lunes, 28 de julio de 2014

Pujol y el siglo XXI

Pujol probablemente sea la figura más importante de la historia de Catalunya en el siglo XX. De lo que nos habla su confesión, no es de que vivimos en una época decadente y corrupta, que necesita una regeneración urgente. No es eso. Probablemente todos los grandes hombres de las grandes historias de los grandes y pequeños pueblos del mundo entero hayan sido iguales o peores que él. Todos los caudillos que identficaron su nombre con el de una nación: Alejandro, Pericles, Julio César, Napoleón, Churchill. Todos. El problema es que vivimos en una época de hipervisibilidad mediática donde la corrupción se ha convertido no en una forma de gobierno, sino en la forma esencial de la verdad. Las biografías son refractarias a la leyenda, porque se han convertido en planas, carecen de jerarquías, todo está al mismo nivel, todo apunta a que el poder es una forma de goce y nada más. Podemos, ¿qué podemos? 
Por eso hay que llevar cuidado con los héroes carismáticos. El capitalismo mediático se las ha arreglado para excluirlos de la historia, para presentarlos en 3 D. Sin marco, sin instante esencial. Sin gloria. El PP lo primero que ha hecho -con absoluta impericia, como todo- ha sido pedir ayuda en las redes sociales, en el ciberespacio sin reverso, para buscar lo que Pablo Iglesias pudiera ocultar. Pero lo mismo hacen los medios de derechas con la familia Chávez o con Cristina Fernández en sus respectivos países. Cuidado con los bucles, con las rutinas. Cuidado con las noticias que se han convertido en una forma narcótica de la verdad. Cuidado, porque la historia ya no tiene protagonistas, agonistas simplemente. Cuidado con los idus de marzo. "¿Tu quoque fili mi?", es una frase que ahora sólo pueden enunciar los pueblos, único ente que nuestra cultura política y mediática considera inocente y, por lo tanto, traicionable, cuando lo convierte en electorado pasivo.
Es imposible un jacobinismo del siglo XXI, porque donde estaba la ilusión fantasmática del imperativo kantiano ahora solo aflora la verdad sucia del síntoma. Que siempre estuvo. "Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal", es un mandato tan infernal, como "ama al prójimo como a ti mismo". Odia en el otro tu ignorancia, odia todo lo que sabes del otro, hubiera sido más prácticable. Más realista. Tanto, que enunciarlo no hacía falta. Ninguna falta.