miércoles, 4 de diciembre de 2013

Canal 9 y las discontinuidades del poder.

El cierre de RTVV es el mayor escándalo que se ha producido en el ámbito histórico de la Comunidad Valenciana (estricta y administrativamente hablando: no del País Valencià, la región valenciana, el reino de valencia o el levante español: La Comunidad Valenciana es un ámbito histórico-administrativo muy concreto que no debe ser confundido con todas esas otras realidades más o menos fantasmáticas). Sonará excesivo en una tierra gobernada por un partido que ha expoliado sus arcas públicas con eventos brutalmente propagandísticos,  que ha colocado miles de enchufados en todas partes, que ha arrasado con cualquier rastro de un sistema financiero propio y que tiene más de cien imputados entre sus cargos electos. Pero el caso es que un escándalo no se mide solo por los valores éticos que traiciona o por las valoraciones económicas y sociales que merece. Es componente esencial de un escándalo su dimensión escópica, de espectáculo. Y como espectáculo éste ha sido sublime. Gigantescamente torpe y obsceno.
Decía en mi post anterior que uno se maneja con axiomas, con principios que parecen evidentes y que uno no se cuestiona continuamente, precisamente porque, si son sólidos, han sido producto de una larga reflexión. Cuando me acerco al análisis del discurso político estándar y de sus destilados mediáticos, mi axioma es que la política convencional de los partidos profesionales está completamente en manos de sus discursos programáticos y estratégicos. O sea: nada de autenticidad, nada de espontaneidad, nada de sinceridad, nada de verdad. Nada de intentar entender el mundo para actuar sobre él, sino de mantener un discurso pétreo con el fin de dar una sólida imagen de marca que lleve a ganar elecciones. En suma, la comunicación se ha convertido en el campo de enunciación único de la política.  Y ello tiene como corolario inmediato que, por definición, un político profesional no comete errores. Sí, sí, sé lo que he dicho. No comete errores comunicativos, de interactuación persuasiva con su electorado. Los errores pueden ser muchos en la praxis, de hecho el mayor patrimonio de la política institucional es el error, pero no en los enunciados, no en los mensajes. Posiblemente, tampoco en la enunciación. Sólo así se entiende que Zapatero tardara años en reconocer que estábamos en crisis o que Rajoy tuviera por única estrategia callar cualquier posible propuesta para ganar las elecciones.
Ahora bien, Artur Mas ya me hizo cuestionarme este postulado de la imposibilidad del político profesional contemporáneo para equivocarse, es decir, para dejar asomar alguna clase de verdad en su discurso, cuando al convocar elecciones en 2012 reivindicó su muy humano derecho a cometer estupideces. Yo siempre he pensado que Mas no tiene la más mínima intención de declarar la independencia de Catalunya, sino de eternizar el simulacro de una polémica sin fin, que es lo que hacen los partidos políticos en el poder para confutar cualquier riesgo de auténtico antagonismo dialéctico. Mi argumento: que vendía la independencia con las mejores técnicas de márketing, aduciendo que la ciudadanía podía actuar sin ninguna responsabilidad (es decir, con todo el “empoderamiento” soberanista) sobre el proceso, sin jugarse ni su vida ni su hacienda, sin auténtica lucha real contra un enemigo terrible y armado como lo es el Estado Español. Evidentemente, si convocaba elecciones era para controlar ese proceso de un modo mucho más férreo por medio de una mayoría más amplia. Y ya sabemos lo que pasó. Al parecer ninguno de sus seguramente harvardianísimos asesores le advirtió de los riesgos que implicaba trasladar una límpida operación de márketing al terreno de la consulta electoral efectiva.
Cuando nuestro molt honorable particular, Don Alberto Fabra, comentó el otro día que pretendía cerrar RTVV, mi primera reacción, como la de casi todo el mundo, fue quedarme de piedra. ¿Sería posible una rabieta así en un hombre que se gasta un dineral en asesores y coaching? Desde el principio aquello parecía un torpísimo farol de un jugador de póquer suicida. Cargarse el medio propagandístico y comunicativo más potente con el que contaba, y encima quitarles a muchos profesionales de la información apesebrados el último eslabón de la cadena con que podía sujetarlos, el sustento. Y con ello convertir al instrumento que había sido el andamiaje mediático del proceder caciquil de su partido en los últimos 20 años y, no sólo eso, convertirlo en la peor de sus pesadillas. De hecho, tuve una cierta esperanza de que no hubiera perdido su fascioneoliberal cordura cuando vi que algunos de sus más insignes acólitos se ponían al frente de los informativos y debates autogestionarios del personal de RTVV y pensé de nuevo en la lógica del simulacro: perdido el ERE, se trataba de una maniobra perfectamente planeada para hacerse con el control total del ente, capitaneado ahora por sus más fieles con el apoyo de la masa salarial. Pero no. Ahora va, y parece que no. Con todo el empecinamiento del que ha sido capaz y con un proceder berlanguianamente (me encanta este adjetivo que ha corrido por las redes sociales) esperpéntico, tras una agonía bufa (por la parte del Consell) y cruel (por parte de los trabajadores y la sociedad civil) de 18 horas, Canal 9 fundió definitivamente a negro el pasado viernes 29. 
En alguna intervención que he tenido en facebook estos días he calificado a Canal 9 con el término que Ernesto Laclau acuñó para designar esos enclaves simbólicos que propician una hegemonía política al concitar una serie de identidades a través de una visión particular que puede así representar puntualmente a la totalidad de la sociedad: significante vacío. En terminología política postmarxista, el surgimiento de un significante vacío es precisamente un momento de irrupción de lo político, de presentación de la política mucho más allá de su pura dimensión administrativa. “Canal 9” se ha vuelto efectivo, precisamente, cuando funde a negro, cuando tiene un contenido 0. Es entonces cuando ha concitado una unión popular que nunca antes, dada su línea obscenamente progubernamental, hubiera podido aglutinar. Nuestro molt honorable, como el del norte, se ha llamado a engaño. Probablemente, es uno de los grandes males de la ciencia política actual: fue engañado por las estadísticas y las encuestas, que parecen la única fuente de conocimiento digna de tal nombre. Probablemente, los adeptos a estos fetiches numéricos le dijeron que, total, la audiencia de Canal 9 estaba bajo mínimos y que cuando se encuestaba a la población todos los indicadores apuntaban que estaba totalmente desprestigiada, como fuente de información y como fuente de conocimiento.
Pero lo que sucede es algo muy simple: se puede encuestar a una población, pero no se puede encuestar a un pueblo. Se puede muestrear a un electorado y extraer unos preciosos quesitos o semicírculos de colores, y unas preciosas líneas quebradas sobre la intención de voto. Nada contra ellas, porque pueden tener su utilidad como auxiliares del conocimiento, pero en el sistema mediático y comunicativo de una comunidad nacional hay más que los datos numéricos y estadísticos: Un sistema mediático tiene leyes que van más allá del dato concreto de la audiencia.Nos hemos preguntado cómo era posible que, ante el escándalo continuo de mayor o menor intensidad en el que ha vivido el PP en los últimos 20 años, siguiera sacando mayorías absolutas aplastantes: derroche en fastos vacíos, ninguneo de los servicios y derechos públicos (servicio es la limpieza o el transporte; derecho es la sanidad o la educación. Por distinguir, más que nada), censura en los medios públicos, el accidente de metro, la trama Gürtel, etc. Disto de tener una respuesta general al problema pero de lo que estoy seguro es que ésta no se va a encontrar sólo en las encuestas. Canal 9 tenía un papel esencial en este poder del PP porque implicaba un subtexto ideológico, probablemente tan inconsciente como presente en mucha parte del electorado valenciano: la ideología del PP era regionalista y hablaba valenciano. Poco, pero lo hablaba. Muchos votantes del PP en la CV (no en el País, Regne o regió), despreciados y perseguidos por su lengua durante generaciones podían ver precisamente que la ideología que los dominaba era “su” ideología: en valenciano se hablaba del tiempo de su comarca, de los problemas de la agricultura, se retransmitía la Fórmula 1 y, sobre todo, se comentaban los problemas de sus equipos de fútbol. Podían seguir votando PP porque con ello no traicionaban patria alguna, dijeran lo que dijeran esos “rojos catalanistes”. Más allá de su presencia, Canal 9 era un factor clave en el empoderamiento del PP por su existencia. Más que un poder cuantitativo, tenía una función en un razonamiento lógico implícito. Y cerrarla ha podido ser el último velo que cubría como coartada ideológica el obsceno núcleo centralista, autoritario y corrupto del partido en el poder. Sin Canal 9, la fórmula 1 o la visita del Papa o la Ciudad de las Artes y las Ciencias o el Aeropuerto de Castellón, ya no son intentos regionalista de poner a la Comunidad Valenciana en el escaparate globlal, son un simple y corrupto atraco a las arcas públicas para favorecer a negociantes privados. Eso, parece ser, ni ellos lo sabían.
No habrá una articulación de izquierdas jamás en el País Valenciano si no tenemos en cuenta su particular sensibilidad nacional, por mucho que lo pretendan bienintencionadas propuestas ciudadanistas, como las asambleas de constituyentes, por ejemplo. Y Canal 9 era un buen calmante, un buen anestésico, un buen tranquilizador de muchas conciencias. Es ahora, en negro, cuando podemos decir que puede servir para un despertar. Despertar en otro color, claro. Del cierre de Canal 9 a “Fabra dimissió” no había más que un leve paso propulsado por una aplastante lógica. Pasó el instante de ver, ha culminado el tiempo de comprender. Ojalá el enorme bloque progresista que se puede ensamblar ahora consiga que no se aplace sine die el momento de concluir. Gracias, siempre a ellos (entre los que este escribiente se inscribe) por haber mantenido la llama durante todo este tiempo oscuro. Por haber preparado el instante político en que todo poder, por omnímodo que parezca, se muestra discontinuo.