domingo, 8 de diciembre de 2013

La lucha sin fin: elementos para una analítica del desánimo político.



Es notorio que ha existido, según se dice, un autómata construido de tal manera que resultaba capaz de replicar a cada jugada de un ajedrecista con otra jugada contraria que le aseguraba ganar la partida. Un muñeco trajeado a la turca, en la boca una pipa de narguile, se sentaba a tablero apoyado sobre una mesa espaciosa. Un sistema de espejos despertaba la ilusión de que esta mesa era transparente por todos sus lados. En realidad se sentaba dentro un enano jorobado que era un maestro en el juego del ajedrez y que guiaba mediante hilos la mano del muñeco. Podemos imaginarnos un equivalente de este aparato en la filosofía. Siempre tendrá que ganar el muñeco que llamamos «materialismo histórico». Podrá habérselas sin más ni más con cualquiera, si toma a su servicio a la teología que, como es sabido, es hoy pequeña y fea y no debe dejarse ver en modo alguno. (I Tesis de Filosofía de la Historia)



He escuchado estos últimos días expresiones de desánimo. He escuchado a un estudiante, joven, comprometido y combativo, alegar que pese a diversas acciones de protesta y denuncia de los últimos tiempos (la primavera valenciana, la protesta contra la reforma laboral, etc… ¡Hay tantas!. Téngase en cuenta que empezamos a protestar contra estos gobiernos antes de que el partido que los sustenta ganara las elecciones…) “no había pasado nada” Lo primero que se me ocurrió contestarle fue: ¡imagínate cómo estaríamos si todas esas protestas no se hubieran llevado a cabo! Y luego pensé en los luchadores contra el franquismo, o en el mismo Nelson Mandela que estuvo un tercio de su vida en la cárcel y que no vio algún fruto de su lucha hasta bien pasados los 70 años… El desánimo está indisolublemente unido a la esperanza. Pero hay que intentar indagar cómo.

I.         

Las acciones políticas son puntos de anclaje del sentido. Tejen una urdimbre incuestionable excepto si cedemos a la superstición del mecanicismo, del Principio de Razón Suficiente, que nos hace creer que la consecuencia está indisolublemente unida a la causa, más allá del tiempo. Como deja dicho Leibiniz: 

“Pues todo en las cosas está dispuesto de una vez para siempre, con el mayor orden y la mayor posible correspondencia; que la Sabiduría y la Bondad Sumas no pueden actuar sino en perfecta armonía. El presente lleva el porvenir en su seno; el futuro podría leerse en el pasado; lo remoto está presente en lo próximo”. (Principios de la Naturaleza y de la Gracia fundados en razón),
Es una  superstición cientifista, que no científica porque todo buen científico sabe de la espera, sabe del fracaso.
Los acontecimientos auténticos son raros, son lógicamente excepcionales, extraordinarios. Lo que son a la carta son los eventos, pero estos entran de pleno en la lógica del simulacro, porque son dóciles a la técnica. Un evento es, por definición, artificial; un acontecimiento tiene, sin embargo, una componente más cercana al arte. Es el genio del tiempo, si se nos permite el anacronismo romántico.
La cuestión es que en tiempos mediáticos, reticulares o en difusión, la acción por excelencia parece ser la manifestación (demonstration, dicen acertadamente los anglosajones) porque está siempre mediada por el número. Es la masa, depositaria del sentido democrático, haciéndose visible en el espacio público y aceptando ser alienada, mediada, denominada (en sentido matemático) por el factor numérico. El manifestante sale a la calle, toma el ágora, preguntándose por su ser cuantitativo, cifrando en el número su fuerza, su poder, su identidad, su razón. Es el juicio implacable de la opinión pública, que es un invento iluminista de la razón instrumental. El activista organiza, convoca, y pregunta por sí a los informadores. Si hemos sido pocos, gran fracaso. La gente no sabe lo que quiere, la masa no tiene conciencia. Si hemos sido muchos, pero ello no tiene consecuencias administrativo-legislativas inmediatas: desoyen al pueblo pero seguro que vuelven les vuelven a votar. El pueblo es siempre culpable en este planteamiento. Como la población es siempre inmaculadamente inocente en la democracias formales. Es la cociencia, siempre trágica, siempre patética.

II.       

Esta impaciencia por el resultado, por la justicia universal, por la llegada del reino de Dios, no tiene su origen en el capitalismo, aunque éste le dé su forma final y su encarnación material más consciente. Tiene un claro origen judeo-cristiano. La inminencia del acontecimiento redentor, salvífico, vengador y justiciero hunde sus raíces en la espera judaica del Mesías. Y en la inmediata llegada del reino de Dios que esperaban con ansiedad los primeros cristianos.  Jesús de Nazaret fue muy decepcionante. Fue ejecutado y no pasó nada. Ni fue el mesías que esperaban los judíos, ni su reino fue de este mundo. De ahí, que el auténtico texto canónico, el núcleo doctrinal del cristianismo que lo convirtió en posibilidad de apoyo para todo tipo de violencias y atrocidades durante los últimos XXI siglos, fuera el Apocalipsis, verdadera ordalía de la justicia, la venganza y la evidencia de la verdad cristiana expresada como victora indubitable. La impaciencia cristiana está en la base de todos los fascismos europeos. ¿Y en la base de todos los desánimos revolucionarios?

III.     

La impaciencia, la compulsión a apropiarse de la agenda pública, puede estar en la base de todos los totalitarismos como bien apunta Slavoj Zizek . Un activista por la democracia radical, cuyo fin es el rebasamiento de la explotación como vínculo social, un izquierdista en el más amplio sentido del término, no puede creerse un ingeniero civil, sino un político en el único sentido noble que le queda a esa palabra: es quien prepara el campo para el acontecimiento, pero no puede pretenderse  un tecnólogo social que elabora estrategias con cálculos indubitables para un éxito inexorable. Su razón no es la racionalidad tecnocientífica, no trata con la racionalidad causal, sino con la complejidad social. Su labor es muchas veces constante y callada. No debe pretenderse la vanguardia de las masas, sino el que prepara el auditorio para que su grito se convierta en voz, su queja en sujeto, su precariedad en interpretación de sí. Hace para que el acontecimiento no deje de suceder, pero se equivoca si pretende descontar de la operación lo real del tiempo. Hay siempre un imposible lógico en la causa de los procesos humanos, una raíz asémica, discontinua con lo simbólico, que impide el encadenamiento automático de las acciones y sus consecuencias. Hay el instante de ver pero sin el tiempo de comprender no puede llegar el momento de concluir. La masas gozan. Esa es su esencia. Gozan de su servidumbre. La libertad no es un acto de autodeterminación simplista. Implica la re-flexión, la heteroconciencia. El progreso inmanente en un tiempo homogéneo y vacío, sin discontinuidades ni saltos cualitativos, es una suposición dogmática.

IV.     

La economía y las sociedades no tienen leyes eternas. No hay un sustrato ontológico inconmovible para la actividad humana. La leyes económicas efectivamente existentes son las del mercado capitalista y quien pretende rebasarlas, conculcarlas, derribarlas, subvertirlas, necesariamente se abisma en un terreno pantanoso e incierto. No hay nada predecible tras el capitalismo. Suponer que lo que ocupará su lugar es mejor es un acto de fe radicalmente subjetivo y agnóstico, aunque esté perfectamente motivado por la observación de las catástrofes y la valoración moral del presente.
Ahora bien, las leyes del capitalismo son económicas, tanto como políticas, sociales, ideológicas y cosmovisionarias. Supone un acto de férrea disciplina intelectual evaluar lo político y lo social sin convertirse en esa circunstancia en un instrumento del capitalismo evaluándose a sí mismo, cercenando la posibilidad de cualquier mirada exterior a sus propias condiciones de producción y perpetuación. Es la falacia de la sostenibilidad: calcular estrategias para mejorar el mundo suele estar confundido con calcular técnicas para perpetuar los patrones de dominación capitalista. Las estadísticas y las investigaciones cuantitativas van casi –el casi es una cortesía académica- siempre en esa dirección porque informan e ilustran, pero no desvelan, aunque puedan sorprender. No explicitan la esencia ideológica en la que se fundan los principios regulativos de su propia actividad de medir.

V.       

Dicho lo cual, es obvio que el desánimo en tiempos de capitalismo parlamentario tiene connotaciones propias. Por dura que sea, la lucha contra una dictadura feroz tiene siempre el refrendo implícito de la radical falta de legitimidad democrática del enemigo. De ahí, que en los años 80, a los resistentes antifascistas de antaño se les escapara como un dolido suspiro la expresión “contra Franco vivíamos mejor”.  Pero la representatividad parlamentaria tiene en un fondo de dura consistencia, de dimensión real. Si una iniciativa no tiene reflejo electoral, sea como triunfo de la propia opción –cosa cada vez menos pretendida en tiempos postpartidistas- o como descalabro de la opción combatida, se reputa inmediatamente como fracaso. Es lo imaginario de la democracia, que trata al electorado como juez, como clientela y como víctima. Hay que entrar en el campo escópico en que consiste la esfera pública, hay que conquistar la agenda. Hay que hacerse ver. Y si uno no cuenta con semblantes profesionalizados, hipervisibles por vocación, como los líderes de los partidos convencionales, sino exclusivamente con la imagen precaria de la multitud ocupante, la fatiga es un riesgo evidente. La calle es un mal hogar y la pantalla de televisión es un triste tanatorio. Queda el calor, tan poco de fiar en su representatividad, de las redes sociales.

VI.     

Ahora bien, no podemos juzgar cualquier tipo de activismo democrático sin definir su telos al menos como horizonte regulativo. Un activista ha de preguntarse si sus acciones se orientan al fin último de transformar radicalmente la sociedad, en sus fundamentos mismos, o bien (Alinsky’s way) no pretende más que puntuar el progreso en un tiempo homogéneo y vacío. Un gran ejemplo es el activismo profesional de las ONGs que ha tenido como efecto perverso el reforzamiento del Estado, al plantear como opción moral una lucha por la justicia al margen y en paralelo a su actividad. Una actitud justiciera radicalmente apolítica. En este sentido, traigo por enésima vez esta cita de Lacan, porque expresa la postura ética más radical que conozco: “De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables. Llamen a eso terrorismo donde quieran. Tengo derecho a sonreír, pues no será en un medio donde la doctrina es abiertamente materia de compromisos, donde temeré ofuscar a nadie formulando que el error de buena fe es entre todos el más imperdonable.” Éste fue en buena medida el problema del 15M, la imposibilidad de decidir un deseo. Pero quiero creer que aún no ha terminado su tiempo.

VII.   

Todo horizonte activo se funda en una escena fantasmática, en una ontología que se constituye en su Grund. En ese sentido, el gran error de Marx, que ha condicionado sus innumerables aciertos analíticos y programáticos, fue creer en una especie de lealtad de la materia por la vía de la conciencia que le llevó a calificar (Engels lo formuló por él) su opción por el socialismo como “científica”. Es el gran lastre del iluminismo en su teoría: creer que podría haber una ciencia de la revolución y de la historia parangonable a las ciencias naturales, y que podría poseer su carácter predictivo. Pero las ciencias, al menos las basadas en el paradigma mecanicista, que era el hegemónico en su tiempo, no podían funcionar sino por exclusión de lo indeterminable y de lo complejo. Y la navaja de Ockham, aplicada en poliítica suele tender a una temible extensión de su filo y de su hoja. Gran parte de la tosca brutalidad de muchos que se denominan y han denominado marxistas proviene de esta servil confianza en el refrendo ontológico de sus planteamientos. Nada más temible que un marxista adalid de lo científico esgrimiendo su condición de vanguardia de las masas, su fe en las leyes eternas del materialismo histórico y dialéctico y su confianza ciega en el proletariado como sujeto inmanente de la Historia. Del mismo modo que, tal vez, hayamos de reconocer que este núcleo iluminista, racionalista instrumental y cientifista es la razón por la que el marxismo convivió tan bien (es decir, en lucha perenne, pero no en exclusión) con las demás corrientes del pensamiento occidental en el capitalismo.
Tan dogmático como este corpus histórico-dialéctico es también la opción liberal-ciudadanista por la fe ciega en la difusión informativa y en la capacidad inapelable de juicio de la entelequia denominada “opinión pública”. La suficiencia de lo obvio, tal vez no implique la de lo evidente, pero si a las pruebas me remito, no hay ningún saber extraordinario sobre lo colectivo, ni ninguna sabiduría inmanente en la opinión pública. La información no opera milagros porque es un saber sin sujeto. No sé si tras el 15M o tras la primavera valenciana, o tras las protestas por los recortes o por los desahucios pero tras los volcados denunciantes (me parece mejor esta expresión que “revelaciones”) de Assange, Snowden, Elmer o Falciani sí "que no ha pasado absolutamente nada".  Nada nos contaban que el mainstrean cinematográfico no hubiera inoculado ya en nuesto imaginario colectivo como una magnífica vacuna contra el escándado. Tanto aquí como en el caso del materialismo cientifista ingenuo, el automatismo nos lleva a eludir toda responsabilidad (singular, subjetiva, compleja, por el deseo y por las condiciones de goce) y nos encamina inexorablemene al ámbito imaginario de la culpa y del desánimo que es el de la información y la refracción numérico-mediática concebidos como el único campo posible de enunciación.

VIII.   

La teoría política postfundacional, nos lleva a plantearnos un escenario más audaz, no garantizado por ninguna ontología mecánica, dócil a la técnica social y al Pricipio de Razón Suficiente. La lucha no tendrá fin: no hay reconciliación final posible, no hay un aproblemático mañana donde la diferencia entre lo común y lo público se haya extinguido con paz y el sujeto no se mida por la distancia entre su singularidad y lo colectivo. No hay un futuro social sin lo político. La observación es infinitamente diferente de la espera. Toda convicción política moralmente responsable ha de estar al cabo de ello porque todo izquierdista es un activista político, a diferencia de los neoliberales y conservadores, que en general dicen dedicarse a sus muy importantes trabajos y a crear empleo y riqueza para sus naciones y no tienen tiempo para huelgas, manifestaciones ni zarandajas. Las manifestaciones y huelgas les molestan mucho porque les impiden trabajar, aunque curiosamente contra las fiestas patronales, que también cortan calles y suspenden la actividad laboral, no suelen tener nada.
Si no hay un sujeto a priori de la Historia, si no hay una reconciliación final irrevocable, la sabia desesperanza es la única oportunidad de un deseo no claudicante ni desfalleciente. El optimismo ontológico es la gran premisa del pesimismo óntico (efectivo). La vida en rebeldía, la opción por la crítica, implica un imperativo insoslayable: la obligación de medirse, pero sin apacibilidad de un patrón preexistente. No se trata de medir lo colectivo, sino de medirse en cuanto sujeto. Medir la distancia de sí respecto al ideal, al deber, a la moralidad, al amo. Es requisito indispensable encontrar un lugar para luchar sin desfallecer. Pararé cuando esté muerto, sí. Pero hemos de disfrutar de la vida mientras estemos vivos. La alegría es revolucionaria porque es la máxima expresión del sentido de la responsabilidad. No es fácil. Por eso dejamos tantas veces que la suplante el optimismo, que nos libera de su carga y la remite a las leyes de la historia o a la quimérica conciencia de las masas, que es lo más cercano que imagino al monstruo que produce el sueño de la razón. La alegría, si media una intención de transformar la realidad a través de la subversión política, no se mide por el muy liberal patrón del éxito, sino por la sutilidad del avance sin descanso. Por eso, sólo pido al que lea estas reflexiones que no intente entenderlas (o decidir que no se entienden, que viene a ser lo mismo) demasiado pronto. Tranquilo, hay tiempo.