viernes, 10 de enero de 2014

Flores sin nombre II. De los otros



II               De los otros

4        

Es por la mañana.
Me resisto a salir de casa.
Fuera hace ese frío
de agosto y de enero:
los otros y las horas.

5        

El éxito es un atavío
decoroso para la audacia.
El coraje triunfante
es educado, servicial,
muy presentable.
No defrauda ningún protocolo.
Pero hay un coraje que desafía
las corrientes más profundas del destino
y cuyas rampas serpenteantes
no se dirigen hacia arriba.
Es un coraje histrión y saltimbanqui,
se cuelga de superficies aéreas
en su espacio de gravedad oscilante,
que nadie alcanza a comprender.
Es un coraje literalmente inapropiado:
su rostro está afeado
por la mueca delicuescente
del sacrificio
y por la inconstancia de su suelo.
Cuántas veces se puede llorar por entusiasmo, cuántas
sentir que los huesos se comban
bajo el enigmático peso del atrevimiento.



6       

Las aceras están llenas de porquería.
Hay arrebatos por el suelo,
embruteciéndolo todo.
El otro día, sin ir más lejos,
vi a un padre zafio
–tatuajes, melena grasienta, pulsera de oro
y un aire en la mirada de regüeldo tórrido-
paseando a la morena flor de su niñita.
No sé quién lo habría dejado ahí.
Supongo que la madre harapienta de la niña,
que se habría quedado en casa
meneando sus carnes adiposas,
frotando ventanales y baldosas,
con un suspiro de ayer voraz contra su piel
ajada por goces incomprensibles
que traen al mundo muñequitas
engendradas entre la pestilencia del eructo y un maldita
sea que éste se me va con otra.
Las aceras están llenas de porquería.
Hay arrebatos por el suelo, embruteciéndolo todo.
La culpa es, sin duda, del ayuntamiento
entre las bocas agrias,
de las madres zafias
y los padres locos.