domingo, 24 de mayo de 2015

Para qué sirve el Rock’n Roll: reflexiones spinozianas sobre el Príncipe y la voz popular en una jornada electoral.




Ayer no dije ni una sola palabra en facebook. Estaba prohibido. Lo que estaba prohibido, realmente, era pedir el voto. Yo como en toda mi vida no he pedido el voto para nadie, pues tengo cierto pudor. Lo que sí hubiera dicho es a quién no habría o contra quien hay que votar. Pero, bueno, ya está mi foto de portada para eso, que lleva ahí unos días. El caso es que me dediqué a dejar links a himnos, canciones, vídeos. Me expresé por las voces de otros, en tanto que eran voces que aglutinaban la voz popular.

Pues bien entre los muchos vídeos que compartí ayer está éste, que descubrí hace algún tiempo y que es de esa batería de recursos que uno tiene para cuando está con un cierto bajón. Como le dije a una amiga, este vídeo del Boss son ganas de  vivir por vena. Sí, pero sobre todo me parece una alegoría política extraordinariamente poderosa, una bella metáfora de la multitud empoderada, mucho más spinoziana que hobbesiana. Y una recomendación, casi maquiaveliana –maquiavélica es un adjetivo quemado en castellano-, de cómo debe comportarse un príncipe investido como tal por el poder popular.

Veamos la secuencia. El Boss recibe una petición popular. Es un auténtico “significante vacío” como lo son todos los clásicos del rock. Por eso los viejos rockeros nunca mueren. No lo ha inventado nadie desde una supuesta estrategia tecnopolítica sino que procede de una tradición compartida, auténticamente transnacional, sólo que la gente quiere apropiárselo con su propia voz. El público le pide a Springsteen que interprete “You never can tell” de Chuck Berry. Curioso lo que pasa con muchas estrellas del rock de los primeros tiempos: sus temas nos llegan por otras voces, casi siempre. Conocemos muchas canciones de Chuck Berry pero casi siempre a través de las voces de Elvis, The Beatles, Status Quo, etc. Sin embargo, gracias a Tarantino, que la convirtió en la banda sonora de una de las secuencias que aparecerá en todas las antologías del cine postclásico, “Never can tell” nos ha llegado desde los remotos primeros 60 encarnada en la misma voz de Chuck.

Bien, el Boss recibe el encargo. Pero ni la tiene ensayada ni parecen conocerla o al menos estar habituados a tocarla, los músicos que le acompañan en esta ocasión. Y, él se arremanga, siempre con una sonrisa cómplice en la boca. Cero autosuficiencia de estrella “que-sabe-lo-que-hay-que-hacer-dejadlo-en-mis-manos-no-os-preocupéis-de-más”. Nada de eso. A currarse la voz a la que nos podamos sentir todos unidos. Y el pueblo lo entiende y lo secunda y se divierte y protagoniza el proceso. La centralidad no está en los esfuerzos que se realizan en el escenario. La centralidad está siempre entre la multitud, que quiere cantar. De eso se trata, ni más ni menos. Y de que el mandato del pueblo vaya orgnanizándose en una armonía vital y, por eso mismo, ocasional y contingente. El líder, el Boss, no tiene otra función. Es simple: si no nos vais a dejar bailar no es nuestra revolución. You never can tell.

Hoy toca lo que toca. Pero lo importante es recordar que la danza comienza mañana.

Ps:  Colorín, colorado: reflexiones durante y después de la campaña, (Apuntes sobre el Populismo, 33)