lunes, 20 de enero de 2014

Ahora te veo, Eurídice. I





                                      Ahora te veo, Eurídice.



 











Elle me dit quand le temps es passé

Méne-moi par la main
Vers d’autres femmes que moi
Vers des naissances plus banales
Au vif de la ressemblance
À la certitude d’être
                                                                                                         Paul Éluard

Prólogo


La luz del sol saja mi pupila.
Una mujer hermosa abandona la escena
bañada en mi sangre.









Mis besos de anoche
penden de tu espalda.
El espejo te ignora.










Tu voz resuena áspera
como la tez del crepúsculo.
Hay poema.

El tiempo y la nada.

Oigo caer el tiempo gota a gota, y ninguna gota que cae se oye caer.
Fernando Pessoa.

Tiempo

Todos los días a eso
de primera hora de la tarde
por un jardín mi tren pasa
donde la muerte se palpa
tras setos y recovecos,
tras claros sin compasión
inundados por la paz
del aire calmo y su secreto
y el zumbido despoblado
de desdeñosos insectos.
Paraje propicio y árido,
sin fiesta,
como un funeral de soles,
hasta que horas más tarde
traigan su radiante escándalo
y su inhumana convicción
de que la vida no tiene límite
los duendecillos temerarios
y sus madres impacientes,
fumando su desengaño
con la mirada perdida,
con gritos de alerta,
con pálpitos.

Sólo es cuestión de tiempo,
me digo al pasar, que se agite
la vida bajo ese sol solitario.

Tiempo también necesario,
para que tú caigas en la cuenta
de que soy la convergencia
curva en que ha de desplomarse
de evidencia tu destino,
tras seducciones y azares,
tras las miradas oblicuas,
tras los manjares insulsos
tantas noches repetidos,
y vinos agrios de exceso,
tras decires sinuosos
que  silencian el deseo,
tras los gritos sofocados
de esos ojos
lenguaraces nuestros.

Sólo es cuestión de tiempo,
con convicción me digo,
pura cuestión de tiempo.

Cultivar la amistad del tiempo
he ahí una gesta loable,
pese al cansancio del cuerpo
y al agüero de la muerte avisada,
de la vida sin objeto
que puebla de presente y tu ausencia
los despiadados momentos
en que la parca me acusa
de despilfarrar su crédito.
Y siempre otra vez me repito
cuando la vida no llega
y una y otra vez maldigo,
cuando la muerte se acerca,
cuando no acude el sentido:
tiempo,
tiempo,
dale tiempo
¡un poquito de paciencia!
que todo es cuestión de tiempo.

Continúa aquí.