domingo, 12 de enero de 2014

Flores sin Nombre III. DE LA VIDA

III. DE LA VIDA


7

La literatura no es mi vida. En todo caso,
mi vida es la literatura.
Nunca me salen las cuentas
y mis estados de ánimo
son, como dijo el poeta,
un mal verso en un buen poema.
Sólo que, en mi caso,
el poema es fingido,
como todas las epopeyas
contemporáneas.
Mis sueños repetidos,
de raigambre clandestina
en lechos de ternura incandescente,
resultan triviales
a fuerza de previsibles.
La literatura no es mi vida.
Antes al contrario,
siempre he tenido una vocación
literaria en el vivir.
Siempre me he afanado en existir
como si mi biografía fuera un mensaje
para un alienígena voraz
de feroces lecciones sacramentales.
Mi sufrimiento y mi fracaso,
un subterfugio para alcanzar el blanco
de las páginas marchitas
de un himno en prosa.
Ello me arrancó el miedo hace mucho tiempo.
Y sólo muy recientemente, la esperanza.

8

Vivir para construir literatura.
Vas haciendo un relato con tu vida.
Desanimado,
te detienes a pensar y te ves en la obligación
de reconocer que no se entiende nada.
Los efectos y las causas,
las escenas y los personajes,
las herramientas formalizadoras del relato,
se ven impotentes para cernir la lógica de tu existencia:
el estallido de los goces que se disipan sin aviso,
el desamparo, el desamor, lo siniestro de los días,
no parecen responder ante demiurgo alguno.
Y te encuentras encarnando
un chiste macabro que hace mofa
de cualquier intento de omnisciencia.
Descubres que los relatos
están hechos de actos
y su sinsentido está, por ellos,
excesivamente enmascarado.
No hay lugar en las ficciones narrativas
para el trenzado agonizante de los símbolos huérfanos
en los que empiezas a intuir
que está maniatada tu vida.
En ese momento decides, también,
que las arquitecturas intelectuales,
a cuya construcción te has venido dedicando,
hacen el armazón –incluso, si quieres,
los cimientos- de la existencia,
pero son un esqueleto descarnado
que atiende a las jerarquías del espíritu
e ignora
el aguijón que separa la dermis de la carne,
y la carne de los huesos,
y los huesos de los tuétanos,
únicos vanos en los que el enigma de la vida
podría conquistar una hendidura en que alojarse.
Vas cualquier día
andando por la calle,
intentas revisar el relato fracasado de tu vida
en forma de alguna escena recordada
-por antonomasia, algún amor que ya murió
y se llevó consigo el odio
y todas sus estrategias defensivas.
Y entonces,
para no morir de fracaso,
de melancolía
desgarrada,
para no revivir el desamor en su faz más cruel,
descubres aterrado
que la memoria de la lengua
ha tomado sus medidas.
El recuerdo escande un ritmo en los vocablos,
las palabras son la ley,
y su colisión produce fogonazos
que se acercan a lo que tú intuiste que podía ser el conocimiento,
más allá de cualquier lógica de los hechos,
de cualquier reproducción de sus secuencias.
Estás mayor -más de cuarenta-,
no te lo explicas,
no puedes creer que esto te esté pasando a ti.
Pero al fin, algo has aprendido con los años,
decides rendirte ante otra inminencia
del ridículo y del fracaso,
porque ya sabes que de ese riesgo
está hecha la vida.
Te detienes, respiras hondo, miras
a ver si alguien te observa,
si ha trascendido el nefando secreto
y las gentes ya te señalan con el dedo.
No, aún nadie se ha enterado
de que vas intentarlo
con la poesía.