sábado, 22 de marzo de 2014

Flores sin nombre, VIII. Del ser.

VIII. DEL SER

23

La verdad ha venido esta tarde a verme.
Dudaba si sacarle un té
y unas pastitas,
o una birra de doble malta.
Nunca sé qué va a querer.
Hemos pasado la tarde juntos
sin saber bien en qué términos debía
desarrollarse nuestra conversación,
pero no era una situación incómoda,
sino un déjà vu
entre dos viejos cómplices.
Nos sonreíamos, nos leíamos
versos y llorábamos a mares,
salando con delicia
una especie de placidez imperturbable
que se nos ha quedado dibujada
a los dos en el rostro para siempre.

24

Pretendía arrodillarse
ante el misterio de un segundo.
Buscaba uno cualquiera
entre la sucesión infinita de los hechos.
Y se decidió por ése que pierde un reloj de cesio
cada sesenta millones de años.
Lo extrajo de la cadena viva
de sus semejantes afilados
y construyó para él
las aras de un enigma.
Le escocían los ojos,
incapaz de parpadear,
esperando como agua de mayo la epifanía
de la metáfora. El segundo no fluyó,
le ilusionaba ser alegoría.
Pero un segundo descarnado, infiel
a la sucesión del sinsentido,
no puede condensar la estructura del universo
ni cifrar
misterio alguno. Demasiado tarde:
sus córneas resecas se resquebrajaron
como un cuenco
prehistórico bajo el azadón
herrumbroso de un labriego.
Sus astillas retornaron al flujo de las horas.
Inconsolablemente húmedas.

25

Vivo de recuerdos.
Bellas remembranzas con sus guirnaldas de dolor
y sus volutas esculpidas
sobre despertares en territorio ajeno.
Supongo que a eso se reduce
la experiencia de vivir:
a contemplar en un azogue empañado
las noches en territorio conquistado
y los amaneceres que va expropiándote la vida
para alentar su propio fuego.
La verdad, en el ángulo muerto.
Dispuesta siempre a un adelantamiento suicida.