viernes, 6 de diciembre de 2013

La actualidad es una ficción: sobre la información y sus fuentes.




Mi anterior post sobre Canal 9 ha recibido las repuestas de algunos amigos aludiendo a la supuesta trama que se ocultaba tras su cierre. Algunos apuntaban a oscuros tejemanejes económicos, a la (para mí segura) intención de vender de saldo las instalaciones a los amigotes, que es una forma extraordinariamente corrupta de privatización. Y también se especulaba con la idea de que en el fondo la decisión del cierre la había tomado Rajoy. A mí no me acaba de cuadrar esto, la verdad. Conociendo el nivel de responsabilidad del PP con el gasto público y su voracidad electoral, simplemente con que Fabra hubiera advertido que RTVV había sido y podía seguir siendo un instrumento propagandístico clave para conservar un feudo esencial, no creo que Rajoy le hubiera puesto muchas pegas. Pero el caso es que me da absolutamente igual. En el primer post de este blog y en su mismo nombre creo que he dejado claro que no me interesan las tramas ocultas, porque tengo suficiente con lo que me es dado a interpretar: La verdad de la política está en la espesa superficie de sus mensajes. Los hechos no son lo real, porque o bien tienen sentido -es decir, están insertos en un relato- o,  si no, son absolutamente ininteligibles. Por lo tanto, los hechos, los facts, los raw data son un puro mito, porque nos llegan ya procesados como ficción. Extraer de ese sentido una verdad es una labor de reflexión hermenéutica, no una búsqueda desesperada de una objetividad mítica. La verdad no se alcanza por la generación compulsiva de sentido, sino por cernir las discontinuidades, las paradojas, las incoherencias que en él anidan y que, si se pretenden velar, se convierten de pleno derecho en argucias, en imposturas, en mentiras.
La actualidad es pues una ficción y con las categorías de la ficción ha de ser abordada. Para mí el autor modelo de la secuencia narrativa "cierre de RTVV" es el "molt honorable" don Alberto Fabra. También es una cuestión de estrategia, de lucha política, porque el texto es un campo de batalla y hemos de ser consecuentes con sus líneas de fuerza: por ese acto podemos pedir la dimisión de Fabra, pero sería un exceso interpretativo delirante pedir directamente la de Rajoy. Si nos ponemos así, podríamos acabar pidiendo la de Van Rompuy o la de Durão Barroso, ¿por qué no? Soy completamente derridiano en este punto: efectivamente, "no hay fuera de texto". Por esta razón podemos afirmar que la hermenéutica es un imperativo moral: dado que vivir es interpretar, es perentorio hacer de esa interpretación pensamiento, no puro reflejo cognitivo. El pensamiento es siempre rebelión, porque implica desnaturalizar lo creemos, lo que asumimos como existente, e impide que nos conformemos con una adaptación ignorante. Revelar es rebelarse. No prestarle  al entorno la atención, sino la hospitalidad existencia en que toda crítica consiste.
El referente de la actualidad, decíamos, no existe. Es una construcción discursiva y una práctica de poder. Por eso, es tan importante el establecimiento de la agenda, porque agenda setting significa poder y exclusión. Y por eso, en buena lógica, no podemos concederle a la actualidad un estatuto ontológico, sino estrictamente ideológico. Lo que puede tener un vínculo con el ser es el pre-sente, justo porque implica un componente trágico y patético: la responsabilidad ante lo que se rev/bela. La agenda siempre la han establecido los poderosos e irrumpir en ella por parte de los oprimidos significa quebrarla, conculcarla, subvertirla. Decirle al poder, tú no decides lo que cuenta. Por eso, los poderosos odian los escraches y buscan prohibirlos. No porque sus pobres niños sufran, sino porque es la forma que tienen los oprimidos de entrar en escena, de mostrar las hendiduras que requebrajan la pantomima de su gloria. Aún más, de su importancia.
Termino con una larga cita de Borges, porque la auctoritas está mucho más cerca de la verdad que los datos. La palabra tiene el poder de revelar. no de reprimir la verdad como aquéllos. Decía el narrador de “Utopía de un hombre que está cansado” (El libro de arena) de su tiempo, que es el nuestro:

— En mi curioso ayer, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más ínfimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.
Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto del mundo.”
Y le contesta su interlocutor futuro:

“Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas”

Por eso he empezado, una vez más, con una viñeta de El Roto. Porque en cualquiera de ellas hay mil veces más verdad que un millón de datos banalmente informativos..