden acabar es en una universalización de la 2ª enmienda de la Constitución norteameriacana.

(continuará)

La verdad acerca de los hechos, 8



 (viene de aquí)

VIII.  El periodismo de investigación y su lógica (particularmente, en España).
  
           Al final, el periodismo de investigación en el actual sistema de medios sólo parece servir para reforzar las comunidades de goce. De lo que se trataría, si estamos hablando de la verdad, es de cambiar la visión del mundo, las expectativas vitales, las opciones éticas, no de dar información que será interpretada como denuncia o manipulación según la comunidad de goce en cuestión, pero que jamás generará una auténtica rectificación subjetiva (si se entiende mejor, léase toma de conciencia). Los tsunamis informativos tipo “leaking” que han proliferado en los últimos tiempos son muy evidentes al respecto: efecto político = 0. Ha habido aluvión informativo, pero no αλήθεια, no desvelamiento,  no revelación. De hecho, si un medio apuesta por el periodismo de investigación como la base o lo primordial de su tarea -sé que esto va a doler a más de un honrado periodista- automáticamente deduzco que ha renunciado a cualquier pretensión subversiva en el más noble sentido del término.

         El periodismo de investigación nos parece una opción excelente si pensamos en el Washington Post de los 70 y en el Watergate. Ninguna duda. Pero, ay amigos, estamos en España y aquí una levísima ojeada histórica nos indica que las cosas son y han sido de otra manera, que la relación entre los hechos y la verdad puede ser perfectamente anulada o incluso invertida y siempre fácilmente corrompida. Pensemos que el medio más representativo del periodismo de investigación fue durante años El Mundo de Pedro  J. Ramírez, que fundamentó su fama en la investigación del caso GAL, que acabó con un ministro y un alto funcionario socialistas, y un par de policías corruptos en la cárcel. Caso, pues, que fue investigado por un director de un medio y un juez estrella con claras intenciones de venganza contra Felipe González. El juez en cuestión detiene la investigación antes de llegar al fondo (la famosa X), porque una cosa es desgastar al odiado enemigo y otra muy distinta meter a un presidente del gobierno en la cárcel. Este juez prosigue su carrera convirtiéndose en la gran estrella de la izquierda española pero quien saca beneficio electoral de todo ello es el PP, que si hubiera sido coherente con su ideología hubiera debido estar encantado con los GAL y haberlos defendido a capa y espada. 

          Este partido gobierna España durante ocho años y pierde las elecciones por mentir flagrantemente acerca de la autoría de un masivo ataque terrorista, falsedad descubierta y propagada por la acción de los ciudadanos a través de sus teléfonos móviles, no por los medios de comunicación, que fueron siempre a rebufo aquellos tres días de marzo. Durante los ocho años siguientes, el medio que descubrió a los GAL (los mortales enemigos de ETA) monta una teoría de la conspiración inspirando continuas sospechas de que ETA, a quien le hizo el favor de denunciar a los GAL, estuvo implicada en la autoría de aquel atentado. A su vez, su medio rival descubre una trama corrupta (Gürtel) contra el partido contrario, que ahora se pretende desgastar no por su acción de gobierno, sino mientras está en la oposición en el Estado pero que sigue gobernando en muchos gobiernos autonómicos, instrucción que, junto a otras, lleva a cabo el mismo juez estrella que ayudó a ese partido, en ese momento en la oposición, a llegar al gobierno, consiguiendo que el partido acusado acabe acaparando el mayor poder electoral de toda la historia de la monarquía constitucional española, y que acabe atacándolo y consiguiendo su inhabilitación, mientras sus propios cargos electos van de imputación en imputación como todo el mundo sabe y acepta sin que la mayoría deje de tener intención de seguir votándoles. ¡POR DIOS, EN SERIO ¿DÓNDE NARICES ESTÁ LA VERDAD DE TODO ESTO?!!!!

         Por hechos no será… Pero, evidentemente, la lógica de estos procesos dista mucho de la biempensante cadena lógica denuncia -> reacción punitiva (o al menos de reprobación) por parte de la opinión pública, sino que está gobernada por una lógica completamente distinta: la de la serialidad fidelizante, que es problablemente la más antigua estrategia entre las la industrias culturales de la ficción. Es decir, la lógica del culebrón o del folletín, esencialmente comerciales y que en muchos casos, de Dickens a Breaking Bad, han podido generar producciones dignas y de muy alto nivel. Pero sin mentir. Es decir, ofreciéndolas explícitamente como ficción, no como “hechos” o noticias.

En última instancia, vemos que el desgaste no es una opción precisamente revolucionaria, que vaya en dirección a propiciar una significativa (verdadera, en el buen sentido de la palabra, radical) transformación del estado de las cosas. Por muy bien intencionado que sea, -y no dejo de valorar recientes opciones tan abnegadas como el  El Diario.es o La Marea- el periodismo de investigación no consigue más que reforzar un cierto ciudadanismo, una especie de narcisismo de la opinión pública y en vez de cuestionar al sistema acaba cuestionando las mentiras de los políticos y empresarios, es decir, las morales particulares de sus actores, insinuando el subtexto de que tienen la culpa de todo y que si no fuera por sus canalladas más o menos subrepticias, el sistema funcionaría (la realidad sería de otra manera). La maldad está en el sistema, no este o aquél "políticoempresarioobanquero" corrupto. La verdad es que para que funcionara ese mito liberal que es el libre mercado, con auténtica igualdad de oportunidades, auténtica competencia libre, auténtico éxito de los mejores, y auténtico gobierno de la oferta por la demanda -estado utópico que jamás han conseguido enmascarar el capitalismo relamente existente, el de los emporios, los lobbys y las multinacionales- haría falta un estado policial tal que hubiera hecho parecer a la URSS un paraíso, porque el capitalista, el hombre de empresa liberal, es tramposo y transgresor por esencia.

En fin, que como decía mi  amigo Jaume Peris  hace unos meses a cuenta del caso Bárcenas, el gran escándalo del PP no está en los sobres, está en el BOE. Obvio. Suficientemente. Tanto, como que sin análisis y opinión no hay verdad.

La verdad acerca de los hechos, 7



(viene de aquí)

VII.   La información, los sujetos, las comunidades de goce.

Evidentemente, lo que originó la polémica que aquí estamos discutiendo fue una noticia muy concreta, perteneciente al género político. En el espacio de la comunicación pública y de la información política, la reiteración de la información, la insistencia en ciertos hechos (lo cual siempre implica una selección) remite continuamente a la enunciación, la caracteriza y condiciona todas las interpretaciones de los enunciados que de ella provengan. Ello tiene en los sistemas liberal parlamentarios, es decir, bipartidistas, una resonancia anquilosadamente estructurada en comunidades de goce. Ante cualquier denuncia de los abusos del poder, los periodistas, los políticos y los (e)lectores de derechas contestan a lo que consideran una cantinela con otra: “ya están estos rojos dando el coñazo; te recuerdo que la izquierda también…” Y ello independientemente de los hechos, los datos y la información y las encuestas de intención de voto, que puedan esgrimirse. La denuncia pública, informativa, funciona como la famosa “doble inscripción freudiana”: es una sobreinterpretación. Añadir más información a la información no rectifica la posición del sujeto ni es semilla de ninguna transformación de la realidad. La opinión pública es el espejo en que se deforman los hechos, en el que se genera su congelamiento y su impotencia para acceder a la dignidad de la verdad y tener sus efectos.

La verdad acerca de los hechos, 6

(viene de aquí)



VI.  La verdad, los hechos y su registro.

En fin, desde Aristóteles como mínimo sabemos que la verdad no anida en los hechos, sino en los predicados que a ellos se aplican. La verdad es el relato, la verdad está en los signos. El caso es que cada época ha decidido capturar la fugacidad de los acontecimientos en un género, en una tipología narrativa: los anales, la crónica, el cantar de gesta, el poema épico, el tratado histórico o los géneros icónico-visuales correspondientes. La sociedad masiva, dominada en su comunicación, inventó otro género para capturar lo real como una secuencia narrativa: la noticia. Probablemente, el más neutralizador de la potencia activa de todos, por que convierte a su receptor en un ente paralítico, la opinión pública.

No hay, pues, hechos puros. Los datos, las informaciones, no sólo se integran en un relato, sino también en un metarrelato, en un cuadro ideológico determinado, en una escala de valores que confiere a su interpretación su posibilidad y sus límites, que imprime su lógica y que los convierte en realidad partiendo de unas inciertas señales. Podríamos caer en la falacia de la fotografía como prueba irrefutable, pero todo estudioso de la imagen sabe que el mismo recorte, el encuadre, el enfoque, ya son una forma de ficcionalización, porque ejercen una función modelizante, de sinécdoque. Pensemos en una portada de La Razón mostrando la foto de un encapuchado quemando un contenedor como imagen representativa de una manifestación. Evidentemente, si no ha sido trucada, la foto capta un hecho, pero ¿qué tiene que ver ese hecho con la verdad?  La verdad residirá en un enunciado: ésta imagen representa un hecho aislado / esta imagen es fiel representante del tono y actitud de todos los manifestantes.

Y ello pese al imaginario digital, que comenzó en los noventa analizando paranoicoconspirativamente el famoso corto de Abraham Zapruder en el que se recogía la muerte de Kennedy, y culminó con el modelo CSI, que se ha convertido en dominante en la ficción audiovisual de corte policíaco, no cesa de insistir en su valor de evidencia, que nos ha trasladado como un estado de creencia generalizado.

La verdad acerca de los hechos, 5

(viene de aquí)

 V.        La información y el Paradigma informativo.



“Todas las ciencias del espíritu, e incluso todas las ciencias que estudian lo vivo, tienen que ser necesariamente inexactas si quieren ser rigurosas."
Martín Heidegger

        Entre mediados de los años 90 y la primera década del siglo expuse con detalle cuál era mi concepción de la información que me llevó a teorizar lo que llamé Paradigma Informativo (aquí, detalladamente; allí, sucintamente; allá, más matizadamente; acullá, reflexionando sobre uno de los fenómenos mediáticos más interesantes de los 90).  Me cito, con permiso:

"La Información es SABER, YA, DESDE SIEMPRE, SABER. Esto es, un Saber ya informado y que, por lo tanto, no necesita de un sujeto que lo in–forme. La información ofrece el semblante de un saber autónomo, que no necesita de sujeto alguno que lo sepa. A la información, en su objetividad –su calidad de ob–jectio, lo que se ofrece– le negamos la necesidad de un sub–jectum: se sostiene sola, en un Universo topográfico. La función de su sostenimiento la porta consustancialmente adherida como tal saber. La información es, por tanto, saber disponible, saber autooperativo, cuya única determinabilidad por parte de su destinatario es topográfica: hay que saber encontrarlo."

Por tanto, la idea fundamental era que la información es un tipo de saber específico, distinto de otros, -como por ejemplo la revelación, que necesita y a su vez concierne a un sujeto- y no el súmmum de todos los saberes. Pero la información se guarece tras la apariencia de su auto-operatividad y por eso mismo es absolutamente nadie es concernido subjetivamente por una información. El estigma fundamental de la sociedad de la información es la incapacidad de convertirse, de cambiar radicalmente la propia visión del mundo. De ahí, dos de los eslóganes más famosos de los 90 que signaban la inconclusa tragedia del ínclito Fox Mulder: La verdad está ahí fuera (es decir, no aquí adentro) y Quiero creer. El paradigma (en sentido kuhniano) informativo es aquel modelo que parte de la premisa de que cualquier saber, cualquier conocimiento, puede ser (con)vertido en información, reducido a sus componentes informativos. Dos posibles consecuencias: la desafección o la paranoia. El imaginario digital está absolutamente implicado en ello.

Bien, para mí es evidente, pero no tiene porque serlo para todo el mundo. Yo teorizo la información justo como el reverso de la concepción del saber que se deriva de mi relación con la experiencia psicoanalítica, con la que llevaba en contacto entre 10 y 15 años y que ahora pasa de los 25. En el análisis, el saber, que pasa siempre por su relación con el amor (de transferencia) no es consensuable, ni igual para todos, sino que exige el concurso del sujeto para ser operativo. Completamente a la inversa que en el caso de la “información”, la palabra analítica concierne y transforma al sujeto porque se ve compelido a responsabilizarse de ella. Que se diga es fundamental respecto a lo que se escucha. Evidentemente, el uno por uno del psicoanálisis es lo inverso a la transparencia, es el reino del espesor del discurso. Y allí poco importa la realidad del recuerdo, piénsese en la famosa afirmación freudiana “ya no creo a mis histéricas”  cuando se dio cuenta de que si los relatos de abusos por parte de sus padres hubieran sido fácticamente culpables de lo que sus hijas las acusaban, Sodoma y Gomorra hubieran podido pasar por monasterios trapenses, comparados con la Viena decimonónica. Precisamente, era mucho más emancipador, revelador, descubrirle al sujeto su posición de goce tras su fantasía y su relato, que una supuesta verificación o denegación de la verdad factual de sus dichos. El psicoanálisis me mostraba que la verdad y los hechos son conjuntos disjuntos. (Ello no quiere decir en absoluto que un analista no pueda dar por ciertos algunos hechos y tomar una responsabilidad civil como ciudadano. Pero en ese mismo momento deja en suspenso el vínculo analítico).

Una interpretación analítica nunca puede ser exacta, nunca se puede subsumir en un patrón métrico (médico) objetivo, por muy ajustada que sea para ese sujeto y ese momento. No está hecha para entenderse, sino para porducir oleaje. Se entenderá pues mi sorpresa cuando oigo a analistas, al salir de su consulta y preocuparse por la realidad político-social, mostrarse realmente concernidos por la veracidad de los hechos y la exactitud de los datos. Sí, sé sus razones. Fuera de la transferencia nada los autoriza a interpretar y por tanto buscan otras autorizaciones. Pero yo creo firmemente que el amor de transferencia no instaura una ontología distinta a la de la vida cotidiana del común de los mortales, sino un vínculo diferente, que, tomado en serio, puede ilustrar mucho sobre el resto de vínculos del sujeto y sobre la sustancia de lo político.
En fin, que llevo más de 20 años analizando el discurso informativo audiovisual. No sólo. Lo que llevo un cuarto de siglo al menos haciendo es estudiar los discursos visuales de ficción, categoría a la que los noticiarios pertenecen de pleno derecho.

(continuará)