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lunes, 5 de marzo de 2018

Sobre la libertad de educación.




Introducción.

Bueno, aquí va otra entrada. Había pensado hacer una entrada más sistemática y amplia sobre el tema de la educación, pero he pensado que para ello necesito mucho más tiempo. Para empezar, tendría que revisarme a Rancière para poder dialogar con él con un cierto criterio, por ejemplo. Mi idea es que no se puede enseñar sin adoctrinar. Y que el “adoctrinamiento”, la transmisión de valores positivos, es, no ya inevitable, sino muy desable, porque nadie se puede rebelar si no le es revelada la autoridad. Ser democrático no implica ser neutro y objetivo, sino instaurar un espacio para la diferencia, esto es, permitir ser discutido y contra-argumentado o, desafío mucho mayor para un docente, permitir ser interrogado y cuestionado sobre sus asertos. Tras el dogma neoliberal de la neutralidad del docente está el privilegio de las enseñanzas puramente objetivas, esto es, de las técnicas, las que facilitan que el alumno pueda ser explotado (insertarse en el mercado laboral, dicen los tecno-políticos neoliberales). Y ello se ampara en el cientifismo, que es la dogmatización de la ciencia como saber. Para refutarlo haría falta argumentar la tesis de que el Universo, tratado como ente, que es lo que hace la ciencia, no puede confundirse con el Ser, que el universo concebido como naturaleza no es, pues, universal. En fin, da para algunas tardes.
En cuanto al título de la entrada, lo otorga su tema principal. Sobre el resto de anotaciones, en las que la política tiene un papel central, sólo reiterar que me interesa mucho más la política española que la catalana, esto es, cómo se está utilizando el procés para reactivar valores  ultra-liberales y neo-conservadores en la opinión pública española. Para los nuevos lectores, advertir una vez más que lo que van a leer son casi todo entradas de Facebook, de ahí el tono, a veces coloquial o incluso belicoso, siempre algo coloquial, cosa que no sería admisible en otro tipo de espacios discursivos, probablemente.

La educación y la libertad.

* Es obvio que una de las argucias retóricas más reiteradas por la derecha neoliberal es el uso de derechos por cuya conquista lucharon y murieron muchos en un sentido bastardamente opuesto a su orientación original. Es evidente que la noción de libertad de expresión tiene un origen ilustrado contra el autoritarismo y el oscurantismo propios del Antiguo Régimen. Si ya no hay una palabra privilegiada en el ámbito epistémico público y civil, en tanto que dictada o revelada por la divinidad, es lógico que el derecho de cualquiera a expresar “lo que piensa” sea el que funde un nuevo vínculo con la verdad basado en el compromiso del que utiliza la voz con ella, que ya no es única e igual para todos en su contenido, y que exige, en consecuencia, un compromiso ético más radical a quien pretende enunciarla. El neoconservadurismo realiza a partir de aquí una operación retórica de desplazamiento de ese derecho hacia arriba, hacia la abstracción y el vaciado: la libertad de expresión se convierte en un derecho democrático de primer nivel, pero a nivel particular eso iguala todas las opiniones, que pueden buscar su cobijo en él sin necesidad de mostrar vínculo alguno del sujeto que las formula con la verdad, porque exigirle veracidad y rectitud a un sujeto en relación con sus dichos sería una coerción a la mera libertad de enunciarlos. En resumidas cuentas, puedo defender lo que quiera -incluida la opinión contraria a que los demás se puedan expresar libremente- y utilizar los poderes públicos para ejecutar esa opinión por vía jurídica si consigo la mayoría suficiente. El único límite a la arbitrariedad enunciativa serían los derechos privados: intimidad, honor, etc. Como vemos, la mayoría sostiene el contenido de la verdad, así como la abstracción democrática sustenta del derecho de los individuos a conformar mayorías sin necesidad de justificar su relación con ella. Apelar a la tradición como una especie de axiomática –indemostrable pero indiscutible- les suele garantizar a las derechas muchas victorias en ese terreno. El populismo neofascista de derechas está basado en esta superstición democraticista: como somos mayoría, nuestro sentir tiene derecho a ser plasmado en medidas ejecutivas sin incoar proceso alguno que esclarezca su relación con la verdad. Los valencianos sabemos bastante de eso tras 25 años de hegemonías del PP.
Directamente ligado al derecho a la libertad de expresión, está el derecho universal a la educación, también de raigambre ilustrada y republicana: el derecho a recibir instrucción por parte de todos los ciudadanos fue concebido como modo de enfrentarse al poder del oscurantismo, que tiene su mejor aliado en la ignorancia, y pertrecharlos, de este modo, de herramientas intelectuales para conocer y hacer valer sus derechos, es decir, para intervenir en la vida, en la cosa, pública independientemente de su origen social. Ahora bien, la versión neocón combina este derecho con el anterior y con la misma argucia: eleva el derecho a la educación a rango de derecho democrático abstracto y vuelve a conseguir que la verdad –esto es, los contenidos concretos en los que se materializa ese derecho ideal- sea de nuevo patrimonio privado y por lo tanto individual y no colectivo. En la acepción liberal, privado es el espacio donde los poderes públicos no tienen derecho a meter las narices. Así, para ellos, ya no se trata tanto de derecho universal al acceso a la educación como de la necesidad de garantizar el derecho a la libertad de impartir cualquier contenido, ya no se trata de un derecho humano y social sino meramente individual. No hablan nunca de derecho a la educación sino de libertad de educación, que los progenitores son en cargados de ejecutar en virtud de la patria potestad sobre sus hijos, que se convierten así en propiedad (privada) de sus padres. En resumidas cuentas, si combinamos derecho de opinión (impuesto al de expresión) con libertad de impartición educativa (sobrepuesto al derecho al acceso gratuito a la educación pública) lo que el neoliberalismo promueve es ELDERECHO EXCLUSIVO DE LOS PADRES A MENTIR A LOS HIJOS, tras el derecho a la libertad religiosa, ideológica, el objetivismo y la oposición a cualquier contenido ético público por encima del privado. Lo que pasó con aquella “Educación para la ciudadanía” , ya extinta, es un ejemplo que no necesita más explicaciones. Evidentemente, convenza usted a cualquier padre, en virtud de un derecho a opinar con base en la tradición y en la evidencia indiscutida, de que los intereses presentes o futuros de sus hijos pueden estar en peligro debido a la impartición de determinados contenidos o a la implementación de determinados vehículos educativos y será usted dueño para siempre de su voluntad, esto es, de la libertad de éstos para educar a sus hijos. Es lo que lleva haciendo la Iglesia Católica los últimos dos siglos, es el santo y seña de su propensión reaccionaria al progreso.
Pues bien, se esté a favor o en contra de la independencia, se discuta o no la implementación del artículo 155 de la Constitución, lo que me parece innegable es que nada en las últimas elecciones catalanas autoriza a la Moncloa, como instrumento de la oligarquía española, a replantear el statu quo de la política de inmersión lingüística en Catalunya sobre la base una supuesta protección de la libertad educativa. Señores, se trata de exactamente 40 diputados sobre 135 los que podrían ser representados por esa decisión. Que yo sepa, ninguna fuerza política catalana más (incluido el PSC) cuestiona un modelo de inmersión lingüística que está diseñado para no crear alumnos de primera y de segunda y dar el mismo libre acceso público y universal a la educación a todo el mundo, como el diputado Joan Mena de ECP explicó perfectamente hace unos meses en el Congreso de los Diputados, y menos basándose en un uso torticero del concepto de libertad educativa, que lo único que tiene detrás es la amenaza a unos padres sobre la posibilidad de acceso de sus hijos a la explotación privada (mercado de trabajo lo llaman ellos) si no son educados en castellano.
C’s dice que quiere una sociedad trilingüe en Catalunya, donde es la fuerza más votada sí, pero ni de coña ha ganado las elecciones, como quiere otra superchería neocón más. Nos reiremos bastante si intentan imponer el bilingüismo en la España monolingüe. Los de “a por ellos” van a tardar nada en llamarlos polacos de mierda como les intenten imponer el dominio de una lengua distinta del español como requisito curricular básico. Al tiempo. Les tendrán que explicar que están impidiendo que sus hijos sean brokers en Wall Street o la City londinense con esa actitud. Como los independentistas catalanes que quieren impedir con su adoctrinamiento que los hijos de la clase obrera catalana puedan todos ser en su día ejecutivos del IBEX 35, por no haber sido educados en castellano. En el fondo, si no quieres que tus hijos estudien en una institución privada -por antonomasia, católica- y no quieres que sean educados en la lengua mayoritaria en la Península Ibérica, es que no te interesa su futuro y eres un mal padre o una mala madre. Ya lo decían los ganadores de la Guerra Civil para legitimar el robo de niños: qué más les dará, si los rojos no quieren a sus hijos... 17 de febrero.


*Probablemente la impostura más aberrante del auto-emprendimiento como ideología es haber hecho creer que el mundo lo gobierna el talento secundado por el esfuerzo y no el poder. Es una vieja idea disciplinaria -el éxito y la satisfacción del deber cumplido inculcados al alumno aplicado del fordismo clásico- que ha pasado a poseer unas dimensiones de opresión gigantesca en las sociedades de control. Ya no haría falta la mirada del amo (la mirada del panóptico) porque el el superyó se habría independizado absolutamente de toda vigilancia y coerción, habría devenido autónomo y auto-operativo. El poder, pues, queda elidido de toda fenomenología. Han tomado su lugar ante la conciencia del sujeto, el afán de superación, la potencia de los sueños y la auto-estima. Con la ideología del auto-emprendimiento el poder ha conseguido su objetivo: ocultarse como causa del mundo. No es pequeña victoria. 11 de febrero.




Sobre el neo-españolismo.

         García.

Os dejo este vídeo que ha difundido Spanish Revolution con unas cuantas salvajadas del fascista confeso Eduardo García Serrano. Recuérdese que esta es la doctrina, punto por punto, de Ciudadanos al respecto. Adjunto el enlace a una entrada de blog mía de hace un tiempo, que puede bien leer después de ver el vídeo: https://lasuficienciadeloobvio.blogspot.com.es/2014/06/catalan-gallego-y-euskera-son-idiomas.html 28 de febrero.





*Siguiendo su línea de rebuznamiento, si hay un corolario inevitable de los gruñidos emitidos por Eduardo García Serrano, es que el hecho de que la usen individuos como él sería un razón de peso para exterminar el castellano de la faz de la tierra. Espero que no, porque es mi lengua, y que además pueda expresarme en lengua catalana no dejaría de ser un agravio si me impiden usar la otra, que es la que se hablaba en mi casa y con la que he construido mis historias de amor y la mayoría de mis historias de afecto y amistad. Por fortuna, el castellano, además de ese fascista, también lo hablaban y escribían García Márquez, Juan Ruiz, Borges, Sábato o el mismo Unamuno, aquél que se enfrentó a Millán Astray en la Universidad de Salamanca y que García debería de desinfectarse la boca antes de nombrarlo o pretender ampararse en él.
Dice García que es falangista. Cito a su supuesto mentor ideológico, José Antonio Primo de Rivera, como ya he hecho otras veces:
“Pero también es torpe la actitud de querer resolver el problema de Cataluña reputándolo de artificial. Yo no conozco manera más candorosa, y aun más estúpida, de ocultar la cabeza bajo el ala que la de sostener, como hay quienes sostienen, que ni Cataluña tiene lengua propia, ni tiene costumbres propias, ni tiene historia propia, ni tiene nada. Si esto fuera así, naturalmente, no habría problema de Cataluña y no tendríamos que molestarnos ni en estudiarlo ni en resolverlo; pero no es eso lo que ocurre, señores, y todos lo sabemos muy bien. Cataluña existe con toda su individualidad”
El problema de García es que no es falangista, es simplemente un miserable franquista. Y su línea de argumentación, esto es, que el castellano es más útil que el catalán porque lo habla más gente, no es un razonamiento fascista siquiera, sino mezquinamente neoliberal. Cuando habla de lengua universal, fijaos, nada que ver con aquella “unidad de destino” de la que hablaba Primo de Rivera, que siendo perversa, es mucho menos innoble que su sucio y mercantil argumento cuantitativo, por el cual lo que pone en valor una lengua no es más que su utilidad para el márketing global, que es lo que cuenta para la horda intereconómica. Yo creo que si Primo de Rivera resucitara y lo invitaran al Gato al Agua lo que haría es desalojar a todos sus tertulianos a latigazos, como hizo Cristo con los mercaderes de la Casa de su Padre. No tengo ninguna simpatía por el fundador de Falange con el que sólo coincido en el nombre -que era el de mi padre y antes de un tío suyo- pero pienso que algunos falangistas de primera hora –ignorantes aún de las consecuencias de su credo- vomitarían al ver lo que hizo Franco con su ideología, y se cagarían después al ver lo que hacen con ella neofranquistas como García.
Desgraciadamente, los castellano-parlantes compartimos con los anglo-parlantes el deshonor de hablar las dos lenguas más genocidas y colonialistas del mundo. Sí, más que el alemán, el ruso o el árabe y me cabe la duda con el chino, cuya historia no conozco lo suficiente como para pronunciarme. Lo que nos puede salvar a los castellano-parlantes son dos cosas. Que a pesar de todo, como en la aldea de Astérix, varios territorios bajo la Corona Española en la Península Ibérica mantuvieron sus propias lenguas y permitieron que el castellano no fuera amo genocida absoluto. Mejor lo tenemos los castellano-parlantes de los territorios en los que esas lenguas perviven, riqueza y vida a la que no estoy dispuesto a renunciar jamás. La otra cosa, es que se apropiaran de ella los indígenas de América del Centro y del Sur, porque América Latina es un nombre mucho más digno y honorable que el Reino Borbónico de España. Por cierto, Ada Colau el otro día, al negarse a recibir al Rey, no estaba representando a los barceloneses ni a los catalanes, sino a todos los demócratas de España que sentimos orgullo de que un cargo democrático no se arrodillara ante un cargo hereditario. De España y, si me apuráis, del mundo.
28 de febrero.




La gran labor de El País.

* Cierto gran periódico, adalid en la defensa de España frente a los aventureros separatistas, ha decidido darle hoy un lugar preeminente en su portada a la final de la Super Bowl. Porque lo terrible es querer romper España, no irla pudriendo lentamente con la inoculación de corruptos virus transgénicos. 5 de febrero.

*Yo creo que es para sentirse muy orgullosos de su labor. El País ha llevado a cabo una implacable cruzada por la sensatez contra las aventuras populistas y separatistas que nos amenazaban. Y ha conseguido que lidere todas las encuestas un partido que se ha inventado un país fantástico llamado Tabarnia, al que le han puesto a un celebérrimo bufón como presidente, Ubu(adellla), cuyo intelectual más reconocido es Arcadi Espada y cuya máxima figura artística es -retirado de los escenarios por su labor como presidente-madre, Don Albert- nada menos que Toni Cantó. Eso sí que ha sido un triunfo de la seriedad, la prudencia, la cordura, el buen juicio y el seso políticos que nos ha salvado de esos locos del populismo y la independencia. Sois unos cracks. España está en deuda con vosotros y vuestra clarividencia por los siglos de los siglos. Os la pagaremos. 9 de febrero.


* En El País. Susana Díaz: “La izquierda no puede ser jamás nacionalista”

Copio de nuevo este textito que recogí luego en una entrada de blog llamada "Sobre la (supuesta) izquierda centralista y su colaboracionismo con el Régimen del 78 (Comentarios sobre el Procés, 8)"

"Un cargo de Podemos en Canarias comparte la viñeta de El Roto de hoy y acusa al catalanismo de ser un (sic) "nacionalismo insolidario y contrarrevolucionario de raíz germánica". Ante las protestas de algunas personas, les espeta que ver si leen un poquito más, es decir, los acusa de ignorantes. Esta ha sido mi bienintencionada respuesta:

A ver, te ruego que ya que señalas una falta de lecturas en los que estamos apoyando el derecho del pueblo catalán a decidir, pues nos ilustraras con algunas referencias. Decir que el nacionalismo catalán conecta con la tradición del Völkisch, y con Goethe o Fichte, me parece demasiado genérico, porque todos los nacionalismos europeos tienen esa misma raíz romántica, y sin esa lucha de las naciones europeas contra las monarquías imperiales, de Grecia a Francia, la democracia hubiera sido una quimera. Concretamente el nacionalismo catalán del siglo XX, proviene de la tradición escrupulosamente federalista y burguesa de un Cambó o un Pi i Margall. El federalismo burgués era más bien de orden pragmático: a la incipiente burguesía industrial catalana le era imposible avanzar en su programa de modernización con la corte borbónica madrileña, decadente y feudal, como un lastre inmovilizante. Partiendo de ahí, pero ya con todas las influencias del socialismo, el nacionalismo catalán de los años 20 y 30 opta por un progresismo republicano de izquierdas y anti-fascista a través de Esquerra Republicana de Catalunya, mientras este nacionalismo raíz germánica desembocaba en el nacionalsocialismo en Alemania. Son los nazis los que entregan a Lluís Companys a Franco, como sin duda sabrás, tras exiliarse, como pretende Rajoy que haga Bélgica, parece que, de momento, con menos éxito.

Sin embargo, el nacionalismo catalán moderno nace de la resistencia antifascista como se refundó también el vasco, el gallego y tomaron conciencia nacional otros territorios como el valenciano o el canario, con el MPAIAC a la cabeza, como bien sabes. Todos estos nuevos nacionalismos son de corte socialista y marxista y están emparentados sin duda con los movimientos de liberación latinoamericanos de los años 70, con el maoísmo o con el operaïsmo italiano, jamás con los nacionalismos fascistas derrotados en la 2ª Guerra Mundial (todos menos el español). En Catalunya, fue el Psuc, obrero, marxista y catalanista, y directamente conectado al PCE y a CC.OO, quien lideró el proceso, mientras ERC dormía el sueño de los justos, del que fue despertada por Suárez y Pujol, trayendo a Tarradellas del exilio. En ese sentido, el nacionalismo burgués –el PNV y CIU- fue estrictamente autonomista, sin más. Si bien bajo la amenaza de ETA y de un secesionismo más abierto, Suárez claudicó concediéndole a Euskadi los derechos que le había arrebatado la Guerra de Sucesión, aceptando el concierto económico. Evidentemente, ello ni planteó para reparar todos los perjuicios que habían significado los Decretos de Nueva Planta para el Antiguo Reino de Valencia ni para el Principado de Catalunya, entre otras cosas porque su peso en el PIB español no era comparable al de Euskadi.

En los 80 y parte de los 90, ya sabemos cómo fue la cosa: nacionalismo burgués en Catalunya y peperismo irrevocable en la CV, como en Galicia, mientras que en los territorios monolingües la reivindicación territorial, también presente en el antifranquismo (andalucismo, el propio nacionalismo canario, o el aragonesismo) prácticamente desaparecían, con algún leve repunte como la Chunta de Labordeta. Pero tras la llegada del tripartito, la promulgación de un nuevo Estatut, su aprobación en un referéndum perfectamente legal y, pese a ello, su sustancial recorte por el Tribunal Constitucional a instancias del PP, en Catalunya surge un nuevo nacionalismo de corte moderno, que entronca con el de los 60 y 70 y que tiene sus síntomas en el crecimiento de ERC y sobre todo en el nacimiento de las CUP, con un componente anti-capitalista esencial. Se dan entonces el nombre de soberanistas, frente al neoliberalismo aznarista que demonizó a los nacionalistas con el único fin de restarle apoyos a la izquierda. Fueron Aznar y Mayor Oreja sus principales ideólogos, mientras llamaban nazi a Sadam Hussein a la par que sumaron a España a la nueva estrategia imperialista de los USA, o cedían la soberanía española a la multinacionales a través de los Tratados Europeos.

Este soberanismo y reclamación del derecho a la autodeterminación –a no confundir con el independentismo- no hace más que crecer con la crisis y el 15M y a él se suman CSQP y els Comuns, como supongo que sabrás si, como yo, estás en la órbita de Podemos. Al verlo, me ha extrañado mucho que defendieras posturas que en las zonas bilingües del Estado Español defienden exclusivamente PP y Cs, a los que se suma el ala más derechista del Psoe en los territorios monolingües, como Andalucía y CLM.

En fin, pues eso, que quedo a la espera de esas referencias bibliográficas que nos reprochas que no conocemos. Abajo te dejo un par de textos míos, para ampliar la argumentación que te he dado aquí. Un saludo. 9 de noviembre."

Si interesa el tema también se puede leer esta otra entrada. "El antinacionalismo como pensamiento neoliberal hegemónico. (Comentarios sobre el Procés, 5)" Ambas entradas son de Noviembre.

Recordemos siempre que el españolismo es el núcleo de la ideología concreta y material del Partido Popular yde Ciudadanos. Todo lo demás, sus políticas reaccionarias de género, sociales, con las pensiones, con la educación, irradian a de ahí.

Un abrazo fraterno. 25 de febrero.

El himno.

*Bueno, si se quiere un himno de España, ¿no es mejor éste? Una canción de emigrantes y exiliados. Una meta-canción porque, en la versión de Concha Piquer, lo que hay es una canción dentro de otra. Aquí, en el meta-arte, están Velázquez, Calderón, Cervantes y Joanot, Juan Ruiz, Azorín, Valle-Inclán, Villalonga, el Bachiller Fernando de Rojas, Falla, Tàpies, Dalí, Antonio López, Buňuel y Unamuno. Y además todos bebiendo vino de extrangis gracias a una receta falsificada. Lázaro de Tormes, Sancho Panza y Carvalho, aquí también. Esta es la única España que podría reconocer como mía, coño. Puede que católica a ratos. Pero sobre todo y antes que nada, fea y sentimental. Una España mucho más dolorida que gloriosa, mucho más digna que heroica, mucho más genial que constitucional. Sépalo, pues, Vuesa Merced. 19 de febrero.




Las Teles.

* Un segundo que he pasado por ella haciendo zapping he visto a Susana (sí, le he escrito el nombre con una ene, es lo único que no creo que le molestara de este post si lo leyera) Griso hablando de los incidentes de Bilbao de ayer y comentando que lo mismo pasaba con los ingleses hace años y lo habían solucionado pero que Rusia no se ponía las pilas. Demencial esta observación marujona. A ver. Todos los que tenemos cierta edad recordamos a los hooligans ingleses de los 70 y principios de los 80 con auténtico terror. Allá donde iba un equipo inglés, la ciudad quedaba arrasada, la gente se quedaba en sus casas hasta que se iban y los hinchas del equipo contrario pasaban auténtico terror. Recuerdo las cábalas de la gente en el 80 pensando si ir o no a ver al Valencia en la final de la Recopa porque jugaba contra el Arsenal y era un riego de muerte acercarse por Bruselas. Tuvo que pasar lo de Heysel 3 años después (39 muertos) para que se tomaran medidas con la máxima colaboración del gobierno británico de la señora Thatcher: 5 años de exclusión de los equipos ingleses de cualquier competición europea y 10 el Liverpool. Teniendo en cuenta que de las 8 Copas anteriores, 7 las habían ganado clubs ingleses, la medida fue más fuerte de lo que sería hoy eliminar a todos los clubes españoles de la Champions 5 años y al Madrid o al Barça, 10. Bien, dicho esto, la colaboración del gobierno inglés para acatar la medida y para identificar y entregar a la justicia a los violentos fue no ya sin reservas, sino extremadamente entusiasta. ¿Explicación? Muy simple: la Dama de Hierro vio una oportunidad de oro en su hostigamiento a la working class británica para convertir a los hooligans en sus más destacados representantes y trasladar un mensaje a la opinión pública de que los que protestaban de sus políticas no eran más que una panda de borrachos facinerosos y violentos. Los casi 40 muertos no fueron más que un excusa para ensuciar la imagen de los obreros británicos. Machacarles el orgullo futbolero fue una gran arma psicológica para desarmarlos a todos los niveles. Sin dar este dato, comparar lo del Spartak de ayer y lo de la Rusia de hoy con aquél Reino Unido de los 80 es una manipulación criminal, tendenciosa y torticera. Supongo que no extraña viniendo de este personaje. Hay una frase que me ha venido a la cabeza estos últimos meses y que he reprimido para evitar que se hiciera una lectura sexista de la misma: viendo cómo se ha comportado con su propio país, cómo ha insultado y denigrado a cualquier político catalán cercano al independentismo que se ha avenido a comparecer en su programa, con gritos insultantes y con una tendenciosidad completamente anti-profesional, no he podido dejar de pensar que "en la Francia de los años 40 hubiera acabado rapada". Menos mal para ella que los catalanes actuales, y en general la sociedad, son menos viscerales y menos sexistas que fueron los franceses con las colaboracionistas con el nazismo. Seguro que alguien, pretendiendo hablar desde el feminismo, viene a intentar afearme lo que acabo de escribir. Pero ya veréis que no es desde el feminismo catalán (ni balear, ni valenciano), sino desde posiciones incuestionablemente hispanocéntricas, esas que defenderían igual a Isabel San Sebastián y que están siendo tan tibias con Cospedal y tan indiferentes con Anna Gabriel. Tranqullas el día 8 la tendréis trabajando como la primera y contándonos el fracaso de la huelga feminista como contó sin un temblor que la policía no ejerció la violencia el 1 de Octubre. Luego se irá a comprar algo a la milla de oro madrileña y a comer a un buen restaurante para que no la puedan acusar de haber atendido ningún aspecto de la huelga. Igual también le limpia los moquitos a algún niño de una amiga o se hace grabar ayudando a una anciana a cruzar la acera, para poder presumir de esquirola de la huelga de cuidados tanto como de la laboral y de la de consumo. Tranquilas y tranquilos: sobrevivirá. 23 de Febrero.


* Se puede ser solidario, se puede tener próstata, se pueden tener testículos, se puede tener cerebro, se puede tener preparación, se puede ser un profesional. O no. Parece una memez, pero buena parte de las censuras que practicaba el franquismo eran de este estilo. Insisto: Televisión Española, haciendo de Televisión Norcoreana. Pionyangización de la opinión pública española. TV3 puede que adoctrinara, pero RTVE lobotomiza. Y Arsène Wenger sin próstata, el pobre.




(Añado, porque parece que hay gente indignadísima dado que Guardiola lleva un muñequito en la solapa que tiene que ver con el cáncer de próstata: ¿No es todavía mucho más grave que el periodista de la televisión pública se niegue a ver el lazo, tres veces más grande y diez más visible, que que lo confunda? Cuando decía que el franquismo censuraba así me refería a eso, a negar con el comentario -confundiedo, silenciando, obviando o elidiendo, tanto da- lo que está a la vista de todos. A mí me ha recordaddo inmediatamente a un episodio del ultimísimo fraquismo del que fui espectador en mi última niñez o primera adolescencia: cómo se las tuvo que apañar la televisión del régimen para lidiar con la oleada de protestas que hubo en toda Europa por los fusilamientos de septiembre de 1975. Sin poder ocultarlo del todo, pero tergiversando y manipulando la relevancia de los hechos. Exactamente igual que aquí) 26 de febrero.


El CIS.


*Este es un párrafo que publiqué hace justo dos años y que no deja de resultarme enigmático. Que las ideas (se) le ocurran a uno no las convierte en propias. A veces, al contrario, se siente uno enajenado en algo que (se) le ocurrió (escribrir). Lo copio:
"El fascismo hispano, franquista, tiene pues, partiendo de ese tronco, un momento inaugural posterior, datable en la reacción nacionalista-fascista en los años 20 y 30. El nacionalismo español actual nace ahí, hijo del centralismo borbónico, y no cabe confundirlo con el patriotismo liberal que se opuso tanto a la invasión napoleónica como al absolutismo en el siglo anterior. Por eso, los dos pilares básicos del franquismo son el anticomunismo (anti-ateísmo) y el anti-separatismo, que vuelven como cualquier contenido reprimido ante la angustia de castración, que en este caso es la inminencia de la pérdida del gobierno central del Estado. Cuando están en mayoría, si nos fijamos, utilizan siempre la versión neoliberal-burocrática (formalista, legalista, constitucionalista, universalista) del soberanismo español, que consiste en la defensa de la indivisibilidad de la soberanía española. Una, grande, libre y burocráticamente legal. Por eso, Europa se convierte también en un artefacto arrojadizo entre los dos soberanismos, el catalán y el español. El soberanismo, corolario del patriotismo constitucional y sucedáneo del nacionalismo y del derecho unilateral de autodeterminación, es presa de sus presupuestos. Y la Unión Europea se desvela consecuente como un dispositivo burocrático cuyo fin último es la paralización de toda transformación social. Por eso, como el caso Tsipras muestra a las claras, el anti-cosmopolitismo populista carece de armas para enfrentarse a él.
Cabe, pues, otra lectura de la Unión Europea como dispositivo burocrático-capitalista. Nos cuentan nació para evitar otra guerra europea. Podemos pensarlo al revés: hicieron falta dos guerras europeas para poder imponer la burocracia estatal liberal incuestionada en Europa. Si eso es así, la necesidad de 40 años de fascismo en España se explica de una manera completamente distinta. Y, también se explica, que sus dos pilares básicos fueran centralistas: el nacionalismo español y el catolicismo, que es la religión más jerárquicamente y burocráticamente centralizada del planeta, como lo demuestra el que se haya avenido a conformarse a la forma legal del Estado (Vaticano). España habría podido ser una alternativa socialista viable al estalinismo, como Estado pluri-lingüístico y plurinacional. Y esa excepción, el orden mundial no se la podía permitir. Como no se pudo permitir todas las experiencias de socialismo transformador en América Latina en los años 70 y primera parte de los 80."

¿Por qué me he vuelto a acordar hoy de ello? Pues por las encuestas que se publicaron ayer y que dan como primera fuerza política en intención de voto a Ciudadanos, cosa que me parece muy preocupante. En efecto, España es un gran país si ha costado 82 años que se imponga socialmente, es decir, que sea hegemónica en las urnas, una ideología que alcanzó el poder en 1936 sólo en virtud de un golpe de Estado. Se dirá que hago trampa, que qué han sido pues las victorias del PP. No es lo mismo. Con el PP ha ganado sistemáticamente la tradicional caspa decimonónica española, caciquil y clerical, de vajilla de loza, puntillas bordadas, cacerías y casas de citas. Con los muchachos de Rivera lo que viene es lo que empezó a fundamentar su cuasi tocayo José Antonio Primo de. El de Ciudadanos es un neofalangismo urbano, de señoritos crueles y arribistas, de abuso de las secretarias de papá en el asiento de atrás del coche y de puticlub de lujo con reservados VIP. Es otra cosa. Es la diferencia entre la gomina de los niños de Fuerza Nueva en los 80 y la panza balanceante de Fraga. Es el Proceso. Pero el de Kafka. La burocracia sin miedo al miedo. La biopolítica sin respeto a la muerte. No tienen, ni si quiera, la humanidad de Trump, la pose de Thatcher o la simplonería de Reagan. Son sólo, los hijos del frío. Y han venido a acabar con España. Con esa España que aún resistía con los muertos desde las cunetas y los trabajadores almorzando en el bar. Han venido a acabar con los aldeanos y a consumar el proyecto kantiano de Eichmann. Y han empezado por las estadísticas, que es su lugar natural. 10 de febrero.


* Pues oye, creo, respecto al barómetro del CIS de hoy, que los principios son una cosita muy práctica cuando, como le ha pasado a Podemos, pues va y la Agenda te pasa por encima. ¿No? Además de para ir al cielo, los principios también vienen muy bien cuando ves que no hay modo de asaltarlo. Para saber qué hacer y eso. La moral y la polítca puesen ser muy útiles cuando te falla la estrategia. Para no desmoronarte ni ponerte nervioso. Una brújula debe ser bastante útil cuando te han puesto un desierto en medio que no te esperabas y va y lo tienes que atravesar. ¿No? Ahora biien, ¿cuáles son los principios del populismo? Porque resulta que la transversalidad es siempre un final. Si eres transversal eres homo calculator, no homo moralis. Y cuando calculas y uno de los factores te da 0 o bien tienes algo por fuera del cálculo o te pierdes. Creo yo. Cuando dijimos muchos que ya no nos valían los principios de la vieja izquierda, porque se habían revelado como una superstición impotente para transformar la realidad, no pretendíamos decir, como algunos parecieron creer, que podíamos avanzar sin principios, sino que el trabajo fundamental para atravesar el capitalismo era ponerse a fundamentar la radicalidad de otra manera. Había que hacer unos principios nuevos e inéditos, no conformarse con una especie de máximo común divisor de los que ya había y llamarlos transversalidad. Ahora, que Cs ha crecido y UP ha bajado, ¿qué hacemos? El problema es que si eres de izquierdas algo de principios siempre te queda, y si te avergüenzas de ellos o simplemente los apartas por inútiles, debajo de la alfombra siguen haciendo bulto y tropiezas. Ciudadanos, no. No tienen moral alguna presente ni pasada ni presente ni futura. En el juego de la transversalidad van a ganar siempre. Yo estoy con Groucho Marx: si no le gustan mis principios, tengo otros. El problema es que no gusten tus principios y no tener nada. Así no hay manera de desbordar nada. Nadie te va a votar para cambiar las cosas si vas de transversal. En cambio, para evitar que las cosas cambien, la transversalidad es una gran herramienta. Cs es la prueba palpable. Con la transversalidad sólo gana la derecha, porque es una puesta en valor de lo que hay. La izquierda está condenada a inventar o morir. ¿Verdad? 5 de febrero.


Windows 10.


*Bill Gates y sus chicos lo han conseguido. Tras años escuchando que su Sistema Operativo era una mierda llena de agujeros de seguridad y un coladero de virus, troyanos y gusanos han decidido solucionarlo por las bravas. Virus, jodeos, que os habéis quedao sin curro. Windows 10 se suicida y auto-aniquila él solito tras cada actualización y, de paso jode el ordenador de todos sus usuarios y les funde el hardware. Si queremos una antonomasia del capitalismo en su camino loco hacia su consunción, la tenemos inmejorable. Cuando me compré este ordenador hace 2 años ya lo ví: a la primera macro-actualización saltó por los aires todo el hardware instalado por el fabricante. Y ello no ha hecho sino ir a peor. Que hackers rusos ni qué hostias. Trump ganó porque a los del Partido Demócrata les entraron todos los pecés en hibernación a la vez. Jodeos Putin, Kim Jong Un y todos los iraníes. Bill Gates ha pasado al genocidio cerebral de occidente. Porque lo peor no es que ésta haya sido la enésima tarde que he perdido intentado arreglar un desaguisado de Windows 10 que me ha instalado no sé cuantos drivers que se colapsan. Lo pero es que todo ese trabajo no genera experiencia ni habilidad alguna, porque lo que haya podido aprender esta tarde no me servirá nunca más. No hay forma de armarse contra la concepción de la informática del señor Gates. El capitalismo nos ha vuelto inermes: nadie sabe cambiar una rueda, mirar el nivlel de aceite de su coche. Mis alumnos ya tampocos saben qué hacer cuando se les jode el móvil o no funciona el ordenador como era esperado: en lo que son unos cracks en mirar las ofertas de mòviles nuevos. Estamos pasando de la obsolescencia programada al suicidio reprogramable de las máquinas. Ya no vale la pena ser un friki de la tecnología: ¿cómo vas a amar a una máquina que se odia? HAL era un aprendiz: hoy sabría como suicidarse para renace cual ave fénix y pillar a los astronautas con los calzoncillos por las rodillas. Todo lo sólido se desvanece en el aire, decía Carlitos. En el Siglo XXI en vez de escribir el Capital hubiera muerto intentando entender por qué se le colgaba Word a cada nueva versión. Hostia, qué harto me he quedao. 24 de febrero.


Un riconcillo poético.

*Mientras mi cuerpo insista en importunar a la eternidad....
(Una #metáfora de la vida. Sigo dudando del verbo (¿invadir, perturbar?), pero importunar tiene la ventaja de que señala la misma herida de tiempo. El inoportuno es que nos trae un tiempo que no deseamos. Eso le hacemos al nacer a la eternidad: decirle de la muerte y del final. Y le desbaratamos la agenda. La agenda eterna está en blanco y naciendo le hacemos un borrón, le generamos un tumor en forma de página. Como al infinito espacio negro una estrella le causa un dolor pequeño pero inmenso con su luz, que también volverá a lo negro. La vida es toda ella una inoportunidad, una impertinencia, un rato malo, una falta de educación, una desobediencia, una gamberrada. Cuando nacemos le decimos a la eternidad que no es más que muerte. Ella era feliz en su ignorancia, sin la quebrada inelegancia diminuta de ninguna centella. Buscar nuestra oportunidad a su costa le duele. Vivir es una insumisión en el reino bien ordenado de la nada que nadie mira. Dile a la eternidad "estoy y no para siempre" y verás sus lágrimas) 24 de febrero.







Estos dos muchachos y esta muchacha son, desde la semana pasada, de izquierda a derecha: el Dr. Samuel Gil Soldevilla, la Dra. Teresa Sorolla Romero y el Dr. Antonio Loriguillo López. Les flanqueamos los dos co-directores de sus tesis doctorales, el Dr. Javier Marzal y yo mismo. He de decir que los tres fueron mis alumnos durante sus carreras (Samuel, en Publicidad y RR. PP.; Teresa y Antonio, en Comunicación Audiovisual) y a los tres les adoctriné sin piedad. Me veo obligado a añadir, porque sus logros son prueba sobrada de ello, que mucho mucho caso no me hicieron. Personalmente, de esto último es de lo que me siento más orgulloso. En sentido más general, me siento muy orgulloso de ellos. Pasión, esfuerzo y conocimiento, sí, pero siento que es alegría lo que más habéis sembrado entre los que os rodeamos. Gracias por hacerme un poco más feliz a mí y a todos estos últimos años. Un honor y un placer, compañeros.

viernes, 7 de febrero de 2014

La verdad acerca de los hechos, 9



(viene de aquí)
IX.        El paradigma comunicativo y sus olvidos.

       No dejo de estar sorprendido de que en la investigación sobre los discursos informativos y la prácticas comunicativas todos los hallazgos de los años 60-80 parecen haber sido borrada de un plumazo. Yo llegué a la Universidad como profesor allá por 2002 y, pese a haber estado siempre en contacto con ella, no dejó de chocarme como el paradigma hermenéutico y crítico en el que me había formado había sido definitivamente desplazado en el ámbito de las ciencias de la comunicación y de las ciencias sociales. Ya no se trataba de interpretación y crítica, sino de técnica y ortología. Los estudiantes se preparaban para ser eficientes comunicadores, no para entender cómo funcionaban y qué transmitían las prácticas semióticas y sociales. Aunque algo de esto hubiera podido ser positivo, el triunfo del paradigma comunicativo no es inocente en absoluto: significa el triunfo de la razón técnico-instrumental. Tal y como se ha llevado a cabo el triunfo del cuantitativismo y de la entrevista, la enunciación controlada bajo el yugo de la información y sometida a la funcionalidad empresarial ha significado en buena medida la derrota del pensamiento.

        El problema es que se han olvidado hitos del pensamiento esenciales que “ya habían pensado” nuestro presente. Se ha olvidado a Baudrillard, que ya leyó la Guerra de Vietnam como un apaño entre las superpotencias, que convertía el antagonismo y la dialéctica en simulacros y nuestro entorno en hiperrealidad. Se ha olvidado al Foucault que caracterizó las sociedades disciplinarias y la microfísica del poder, y el poder queda como una relación simétrica, reprimiendo todo antagonismo, toda diferencia no subsumible en el consenso. Se ha tachado a Deleuze y Guatari y a la esquizofrenia capitalista. A Debord y la imposible transparencia de la  sociedad del espectáculo, la del capitalismo más allá de la apacibilidad nominal de la estructura. A Derrida, y su denuncia de la metafísica de la presencia, que tan implicada está en la creencia de que hay una verdad de los hechos. Pero también se ha olvidado la esencia de la escuela de Frankfurt de la que parece que Habermas es la culminación natural y de sus predecesores sólo quedan los textos más culturalistas de Benjamin y el saboteado concepto de industria cultural de Adorno y Horkheimer.
          
             En última instancia se ha olvidado a Marx. Sí, se ha borrado al, en palabras de Lacan, inventor del síntoma, esto es, al Marx analítico, intérprete de la cultura, filósofo, economista y político y se nos ha legado una versión de Marx hecha de consignas y recetas que, desprovistas de su fundamento, parecen trasnochadas. Si desconocemos los fundamentos de su crítica de la economía política, su genial y gigantesco desciframiento del capitalismo, su abordaje de Hegel y su inversión del signo de la dialéctica, y sólo nos quedamos con la dictadura del proletariado, aviados estamos.

          El caso es que el último efecto perverso de esta tachadura es la reaparición de los discursos de cuño estalinista (hay a quien una versión acrítica y dogmática de Marx le viene muy bien) que comparten el ideal de inmediatez y transparencia con el neoliberalismo y que, sorprendentemente, han reprimido todo recuerdo el fracaso del modelo del socialismo real soviético. Parecen predispuestos a ofrecerse como vanguardia de las descerebradas masas trabajadoras porque son capaces de leer el presente y ya tienen diseñado el futuro (¡qué miedo!).  Y del lado reformista, vemos aparecer con estupor propuestas ciudadano-populistas  que con sus consignas de reticularismo extremo repiten repiten ingenuamente eslóganes y pautas protofascistas, porque ni saben que lo son. O, casi que peor, eslóganes ciudadanistas y liberales del siglo XIX que en lo que pueden acabar es en una universalización de la 2ª enmienda de la Constitución norteameriacana.

(continuará)

martes, 7 de enero de 2014

Formar para convivir con la competitividad no es formar para ser competitivos (del amor, la enseñanza y el cainismo)






I. La competitividad.


Hace unos días mantuve una reunión tanto con profesores como con representantes de los alumnos del Grado de Publicidad. Allí los delegados de los cursos avanzados expresaron su preocupación por el excesivo sentimiento competitivo que observaban entre sus compañeros. La cuestión que se planteó, y que después se ve que se ha ido extendiendo por las redes sociales (me lo han comentado, pero no he tenido personalmente acceso a ese debate), es si ello es genéticamente característico del perfil del estudiante de publicidad (o sea, que nos llegan así, por vocación) o bien es responsabilidad de la formación que les damos. Para empezar, es obvio que la de publicitario (no confundir con la de propagandista, orador, panegirista o retórico, que tienen un origen muy anterior) es una profesión nacida de la estructura social, cultural y económica del capitalismo y que viene completamente marcada por ese origen. Lo mismo que la de obrero industrial, ingeniero de caminos, canales y puentes, o psiquiatra, por ejemplo. Pensar que ello le resta o le añade algo de dignidad no tiene ningún sentido, pues esta determinación originaria se irá transformando en contextos culturales y políticos distintos como ha podido suceder con la profesión de arquitecto, pintor o ganadero, cuyos cometidos, relevancia social y función económica varían mucho según el entorno productivo e ideológico en el que se desarrollen. Ahora bien, está en el origen de la formación de los publicitarios esta incitación a la competitividad, a vivir en el “contest” perpetuo porque es un trabajo, que al menos en sus formas tradicionales (la agencia) necesita combinar la cohesión del grupo con el extremo individualismo de la gente creativa, y la perfección formal, con la urgencia y la exigencia de eficacia.


Pero, en fin, en el entorno de una sociedad de mercado, mutatis mutandis, no hay profesión que se libre de la espada de Damocles de la competitividad, que es la forma fundamental de servidumbre del sujeto, en tanto que identificado con la empresa (es decir, con la instancia que le explota), en el capitalismo postindustrial, en el que los servicios y los deslumbrantes pluses agalmáticos (la marca, la reputación, la fidelización, el diseño…) mueven más dinero que las mercancías. De hecho, cada vez que un gobernante neoliberal (es decir, en el Hemisferio Norte, casi todos; en Europa, todos) habla de competitividad, lo que está haciendo es legitimar la explotación, los recortes sociales, el empobrecimiento de la mayoría, como el mejor combustible de una economía nacional. De ahí, que para el docente en ciencias de la comunicación, que no sólo forma –evidentemente, intento evitar a toda costa la palabra educar y sus derivados, no sólo porque como profesor universitario ésa no es mi función, sino porque no me acaba de gustar su parentesco con los derivados del latino ducere- publicitarios, sino también profesionales del periodismo o del audiovisual, oficios (esta palabra sí me gusta) en los que la pasión, la vocación, la dedicación y puede que hasta la obsesión por el saber y la perfección, son fundamentales, sea muy difícil inculcar todo estas cosas sin abocar al alumno en algún momento a la competitividad servil y a la explotación (pienso en prácticas y becarios, antes que nada, claro). Desde mi modesto lugar sólo puedo hacer dos cosas: un pequeño análisis del problema y un sucinto sumario de mis soluciones cotidianas. Voy.


II. El amor y las profesiones imposibles.

Dijo Freud, en un adagio que se ha convertido en clásico, que había tres profesiones imposibles. Dos, muy antiguas: educar y gobernar. Una, moderna: psicoanalizar. No entraré a fondo en el texto de Freud pero partiré de él para hacer una pequeña reflexión. ¿Qué podrían tener en común esas tres profesiones, y los que ejercen esos oficios? A bote pronto, yo diría que, tal vez, una extrañada pero inevitable relación con el amor. Más concretamente con la reciprocidad del amor entre el oficiante y el paciente, una dificultad con la conmutación entre erastés y eromenós, sobre todo en el contexto de la modernidad tecnocrática. Por supuesto, no estoy hablando del amor en su versión mediática, romántica e idealizada, sino contando con el componente real que en él anida: es decir, compartiendo el ámbito con las otras dos grandes pasiones del alma, el odio y la ignorancia. Veamos cómo se enfrentan al asunto cada una de estas profesiones. 

El psicoanálisis probablemente sea la única de las tres que ha resuelto el problema porque el coraje de Freud (y, luego, el de Lacan) ha impedido que cayera en las falacias del iluminismo, se arredrara, y con la excusa de la publicidad de los procesos y la transparencia de las prácticas, optara por lo que –lo adelanto- han hecho las otras dos: denegar el amor como presencia legítima en su campo y, por tanto, ser víctimas de sus efectos sintomáticos. Freud no tardó en darse cuenta que su clínica despertaba en sus pacientes –mayoritariamente mujeres e histéricas, recordémoslo- sentimientos amorosos. En vez de acobardarse aplicó al ineludible problema criterios éticos, no deontológicos como hubieran hecho, e hicieron, muchos de sus colegas médicos. Es decir, optó por su deseo, profundizó y exploró y acabó conceptualizando el amor de transferencia como el auténtico motor de la cura.


De la cura, digo bien, no del “tratamiento” o la “terapia” como dicen otras clínicas de corte médico, porque la cuestión de la cura y del cuidado es esencial en el psicoanálisis. Ahora bien, del -utilizando una expresión de resonancias foucaultianas- “cuidado de sí”, a través del dispositivo analítico, no de un cuidado del sanador al paciente (se verá que esta distinción es pertinente para lo que intento explicar más abajo). Aún así, la mayoría de los analistas postfreudianos (piénsese en Melanie Klein, por ejemplo) optaron por un psicoanálisis bienintencionado, esperanzado, maternalizado, integrado en la esferas del sentido, de la identificación (al yo “sano” psicoanalista) y del buen objeto. Es decir, a un psicoanálisis de la bondad garantizada y el amor “natural” en un vector imaginario que corría desde la transferencia del paciente a la contratransferencia del analista. En fin, que esta idea del sentido posible, de la capacidad de la conciencia de apropiarse del inconsciente –no olvidemos que el lúcido texto del que partimos se llama “Análisis terminable e interminable”- acaba asimilando la posibilidad de un sentido total para la existencia a un original amor materno que puede retornar a demanda porque estaría ontológicamente garantizado y el analista sería su notario. No es cuestión de entrar en detalles, pero la vuelta a Freud de Lacan, tan poco proclive como aquél a dejarse obnubilar por las promesas del iluminismo tecnocrático –que ha derivado en el buenrollismo de la self-help-, ante los impases y aporías con los que se estaba encontrando el psicoanálisis, fue ir frontalmente en contra del esta medicalización maternalizada, que conjuntaba el buen objeto, el amor primordial y el cierre del sentido. Su opción por el nombre del padre como pivote de la clínica, la orientaba hacia el deseo, no hacia el amor primordial y la demanda de sentido satisfecha. Como llega a decir, una interpretación analítica no está hecha para ser entendida, sino “para producir oleaje”. Un análisis se encamina entonces hacia una decisión subjetiva por el deseo, no hacia el consuelo del amor. Un fin de análisis no se concebirá como una identificación a un ideal sanitario, sino, precisamente, como una caída de las identificaciones. Un psicoanálisis lleva a un sujeto a inventar su singularidad, no a sentirse apaciblemente, gratuitamente, amado, objetivamente valorado, mentalmente tranquilo. Un psicoanálisis enseña a vérselas con lo incompleto del sentido o, en otras palabras, a ejercer la responsabilidad, sabiéndose finito y mortal, de sostenerse y sostener al otro, tan trágicamente herido por el símbolo como uno mismo, pero del que no se exige ya que se parezca a uno en nada más. Se trata de un amor infinitamente distante, heterotópico, del amor del alma bella hegeliana.

¿Cómo ha encarado la política éste problema en los sistemas parlamentarios liberales (a veces llamadas democracias formales)? Bueno, en España hemos conseguido elevar nuestra descarnada encarnación de la solución a los problemas del amor a rango de paradigma: Rajoy dirigiéndose a la prensa desde el interior de un televisor de plasma. Meta-puesta en abismo al cuadrado y plana, magnífica paradoja. En efecto, la política en los sistemas liberales ha optado por el pudor. Un pudor que en ningún caso evacúa la corrupción y la desvergüenza pero que permite a los actantes de este show seguir tan frescos, como si tal cosa. Se trata de que la política ha de ser una práctica desafectada y objetiva, racionalmente sometida a la ética del discurso y la ritualidad de su puesta en escena. Evidentemente, nada de amor en la política liberal de las democracias avanzadas. El amor del líder al pueblo se considera obsceno, y el del pueblo al líder palurdo y tercermundista: cosa de populismos y dictaduras. Por eso, el político liberal-parlamentario tiene completamente prohibido por los preceptos de la comunicación política mirar a la cámara, como los actores de Hollywood. Porque si mira al receptor directamente a los ojos rompe la sacra ilusión del juego democrático y puede perturbar a la omnipotente opinión pública al designarla no como espectador irresponsable, pasivo y a salvo, es decir, como electorado, sino como posible sujeto actuante de su propio destino, esto es, como pueblo. Por eso, como he indicado en algún otro lugar al hablar de las comunidades de goce, el político profesional en las sociedades desarrolladas jamás habla directamente sino a los otros profesionales de la política, correligionarios o bipartidistamente rivales, o bien a los mediadores, los profesionales de la información, que realmente ejercen de cuarto poder sirviendo de correa de transmisión entre ellos y la opinión pública. De tal manera que, si los mediadores amenazan con no ser favorables a un gobierno se les remedia y ya está: la opción de Rajoy era una clara virtualidad del sistema. Evidentemente, mucho más pulcra y decente que la de esos populistas latinoamericanos (un suponer) que le hablan al pueblo a la cara sin esconder sus opciones ideológicas, es decir, como políticos y no como falaces estadistas imparciales, no vaya a ser que éste responda. El amor, pues, debe idealmente estar completamente desalojado de la política como un devaneo propio de un déficit del desarrollo, porque en un país moderno y avanzado, nacionalista constitucional (sí, sé lo que he escrito) y no patrioteramente populista, la política es algo formal y racional sin ninguna impureza afectiva como sanciona este antiguo filósofo (tengo en cartera un post sobre la idea de España, a partir de este video).


Si de déficits de desarrollo hablamos, ay, parece que de repente hemos pasado al campo de la pedagogía oficial. Hay una pedagogía oficial, como hay una medicina oficial, es decir, genéricamente asumida por los Estados: en un régimen liberal, eso que Vattimo y Zabala llaman una “democracia emplazada”, lo oficial ha de pasar por la criba del cientifismo, es decir, de la estadística, la transparencia, la universalidad y la publicidad. La educación se convierte con el capitalismo avanzado en dominio del sector público. Pero lo público en el capitalismo, como todos, sabemos no equivale a lo común. Se opone a lo privado y no a lo impropio. Lo público es un espacio tolerado y controlado por los particulares que se les somete y les ampara y cuyos límites hay siempre que demarcar. Lo público es por esencia no singular, no político, sino administrativo. Es el espacio natural de la gobernanza y por tanto se le exige objetividad, igualdad de trato, impersonalidad… Los criterios han de ser objetivos, la programación exhaustiva, la improvisación nula, los contenidos claros y consensuados, los objetivos didácticos razonables y explícitos, los criterios evaluativos públicos, niveladores, equivalentes, generales… En fin, que el amor, como toda huella excesiva de una singularidad subjetiva, está mal visto en la enseñanza. Si en el estudiante, corregible; si en el docente, entre intolerable y reprensible. Al menos en los usos y reglamentos. Más o menos estamos en el meollo del problema que pretendíamos abordar, pero si no lo poníamos en relación con los precedentes del psicoanálisis y la política no lo incluíamos en la serie que pretendíamos abordar que es la de la competitividad (del amor en relación con la pedagogía ya se han encargado figuras de la talla nivel de Rousseau o Unamuno o -¿por qué, no?- Truffaut). Vemos, pues, que al igual que pasa con el campo de la política, exigir la erradicación de la identificación por transferencia (al líder, al profesor, al terapeuta) del panorama explícito de una práctica social no resuelve el problema sino que acaba acentuándolo al no enfrentarlo jamás. La cuestión amorosa sigue latente, aunque de un modo deformado y subrepticio.


Como pasaba en el campo médico, el desalojo iluminista de la particularidad lleva aparejado el abrochamiento del sentido y la simplicidad como atributo de la verdad (es el imperativo de Ockham). En la sociedad contemporánea ello se plasma en una equivalencia pergeñada por la razón instrumental: educar = informar. Quiérese significar con esto que nada del ejemplo, de la experiencia particular, del método y el arte, del librillo de cada maestrillo, debe dejar la más mínima huella en el proceso. Como si se tratara de una pieza audiovisual institucional, deben quedar borradas de la transmisión de conocimiento todas las huellas enunciativas de los sujetos implicados: el mismo saber, el mismo patrón métrico para todos. Esto ha ido sofisticándose con el tiempo, desde los procesos memorísticos y disciplinarios del siglo XIX y de buena parte del XX, al mimo cognitivo del muy posmoderno diseño curricular personalizado. Se trata de que el profesor, antes que nadie, sea perfectamente intercambiable, pura función de información o como mucho de coaching. Su autoridad, exclusivamente académica. En definitiva, ninguna particularidad, ninguna discontinuidad, ninguna subjetivación. Bolonia es la máxima expresión de este proceso de “ikeación” de la enseñanza.


Ahora bien, este proceso es completamente ambivalente. De una forma no tan distinta a lo que ha ido pasando en muchas terapias psi, este desalojo oficial del amor con la falta y el deseo, del amor como motor, ha ido imponiendo un amor rígido, totalitario. El amor garantizado del que dispone el estudiante como un derecho y que no es más que el trasunto del horror del sistema al trauma y a la angustia. Su erradicación del campo de visión pretende ignorar el carácter estructural de nuestro estar en falta. De este modo (y esto explica muchos de sus problemas) la educación preuniversitaria se ha convertido en una especie de eterno amor garantizado y no correspondido: un amor convertido en derecho natural. Tras cada "esto es injusto", auténtica cantinela de los jóvenes actuales, se esconde e una pregunta retórica y procaz: "¿cómo te atreves a desafiar la legitimidad absoluta del amor que el (gran, gigantesco) Otro me profesa?" Un amor institucional, entonces, sin deseo, objetivo ni exigencia de contrapartida alguna. El alumno debe saber cómo aprobar (progresar adecuadamente) y cómo desarrollar una serie de habilidades que el sistema garantiza que se evalúen en un coto cerrado, es decir, con el mínimo contacto con la existencia. Por supuesto, todo esto es lo que el sistema promulga. Y esta es la base de un dogmatismo de nuevo cuño: el alumno debe ser amorosamente protegido para impedir que desee, que se pregunte, que dude, que reflexione. Pero eso lo convierte también en absolutamente intercambiable y ese oscuro horror a ser sustituido le sumerge en un estado defensivo, competitivo constante. Si el estudiante va abocado a una profesión “creativa”, que además aspira a desarrollarse en ecosistema salvaje del mercado “libre”, signado por la premura y la extrema exigencia de eficacia, la paranoia de ocultar y no compartir es una consecuencia lógica, porque su saber jamás es una invención subjetiva, inédita, sino que está extraída en un acervo informativo público. Si el mundo académico parece haber decidido ignorar que el sintagma “industrias culturales” fue acuñado por Adorno y Horckheimer como un oxímoron irónico y acerbo, parece que también hay un consenso generalizado en no tomar nota de la implícita crueldad que implica su sustituto, “industrias creativas”.


En fin, hacer públicos los procesos significa elidir el campo del amor. El problema es que su carácter de públicos no garantiza ni la justicia ni la igualdad, simplemente intenta ocultar lo que no se somete dócilmente a la racionalidad instrumental. Por ello, el alumno al que se garantiza la objetividad absoluta es un alumno completamente en precario, es hijo vocacionalmente único, cainita. Pero aquí no se trata de ser un resentido competidor como Caín, ni de una mortífera alma bella, como Abel (el buenrollismo que tanto abunda en el mundo publicitario como sofoco de la tensión insoportable, va en esta dirección): no se trata de competir por el amor de dios o su sucedáneo neoliberal, que es el éxito profesional, sino de encontrar en la otredad, en los destinos colectivos, un digno alojo para el que no tengo más remedio que ser. No es una cuestión de narcisismo (la mendacidad ególatra del que se sospecha no único) sino de libertad: la apuesta decidida por hacer valer mi irreductible diferencia. Que haya un resquicio para la libertad, y el dolor y la autenticidad, y no queden condenados a la represión o la exclusión depende de que muchos docentes tengan noticia o intuición de que van a ser colocados, quieran o no, en el lugar del maestro, además del informador, el evaluador o el coach que es a lo que los empuja el sistema. El mundo está lleno de hombres y mujeres excepcionales: todo ser hablante, todo ser humano (no son lo mismo, pero me concedo la licencia de equipararlos ahora) lo es porque no podemos definirnos sino por ser una excepción, un raro accidente, respecto a la ley. Respecto, por qué no, a las leyes.


En cuanto a la pregunta que circula por las redes y con la que empezaba este escrito, no creo que la excesiva competitividad de los alumnos sea culpa de nadie, ni de ellos ni de los que les damos clases. En un problema mucho más serio: es responsabilidad de cada uno. Ignorarla es imperdonable. No vale de nada tampoco esa hipocresía catolicoide (el sufijo es aquí muy relevante) que implica quejarse de que uno no, que son los demás los competitivos.


En lo que a mí respecta formar para vivir en un mundo competitivo es formar para la responsabilidad de sí y de los otros, para el sosiego moral que puede implicar aceptarse único en un mundo de radical desprotección y de amor inexistente, esto es, que hay que hacer existir. Unos pequeños apuntes de cómo me las he ido arreglando yo, entre mis trancas y mis barrancas.



III. Lo que he ido pudiendo (lo que he ido procurando que cesara de no escribirse).


Lo primero que he de dejar claro es que la intuición siempre ha precedido a la reflexión en mi oficio como profesor. Obviamente, hablando como estoy de dejar fluir cierta transferencia afectiva, de no borrarla del mapa, en mis relaciones y actuaciones con los alumnos, si todo obedeciera a un programa preconcebido sería un hipócrita. Hay el azar, la contingencia, la espontaneidad del día a día. Pero si no lo valorara reflexivamente a posteriori sería un irresponsable. De más está decir y sólo pueden llegar a pensar eso quien no me conozca (pero, claro, escribir es comunicarse con desconocidos) que se trata de un recetario o inventario de consejos. Muchas de las cosas que hago son parte de un estilo, no de un método, y eso no hay quien lo copie. En eso sí que he decir que estoy muy tranquilo y no temo “la competencia” ni la emulación. Un poco más, el estupor o el escándalo que puedan producir estas confesiones que sólo conocen mis más íntimos, mis alumnos.


Decía Lacan que uno sólo puede ser culpable de haber cedido en su deseo. Traduzco esto al ámbito docente por “lo único que no puede dejar de exigírsele a un profesor es la pasión por su objeto”, incluso aunque ello le cueste dolor, porque esta pasión exige constantemente –y vuelvo a citar a Lacan- “pensar contra uno mismo”. La posibilidad del recurso a la simplificación –que es la prestidigitación básica que tiene más a mano el docente y, por tanto, la más tentadora- se esfuma. Y eso crea problemas. En toda aventura digna de tal nombre, el fracaso es la primera respuesta del mundo. No ceder tras él es cuestión de vieja experiencia y de responsabilidad. No hay duda de que en mis inicios como profesor universitario mis maneras no fueron bien aceptadas por muchos estudiantes (con algunos de los cuales, sin embargo, tengo una magnífica relación años después) y ello se reflejaba en mi baja valoración en las encuestas. Ahora bien, mi única relación con las estribaciones del discurso del amo -y todas las evaluaciones, por alumnos o por “pares”, lo son- pasa por evitar problemas que me paralicen. A veces hay que burlarlas (negociar con ellas, establecer la una distancia de seguridad con ellas); otras, combatirlas. No suelo ser partidario en general de la transgresión, porque me parece una solución egoísta. Todo neoliberal es un transgresor en potencia, todo buscador del éxito como meta esencial de la vida se encuentra la trampa (escondida, individual, provechosa) como tentación instrumental constante (el taking advantadge de los angloparlantes).


La pregunta es: pasados los años, y a nivel de la experiencia vital ¿Siento el amor de mis alumnos? Sin pamplinas, quiero decir. Bueno, muchos me dicen que saben que pueden contar conmigo, pero intuyo que es después de haber constatado que era imposible contarse en mí, medirme objetivamente sin implicarse en el asunto. Los que siempre aspiraron a este ideal, y asumo esto como un logro de la sabiduría y el tiempo, que probablemente sean la mayoría –la verdad, no se me ha ocurrido nunca contarlos, yo a ellos, a mi vez- simplemente me ignoran. Vamos, que excepto en algunos casos muy aislados, no percibo resentimiento. Los que me detesten, al menos, son gente bien educada y no me lo sueltan a la cara. Siempre les estoy agradecido. En fin, que me siento insustituible. Otros pueden ocupar mi lugar, aprovecharse de mi trabajo (yo me aprovecho del trabajo de mucha gente, como todos los enanos a hombros de gigantes) pero no creo que puedan considerarse mis sustitutos. Se pueden compartir mis parcos conocimientos y mis limitadas habilidades, pero mis huellas son singulares y únicas. Insustituible, pues, pero jamás imprescindible, porque de gente que se creía imprescindible están los cementerios llenos.


En fin, ¿cuáles son mis opciones docentes? En el aspecto académico y didáctico, no esconder la dificultad, no bajar el nivel, no ser esclavo de la continuidad, ni de la coherencia espectacular que suele consistir en barrer lo inconveniente o lo que pueda contradecir los propios planteamientos, debajo de la alfombra. Ello me lleva a tener una reputación de oscuro, no lo ignoro, y cuando los alumnos están enfadados, de caótico. ¿Soy oscuro por vocación, por necesidad o por capricho? Mis alumnos se quedan de piedra cuando ante la indudable dificultad que presentan para alguien que está los inicios de su formación de los textos que les propongo y los mismos apuntes que les suministro (éstos en los últimos años son producto de una labor de equipo) les digo que han de acostumbrarse a leer sin entender, esto es, hacerse a la idea de que a comprensión necesita del tiempo, y que la opacidad de un texto no debe paralizarles. Parece ser que esta idea de la comprensión inmediata es la que les inculcan en todo su periplo escolar (realmente no lo sé porque hace más de 20 años que no doy clase en secundaria y mis recuerdos de aquella época son que mi proceder no era sustancialmente distinto al actual…) El caso es que en pro de mi cometido formativo intento siempre la quiebra del paradigma informativo imperante. Puede que la oscuridad sea una vocación, porque desde siempre he pensado que lo oscuro es subversivo (vid. Derrida y Steiner) y estético en el sentido discursivo (no ornamental) de la palabra. Por eso también, marco mi distancia respecto al cientifismo (esto lo intento hacer con el máximo rigor académico) reforzando la idea de pluralidad de soluciones y paradigmas que debe imperar en las ciencias humanas y sociales, efecto de su no rechazo de la subjetividad, rechazo éste que es un imperativo para las ciencias experimentales.


En la medida de lo posible reinvento cada clase. El power point es un apoyo, como lo era la vieja pizarra, no un corsé. Por eso, exijo silencio y atención, probablemente de una forma más enérgica de la que suele hacerse en la enseñanza universitaria actual, amparándome, no lo oculto, en cierta docilidad de los alumnos primerizos. Y, sí, mis clases están llenas de batallitas y digresiones. Algunas cinéfilas o estéticas, otras históricas, reflexivas o anecdóticas, cosa que sé que algunos alumnos me recriminan. No creo que chochee, porque esto ya lo hacía hace más de 20 años. Tengo una razón de cierto calado para ello. Los alumnos tienden con toda naturalidad a juzgar y someter a cualquier época de la historia y a cualquier cultura a los patrones comprensivos de su presente. Les suelo decir que “ya sé que pensáis que el mundo fue creado el día anterior a vuestro nacimiento para celebrar que nacerías al día siguiente..” El ejemplo más banal, pero más escandaloso, es cuando se enfrentan a una fotografía o a un film y te dicen que (parafraseo) “era en blanco y negro porque los pobres de aquella época no disponían de técnicas para hacerla en color” (para ellos, "aquella época" abarca desde el jurásico hasta los años 80 del siglo XX). Este teleologismo del progreso natural e inexorable es un error epistémico grave, eurocéntrico y etnocentrista, y un serio obstáculo para cualquier comprensión cabal del mundo, que un comunicador –les insisto en que son los intelectuales del Siglo XXI porque nadie va a tener más influencia sobre la opinión pública que ellos- no puede permitirse. Pero en él subyace un pensamiento más grave que enlaza con todo el razonamiento que estoy intentando desplegar en estas páginas: el egocentrismo del amor garantizado y gratuito. Tras esta idea del esplendor del presente subyace la convicción –todo lo inconsciente que se quiera, pero muy efectiva- de que la única obligación de las generaciones anteriores ha sido preparar para ellos el mejor de los mundos posibles. La historización y la transmisión de la experiencia subjetiva es un gran recurso para generar conciencia crítica, no como un banal ejercicio escolar y cognitivo (como una competencia u objetivo didáctico) sino como forma de inculcar la responsabilidad colectiva y de sí.


En la misma dirección, siento la determinación de no ocultar jamás mis opciones ideológicas –esto no intenta ser transparencia, sino honestidad, dos términos trágicamente confundidos en la sociedad de la información y sobre todo en el campo de la enunciación política-, aunque por imperativo democrático hago por distinguirlas con precisión de la materia académicamente exigible (los recursos para ello pueden ir desde el tono de voz desenfadado a un coloquial “esto no va a salir en el examen”). Jamás un alumno puede tener la obligación de pensar como el profesor: por imperativo democrático y de salud mental. Pero todo alumno ha de saber por jerarquía (esta palabra ha perdido mucha de su gravedad y solemnidad autoritaria desde que la usan los comentaristas futbolísticos) académica sí que está obligado a conocer lo que el profesor piensa, para coincidir o discrepar con una cierta fundamentación reflexiva que lo sostenga.


Los alumnos en principio prefieren memorizar que pensar. Lógico pero inadmisible. Por ello en el trabajo analítico siempre les digo que el objetivo básico de nuestro trabajo es que consigan hacerse cargo de una imagen “con las manos en los bolsillos” (a ver quién es el guapo que le explica esto a una agencia evaluadora), es decir, sin recurrir a informaciones previas sino a su capacidad reflexiva y crítica y a su propio background cultural. ¿Quién puede dudar de la enorme capacidad de decodificación y de la enorme erudición visual de los nativos digitales, cuando ve a un niño de dos o tres años manejar un dispositivo táctil con la soltura de un experto? La idea es angustiosa: ante una obra de arte eres completamente irreemplazable, tu interpretación no puede ser suplida por ninguna consulta documental ni por ninguna opinión ajena, por mucho que en toda investigación semiótica o hermenéutica este bagaje, siempre a posteriori del primer enfrentamiento subjetivo al texto, pueda ser muy valioso. En ese sentido intento dar ejemplo: no preparo jamás una clase práctica. Traer el análisis hecho de casa significa no dar opción a la libertad interpretativa de los alumnos. La universidad no te da tanto información –esto es así, no lo formulo como un ideal- sino la destreza de saber identificar las propias ignorancias. Por su parte, excepto que salgan como voluntarios, intento que los alumnos no sepan nunca cuándo van tener que exponer. La pasión encuentra en esta incertidumbre un campo abonado. Por mi parte, intento corregir las veces que sea necesario, pero jamás reprender excepto por la falta de trabajo. Suelo reiterar que no hay nada mejor para el aprendizaje que un “buen” error. En suma, intento no ser esclavo de plazos o programaciones. Si hay 40 personas entusiasmadas con una foto o con un cuadro, prefiero cortarme una mano que cortar el debate. Ya nos apañaremos. La experiencia me dice que es una buena manera de fomentar el trabajo en grupo: coherencia basada en la solidaridad, no en la competencia. La pasión por entender, por escrutar, por conocer es el mejor antídoto contra la competitividad desmedida: estás pendiente de aportar y ávido de lo que el otro te aporte, no preocupado por si va a averiguar tu banal secreto informativo y copiarte tu idea. El principal riesgo de todo este dispositivo es el/la estudiante que procede sin la más mínima alteración del pulso a aprovecharse del trabajo de sus compañeros. Por eso soy partidario del examen, del “solo ante el peligro”, de la angustia como afecto que no engaña y como índice del deseo (¿alguien había olvidado que soy lacaniano?).


Aparte de las cuestiones didácticas, la enseñanza es una presencia. Por ello las opciones performativas son también muy importantes. Lo primero que suelo hacer al tomar contacto con los alumnos es romper las convenciones de la puesta en escena: soy visible y veo. Eso divide mucho al alumno, le saca –no es otra mi intención- de sus casillas. Son una serie de opciones quasi brechtianas que buscan señalar el abismo de la performance universitaria, potenciar el distanciamiento de sí respecto al "yo" recalcando la presencia real de quien les habla. Llego, por supuesto, a la interpelación directa lo cual exacerba a veces el pudor y crea cierta violencia simbólica, que en algunos casos no es bien recibida y en otros se interpreta como favoritismo o discriminación. Evidentemente, cuando detecto esto implemento los mecanismos correctores que se me van ocurriendo. No se trata de evitar la angustia o el “trauma” tan parentalmente temido -para mí ambos son estructurales en el sujeto que se enfrenta a lo nuevo poniendo en juego su deseo- sino de proporcionar alguna ayuda para atravesarlas (obviamente, no he dicho superarlas)


Dentro de esta estrategia general, también intento poner en práctica un cierto coloquialismo controlado (aunque a veces parezca que se me ha ido la olla y que no, quod erat demosntrandum) que sirva de contrapunto una de las mayores dificultades, y riesgo de desánimo de mis alumnos: lo altamente técnico de mis explicaciones teóricas y analíticas, dado que, como ya he avanzado, me niego por principio a bajar mi nivel, porque mi obligación –y la de ellos/as- es subir el suyo. Estas variaciones son una buena forma de poner en práctica las multiplicidades de contextualización y registro lingüístico que son esenciales en cualquier comunicador (humano). La cosa es que en general prefiero una buena bronca a una fría sanción. Me eduqué en un colegio de curas franquista y no todo lo pesado de ese bagaje lo he podido superar, lo siento. Prefiero, también, una amenaza desproporcionada a una admonición condescendiente. Y suelo conseguir lo que pretendo: que empiecen asustándose (y corro el riesgo de que alguno me aborrezca para siempre por ello, lo sé y qué le vamos a hacer) y que acaben riéndose y haciendo chascarrillos con mis “estás suspendido/a” al que suelo añadir al poco “y voy a ver si consigo que te expulsen de la universidad” (recuérdese que doy clase en 1º de carrera, en otro curso esto resonaría de una forma absolutamente indeseable y provocaría un efecto y una respuesta completamente distintos) y que, avanzado el trimestre, suelo ornamentar con una tercera cláusula: “y además te voy a enviar al cobrador del frac”. En este proceso que va del temor o el escándalo a la complicidad en el humor he conseguido subrepticiamente algo que tal vez no perciban en primera instancia pero que es muy operativo: que se estén implícitamente riendo de sus propios temores a la persona, al suspenso, a la oscuridad horrenda con la que se les representaba el conocimiento, a la institución a la que acaban de llegar… La risa es una señal inequívoca de que están, ya al fin, fuera de las casillas que los aprisionaban. Como decía Óscar Wilde, "Si quieres decirle a la gente la verdad, hazles reír o te matarán". Que un antiguo alumno pase por al lado nuestro cuando estoy poniéndole los puntos sobre las íes a un recién llegado a mis clases (estas cosas pasan a veces en el pasillo o a la puerta del aula) y estalle en una carcajada al ver la cara de circunstancias de su nuevo compañero, que aún no me conoce, me produce una alegría difícil de explicar. Lo que pasa es que en definitiva, los estudiantes que me suelen tocar en suerte son, radicalmente y sin ambages, muy buena gente. Algunos/as muy bordes, algunos/as mimados/as (“esto es injusto”, “no es mi culpa”, etc.) pero con la iglesia han topado. De ahí, un elemento clave en todo este embrollo de mi oficio imposible sea la empatía y la benevolencia: estoy en una posición de poder y no lo olvido. La autoridad es mi herramienta, no mi atributo ontológico. Mi misión es potenciar la responsabilidad, pero también evacuar lo más posible el registro de la culpa y lo irreparable (esto sigue siendo aún enseñanza, cabe el juego, aunque mucho más cercana que antes a la vida).


En fin, si esta reflexión ha acabado en una especie de sarta de confesiones es por una parte porque tras más de una década en la universidad, necesitaba poner un cierto orden en mis procedimientos. Por supuesto, intento ser muy crítico conmigo mismo, y como siempre que se hace un inventario de este tipo a toro pasado parece que el sujeto de la enunciación tenga las cosa mucho más claras de lo que las tengo. Pero ¡anda que no hay dudas, cavilaciones, todo tipo de replanteamientos y hasta arrepentimientos en todos estos años! Sé por otra parte que todo lo que cuento vale para mi estilo y para mi carácter, ya lo he dicho, pero también para mi asignatura, mis circunstancias, mi situación y mis alumnos y no es generalizable. Sólo se trata de intentar transmitir una experiencia personal, que es la única forma en que entiendo que, del conocimiento, también se pueda destilar una cierta sabiduría.


Si me he atrevido a todo ello ha sido ante todo porque, sobre todo gracias a las redes sociales, he podido seguir manteniendo contacto con mis antiguos alumnos y los que me han hecho llegar sus mensajes me han dicho (son muchos, insisto, pero no me hago ilusiones: puede haber muchos más que prefieran una ducha fría a encontrarse conmigo por la calle, va en mi sueldo) cosas realmente hermosas, de esas que hacen que uno se levante una mañana de enero con menos frío para ir a trabajar. De todas ellas, rescato un precioso mail que me dirigió hace unos meses una alumna de años atrás y que tiene el valor añadido de provenir de una persona de esas con las que no contaba precisamente que estuvieran encantadas de haberme conocido. Decía muchas cosas bellas que guardo para mí, pero se despedía con estas palabras, de mí y de la UJI:



“….creo que es justo hacerte saber que Teoría de la Imagen es una de las cosas que me llevo de estos años. Gracias por enseñarnos a preguntarnos qué hay detrás de las cosas”.

Cómo ser competitivo esto no lo enseña, claro. Pero para inventar un modo único de sobrevivir en ese mundo es, creo yo, una habilidad fundamental.




Post Scriptum.



Justo cuando estaba redactando este texto, mantuve esta conversación en facebook con un antiguo alumno, que hoy, sobre la treintena, es un reputado profesional de la comunicación digital y con el que mantengo contacto frecuente (y cuya identidad mantengo en el anonimato, por una evidente cuestión de decoro) Viene a cuento:




Él (en el encabezamiento del post): Si siempre eres uno más, al final serás uno menos.

José Antonio Palao Errando: Yo siempre soy uno menos. Ni idea de qué seré al final.
Él: Un único. No hay muchas más opciones.


José Antonio Palao Errando: Bien.
Él: De eso se trata realmente.