sábado, 2 de julio de 2016

Ahora te veo Eurídice, 7.



 
Psyché et l'amour de Simon Vouet (1626-1629)

Estrategia

Nunca he sabido jugar al ajedrez.
Fue seguro mi padre
quien en alguna de las muchas
convalecencias de la infancia
me adiestró en sus rudimentos,
en la mecánica exacta
del movimiento de las piezas
y,  tal vez a su pesar,
en su inevitable valor como metáfora:
la vertical determinación obtusa de las torres,
la perfidia diagonal de los alfiles,
la diligencia volátil y voraz de la reina necesaria
y la estulticia del rey, tan sólo imprescindible,
la mortífera generosidad de los peones,
de los caballos la heroica y  rapaz
arbitrariedad geométrica...

Fue él también seguro
quien me ilustró en la magia del tablero
y en la potencia inexorable del cuadrado,
que dejó en ridículo a aquel rey generoso
con las cifras hiperbólicas de grano
que ofreció sin calcular al inventor del juego.
Me pareció aquella leyenda
una aplastante victoria del ingenio,
un arrebatado triunfo de lo simbólico y del cálculo
frente al petulancia amurallada del poder.
En el lecho convaleciente me recuerdo
calculando en mi cuaderno los cuadrados
hasta que, llegando a los billones,
exhausto comprendí
el poder hercúleo de la inteligencia
siempre que los reyes
estén dispuestos sus juramentos a cumplir,
y aquellos que los venzan,
sin codicia, a dejar la buena lid
más allá de los prosaicos
límites de la materia.

Mis aventuras con el ajedrez duraron poco.
Algún tiempo después en un torneo escolar, el azar
–¡Oh, el azar!.
¡Oh,  la excepción a las reglas!
¡Oh, la impudicia cotidiana
de lo que escapa a los sistemas!-
me emparejó al sempiterno primero de mi clase.
Era, pues, la víctima propiciatoria
pero, en un descuido frívolo de su privilegiado cerebro,
le comí el rey.
Raudo me hizo bajar del enésimo cielo
de los azares benévolos:
los reyes no se comen,
se sitian con la impiedad del cómputo lógico,
yo no era de la estirpe de Alejandro
y no podía desmadejar así los nudos.
Ése fue mi final en el Camelot fraterno
de la lógica inmisericorde del tablero.

Siempre me manejé algo mejor con el póquer,
a ser posible descubierto.
Lejos de ser tahúr y ser taimado,
era sólo que la imprudencia
me era territorio más propicio
que el cálculo de los abigarrados movimientos,
porque en honor a la verdad carezco
de una frialdad mínima en las venas,
y tengo muy frágiles los nervios,
por eso si alguna vez he triunfado en otros lances,
ha sido asegurando la ventaja
con el único capital de los pobres,
que es el tiempo,
como un Aquiles que mendigara a su tortuga:
"por piedad, concédeme tú la delantera
que verte ante mis ojos me provoca
la gélida parálisis del recelo ante lo incierto".

Si siempre he sido, pues, negado para la estrategia,
para hospedar el cálculo sobre las intenciones de los otros
tras el muro de mi propio fingimiento,
piénsese qué habré de contar
cuando los años me han enfrentado al campo abierto
de los lances de seducción
y,  no sé si tengo que aclarar
que a mí me conciernen las mujeres,
tan poco aficionadas a someterse
a la tiranía numérica de ningún tablero
(intenten si no me creen la simple prueba
de convencer a una mujer de que le han dado jaque mate,
de que han dejado al fin
alguno de sus enigmas resueltos...)

Por eso siempre ha sido mi lema despiadado:
¡antes perder que esperar,
incendiemos sin catacumbas el deseo!
Es lógica consecuencia entonces
que tantas veces haya vivido sin vivir en mí
y haya muerto porque no he muerto
en la única muerte real,
en la única paz de cementerio
que podemos permitirnos los vivos,
que es la certidumbre del amor o del fracaso,
que no sé con cuál de las dos certidumbres
estamos más efectivamente muertos.

Mis amigos me aconsejan muchas veces,
hartos de soportar la letanía incontinente
de mis exagerados sufrimientos
por amor, que disfrute de la vida,
que finja que ella no es el fin último de las cosas,
la razón única que me mantiene anclado la existencia,
que no la llame, que no la agobie,
a esa mujer que conocí,
tomándome unas copas,
creo que precisamente anoche.

Y yo cavilo enrocado en mi caletre
¿será el triunfo definitivo de la estrategia,
la apoteosis de las conquistas amorosas,
gozar a una mujer sin que ella se dé cuenta?
¿Amarla sin que sepa que la amo,
seguirla simulando ir delante,
como ese bendito calzonazos que era Orfeo?
La cuestión es que  me temo,
que pese a las muchas delicias del tablero,
en el fondo debo ser de la dinastía del macedonio,
si más no sea de la línea
de alguno de sus bastardos más plebeyos
sin derecho a sucesión,
y no se hicieron los nudos alambicados
para mi proverbial intolerancia
con la espera quejumbrosa de un desenlace incierto.

No sé si la vida merece un mandoble,
pero lo preferiré siempre a un sablazo,
siempre antes que del tablero la potencia
del sesenta y cuatro
la demasía incendiaria e importuna del deseo.
Soy un pésimo estratega,
y créanme ustedes
cuantísimas veces lo siento.

No tengas prisa


No tengas prisa,
despacito.
No te ofusque la vigilia precaria
del tigre,
no quieras con llamaradas
extinguir la lumbre,
no quieras aún inflamarte,
espera.
Deja que de tu cuerpo goce
también su leal permanencia,
su molicie perezosa en la mañana
perfilando la tersura
de tu piel pequeña.

Despacito,
 no tengas prisa.
Deja que mi aliento silbe en tu cuello cálido,
deja que entrelace mi alma tu cuerpo
con su abrazo largo
que aún no te he dicho nada
de entrelazar las vidas.
No me ordenes que te mande
pero, eso sí, tú obedece,
obedece la cadencia de mis besos
como obedece cada poro de tu  nuca
si dejas ser pausada a la caricia.

Aún no,
no te estremezcas,
despacito,
no tengas prisa.
Como tú misma hubieras dicho,
no tenemos la receta
pero sé que este manjar
fraguará mejor sobre ascua lenta.
Deja a esa luz tenue y vitalicia,
de la que has hecho tu oficio,
tu pasión  vivificante,
mi delicia,
alumbrar lo que ella quiera;
no la arredres de un destello,
que es muy fino
el lienzo en que su sombra se perfila.
Deja que el deseo
poquito a poco se derrame,
haz de su martirio suave,
de su mortificada ambición de estrépitos fugaces,
un diluvio de prudencias tibias.

despacito,
no tengas prisa

Siente suave el sosiego
del serpear
consentido del fuego
de tu piel, de mis labios,
de mis dientes, de tus manos,
de tus muslos jóvenes,
de tus hombros, de mis brazos,
de mi pecho, de tus pechos,
de tu cintura, de tu savia.

Despacito,
              despacito chiquilla,
         no tengas prisa.

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