miércoles, 12 de marzo de 2014

Flores sin nombre, VII. De la culpa.


VII. DE LA CULPA.


20

Que me odie y me culpe, como el fósil
derramado en los milenios
se culpa por no estar vivo.
Como la granada abierta contra la tierra
se culpa por su aspereza,
que no será licor ni luz.
Eso es lo que parece haber conseguido
la pérfida legión de los otros,
con su cuchara de palo,
su jazmín en la boca, su aire enrarecido
y sus frascos
de veneno disueltos en la necesidad del amor.

21

El otro día me sentí cohibido ante un imbécil. No es un juicio a la ligera: se trataba de un auténtico imbécil, públicamente reconocido, de esos que dicen “tema” y “nosotros no trabajamos así”, y yo sabía de antemano, sin lugar a ningún género de dudas, que estaba hablando con un imbécil. Es realmente complicado intentar quedar bien con un imbécil. La situación era incomodísima. Llegué a tener algún lapsus, fruto del nerviosismo: dije “pupa” en vez de “pipa”, ¡Madre del Amor Hermoso! Cosas de estos tiempos de segregación pulmonar, que hacen entre los fumadores extraños compañeros de patios, vestíbulos y terrazas. En fin, fue una sensación única y me atrevo a recomendársela a todo el mundo. No pase usted por este valle de lágrimas sin experimentar, al menos alguna vez, la sensación de sentirse cohibido ante un imbécil. Ilustra muchísimo sobre la radical intimidad del misterio que supone haber sido arrojados a la existencia.

22

De repente, el alivio inmenso
de no querer curarse ya.
Reconocer en la anomalía
una digna
forma de negociar con el mundo.
Sin sarcasmo, sin resentimiento.
Sin falsa generosidad.
Saber que mi espada no encaja
bien en el cráter del odio.
Aceptar que el placer tienes sus leyes.
Desear ser amado con una soberbia
que, al fin, se reconoce inocente.