sábado, 9 de julio de 2016

Ahora te veo Eurídice, 8.



LA NIÑA EN LA PISCINA

La niña va a la piscina
a recuperar su cuerpo extenuado,

rapiña de amor.
Su viejo amante espera,
lánguido,
la cifra que le regateó el destino,
ahíto de perplejidades antiguas,
rezumando desaliento áspero,
inocente de las esperanzas
que supo soñar,
que no supo encarnar.



La niña va a la piscina de nombre antiguo
queriendo no ser mujer.
La bicicleta en la puerta,
húmeda la piel,
la calle vacía...
El viejo amante sonríe
degustando el trago amargo de otro fallo en la Matriz.
Dios mío, qué torpemente fue creado el mundo,
qué páramo de certidumbres
bajo el sol que ayer mismo gemía a mares.

Ophelia (1851-1852) Sir John Everett Millais.

Sonríe el viejo amante con su sonrisa amarilla,
con la respiración nudosa de viejo leño,
sonríe
y su sonrisa es un decir desaliñado,
recóndito,
ferozmente lúcido;
un crepitar repetido,
ceniza
del rescoldo que no va ya
queriendo resistir.


La niña quiere bañarse
y el viejo amante no tiene ya nada que enseñar
sino la escabrosa herida,
la suciedad reseca de llantos viejos
de amante viejo,
de viejo dolor
de amor viejo sobre la piel humedecida.


La niña tiene nombre de agua
y va a la piscina.
Desértico, el viejo amante,
saluda solemne la certeza de sus tinieblas,
la evidencia de que la piel húmeda de la niña
-que deja centellear su cabellera bajo el astro
que ayer lloraba-
es el único elixir que desea,
que ese elixir es el pasaje hacia el Hades,
que la niña en su bicicleta
surca la laguna Estigia,
que las calles de su ciudad son
el laberinto que siempre pasea solo,
que los oráculos y los prodigios señalan
las zafiedades con las que se entreteje la esperanza.


El viejo amante se siente
más amante que viejo,
¿se engaña?
La niña nada,
¿se miente?


El viejo amante sueña
con la piscina de nombre viejo,
mientras las aristas de guijarros redivivos
transitan los viejos carriles de su alma,
que creyó sembrados
al fin
de una escarcha esperada
bajo el hirsuto sol reseco de su longevidad.


El viejo amante ama.
Torpe, tal vez,
sin duda, viejo,
con su risa sarmentosa y sus ojos insaciables.
El viejo amante ama
y la niña
           nada.




CON MARCO DORADO

Con el aliento aún denso
de sexo abrupto y alcoholes viejos,
rasgaste nuestro primer amanecer
encelándome con el misterio
con el que te había fundido
Morfeo en sus brazos,
aprovechando mi desfallecimiento.

Retrato de Elizabeth Siddal (sobre 1860)


Fotografiabas una boda
al abrigo cierto de la escena
que da la empuñadura heroica
del objetivo,
y te sabías desnuda, cubierta sola
con la sábana –supongo-
que sudaba aún
los jugos de nuestros bríos.


Propenso impenitente
a la laminación del alma,
que creo que algún concilio
ratificó al fin que teníais las mujeres,
no pude menos que preguntarme
si algún rincón había
destinado para mí en esa fiesta:
¿tal vez, el del novio fatuo,
pronto a saborear los deleites
de su conquista perpetua?
¿El de cómplice a tu lado,
apartando la cámara y el lienzo
con gesto lujurioso, riendo ambos
la escena insostenible?
¿O el del mismísimo dios del sueño
que te había sostenido entre sus brazos
mientras realizabas tu deseo
de contenerte, empuñando
la cruz paterna,
distante desde el goce
de la ridícula ocurrencia
de un compromiso que habría
de durar más de mil noches?


No, ninguno de esos rincones evoqué,
sino otro que aún invento con nostalgia.
Querría haber compartido contigo
las órbitas de tus ojos mirando
la pantomima exacta del deseo,
contemplar la escena misma
que envolviéndote a ti vieron,
gozar contigo desde ese enclave apátrida
donde los sueños verdaderos de mujer
en aleación de apostasías

inapelables se fraguan.


EXCESO DE MUJER

Llegas
con tus andares seduciendo la distancia,
con tu cabellera rubia al viento, sin una mácula,
toda carne, toda curva, toda infierno, toda piel,
tan poco madre cuando llegas.

Joaquín Sorolla, Bacante en reposo. 1887

Llegas y la lujuria
se promete noche al fin.
Llegas ofreciendo tu figura
a las dentelladas de mis ojos
ávidos que buscan
tus ojos que se fingen ciegos,
que simulan no saber de tus caderas,
que se apartan para que todo se llene
de mis ojos que te desean,
que desean la madre que has dejado en casa,
la mujer que serás en cuanto acabe
el recodo de escalera,
el único punto ciego de tu camino,
la única tregua de mi espera,
el instante que la noche aprovecha

para tomar su último aliento.

El recodo, la escalera,
por fin llegas.
Quiero ser para tus labios
que para mis labios seas,
cada paso tuyo excita mi abismo,
sé que tu piel sazonada será
durante unas horas mi sino
y querré permanecer para siempre
en esas sabrosas tinieblas.
Llegas y durante tres docenas de horas
todo será goce y exceso de mujer,
hasta que vuelvas a ser madre
la tarde del domingo...
pero ahora llegas y el placer
se promete noche,
y las palabras se prometen sexo,
y el amor también se promete.
Cuánta promesa y cuánto cumplimiento.


Llegas,
llegas de noche y quisiera
que la impaciencia vistiera
la lencería precaria de lo eterno.
Durante tres docenas de horas no sabré
quién soy, estaré
dentro de ti, me sentiré
héroe niño, pobre hombre, ángel de la fortuna
porque tengo un cuerpo con que gozarte.
 

Llegas,
siempre llegas,
cuando llego llegas,
cuando no llego también llegas.
Sé que me amas porque no soy bastante,
porque soy un pobre hombre,
porque vuelves y vuelves
porque nunca lograré saciarte,
porque quisiera ser un ángel
pobre para no tener que obedecer
las servidumbres de la carne
que me hacen morir en llagas
de luz eterna, durante
tres docenas de horas.
 

Llegas, llegas, llegas.
A mi puerta llama una mujer y dos casas se vacían,
gracias doy a la vida,
de cualquier amor de madre.