miércoles, 4 de diciembre de 2013

La suficiencia de lo obvio (declaración de principios)

Hace unos meses tuve una serie de conversaciones, que acabaron quedando en nada, sobre la posibilidad incorporarme como articulista a un nuevo medio de cuyo marchamo progresista y autogestionario no cabía duda. Si aquello que yo proponía hubiera despertado finalmente interés, mi columnita, que hubiera versado sobre asuntos relativos a la comunicación política y la cultura visual se hubiera titulado “La suficiencia de lo obvio”. Se lo cuento a mis alumnos y me lo aplico en mi trabajo: la información excesiva, el alud de datos, la compulsión estadística como sucedáneo de la universalidad son siempre enemigas del saber y del conocimiento. Indagar la oculta trama de los hechos de una manera obsesiva puede desembocar en la más absoluta oscuridad. La información, la avalancha de los big data, sin una jerarquización semántica, sin más que un mar hipertextual chato y amorfo, lleva a la confusión y a la parálisis y es campo abonado para la manipulación. A cualquier dato siempre puede oponérsele uno en sentido contrario según interese a cada actor económico o político y cada sujeto, casi cada ciudadano, se encuentra atrapado en su maraña de redes identitarias e ideológicas sin poder designar nunca su lugar, sin ganar una exterioridad desde la que la razón -y también el deseo ¿por qué no?- le puedan proveer de un afuera en el que el aire se torne respirable. Es decir, que los datos son el principal enemigo de la hermenéutica, siendo que la interpretación del mundo, entender qué, cómo y por qué pasa lo que pasa, es una obligación moral, porque es un requisito imprescindible interpretar la realidad para poder transformarla. Es un trabajo sin fin, porque no habrá nunca un cierre categorial que nos dé la clave del mundo en tanto que tampoco hay una para determinar de una vez por todas el lugar desde donde lo interpretamos.
Partimos, pues, de algunos axiomas. Primero, que todo fenómeno es interpretable, que todo lo que se ofrece a nuestra percepción implica una correlación simbólica. Y, segundo, que ésta es autosuficiente, porque toda la estructura del poder deja sus huellas en los mensajes que emite, porque su secreto deja sus reliquias en el campo, nunca santo, de la mirada. Diciendo que lo obvio es suficiente, no queremos implicar una insulsa transparencia. Antes al contrario, lo que pretendemos es decir que navegar en el espesor sígnico de lo que tenemos ante los ojos, de lo que nos llega del mundo en su obstinada opacidad de simulacro es lo único que necesitamos para intentar entender las estrategias de los actores que lo tejen. Yo lo llamo algo así como materialismo kantiano. Es porque tengo menos interés en ser coherente que en ser lógico.
(Por cierto, todo esto es influencia de la semiótica, la teoría textual, el análisis del discurso, etc., sí. Pero tal vez lo es ante todo del psicoanálisis. Qué le pueda ocurrir a un psicoanalista que, aún sabiendo que en la palabra de un analizante no está todo, no esté avisado de que no hay nada más, lo explicó hace muchos años David Mamet en House of games)
El roto: