sábado, 31 de enero de 2015

Sobre política, ideología y subjetividad (Apuntes sobre el Populismo, 23)


Creo que no es un mal día hoy al anochecer, tras la manifestación de esta mañana y tras el texto que publiqué ayer,  para publicar estas reflexiones sobre la ética militante en el siglo XXI, la estrategia política, y las esperanzas a las que estamos autorizados los demócratas radicales en este presente y en esta Europa que decae. Veo desánimo y decepción en los más combativos y críticos, como lo he visto otra veces, y comprendiéndolo y co-sintiéndolo creo que no debemos con-sentirlo. La aceptación de lo imposible, la consanguinidad con lo contingente (no otra cosa es pensar la política como lucha por la hegemonía) deben ser el mejor antídoto contra la impotencia. Desear y atreverse a no ceder en el deseo es antagónico de quererlo todo. Porque quererlo todo es muy loco. Y nos priva del entusiasmo por temor a la certeza del desengaño. Como la mayoría de las entradas de esta serie, Apuntes sobre el populismo, la forma es más bien aforística y fragmentaria. Es reflexión cotidiana, una especie de cuaderno de bitácora que no excluye la duda ni los sentimientos encontrados. Ni tampoco la mise en abyme autofónica, como propensión a una congruencia inalcanzada: vínculos a textos y estados previos, que funcionan como constatación de algunos leitmotivs, de algunas obsesiones, que hacen sospechar, anhelar, implorar, una subyacente compacidad del pensamiento. No hay eso todavía.
  •  Las ideologías son visiones del mundo. No hay acción concreta que no proceda de una forma de ver el mundo sobre la que se sustenta como horizonte de expectativas. Hacemos "a" porque según nuestra ideología, nuestro modo de ver el mundo y de encarar los problemas en función de él, ello causará el efecto "b". Dicho esto, una cosa es la ideología, el horizonte hacia el que pensamos que se dirigen y en el que adquieren sentido nuestros actos, y otra es la doctrina, que es un compendio de conceptos y recetas que impiden pensar cada acto, que intentan fosilizar una ideología e impedir que funcione en ella tanto la inteligencia particular como la colectiva. Pues bien, Podemos, en mi modesta opinión tiene ideología (democracia radical, economía tendencialmente socializante, un modo de vivir basado en la alegría de lo común y no en la competitividad y la explotación como únicos vínculos sociales reconocibles...) pero aún no tiene doctrina. En este momento, es cuando la ideología de Podemos es potencialmente más subversiva, precisamente por ello. Si se cierra en una doctrina, si huye de un movimiento colectivo, dialéctico y dialógico, si deja de ser un instrumento para convertirse en un tótem, dejará por el camino mucho de ese potencial de subversión. Hoy por hoy, juzgar a Podemos como si fuera la encarnación de una doctrina y no una nueva estructura de pensamiento es vil, injusto y torticero. En ello coinciden todos los doctrinarios, esto es, todos los enemigos de que la realidad pueda ser de nuevo pensada y, por tanto, transformada. En ello coinciden, con toda naturalidad, paleocomunistas, socialiberales y neoconservadores. Son todas facetas del pensamiento hegemónico, si lo pensamos no como un compendio de contenidos doctrinarios, sino como una antigua manera (modo, modalidad) de pensar.
  • Toda conciencia es esencialmente falsa. Cuando la teoría del discurso conceptualizó que no había teoría que no fuera ficción (un modelo que se proyecta sobre el mundo y no una comunicación metafísica entre la materia y la conciencia) pues ello fue formulado de diversas maneras: no hay discurso que no sea del semblante (Lacan), la genealogía y arqueología foucaltianas (las modalidades del discurso), la semiótica como teoría de la mentira (Eco), etc. El pensamiento Lacauiano de la hegemonía (que es una antidoctrina que algunos quieren convertir en doctrina a toda costa, esto es, en un recetario algorítmico) es lógicamente heredera de todo ello. Para mí la mejor formulación, la que a mí al menos me ha sido más útil es la de Heidegger en "La época de la imagen del mundo":
    • "El fenómeno fundamental de la Edad Moderna es la conquista del mundo como imagen. La palabra  imagen significa ahora la configuración de la producción representadora. En ella, el hombre lucha por  alcanzar la posición en que puede llegar a ser aquel ente que da la medida a todo ente y pone todas las  normas. Como esa posición se asegura, estructura y  expresa como visión del mundo, la moderna relación  con lo ente se convierte, en su despliegue decisivo , en una confrontación de diferentes visiones del mundo  muy concretas, esto es, sólo de aquellas que ya han ocupado las posiciones fundamentales extremas del  hombre con la suprema decisión. Para esta lucha entre visiones del mundo y conforme al sentido de la  lucha, el hombre pone en juego el poder ilimitado del cálculo, la planificación y la corrección de todas las  cosas. La ciencia como investigación es una forma imprescindible de este instalarse a sí mismo en el  mundo, es una de las vías por las que la Edad Moderna corre en dirección al cumplimiento de su esencia a  una velocidad insospechada por los implicados en el la. Es con esta lucha entre las visiones del mundo  con  la que la Edad Moderna se introduce en la fase más  decisiva y, presumiblemente, más duradera de toda s u  historia".  
  •  La crítica de las ideologías como crítica de un corpus doctrinal es siempre aporética porque cuando se habla de literalidad se habla sobre todo de semántica, es decir, de letra cargada con un imaginario inconsistente. Por eso, la hermenéutica que quiere concluir en una dogmática (sea el catolicismo, en el islamismo, sea el paleomarxismoleninismo) se las ve y se las desea para conseguir un consenso de lectura estable y la herejía y el anatema son las opciones inminentes. La prueba ontológica definitva de que una exégesis de este tipo es la universalmente válida suele ser la eliminación del sustento físico de las interpretaciones rivales. En toda doctrina, la muerte escapa como horizonte hermenéutico (como huella de la finitud subjetiva, de la inconsistencia ineludible que habita en todo pensamiento y que le permite avanzar) y vuelve como pulsión.
  • A mí el trabajar la imagen (pictórica, fotográfica, fílmica, interfacial) -el arte, en cuanto que en él siempre hay una tendencia iconizante- creo me ha protegido bastante en ese sentido. Antes de que alguien lo entienda mal: no estoy diciendo, lógicamente que la imagen sea menos imaginaria que la palabra, sino que el trabajar con imágenes, el revelarlas en su opacidad significante, en cierto modo te acaba preservando de las añagazas de lo imaginario. Cuando se trabaja con la imagen con una propensión radical aquello que Platón nombró como el 'ετερον, siempre acecha, siempre salva. El fracaso del significado siempre tiene una vertiente redentora, emancipadora.
  • El populismo, como lo define Laclau, en cuanto articulación del 'ετερον, puede ser un más allá de esta dialéctica en bucle entre visiones del mundo. Se trataría no de verlo como una visión más, porque si es una "ideología" más en el mercado de las ideologías es un producto muy defectuoso. Desde una mirada capitalista, que lo juzga todo como mercancía, esto es, como producto transido metafísicamente de un brillo agalmático, fálico. En el mercado político, el valor de cambio por excelencia es la fiabilidad y el material plástico de su envoltorio es la seriedad institucional que suele pasar por sucedáneo de la coherencia ideológica.En ese sentido, creer que la movilización popular y la ruptura subjetiva puede ser parangonable al concepto capitalista (numérico, mayoritario, electoral, mercantil) de éxito puede ser un error estratégico, político y ético grave. Las victorias del populismo no pueden ser éxitos mensurables por los patrones tipo de las democracias emplazadas. Un triunfo popular es, ese sentido, irrepresentable o lo que es lo mismo, carece de valor cambiario estándar.
  •  Cuando leo algunas críticas a Podemos de militantes convencidísimos de los partidos de izquierdas (voy a utilizar una expresión pre-setentayocheica) "con representación parlamentaria" veo el mal que ha causado el régimen en la militancia de izquierdas. Lo normal en el Psoe y en el PCE, que son dos partidos muy sistémicos, es que hubieran hecho lo que Garzón o Sánchez Melero: acercarse estratégicamente a Podemos para organizar un frente común. Sin embargo, los esforzados compenetrados con las direcciones de estos partidos esgrimen: ¡Nooo, que son populistas, que dicen no son de derechas ni de izquierdas, que nuestra identidad es sagrada! A ver. Voy a dejar fuera a Carrillo y al PCE, con su bandera rojigualda aquel año 77, pero el Psoe ha estado traicionando todo tipo de principios de izquierda sistemáticamente durante 35 años. ¿De qué identidad hablamos, si no es socialista ni es obrero, sino español solamente y tampoco cien por cien si americano también, que gringo ser muy absorbente? ¿De unas siglas, un puñito y una rosa?
    Lo curioso de esto es ver cómo fijados a ciertas esencias de escaparate -y yo no estoy libre de pecado aunque esté tirando esta piedra- lo que se han olvidado completamente es de hacer política, en tanto que militantes fieles. Tienen censurado por sus direcciones pensar estratégicamente, orientar su pensamiento a la acción: lo que haga Susana, bien, lo que haga Pedro, bien. Nosotros estamos guardando la pureza ideológica, luego ya que los jefes hagan política y enseñen símbolos. Y acusan de descerebrados y de no tener formación política a los que están intentando sumarse a algo nuevo, es decir, a los que intentamos salir de ese círculo vicioso de acciones traicioneras y principios vacíos.... Obviamente, una militancia pensante es una militancia contradictoria, a veces enconada, heterogénea. Ellos no: lo que digan los jefes y nosotros a defenderlo como una sola voz.
    Esta mañana he oído a una tertuliana de derechas muy preocupada porque en Madrid IU iba a perder su identidad en la operación Podemos / Ganemos. Ahora, me empieza a cuadrar todo....
  •  Veo a muchos compañeros valiosos y a mucha gente honestamente progresista desengañadísima con muchas actitudes y acciones de la cúpula de Podemos que han cercenado en buena medida muchas aspiraciones de horizontalidad y de arraigo popular. Creo que debemos reflexionar. Y mucho. Hoy por hoy, y pese a que pueda parecer lo contrario, dejar Podemos no es abandonar la figura de un líder y de una camarilla que nos puede resultar antipática o de poco fiar. Es dejar muchas más cosas. Sinceramente, creo que no es tiempo de abandonar. Mucho poder conlleva mucha responsabilidad. Quien haya querido acapararlo, tendrá que responder cuando haya problemas y reveses. Y los habrá. Lo trágico sería que no hubiese entonces nadie en Podemos para pedir cuentas y hacer las preguntas. No caigamos en el eticismo fantasmático. La ética pasa por el valor de encarar la incoherencia, la contradicción, no por huir a la mínima constatación de la división subjetiva. Eso que en psicoanálisis se llama pasaje al acto... 
  • Los desengañados se engañan (y los nombres del padre vagan/yerran... cosas del francés y las homofonías: la verdad siempre está más allá del significante...) Ya advertí hace tiempo, que es es algo muy típico de la izquierda española en los últimos tiempos: la certeza del desengaño. No es lícito ni está éticamente a la altura de nuestra época dejar este proyecto político porque no nos sentimos íntegramente representados en él. La apacibilidad moral -que es invocada por la cúpula dirigente bajo el nombre de decencia, y ésa es una parte del problema, no lo niego- no es el ethos para estos tiempos, sino la capacidad de arrostrar la indeterminación, incluso la ambigüedad o la contradicción sin desfallecer. Ya no se trata de ser de los nuestros, sino de construir un nosotros que no tiene ninguna existencia ontológica previa: no hay leyes de la historia, no hay clase obrera como un ente material objetivo, sino como un agente político histórico y cambiante. Y ello sólo se puede hacer desde la aceptación de la radical singularidad, de la radical diferencia que nos constituye. Si no fuera por lo desgastado del término, hablaría incluso de cierto principio de realidad, al menos en tanto antídoto de la prepotencia narcisista (que es como lo usaba Freud). El Otro está en falta, el Otro nunca será íntegro. La ética actual es una ética incómoda, exige estar en el desacuerdo, exige estar sin ser cabalmente representado. Quedarse en casa, no militar, no sumar porque los otros no responden íntegramente a mis ideales es muy cómodo. Es mortalmente cómodo. Son tiempos para otra cosa.
  •  No sólo hay dos espacios. Hay dos tiempos. Dos carreras: una de velocidad y otra de fondo. Si uno lo ve así, la contradicción entre los usos de Podemos es más manejable.
  •   Resumiendo: