miércoles, 6 de mayo de 2015

Cambiar de jerga no es cambiar de discurso: sobre el intento de colonizar el campo crítico por parte de la cúpula de Podemos.

( Son algunas acotaciones al artículo “Bienvenido, Juan Carlos Monedero” http://vlcnoticias.com/bienvenido-juan-carlos-monedero que publiqué el lunes 4 de mayo y que sugiero leer antes que este texto, para comprender algunas de sus alusiones)

El otro día va y dimite Juan Carlos Monedero profiriendo amargas quejas sobre la deriva y las actitudes de la cúpula dirigente de Podemos. Al poco, Pablo Iglesias publicó un artículo donde parecía recuperar las esencias gramscianas y un lenguaje combativo que pretendia alejarse del descafeinamiento de la centralidad del tablero. Algunos compañeros han creído ver un “cambio de discurso” en el núcleo dirigente de Podemos desde los postulados hegemonistas, de los que se suele hacer responsable a Íñigo Errejón, y que, buscando generar un nuevo impulso indican un posible cambio en el modo de hacer política.

La verdad yo no puedo ser tan optimista. Yo lo que veo es un intento de invasión semántica, bajo la forma de un cambio de lenguaje (un recambio del cambio semántico), que pretende tomar lo que se considera territorio enemigo –o al menos hostil dentro del mismo Podemos. Quiero decir, que un cambio de tono –y de batería retórica, y de arsenal argumentativo- no es suficiente si no hay un cambio del Dispositivo que permita que todas esas cosas resuenen de otro lugar y de otra manera. Pablo Iglesias y su equipo lo saben bien, por eso da una de cal y otra de arena. Se han pasado años clamando contra la vieja retórica de la izquierda que distanciaba a la gente –cosa de la cual en absoluto discrepo, sino todo lo contrario- y ahora no tienen reparo en utilizarla porque la saben presa de un Dispositivo que la cauteriza. Ese dispositivo sólo resuena en dos tonos: qué bueno es Pablo, qué malo es Pablo. Sólo depende de quién lo escuche, al margen de cualquier contenido semántico que se vehicule. Por eso, Lacan decía que “la verdad adormece o despierta dependiendo del tono en el que sea dicha”. Y el Dispositivo -el modelo organizativo y comunicativo- del que Podemos se ha dotado, como la retórica de la vieja izquierda, está hecho para adormecer pese a la verdad. También el de todos los demás partidos del sistema, evidentemente.

¿Por qué, pues, este viraje semántico que no enunciativo, de contenido que no de sentido, de semántica que no de sintaxis, de escenografía que no de modelo, de lenguaje que no de discurso, de significantes flotantes que no de significantes vacíos, de sustantivos y adjetivos (banalmente, de terminología) que no de gramática? Pues yo creo que se ha de leer más en clave interna que externa. Evidentemente, centrándose en lo mediático y en lo electoral, Podemos ha estado viendo que ha perdido mucho terreno en la calle, en implantación social. Pero también se ha dado cuenta, que a base de descafeinar el contenido de su propuestas para que no fueran expulsadas del tablero comunicativo, que han considerado como “campo único de enunciación” también están perdiendo la batalla ideológica y teórica. En un lado, al banalizarse y depotenciar su discurso por no salirse del escaparate. El escapartista –conocido también como “dueño del tablero”- ha continuado su estrategia comercial y ha colocado al lado un producto de otra marca que ha decidido publicitar como similar e intercambiable con el primero y que es conocido el bazar político como Ciudadanos. Cosas de jugar al branding y a los intangibles corporativos.


Bien. Eso de cara al exterior mediático-electoral. Pero hay una segunda vertiente. Evidentemente, derrotados pero no vencidos, los críticos han seguido construyendo pensamiento, publicando en prensa, en blogs, etc. La promesa del núcleo promotor fue ganar las elecciones con una voz monocorde y unificada. Y las últimas cifras no son halagüeñas en ese sentido. Se puede sacar una aceptable representación, pero ya no se compite con Rajoy, sino con tres fuerzas políticas estatales y quedar terceros o cuartos es muy pobre oferta para la gente empoderada a la que se le pidió que dejara de pensar por su cuenta y de tomar la iniciativa y se dejara representar íntegramente por el nuevo Consejo Ciudadano. Nueva forma de militancia, lo llamaban. En fin, modernísimo.

El caso es que si las voces críticas arrinconadas no han dejado de seguir generando pensamiento, los intelectuales orgánicos sí han seguido la pauta establecida. Han tenido a su disposición televisiones, medios escritos, estructuras de partido y perfiles de los medios sociales seguidísimos y muy nutridos de fervorosos followers que los convertían en virales entre vítores, aplausos, likes, favs y retuits. Ahora bien, su función no ha sido pensar sino difundir y legitimar. Y, por supuesto, rebatir el pensamiento que se oponía a la cúpula validando a Pablo Iglesias y sus más cercanos colaboradores –Claro que Podemos, para entendernos- como el nuevo sujeto supuesto al saber de la política. Y lo han hecho de formas, que siendo generosos, diremos que han sido algo deficientes. La primera, un viejo recurso conservador: la ridiculización y la sátira. Recuerdo que poco después de las europeas se citaba a Laclau haciendo referencia a que se debía cargar con la “cruz” del populismo, intentando emular la épica del martirio cristiano. Poco parecen saber del asunto, porque pocos historiadores del dogma cristiano dejarían de reconocerme que la apologética y la patrística, precisamente, se construyeron en buena medida contra la sátira conservadora de los paganos y de los "intelectuales orgánicos" de Roma. La sátira, la ridiculización, las acusaciones de oscuros deseos de poder y promoción narcisista son un arma de doble filo. Y, además, en el CC no contaban precisamente con un Swift o un Quevedo, un Juvenal, o un Marcial. Vamos que el perfil humorístico de los apologetas ha sido estos meses realmente bajo y la falta de ingenio de sus descalificaciones, a veces, patética.

Pero tampoco contaban con un Cicerón, precisamente. Cuando se han puesto a intentar contra-argumentar han intentado mezclar a Maquiavelo con Lacan, a Carl Schmitt con Lenin, a Hobbes con Green Peace, Judith Butler y Naomi Klein y cosas por el estilo, al grito de "¡textaco!" en sus perfiles de Facebook. Más patético aún ha sido el intento de adjudicarles a los críticos, además de oscuras intenciones de autopromoción, fuentes de autoridad absolutamente fabulosas. Recuerdo una torpísima pirueta retórica -de esas que duelen de vergüenza ajena- cuando leí que los que crítitcabamos los usos mediáticos de la cúpula es que estábamos en contra del uso político del espectáculo y se nos acusaba de ser debordianos delirantes. Era otro intento de confinamiento enunciantivo: "ya sé desde siempre quién eres, qué piensas, qué intereses te animan y todo lo que has leído desde pequeñito que yo también y soy más listo y moderno que tú". Miren, no. Yo estoy en contra de los usos tertulianos, no en contra de la representación siempre que no aspire a ser totalitaria. Por eso, en el artículo que he citado al comienzo, he metido, viniera a cuento o no, una cita de Noël Burch y he explicado porqué desde el análisis comunicativo, semiótico, discursivo y fílmico es muy difícil simpatizar con los usos mediáticos del comando así llamado.


 El colmo ha sido cuando, echando mano del manual de autoayuda, han empezado a hablar del derecho a la alegría y de que en política no se debe estar por interés o por sentido del deber, sino para “crecer” personalmente. Vamos, que teníamos que apoyar políticamente a un partido para fortalecer nuestra autoestima y la de sus líderes, como si no hubiera gente muriéndose de hambre, desahuciada o jóvenes teniendo que emigrar por centenares de miles. Creo recordar que ése precisamente era el argumentario según el cual había que ganar las elecciones en plan guerra relámpago y dejarse de zarandajas asamblearias y gestualidades del viejo activismo, que es la forma que la segunda fila (no lo he visto en la primera, sinceramente) del CC estatal, para ganar puntos, tenía de referirse a la horizontalidad organizativa y a la democracia radical.

Bien, visto todo esto, ¿por qué he escrito yo mi última columna y cómo interpreto tanto la dimisión de Juan Carlos Monedero como el último artículo del Secretario General? Evidentemente, carezco de cualquier información privilegiada y no me muevo en el "interior del monstruo" (estoy citando un mensaje que recibí ayer, vid. más abajo) que es la política electoral. Pero, "como todo el mundo sabe" creo en la suficiencia de lo obvio. Y la dimisión de Monedero, sus declaraciones inmediatamente anteriores y la respuesta periodística subsiguiente de Pablo Iglesias me dan a entender que, aunque jamás lo reconocerán explícitamente, y de hecho ya han hecho declaraciones y han encargado artículos a sus escribanos de confianza recalcando que están en la línea correcta, se han dado perfecta cuenta de que llevan camino errado. Porque no es lo mismo quedar terceros o cuartos en unas primeras elecciones con una apuesta de crecimiento de la implantación social y de la multitud (a no confundir con “masa”) crítica, que quedar en el mismo lugar con una apuesta personalista y mediática. En el primer caso, se trataría de un prometedor crecimiento. En el segundo, puede ser una debacle desesperanzadora, porque se había prometido lo contrario y las posibilidades de rectificación de esa apuesta, deglutida por la agenda mediática son mímimas.

La estrategia es, pues, dando algunas de cal con las de arena, intentar el asalto colonizador al campo crítico apropiándose de lo que ellos creen que es su semántica. Eso parece haber hecho Monedero con su dimisión. Por eso he titulado “bienvenido” mi artículo, para recordar que no es un invento ni una genialidad de la cúpula, sino que muchos ya estábamos aquí, y algunos con una lucidez creativa, combativa y muy constructiva. Que la estrategia va por ahí, me lo ratifica –y esto no es una información privilegiada, sólo privada, perdóneseme el personalismo de este párrafo- que a los minutos de aparecer mi columna recibiera un mensaje en el móvil sugiriéndome tomar un apacible y prometedor café de alguien de la esfera de CQP que ha estado rechazando, ninguneando, o delegando a terceros para no mancharse las manos, mis ofrecimientos, que los ha habido y lo he reconocido siempre, para colaborar con Podemos en mi entorno más cercano. Y hasta aquí puedo leer. Por supuesto, esta vez, yo rechacé la invitación. Supongo que no se aclaran muy bien con alguien que sólo quiere sumar sin esperar prebendas o cargos a cambio y por lo tanto es muy difícil conseguir que no diga lo que piensa. Que no soy de fiar, vaya. Y, como yo, "otros muchos", obviamente.

Por eso digo que este intento de asalto colonizador a la semántica del disidente no implica un cambio de discurso. En absoluto. Y por eso le añadí un apéndice a mi artículo, en una operación que periodísticamente puede ser considerada como rocambolesca, hablando de que si no se cambia el dispositivo y sólo se cambia la jerga no estamos cambiando nada radicalmente, sino haciendo maquillaje. Si no hay una refundación organizativa de Podemos ya me pueden hablar de derribar el capitalismo en dos días. Puro ruido táctico. Me interesa mucho más la voz que las palabras, el empoderamiento organizativo, la multitud reconociéndose, que los programas y las diatribas. Porque los programas no son más que el sometimiento de la acción política a la forma, al dispositivo, del contrato capitalista. Y en un entorno neoliberal, nada más fácil que violar un contrato.
 

Decía Lacan, probablemente el pensador –que no filósofo- más consistente, más radical y más subversivo que conozco -y que por eso desconfió siempre de la “claridad”- que “El amor es signo de que se cambia de discurso” Y, además, advirtió que “El goce del Otro no es signo de amor”. Son dos sentencias de una lógica simple y aplastante. La primera es una indicación técnica: es el amor el signo que puede detectar el analista de que el sujeto –por medio de la transferencia- ha cambiado de dispositivo y ha pasado del Discurso del Amo –del todo igual para todos- al Discurso del Analista en el que se deja actuar por el objeto causa de su deseo (el “objeto a” lo matemizó Lacan) y cesa de intentar que el Amo presione al saber para producírselo. Es decir, pasa de articular su goce en un demanda que necesita de un amo que la descifre (que le dé sentido) a tratar con el goce, con el sinthome desde la responsabilidad subjetiva. Es el principio de cualquier emancipación. Para entender la segunda sentencia no hace falta tanta teoría: lo entiende cualquiera a quien le hayan roto alguna vez el corazón.

Entiendo que muchos que se vean reconocidos se desentiendan de hacerlo público y explícito, porque en política siempre se puede tener que pactar y no es bueno quemar las naves. Yo no es que las queme, es que no tengo. Ya sabemos la afición que tradicionalmente tenemos los españoles a quemar o mandar a luchar contra los elementos a las “máquinas de guerra”.

Por mi parte, puedo asegurar que este texto es light en comparación con algunas cosas que he leído descalificando a los críticos desde los politólogos de la segunda fila del Consejo Ciudadano de Podemos. Y no hablemos ya de los hooligans y palmeros. Insultos verdaderamente vergonzosos, muchas veces. Unas por el nombre del interpelado (ad hominem), otras operando por el subtexto (a buen entendedor…) Lo que pasa es que si se faltan ellos lo hacen con el enemigo, si criticamos o disentimos los demás, lo hacemos con el mismo Podemos en carne viviente. Vamos, que hacemos daño electoral. Lo de Mondero, no. Que ha sido sin querer. Yo he optado por no citar a nadie ni a favor ni en contra. Supongo que habré hecho bien.


Les dejo con un toque berlanguiano, para que se vea que no soy nada debordiano.