miércoles, 5 de febrero de 2014

La verdad acerca de los hechos, 3.

(Viene de aquí)

III.        Opinión pública, identidad, empoderamiento.


Si ante un acto discursivo periodístico consideramos que sólo está transmitiendo informativamente unos hechos que preexisten, y que nos hace llegar sin re-presentación ni modelización alguna, lógicamente, parece que las únicas opciones sean binarias (01, mostrar o no mostrar, dar la noticia o no darla) cuantitativas (tiempo dedicado, lugar en la escaleta ,etc.) Ahora bien, es importante tener en cuenta que la ratio convencionalmente aceptada para medir y reglamentar estas cosas es la electoral, y esta ratio está en crisis desde el momento en que la legitimidad representativa –en lo político, y en lo especular, esto es, en la dinámica de las identidades y las legitimidades- está en entredicho, y muy cuestionada socialmente, porque la sociedad, a su vez, se halla dividida y a la busca de una identidad que la legitime ante sí misma. ¿Qué somos? ¿Masas, pueblo, ciudadanía, sociedad civil, esfera pública….? Sobre todo opinión pública, porque ésta es la función especular por excelencia. Ante cada toma de posición colectiva, el espejo público se fe enfrentado a la dicotomía: ¿son nosotros o no? Aquí entra la función articulatoria inconsciente de las comunidades de goce, donde a falta de una argumentación reflexiva o un cálculo racional de los propios intereses y estrategias consecuentes es el enjambre de significantes identitarios es el que toma la decisión por los sujetos. 

Es algo que tiene su implante en la sociedad de la información desde mucho antes de la inculturación de las tecnologías digitales. Se trata de la moral del test (¿es usted partidario del (divorcio, aborto, Unión Europea, la prohibición de los toros, Estado de las autonomías, copago sanitario, etc)? ), que ha derivado en posiciones de goce comunitarias. De ahí, que me rechine tanto el término empoderamiento que, proveniente del execrable lenguaje de la autoestima y de la autoayuda, tan neoliberal y reaccionario (véanse las opiniones de Jorge Alemán y Eva Illouz). ¿Empoderar a quién? ¿Quién es el poder popular? ¿Qué fuerza tiene esa supuesta sociedad civil? ¿Es también un dato (lo que se nos da), una esencia, un –utilizo un tecnicismo lacaniano- sujeto supuesto al saber de la historia? ¿Qué identidades la articulan? ¿O es una construcción simbólico-política que vamos elaborando histórica e interactivamente? Hemos de preguntarnos esto si no queremos caer en un huero institucionalismo formalista y dejar los afectos y toda la psicología de lo colectivo al margen de nuestro razonamiento. Cuidado, porque la trascendencia de esta distinción es ética y epistemológicamente crucial: determina el modo y el derecho que tenemos a imaginar el futuro.

(Continuará)

La verdad acerca de los hechos, 2.



(Viene de aquí)

II.        El espesor del dicurso.

Yo decidí llamar genéricamente a este blog “La suficiencia de lo obvio”, título que me parecía bastante expresivo acerca de mis intenciones. Dice Corominas en su Diccionario Etimológico, y también lo ratifica el DRAE como su primera acepción: obvio, fin S. XVII, lat. obvius 'que sale al paso, que ocurre a todo el mundo'. No otro es el sentido que le quería dar a esta palabra. Obvio sería pues lo que sale al encuentro, lo que está ahí, para todos. Es podríamos decir, un antónimo de transparente. Ahora bien, lo que sucede muy habitualmente es, precisamente, que lo obvio se torna cristalino, invisible como la Carta robada de Poe. Eso lo que suele suceder con lo que los semióticos y analistas del discurso solemos llamar el espesor del discurso. Parece que al fin he definido mi especialidad, pero no se asusten, en seguida la fastidio, porque como tantas veces, es Lacan quien mejor lo expresa: "Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha" Que -y vuelvo al despiste disciplinar- coincide con aquello que decía Román Jakobson de la función poética del lenguaje:

“La orientación (Einstellung) hacia el MENSAJE como tal, el mensaje por el mensaje, es la función POÉTICA del lenguaje. Esta función no puede estudiarse de modo eficaz fuera de los problemas generales del lenguaje, y, por otra parte, la indagación del lenguaje requiere una consideración global de su función poética. Cualquier tentativa de reducir la esfera de la función poética a la poesía o de confinar la poesía a la función poética sería una tremenda simplificación engañosa. La función poética no es la única función del arte verbal, sino sólo su función dominante, determinante, mientras que en todas las demás actividades verbales actúa como constitutivo subsidiario, accesorio. Esta función, al promocionar la patentización de los signos, profundiza la dicotomía fundamental de signos y objetos. De ahí que, al estudiar la función poética, la lingüística no pueda limitarse al campo de la poesía” 



Por eso he defendido siempre que analizar cualquier acto comunicativo implica poetizarlo, espesarlo, ver signos y no objetos. Porque los signos son lo obvio, no otra cosa nos sale al paso. Apostar por su referencia exacta, pertinente, objetiva, es paradójicamente una decisión del sujeto, que sostiene la realidad, en su calidad fantasmática, proyectando coherencia, imaginando una sustancia que trascienda su sintaxis.

Como decía Gianfranco Bettetini: “Toda imagen es un conjunto de elementos significantes articulados por un sujeto de la enunciación”.  Es el único axioma que tenemos los teóricos de la imagen. Y yo lo considero generalizable: “Toda situación social –relación de amor, competitividad, opresión, poder, persuasión…- puede ser interpretada como una articulación significante proferida por un enunciador”, esto es, analizada como una situación comunicativa, como un mensaje. En principio esto podría reportarme una acusación de  pansemioticismo. Pero depende de la lectura que se haga de ello. Se puede hacer una una lectura estructuralista ingenua que sugeriría la siguiente inferencia: “Tras todo fenómeno subyace una estructura = Toda realidad tiene sentido” Y otra, que es la que yo me propongo, partiendo del descubrimiento  de Eco de que esaestructura está ausente, es decir, que esa significación, que ese sentido lo producimos en el análisis, y de la que se derivaría que: “No hay más realidad que el sentido”. O en otras palabras, lo real siempre queda por fuera del sentido. Desde una perspectiva simbólica, no existe. Hablamos, claro, de existencia lógica (que es el concepto de existencia que utilizaba Lacan cuando decía cosas como El Otro no existe, o La mujer no existe...)

 

Y ésa es mi tesis en esta serie de textos: La verdad acerca de los hechos es que los hechos no existen, en todo caso insisten, a través de su tozudez. Pero son “hechos existir” sólo a través de su articulación por un sujeto de la enunciación, son ficción simbólica. Contestando a la observación de EmiliaBolinches, que los hechos sean sagrados implica que como todo lo sagrado son inaccesibles directamente, sólo lo son a través de una liturgia, que toma la forma de un relato siempre “manipulado”, siempre construido discursivamente.

Pues bien, el problema es que pese a que la mayoría de la gente tiene unas competencias performativas e intelectivas en el discurso audiovisual impensables sólo dos décadas atrás (cualquiera, no sólo los nativos digitales, sabe filmar, editar y publicar un vídeo) cuando asiste al despliegue de los discursos informativos visuales neglige lo obvio: que está viendo imágenes, que están asistiendo a una a un “montaje”, por . Gente que ha visto películas de Spike Jonze, Michel Gondry, Gaspar Noe, Christopher Nolan, Welles, Ozu, Kurosawa o Siodmak y que se conoce de memoria el famoso adagio de Godard acerca de que un travelling es una cusestión moral. Psicoanalistas, especialistas brillantísimos en análisis fílmico, filósofos hartos de explicar a Platón o Nietzsche, historiadores y hasta algunos especialistas en comunicación y en ciencia política habituados a escrutar las más intrincadas estrategias de persuasión en la conquista de lo público, que cuando ven un telediario o un programa informativo creen estar viendo hechos, aún más si estos se fundan en la más engañosa de las ilusiones: el directo. Que se diga queda olvidado. Y sólo queda lo que se escucha, que se reputa de “real”.

En el entorno académico en el que me suelo mover hay una preocupación por el analfabetismo audiovisual y por la brecha digital. Pero a mí me causa una preocupación muy superior esta aculturación semiótica y mediática que afecta a la inmensa mayoría, más allá de su nivel educativo, de la vastedad de sus lecturas, de su sensibilidad artística: la creencia en que habría discursos que no serían del semblante y que lleva a la confusión de las representaciones con los hechos y, por lo tanto, al borrado de todo vestigio de la enunciación como acto subjetivo y de la verdad como valor político. Los psicoanalistas lo saben. Al menos, cuando dirigen una cura. El problema, tal vez, no sea educativo, sino discursivo, relativo a un vínculo social inconsciente, que impera. Estructural. El principio de realidad es una propensión subjetiva en la que se basa toda posibilidad de un delirio colectivo. Es decir de entendernos, de engañarnos. Y de creer que el engaño de cada uno es participado por los otros como verdad objetiva.


La verdad acerca los hechos, 1 (respuestas a partir de mi primer post sobre el Gamonal)



I.        Introducción

“Literalidad y precisión no son lo mismo; antes bien hay que decir que van separadas. Sin ruptura, sin impropiedad, no hay conocimiento que aspire a ser algo más que una repetición ordenadora. Que dicho conocimiento no renuncie a pesar de ello a la idea de la verdad, como por el contrario está mucho más cerca de ocurrir en los más consecuentes representantes del positivismo, no deja de constituir una  contradicción esencial: el conocimiento es, y no per accidens, exageración. Porque de igual modo a como ningún particular es «verdadero », sino que en virtud de su estar-mediado es siempre su propio otro, tampoco el todo es verdadero. El hecho de que permanezca irreconciliado con lo particular no es sino la expresión de su propia negatividad. La verdad es la articulación de esta relación”.

Theodor W. Adorno.

Esta serie de entregas del blog está pensada como una respuesta global a algunas observaciones que se me han hecho a cuenta de mi entrega sobre el Gamonal, tanto en el mismo blog como a través de facebook, y muy particularmente a las atentas objeciones y preguntas que me han formulado Paco López y Emilia Bolinches. Pero he preferido, como casi siempre, mi caos subjetivo antes que la fragmentación proveniente de dar repuesta por separado a cada objeción. El caso es que a veces me cuesta recordar que hace muchos años que funciono con una serie premisas que no comparte casi nadie, -la mayoría de las cuales están recogidas en un libro que tampoco ha leído apenas nadie, dicho sea de paso- y que van en general contra el sentido común y contra los marcos de pensamiento generalmente aceptados, tanto por la opinión general como por la doxa académica. He pretendido ser lógico y no original (quo erat demonstradum: la frase es de Lacan), pero la lógica, aplicada radicalmente, te puede llevar muy lejos de los consensos humanos y las opiniones aceptables.

En términos generales, suelo creer que mi pensamiento es congruente con Lacan, y con la parte analítica de Marx, aquella que le mereció por parte de Lacan el calificativo de inventor del síntoma. Pero me llevo muy frecuentemente la sorpresa de que muchos psicoanalistas se sorprenden y piensan que no hablo de su campo cuando aplico los supuestos del análisis fuera de la clínica, es decir, cuando intento indagar la realidad como efecto simbólico y como formación del inconsciente, interrogando una función de sujeto como respuesta de lo real. No digamos ya, mis amigos filósofos, periodistas, filólogos, teóricos de la comunicación, la literatura y el cine.

Por tanto, esta serie de posts va tomar la forma de una  batería de sucintas tesis que pretenden dibujar mi  background, lo que creo son los fundamentos de mi visión y análisis de la realidad. No creo sinceramente que se pueda reputar este ejercicio de narcisismo intelectual, porque si el narcisismo fuera mi primera motivación hubiera fenecido de inconsolable melancolía tiempo ha. Como dice una de las personas que justifican el apenas delante del nadie cuando hablo de la lectura de mi voluminoso libro, el problema es que parezco no tener target: los psicoanalistas piensan que me dedico a la filología, el cine o como mucho las ciencias sociales, en estos campos se piensa que tengo veleidades filosóficas y la mayoría de los filósofos creen que mi disciplina es el psicoanálisis. Desolador ¿no?

lunes, 3 de febrero de 2014

El Vacío y la Muerte 0 (Título, epígrafes, prefacio)



El Vacío y la Muerte

(Poema sin límite)

(Poemario concluido en 2010)

José Antonio Palao






“Dios mío, Señor mío, haced que el diablo mantenga su palabra”
Charles Baudelaire

“Me dijo con su iris: "Seré la plenitud de tus horas medianas. Subiré con hervor tu hastío, daré a tu duda espuma".
  Desde entonces ¡qué paz! no tiendo ya hacia fuera mis manos. Lo infinito está adentro. Yo soy el horizonte recojido.
   Ella, Poesía, Amor, el centro indudable.”
Juan Ramón Jiménez.
  
“Esos ojos de frío no me mojan la espera de tu llama, de las escamas pálidas de ansia. Aguárdame. Eres la virgen ola de ti misma, la materia sin tino que alienta entre lo negro, buscando el hormiguero que no grite cuando le hayan hurtado su secreto, sus sangrientas entrañas que salpiquen. (Ah, la voz: “Te quedarás ciego”.) Esa carne en lingotes flagela la castidad valiente y secciona la frente despejando la idea, permitiendo a tres pájaros su aparición o su forma, su desencanto ante el cielo rendido
         ¿Nada más?”
Vicente Aleixandre.

“Es necesario que una imagen se transforme al contacto de otras imágenes como un color al contacto de otros colores. Un azul no es el mismo azul al lado de un verde, de un amarillo, de un rojo. No hay arte sin transformación.”
Robert Bresson.

“Los signos del cansancio conocen el lenguaje de esta fecundación fantasmagórica. Su irrealidad me instaura como límite.”
Jenaro Taléns.

“Las historias coherentes de Griffiths se introdujeron en 1984 para reunir las medidas cuánticas en narraciones verosímiles. Una historia de Griffiths se construye a partir de una serie de medidas tomadas más o menos al azar en momentos diferentes. Cada medida expresa que una determinada cantidad física, diferente de una medida a otra, se encuentra comprendida, en un momento dado, dentro de una determinada escala de valores. Por ejemplo, en el momento T1, un electrón tiene cierta velocidad, determinada con una aproximación que depende del modo de medida; en el momento T2, el electrón está situado en cierto sector del espacio; en el momento t3, tiene cierto valor de espín. A partir de un subconjunto de medidas se puede definir una historia, lógicamente coherente, de la que en cambio no puede afirmarse que sea verdadera.; simplemente, puede sostenerse sin contradicción. Entre las historias del mundo que son posibles en un marco experimental determinado, algunas pueden reescribirse en la forma normalizada de Griffiths; se llaman, entonces, historias coherentes de Griffiths, y en ellas es como si el mundo se compusiera de objetos aislados, dotados de propiedades intrínsecas y estables. No obstante, el número de historias coherentes de Griffiths que pueden reescribirse a partir de una serie de medidas es, por lo general, bastante superior a 1. Tú tienes conciencia de tu yo; esta conciencia te permite emitir una hipótesis: la historia que eres capaz de reconstruir a partir de tus propios recuerdos es una historia coherente, que justifica el principio de narración unívoca. Como individuo aislado, empeñado en existir durante cierto lapso de tiempo, sometido a una ontología de objetos y propiedades, no te cabe la menor duda sobre este punto: se te puede asociar, necesariamente, una historia coherente de Griffiths. Esta hipótesis a priori te sirve para la vida real, pero no para el mundo de los sueños.”
Michel Houellebecq



Nota del Autor.
El lector encontrará en este escrito un cuerpo poemático principal en cuyo decurso se entreveran otras piezas más breves. Para evitar que esta textura discursiva pudiera desorientarle, parece oportuno formular la siguiente advertencia: este poemario está conformado por un trayecto fijado según un criterio secuencial expreso y, por tanto, contrariamente la frecuente oferta de itinerarios alternativos o aleatorios  que suelen realizar una gran cantidad de textos de todo tipo en los últimos tiempos, no nos responsabilizamos de más recorrido de lectura que el que propone su dispositio. Creemos sinceramente que un autor no puede brindarle al lector una libertad que él no tiene. Sería, en todo caso, una estratagema para borrar las huellas de su subjetividad igualando su propuesta a un contenido supuestamente disponible al arbitrio del consumidor,  sin forma material a la que tributar su existencia. Por otra parte, la relación entre el poema marco y los poemas insertos es variada: los poemas breves a veces ejemplifican, pero otras pueden servir de amplificación, ironía, desmentido o simplemente evocar una asociación u otro tipo de apertura discursiva a partir del cuerpo principal. En cualquier caso, interrumpen; y hacen de esa interrupción una linealidad enajenada, expropiada, pero no por ello obliterable. La labor innegociable del proceso de lectura es someter ese orden, extrañado en tanto es una refutación de lo obvio, al campo del sentido, a la dialéctica de su ausencia y su presencia. Lo que el autor ha pretendido es construir una posición en el mundo, una moral de existente (e incluso una obra), sobre la deserción decidida de una voz. Y en esa dirección, la fijación secuencial es la única opción que puede propiciar una declaración  pública de sentido cimentada sobre una lectura colectiva, que la autoría cooperativa imposibilitaría al perpetrar una renuncia a ese espacio público a cambio de una mítica accesibilidad privada al corazón de la dicción autoral. Una obra de arte no es un ritual comunicativo entre un autor y un lector, sino un acontecimiento colectivo y por lo tanto político. Puede que lúdico; en ningún caso, banalmente interactivo e inocuamente reversible. Seguro que singular, no por ello privado. Necesariamente establecido sobre la libertad, y no sobre el capricho. Es la tensión entre la singularidad y la universalidad lo que da su consistencia a un acto de lectura. No reivindico, pues, derechos de copia, ni pretendo imponer el canon de una interpretación, pero sí me arrogo el derecho a sugerir una dinámica hermenéutica y de fruición sobre la materia significante que propongo como trayecto existencial y poético (que no, narrativo). Si hay fijación secuencial y material, obviamente, este poema tiene límites. Lo que no tiene es límite interno: bordea el agujero del sentido sin pretender construir la apariencia de su saturación. Queda claro entonces que, si bien su estructura no invita a la interactividad, tampoco pretende ser  ingenua y regresivamente lineal. Su reivindicación de la secuencia es posthipertextual: esta propuesta jamás hubiera sido posible en una época en la que el modelo comunicativo reticular no hubiera estado pugnando por conquistar una hegemonía en nuestra cultura.
Todo lo dicho fuerza a otra tensión, esperemos que productiva: la que se instaura entre metáfora y secuencia y que hemos aprendido, no lo ocultamos, del arte cinematográfico. De él hemos aprendido también que el realismo es imprescindible como ingrediente de un texto, sea de la índole que sea, siempre que llevemos exquisito cuidado de que no se convierta en su estética dominante, es decir, siempre que no pretendamos que colabore a dotar de consistencia a la impostura de la realidad. Sólo sobre las cenizas del realismo oficiando como manto orgánico, puede germinar la reverberación aguda y efímera que denominamos verdad. Y esa operación debe llevarse a cabo con suma cautela -con un cuidado de agua, templanza y silencio dibujado y angosto-, porque toda opción estética corre el riesgo de acabar anclada en el narcisismo al ser llevada a la práctica, e incitarnos a confundir las necesidades expresivas singulares con las vindicaciones universales de un programa artístico. Pensamos que la desesperanza –y su corolario, el entusiasmo- son la cumbre hacia la que debe aspirar todo conocimiento. La revolución que exige el siglo XXI no es la que soñó el XIX y malbarató el XX. Pero sigue siendo necesaria como horizonte vital y epistémico mientras la modernidad y sus secuelas no hayan quedado absolutamente atrás. Uno de los más efectivos instrumentos de perpetuación de los que se ha valido históricamente el capitalismo ha sido el tedio. No lo perdamos de vista.

(continúa aquí: I Entre espejos)