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martes, 22 de agosto de 2017

Paseo por la cultura occidental moderna.


Lo que os dejo aquí abajo es el epígrafe 8.2.2  (98-102) del libro Palao Errando, J.A. & Crespo, R., 2005. Guía para ver y analizar Matrix., Valencia: Nau Llibres. Está pensado para su contexto que es un análisis de la película, pero creo que puede complementar de algún modo la entrada justo anterior de este blog, "La amenaza de la luz: apuntes pedagógicos"que sugiero leer primero. Si se quiere citar, por favor, dese la referencia del libro.



Como vemos, Matrix hace referencia directa o interpela indirectamente todos los grandes ítems de la cultura occidental moderna. Por esa razón, hemos ido salpicando con referencias constantes –de Leonardo a Descartes o a Walter Benjamin- incluso el análisis de los aspectos plásticos y simbólicos de la película con el fin de ir mostrando la manera en que ésta los traía a colación y alcanzaba de esta manera la reflexión misma sobre los pilares en los que descansa el edificio del conocimiento occidental moderno. Sobre todo ello, desde una exterioridad jamás del todo denegada y siempre difícil de conjugar con los presupuestos tecno-científicos, ha sobrevolado constantemente en nuestra cultura el espíritu del cristianismo. Es conveniente, entonces, que nos remitamos al origen para entender su lógica y recordemos que, en Matrix y en occidente, el principio de la peripecia no es otro que la destrucción de los cielos por los humanos: ésta no es sino una metáfora del que se ha dado en llamar giro copernicano. En efecto, la secuencia de la revelación (2.3.3) en el Constructor nos permite atribuir ese valor metafórico a todo el ciclo épico de la Trilogía: la victoria de las máquinas sobre los humanos es un trasunto evidente del proceso de independencia de los saberes que supone el advenimiento de la ciencia experimental a la cultura occidental, lo que se ha dado en llamar la Época Moderna. Los descubrimientos de Copérnico y la revelación de que la criatura privilegiada por el Dios cristiano no se hallaba convocada al centro geométrico de la Creación conllevan una readaptación de todos los saberes cosmológicos para hacer entrar estos descubrimientos, con la carga de horror y desamparo que conllevan, en una lógica que permita soportarlos. Este trabajo científico y cosmológico es llevado a cabo por los grandes nombres de la ciencia mecanicista destruyendo la noción precopernicana de un cosmos organizado y jerarquizado y sustituyéndola por una Universo infinito y homogéneo, matematizado y geometrizado, en donde todos los espacios fueran ontológicamente iguales y las leyes del cielo y de la tierra quedaran fundidas en una[1]. La tarea de estos hombres era inmensa, pues

"Debían destruir un mundo y sustituirlo por otro. Debían reformar la estructura de nuestra propia inteligencia, formular de nuevo y revisar sus conceptos, considerar el ser de un modo nuevo, elaborar un nuevo concepto del conocimiento, un nuevo concepto de la ciencia e incluso sustituir un punto de vista bastante natural, el del sentido común, por otro que no lo es en absoluto" (Ibidem. p. 155)

¿Cuál fue la solución gnoseológica para salvar el tremendo abismo que se abría ante hombre moderno, destituido del centro de Universo y sobre el cual todos los demás cuerpos giraban en sus armónicas esferas? Fue tan genial como práctica: la sustitución de un horizonte fáctico –el confín material del mundo- por un universo focal. "No estoy en el centro del Universo -se dijo- pero con mi mirada y mi razón puedo constituir un horizonte del cual estoy autorizado a dar cuenta, como el resto de los seres racionales". Esta es la gran ventaja de un Universo infinito, homogéneo, desjerarquizado, donde todos los lugares son ontológicamente iguales. El hombre cede su privilegio y se carga con el deber de acceder al conocimiento del mundo, no a través de la pura revelación divina, sino de la investigación rigurosa y compartida. Matrix simboliza esta gran mutación estructural en la secuencia 2.3.3. Cuando Morfeo enuncia la revelación se produce un vertiginoso travelling infográfico que nos lleva del plano cenital (la mirada omnisciente de la divinidad o de su versión postmoderna, la tecnología sometida al hombre) a un plano de conjunto, a la altura del ojo humano, en el interior del Constructor. Neo, el hombre nuevo, la rechaza con horror y náusea.
¿Cuáles son las fórmulas para afianzar y hacerse cargo de este nuevo estado de cosas en lo que atañe a las condiciones del conocimiento? Dos procesos solidarios e inextricables coinciden en esta nueva necesidad de afianzar lo percibido como fundamento fiable del conocimiento y, a la vez, partiendo de su imposible completud, hacer posible la recepción y la transmisión de esas experiencias: el nacimiento de la perspectiva artificialis y del método científico experimental. Ambas se integran en una nueva concepción del ser que Heidegger[2] definió contundentemente:

"El fenómeno fundamental de la Edad Moderna es la conquista del mundo como imagen" (p. 92)

El movimiento, la masa y el cuerpo se colocan así en la base de la ciencia moderna; y el encuadre, la posibilidad de su detenimiento ante el ojo, en la herramienta irrenunciable para su observación rigurosa. Nacen el cuadro, el telescopio, y el laboratorio del científico. Y donde antes estaba el entendimiento divino, aparecen ahora las leyes del cosmos y la gramática de la relación entre los cuerpos, cuyo emblema fundamental será la ley de la gravedad. Estas dos leyes del Universo moderno y de su observación, serán –como no nos hemos cansado de repetir- las reglas de Matrix y en cuya transgresión se cifra la lucha de los rebeldes.
Ahora bien, si el hombre moderno ha de conformarse con la imagen transmisible en lugar del objeto, el sujeto se coloca entre la percepción y éste, haciéndola a la vez transmisible (trasplantable) y menos fiable (susceptible de ser simulada). De ahí, que a la vez que Galileo, Kepler -o él mismo- observan la evoluciones de los cuerpos astrales, Descartes propugne, como hemos visto ya muchas veces en este libro, la desconfianza en la percepción, tanto como de la literalidad de la revelación. En efecto, la modelización –hipótesis- se ha convertido en el proceder habitual de la ciencia y el método exige tomar todas las precauciones antes de dar por cierto un dato externo a la conciencia. El trabajo de Descartes –en polémica con el empirismo, tanto como con la antigua escolástica- fue proveer al sujeto, ya no dueño de sus percepciones ni confiado en un avalista "digno de toda fe", de una garantía de que lo perceptible no engaña. Es en este proceso donde tuvo que enfrentar la posibilidad de la existencia de un genio maligno que simulara todas las certezas que el hombre cree alcanzar. El antídoto contra las añagazas de este ser consistiría en suspender la creencia sobre todos los datos que nos proporcionan los sentidos....

 "Pero un designio tal es arduo y penoso, y cierta desidia me arrastra insensiblemente hacia mi manera ordinaria de vivir; y, como un esclavo que goza en sueños de una libertad imaginaria, en cuanto empieza a sospechar que su libertad no es sino un sueño, teme despertar y conspira con esas gratas ilusiones para gozar más largamente de su engaño, así yo recaigo insensiblemente en mis antiguas opiniones, y temo salir de mi modorra, por miedo a que las trabajosas vigilias que habrían de suceder a la tranquilidad de mi reposo, en vez de procurarme alguna luz para conocer la verdad, no sean bastantes a iluminar por entero las tinieblas de las dificultades que acabo de promover."[3]

En este texto, Descartes no sólo nos ofrece el panorama existencial al que se enfrenta el hombre moderno, disociado de sus percepciones, sino que además nos ofrece todas las claves del éxito de la Matriz y del paradigma moral de Cifra.

Fue Leibniz quien continuó el camino estableciendo el Principio de Razón Suficiente –todo está sometido a la homogeneidad de una cadena causal- basado en el Principio de Identidad, que implicaba que las cosas son, al menos iguales a sí mismas. Sobre este asiento pudo hacer su trabajo la Ilustración que, desde el punto de vista que venimos adoptando, fue el certificado de defunción del diablo, del genio maligno cartesiano. El cometido de los ilustrados fue la expansión de los logros de la razón hacia lo humano. Así Kant con sus tres críticas (de la razón pura, de la práctica y del juicio) o Hegel y en general toda la filosofía ilustrada, intentando combatir el oscurantismo y liberar a la humanidad de sus ataduras.

Pero la Modernidad seguía su lógica imparable y si el siglo anterior había supuesto la inhumación del diablo, el XIX trajo la propia muerte de Dios que sancionó Nietzsche, y a la que Freud y Marx ayudaron fehacientemente. Aún así, la muerte de lo obvio, de cualquier certeza la percepción inmediata, vino de la mano de la fe en el superhombre, el proletariado o en la asunción bizarra del Inconsciente.

La gran sorpresa la deparó el siglo XX que, contra todo pronóstico, trajo la resurrección del demonio y la expulsión del paraíso. Expliquémonos: los grandes avances de la ciencia y de la técnica en el siglo anterior hacen pensar en una autosuficiencia del saber que tiene en el maridaje entre lógica y matemáticas el mejor exponente. De aquí nace la teoría de conjuntos formulada en su mejor versión por Georg Cantor y sus teorías de los números transfinitos que hizo decir a David Hilbert, el principal mentor de la axiomatización de la aritmética, que Cantor había construido un paraíso para los matemáticos. Esa confianza fue el fundamento desde el que Gotlob Frege promovió la esperanza de fundamentar la totalidad de la matemática, comenzando por la aritmética, en autoconsistentes leyes lógicas. Pero ¡ay!, el maligno acechaba. Fue Russell el que tuvo que ejercer como su abogado comunicándole a Frege que en el edificio de su fundamentación aparecían paradojas. Y lo terrible de una paradoja, en el paraíso de las clases y los conjuntos, es que su emergencia muestra una fisura inexorable en el principio en el que se fundamente todo optimismo posible de conocimiento moderno: el Principio de Identidad. Un conjunto como el de todos los que no se pertenecen a sí mismos –ésta es la paradoja que señala Russell y que para siempre llevará su nombre- que si existe, no existe -y viceversa- es la certificación de toda la expulsión del paraíso para el conocimiento moderno. No se trata de que haya errores internos, ni siquiera de que las cadenas de la lógica no se correspondan con el mundo; se trata de que hay objetos, sentencias, y teoremas indecidibles. Así lo sancionará Gödel en su famoso Teorema de Incompletud, que ratificaba la imposibilidad de probar la consistencia del sistema formal de la matemática clásica desde sí misma, pese a todos los intentos –el axiomático sea, tal vez, el más relevante- de suturar la herida abierta por Russell.[4]

Hemos de afirmar, pues, Sin el Teorema de Incompletud, no se entiende la trama de Matrix. Es necesaria la imposibilidad de determinar todas variables de un sistema lógico (no otra cosa es la Inteligencia Artificial, ergo la Matriz) para poder alojar en ella cualquier trama emancipatoria. Esto es, si Matrix pudiera “decirte quién eres”, sería imposible –e inútil- encontrar en ella al UNO, el cual solo puede encarnarse en un sujeto singular, en una posibilidad indeterminable a priori por el sistema. Todas las explicaciones que da el arquitecto en Matrix Reloaded (la previsión de los seis Mesías y las seis destrucciones de Sión) tienen como referencia epistemológica el Teorema de Gödel. Pero el fracaso de los ideales ilustrados en su implantación en el mundo, la pervivencia del malestar (la astilla que siente Neo), también. Ésa es la apuesta de nuestra interpretación metafórica del film: las consecuencias del teorema de Gödel no se circunscriben al limbo –por él cuestionado- de los matemáticos sino que ponen la base del fracaso de todo totalitarismo (social, político, epistémico), de toda pretensión de mantener el control exhaustivo y eterno sobre cualquier cadena deductiva o causal.

Ahora bien, la historia del último siglo nos enseña que los fracasos de la matemática para auto-fundamentarse vienen acompañados de los triunfos de la tecnología y de la cultura de masas. Y esta dialéctica entre la razón y las sombras del maligno es el combustible de todo progreso del siglo XX. De los totalitarismos (la razón consistente) a la religiosidad light, la autoayuda o al fundamentalismo: se trata del sujeto apuntalándose en el reino de la razón desde la exterioridad. Y ello incluye desde la teoría de la conspiración al psicoanálisis, desde las guerras preventivas –la destrucción del cielo vuelve a ser aquí una metáfora afortunadísima- a las transgresiones del horizonte moderno que implican las transmisiones telemáticas y el uso de los satélites en la vigilancia y en las comunicaciones.
Salvador Dalí, Galatea de las Esferas.



[1] Vid. Alexandre Koyré: Del mundo cerrado al universo infinito. Madrid, Siglo XXI. 1989.
[2] Vid. Martin Heidegger: "La época de la Imagen del mundo" en Caminos del bosque. Madrid: Alianza Editorial, 1995.
[3] Vid. Meditaciones Metafísicas. Concretamente, el final de la Meditación I.
[4] Mosterín, Op. cit., p. 219-286.

La amenaza de la luz: apuntes pedagógicos.



Todo lo que ilumine, bienvenido sea. La luz, cuanto más potente, perfila mucho mejor las sombras, que constituyen la verdadera topología del conocimiento. Los objetos, con su superficie brillante, desorientan mucho. La verdad siempre está detrás del objeto iluminado, no en él ni sobre él. El campo de la verdad es la diferencia infinita entre la sombra y la obscuridad absoluta. Si el cine o la fotografía pueden ser instrumentos del conocimiento no es porque que atrapen la luz, sino sus diferencias. Son por ello, como ha dicho mucha gente, una escritura de las sombras. Que no nos ciegue la luz. Reducir el conocimiento a la Ilustración fue el viento que nos trajo estos lodos. Sería, tal vez, el momento de cambiar una hegemonía de veinticinco siglos. Pero sin ruido. Porque el ruido es un gran aliado de la luz. Y la sombra no es un castigo, como pensaron San Juan y Platón, sino la humilde naturaleza de un ente que se sintió en falta y decidió trabajar, amar y conocer. Esa reconciliación del ser con la sombra es la única posible y todas las religiones, incluida la ciencia, intentaron hacerle la guerra. Y ahí siguen. Ganaremos un trecho si empezamos a reconocer esta actitud por su nombre: cobardía. Y un adjetivo, mortífera. Los núcleos no irradian luz. Al contrario son un punto de convergencia de miles de haces de rayos, no su origen. La opacidad que se establece donde la luz es vencida por la opacidad es lo que interroga. Los conceptos -y no creo ser incongruente con Deleuze en este punto- son pura ficción: modelos o metáforas que intentan cernir esa complejidad imposible, esa contingencia última de toda verdad. Lo que dejan fuera, el caos que no pueden organizar, lo Otro que no pueden subsumir, se puede denominar de muchos modos. A mí me gusta lo real. Por eso, la verdad, cabe lo real que no puede incluir, solo puede decirse a medias. Tal vez, la Edad Media fuera la primera crisis seria del reinado  de la luz desde que Sócrates, Platón y Aristóteles hicieron lo posible por extraer a los sofistas de la genealogía del conocimiento griego como un extraño tumor. Léase El Sofista y se verá que el no ser, la completa obscuridad es su tema, la imagen como no-ser. Pero el problema es que el cristianismo hizo sentir la sombra como un castigo no como un hábitat e instituyó el reino de la luz más allá de este mundo. De nuevo, la realidad como la sombra de una luz prohibida a los ojos. Es la forma más económica de impedir cualquier emergencia de lo real, esto es, de que se pueda vislumbrar cualquier verdad en la realidad, en la sombra. De aquí ese desgarro entre inmanencia y trascendencia que asola toda voz de la verdad en Occidente. El gesto renacentista no fue sino atraer esa luz al mundo y fue la condena de la sombra. Soñar un mundo sin sombra es el castigo del hombre moderno por atreverse a comer el fruto del árbol de la ciencia. Y produce monstruos. Tal vez, por ello, los períodos más fecundos para la ciencia occidental hayan sido el siglo XVII (Galileo, Keppler, Leibniz, Descartes, y finalmente Newton, como camino de retorno a la luz) y los principios del XX (el principio de indeterminación, la relatividad, la física cuántica): son los periodos en que la  oscuridad se ha vuelto a atrever a decir esta boca es mía. Menos para la medicina, en cuyo reino jamás puede entrar la luz en su estado natural. El brazo del cadáver de “La lección de anatomía” de Rembrandt es tan cifra de nuestro destino como la calavera anamórfica de “Los embajadores” de Holbein.  En ambos, el saber aparece como una excrecencia escénica alrededor de la epifanía de un punto obscuro. Puede que hayamos dado la definición de un tumor. Y ello desvela que toda ciencia de la vida es vocacionalmente una oncología. No hay comprensión de la biopolítica moderna si no partimos de esa constatación. La medicina es obscura, aunque el mercado pretenda lo contrario. Los avances de la anatomía nos revelan cómo todo el intento de lo médico es orientarse en la obscuridad más absoluta, debajo de la piel, donde no habrá jamás luz si no es fuera de la naturaleza. Si hay un nuevo sujeto no deberá parecerse ni al hombre nuevo del comunismo ni completamente al superhombre nietzscheano. Es nuevo ente sería simplemente el que no se asustara con la verdad y, por lo tanto, no pretendiera evitar la sombra con el terror, la violencia, el miedo. En palabras de Freud, “alguien que fuera capaz de amar y trabajar”. Freud siempre fue muy obscuro, dicen aquellos científicos que se entienden mejor con los cerebros de las ratas y los reptiles.Las ciencias de la vida se avienen mejor con las épocas luminosas porque su reino es el más obscuro de todos.


(Este texto pretende no ser mentira. Por eso, no es claro. En todo caso, es una entrada de blog, y nada más. No lo pretendo. Por el momento. Si pretendiera que fuera otra cosa habría que darle otra forma y otro alcance. Para ser un artículo de impacto le sobra mucho contenido y le falta parafernalia. Tampoco parece que sea un poema porque para serlo le falta exactitud.)

PS: Como complemento a este texto, puede ser útil este Paseo por la cultura occidental moderna, de hace algunos años que acabo de colgar también en el blog.

Leo esta frase Ágnes Heller, tras redactar este texto:


-En muchos de sus libros defiende la modernidad, la razón. ¿Sigue confiando en la razón?
-No, ya no confío en la razón porque los totalitarismos nos han enseñado que los malos instintos pueden matar a miles, a decenas de miles, pero solo la razón puede matar a millones, porque la ideología basada en el pensamiento racional establece que matar es correcto. La maldad puede matar a unos pocos, pero es la persuasión, el llamamiento a la razón, lo que te puede llevar a hacer cosas mucho más terribles.

Es así de simple. Me ha leído, literalmente, el pensamiento.
Àgnes Heller, dignificando a El País. 



Cascada M.C. Escher, 1961.

sábado, 4 de febrero de 2017

Trumpografía


Parece que Donald Trump está consiguiendo algo impensable. Y no me refiero a poner a todas las élites mediáticas y políticas, a la izquierda y a la derecha, a tirios y a troyanos, de acuerdo en descalificarle y declararle persona non grata. Ha conseguido algo todavía más difícil: poner a USA en el mapa de la etnografía neocolonial. Me explico. Los Estados Unidos en particular y el mundo anglosajón en general han sido los suministradores de teoría, epistemología e ideología para el resto del mundo, convirtiéndose en la subjetividad dominante y convirtiendo a todo el resto del mundo en objeto de sus prácticas y sus discursos. Por el lado neoliberal la cosa es conocida mundialmente: los grandes organismos económicos, con el FMI a la cabeza, pero también la grandes agencias de rating que dicen qué sí y qué no. Y por ende, toda la elaboración intelectual y académica, que está siendo engullida por el discurso neoliberal, también depende de forma directa de estas agencias que te dicen dónde publicar y dónde no y que sacralizan el inglés, el vehículo ideológico esencial del neoliberalismo, como única lengua científica. Si quieres acceder a la dignidad de sujeto e incoar un discurso sobre el mundo ha de ser en la koiné que impone el amo. Puedes decir lo que quieras, pero en inglés.  Así, la ciencia, el arte, la política y el conocimiento social pasan por aro de la evaluación por pares ciegos y los anglo-parlantes nativos tienen una ventaja indudable. De ahí, que el sujeto sea anglo y el mundo no anglo sea el objeto.

Parece que la clave del conocimiento neoliberal sea la practicidad, una especie de neo-utilitarismo que reputa como marginal toda investigación no aplicada, no abocada a ese campo mítico que es la transferencia del conocimiento al mercado, esto es, a la factoría del bien ciudadano. Pero no es así. A lo que teme más que nada la cosmovisión neoliberal es a la aporía, al callejón sin salida del conocimiento. Esto es, el mayor horror del neopositivista neoliberal es quedarse parado, no poder seguir produciendo jotacerres como churros. El único índice de éxito del neoliberalismo es el crecimiento sostenido, la posibilidad de auto-reproducirse sin tregua.

Evidentemente, si buscas ideas geniales, transformadoras, si buscas el conocimiento como  exageración, como relación entre la totalidad y los hechos, este es un mal camino.  Sin ruptura y sin impropiedad “no hay conocimiento que aspire a ser algo más que una repetición ordenadora”, que decía TW. Adorno. Pues bien, el ideal del conocimiento científico neoliberal no es otro que la repetición ordenadora. Todo lo novedoso, todo lo que desestabilice el paradigma estable dominante, resulta peligroso. Y la forma que tiene el neoliberalismo de recusar lo peligroso es tratarlo de inútil. Así, si el criterio es el bucle, la auto-reproducción ad infinitum de la receta, es mucho más fácil el muestreo y la estadística, la demostración sometida a los cánones convencionales, que la creatividad intelectual, o con otras palabras, la seriedad heurística. Es mucho más rentable –desde el punto de vista del mínimo esfuerzo y del mínimo tiempo- el enfoque algorítmico que el heurístico.  De tal modo que puedes hacer un ensayo clínico o un estudio sociológico (kind of) con una encuesta y una estadística y publicar y republicar el mismo artículo ad infinitum, con el impacto de las agencias garantizado por el beneplácito ciego de tus pares. Cambias un poco la muestra y maquillas tus resultados y ya está. No tiene importancia ninguna si eso provoca transferencias de conocimiento a la sociedad, o si te pasas décadas sacando  conclusiones erróneas porque no has sido mínimamente crítico con tus datos. Lo importante es ser bendecido por las agencias y publicado. Es el único índice de éxito que los Estados reconocen en la carrera académica. Y es de una profunda perversidad neoliberal, reprivatizadora, porque son las universidades y las administraciones las que ponen la pasta y son los grandes portales de revistas, en connivencia con las agencias de rating, los que cobran por los artículos –el autor no ve un dólar, excepto si es suyo y tiene que entregarlo a las multinacionales del conocimiento que encima te cobran por publicar- y sacan un beneficio limpísimo de polvo y paja. Por supuesto, si no va a colar en el proceso de revisión de una revista jotacerre, es cuando te reputan tu trabajo como inútil, despreciable, etc. Eso no vale para nada (-Defíname “nada”, por favor… -Es usted un metafísico de mierda, y un teórico deleznable. Etc.,etc.,etc.)
Por esa vía, no cabe duda de que los discursos de la izquierda y también están alimentados  por el granero ideológico anglosajón y par-cegado. Qué sería de la izquierda mundial sin Jameson, Butler, Eagleton, y en general los estudios culturales, que han teorizado las identidades (raciales, étnicas, de género) y la narrativa  como formas de activismo social “performativo”. Pero no sólo por anglosajones de nacimiento, también por los de adopción. Pensemos en Slavoj Zizek emigrando a USA (con su defensa levo-populista de Trump, ¿nadie ve la clarísima conspiración eslovena que está tramando con Melania para adueñarse del mundo, empezando por la Casa Blanca?). Pero también pensemos en Ernesto Laclau, el gran ideólogo de la hegemonía y el populismo, que por mucho que lo veamos como legitimador del perono-kirscherismo argentino y, en general, de los populismos de izquierda, lo que fue es profesor de la Universidad de Essex y sus grandes libros han sido pensados originalmente en inglés, por más que su pensamiento sea un enjambre de lo que los neopositivistas británicos denominan pensamiento (o filosofía) continental. El pensamiento político de esa Europa (de Negri a Badiou, pasando por Rancière o Vattimo) y el de Latinoamérica (de Dussel a todos los ideólogos del Socialismo del Siglo XXI) corren el riesgo de quedar sepultados por las amañadas estadísticas patrocinadas por el establishment y sus “modelos de negocio” (otro sintagma ciertamente hilarante, por cierto).

Sé que estoy siendo, tal vez, sarcástico en exceso. Tengo compañeros y amigos que escriben artículos muy dignos y del mayor interés, que luego se los publican en revistas JCR y similares. Yo mismo tengo alguno de ese tenor, aunque el “paper científico” –que es algo muy específico por estructura y por requisitos, a no confundir con el artículo en sentido general- sea un género que me echa para atrás, como la égloga, el himno o la novela bizantina por ejemplo, y que me costaría mucho cultivar motu propio.

La cuestión es que hay que tener claro cuál es la causa (la calidad del artículo) y cuál  el efecto (su publicación en una u otra revista) y no intentar invertir el proceso. El problema viene cuando un sistema se convierte en totalitario y en excluyente.  Una vez un científico me espetó que los papers eran esenciales y que Einstein los escribía. Ya y tú eres como Einstein, ¿a que sí? Hasta los propios científicos experimentales tienen que aceptar multitud de veces que sus proyectos y los papers que generan no valen en muchas ocasiones para otra cosa que para perpetuar los sistemas de evaluación e intentar medrar en ellos, y que no tienen la más mínima relevancia social, de transferencia de conocimiento al tejido productivo o de avance del conocimiento. Incluso, que los criterios de aceptación de estos papers son muy arbitrarios y pueden incurrir en errores de mucho bulto porque nadie se toma el tiempo de comprobar los datos y sus interpretaciones. Que en las áreas de ciencias humanas y sociales las agencias de evaluación y acreditación estén valorando más o un articulillo de 7000 palabras, que lleva a cabo un estudio de caso intranscendente, que un tratado o un ensayo de amplio alcance es un auténtico dislate del talibanismo cuantitativista que pretende clonar las pautas de difusión de la ciencia experimental. Es una forma de cercenar cualquier relación entre el hecho y la totalidad que es la verdadera fuente de conocimiento, como dejó dicho Adorno.
Por cierto, esta columna se supone que iba sobre Trump: se me ha ido el demonio al infierno.  Digo bien, porque si junto Trump, santo y cielo en la misma frase, me espero llamadas del Pentágono, la CIA, la Comisión Europea, el Elíseo, la Bundeskanzleramt, y hasta del gobierno ucraniano (ojo, que en el Ayuntamiento de Kiev está Vitali Klitchsko; poca broma) acusándome de populista, demagogo y blasfemo. Decía que Trump había conseguido algo inédito: colocar a los USA en la platina del microscopio neo-colonial. Y, para ver la relevancia de este hecho, era importante dar unas pinceladas, al menos, sobre el funcionamiento de esta óptica del dominio. Como profesor de comunicación recibo con frecuencia convocatorias (call for papers, en perfecto jotacerriano) de congresos y revistas internacionales pidiendo textos y colaboraciones (que serán revisados por pares ciegos y tal y tal…). Si estos vienen de los países del primer mundo, y sobre todo del mundo anglo-sajón, suelen preocuparse tanto de las novedades tecnológicas como de sus consecuencias económicas, culturales (socio-comunicativas) y estéticas. Pero también es una línea constante la preocupación por el flujo de estas dinámicas sobre los países emergentes (árabes, asiáticos, latinoamericanos, etc.) bajo la perspectiva teleológica de la modernización.


Si los cfp llegan de universidades ubicadas en estos mismos países emergentes, la temática suele ser parecida (los social media en China, las nuevas tendencias del cine coreano, el uso de Twitter en las Primaveras Árabes, etc). Por supuesto, la lengua de publicación es el inglés, con lo cual vemos la clara intención de apropiarse de esa mirada entomológica anglo-céntrica sobre ellos mismos, con el fin de colocarse en la posición de sujeto (aquí, sinónimo de tomar conciencia) de esos mismos procesos y de no ser puramente objeto de ellos, puros actantes inconscientes  y pasivos.

Foto 1Pues bien, Trump ha conseguido que estén llegándome convocatorias para estudiar el exótico panorama ¡de los Estados Unidos! desde fuera de los Estados Unidos. Vamos, que hemos pasado de los estudios post-coloniales a los estudios retro-coloniales transimperialistas: ahora los USA (y, a ratos, también UK con el Brexit) se han colocado en la mira del dispositivo, como el México zapatista, la España de Podemos, el Singapur de la especulación, o la China del neocapitalismo dengxiaopiniano.
Ahora bien, el fascismo es claridad, transparencia, auto-evidencia. Nadie intenta entender a Trump porque a Trump ya se le entiende.  La presencia de un líder carismático en el entorno neoliberal implica, para los aceptan identificarse con ese carisma, que no hay exigencia de coherencia discursiva.  La conciencia ilustrada no está intentando, pues, entender a Trump, sino entender a su electorado. Es una mirada de repugnancia hacia lo exótico que tiene mucho de etnográfico y colonial.  Es el colonialismo ilustrado –eurocéntrico- que trata todo lo que no se aviene a su ideario racionalista como una aberración. Así, votar a Trump (y, lo más terrible) o a Chávez viene a ser tratado del mismo modo que lo sería un rito caníbal. Evidentemente, para la máquina trituradora de respetos y diferencias que es el iluminismo racional-cientifista neoliberal, todo lo que se oponga a las normas de la élite es tratado como variantes del sacrificio humano a los dioses y de cualquier otra práctica ritual aberrante. No hay diferencia para estas élites entre vulgo, masa, tribu y pueblo.
Se trata la eterna querella del imperio de la auto-evidencia consciente y de la transparencia de las prácticas y los discursos que Trump comparte, dicho sea de paso, con las de los activistas anti-globalización desde los años 90, bajo la égida de la epistemología informativa, la épica hacker y la teoría de la conspiración. Muchos activistas no suelen tener tiempo para pensar y suelen acabar implementando un totalitarismo moralista profundamente amargo bajo el imperialismo de la conciencia y el soslayo de la sensibilidad. Hay que sentir lo que mi método de la conciencia universal prescriba. Y si el establishment está atacando a Trump –y es obvio que lo está haciendo- mi obligación moral es defenderlo porque el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Anda que no son infinitamente más complejas las cosas y anda que el sistema no tiene mil recetas para inventarse enemigos, cada vez con un sesgo distinto, para hacer naufragar a los activistas extremos cada vez que sea necesario, dado que su dogmatismo les impide ver diferencia alguna, percibir sutilidad alguna.


Foto 2Señores, la  sensibilidad a veces manda y no puede haber un solo progresista que no sienta repugnancia por Trump, por su machismo, por su aspecto baboso, por su soberbia wasp y racista. Extremismo, fundamentalismo y radicalismo son cosas absolutamente distintas, que las élites están empeñadas en confundir. Yo gusto de definirme como todo la radical que puedo, pero me repugna cualquier fundamentalismo, cualquier impostura que pretenda confundir la pulsión de muerte con la plenitud del sentido. Un radical se pregunta qué hay en la raíz, en qué se sustenta el pensamiento, y llega sistemáticamente  a una conclusión: en nada. Ahora bien, eso no lo convierte en un nihilista simple, ni en un cínico, ni en un relativista estúpido, porque esa nada no es un vacío apacible y uniforme: es un imposible ontológico. Y sobre todo, no predecible. No hay ciencia de lo radical. Pensar es darse una y otra vez de bruces con la nada, no dejar que una doctrina la oculte. Ese ocultamiento de la nada, de la contingencia, bajo el peso ontológico de lo doctrinal es el origen de todo totalitarismo. Y luchar contra ello, el germen de toda emancipación. Ningún radical puede ser un fundamentalista, porque su tarea consiste en socavar todo fundamento cuando éste se convierte en final, esto es, en dogma. La radicalidad no tiene que ver con la claridad, sino con no intentar soslayar las sombras.


Completamente cierto que Obama y Clinton son culpables de actos genocidas en Siria o en Libia o en tantos sitios. Y son en buena medida culpables por financiación o connivencia con muchos de los crímenes del Isis en Siria, en Turquía, en Irak. Pero aceptemos que si Trump está siendo objeto de críticas y de protestas no es –o no solamente- porque el establishment se la tenga jurada, sino por su petulancia racial, étnica, plutocrática, por su repugnante vulgaridad machista y retrógrada. Obama y Clinton no hubieran sufrido nunca ese linchamiento mediático. Cierto. Entre otras cosas, porque la sensibilidad pública ya no admite que se haga eso con una mujer o con un afro-americano, allá donde el wasp no concita ninguna piedad. En algunas cosas, hemos progresado mucho y el cambio de mentalidad es evidente.

Sé que este artículo me ha quedado muy rarito. No se sabe muy bien cuál es su tema, me temo. Pero es que romper la agenda, romper la censura neo-liberal, es un proceso íntimamente ligado a romper la tópica, el “tema”, como aherrojamiento discursivo. Si te vas a poner a rebufo de un trending topic, lo menos es aspirar a que éste no te sepulte en su tsunami de opinión teledirigida. Y reflexionar sobre los criterios de veracidad y credibilidad hegemónicos en este momento me parecía mucho más perentorio que ir directamente a verter una opinión más sobre el zafio Donald ¿Qué estoy haciendo yo respecto al ítem mediático denotado Trump? Algo que me parece mucho más subversivo. Estoy haciendo colección de los memes que se le dedican. Como ya hice hace unos meses con las patochadas de los barones del Psoe contra Pedro Sánchez. Al menos, me río y al menos no fomento la solemnidad, que es la cualidad más pro-sistema de todas. Acabo, pues, con una de las citas que más cito:

“Literalidad y precisión no son lo mismo; antes bien hay que decir que van separadas. Sin ruptura, sin impropiedad, no hay conocimiento que aspire a ser algo más que una repetición ordenadora. Que dicho conocimiento no renuncie a pesar de ello a la idea de la verdad, como por el contrario está mucho más cerca de ocurrir en los más consecuentes representantes del positivismo, no deja de constituir una contradicción esencial: el conocimiento es, y no per accidens, exageración. Porque de igual modo a como ningún particular es «verdadero », sino que en virtud de su estar-mediado es siempre su propio otro, tampoco el todo es verdadero. El hecho de que permanezca irreconciliado con lo particular no es sino la expresión de su propia negatividad. La verdad es la articulación de esta relación”. (p. 46)


Bueno, no. Mejor acabar con esto:
 He firmado la petición: “Pide a Donald Trump que le encargue el muro a Calatrava”.
— José Antonio (@vergeles69) 27 de enero de 2017
¿Verdad?
*Trumpografía: dícese de todo aquello que se escriba sobre Tump.
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martes, 7 de enero de 2014

La ciencia y lo público: a cuenta de lo demostrado científicamente y su legitimidad.

A ver. El Estado Liberal necesita algunas garantías para financiar ciertos productos con cargo a lo público. Perfectamente entendido. Entiendo también que la "demostración científica" (que no es más que una convención en la que se ha puesto de acuerdo el colectivo de los científicos: tal cosa queda demostrada si un experimento o una recolección de datos confirma un resultado que hemos predicho según un método generalmente aceptado) puede ser mucho mejor criterio que otros para decidir qué financia el Estado en el ámbito de la sanidad pública. Ahora bien, que eso impida que ciertos productos se distribuyan, que ciertos saberes se difundan, que ciertas disciplinas sigan investigándose,  porque no están demostrados cientificamente me parece tan grave como quemar a Servet (que no había podido demostrar aún nada cuando lo asesinó Calvino) o hacer retractarse a Galileo. Yo uso la homeopatía y me funciona (unas veces mejor que otras, como los analgésicos o los antibióticos). Yo me psicoanalizo y me va muy bien (huy esto suena fatal: quiero decir... en fin, da igual. Que psicoanalizarse da la felicidad, no. Por lo menos que esto quede claro). No pido que lo pague el Estado. Pero habría que empezar a plantearse si muchos fármacos y terapias basados en criterios neurocientíficos no son una superchería mucho mayor. Mi aversión a Punset nació de ver con qué poca vergüenza denigraba a Freud, con qué irresponsabilidad ponía por las nubes unas creencias basadas en pantallitas de colores con formitas cerebrales dentro. Y de cómo se patentan, financian e implantan en las consultas médicas los fármacos (no sólo) psiquátricos habría mucho que hablar.

Cuando se distribuye un producto homeopático que le pongan una etiqueta de "eficacia no demostrada científicamente", me parece estupendo. Soy fumador y me las como mucho peores. Pero que se pretenda "denunciar" que una universidad se da un curso de homeopatía, o un seminario de psicoanálisis (o de yoga, o de filosofía zen, o de lo que sea), me parece una salvajada reaccionaria. Digo más: ¿y si algún día una prueba experimental orientada de otro modo o una recolección de datos menos torticeramente sesgada, o simplemente un concepto de salud menos sometida a la funcionalidad de la productividad y la paz social capitalista, hicieran a la homeopatía (por ejemplo) admisible para la comunidad científica, qué harían? ¿Se mesarían los cabellos, se callarían para siempre, dejarían de dar el coñazo? ¿O como los economistas neoliberales que no previeron la crisis harían como que la cosa no va con ellos? No se puede prohibir nada sólo porque no se avenga al paradigma hegemónico. Es antidemocrático, ¿saben?. Como dejó muy bien argumentado Khun, está en la esencia de la ciencia que sus paradigmas entren en crisis y cambien, y como sostuvo con enorme lucidez Popper, la esencia de la ciencia es la falsabilidad (la posibilidad de que un nuevo experimento derribe la ley anterior: un postulado no es científico si por la misma trama deductiva que se formuló no se puede, a su vez, demostrar que es falso) que garantiza su carácter antidogmático. El derecho a la discrepancia es legítimo en cualquier ámbito. Incluido el de lo sagrado y lo totémico, que es en lo que quieren convertir a la ciencia, que nació por oposición al espíritu dogmático de la escolástica y parece haber sido poseída por él como venganza. Cosas de la debilidad la mental del alma humana. La principal de todas, avenirse a ser suplantada por el cerebro. Su perversa fortaleza, acabar transfiriéndole a ese órgano graso todas sus propiedades metafísicas.

La ciencia es un gran logro de la humanidad, pero no es una religión, es decir, no es un saber totalitario que pretenda resolver todos los problemas y todas las particulares preocupaciones de cada individuo. Es de hecho, el discurso dominante y más legitimado en nuestra época y creo firmemente que todos los demás deben, si quieren su propia legitimación, medirse respecto a ella, tener en cuenta sus procedimientos, y justificar por qué no se avienen a ellos, si consideran que sus objetivos no se pueden alcanzar por los métodos estándar de la ciencia experimental. Quien no haga eso, se equivoca. De hecho, todas las paraciencias se reivindican como científicas. Lo que yo propongo es el coraje de reconocer que no una displina no es científica aunque tenga sus garantías de rigor basadas en otros procedimientos. El psiconálisis es, creo, quien mejor ha hecho ese trabajo

Otro día ya, si eso, hablamos de la Iglesia y el Concordato. Ah, y nada contra la teología como discurso académico, por otra parte. Sólo que creo que algunas prebendas que se arrogan ciertas empresas farmacéuticas (por ejemplo, que se considere su marca como fármaco de referencia y que por tanto su consumo sea costeado por el Estado, una forma de subvención pública como otra cualquiera) no es menos arbitraria que las subvenciones que recibe la Iglesia Católica, sobre todo a través del sostenimiento con cargo al Estado de sus centros de educación.

(He puesto una primera versión de esto como respuesta a una diatriba antihomehomeopática en un grupo de facebook que se llama Punset, un falso divulgador. Me apunté a él porque pensé que sería un foro anticientifista (entiendo el cientifismo como esa doctrina que usa el "se ha demostrado" como sinónimo de "palabra de Dios" y el "no está demostrado" como sinónimo de "anatema sit", con la misma estructura represiva del pensamiento que la los tribunales eclesiásticos y, en general, todos los fundamentalistas religiosos) pero resulta que está infestado de gente de esa secta que piensan que es lo que pasa es que Punset es poco cientifista, como los de la AVT o Intereconomía dicen que Rajoy es poco de derechas. ¡Qué cosas, oye! Por cierto, muy recomendable: http://www.tdx.cat/handle/10803/96402 )

Apéndice

He publicado este post en el grupo citado y ha generado este debate:
 
Interlocutora 1 Me gusta tu argumentación y coincido en algunos puntos. No estoy de acuerdo en que se prohiba nada (ni siquiera a Punset jaja) aunque, por la misma razón, si creo que se puede denunciar la pseudociencia y expulsarla de los "templos" (siguiendo con la analogía) de lo científico, al igual que no etaría de acuerdo (no siendo creyente) en que se usaran las iglesias para defender el aborto, por ejemplo.


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Interlocutora 1 Tienes mucha razón en lo de que a veces la "ciencia" toma formas religiosas. Y eso sucede, principalmente, allí donde la demostración (parte fundamental del método científico) está lejos y la teoría es la reina. De acuerdo.


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Interlocutora 1 En cuanto a la homeopatía, tú mismo citas a Popper y su criterio de falsabilidad (Popper, por cierto, consideraba a Freu un pseudocientífico). Según tal criterio, la homeopatía es claramente una pseudociencia que obvía los resultados que se le oponen (a ti te funciona, a mi no, nunca)


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José Antonio Palao Errando Yo no lo veo así. Donde la teoría es la reina, en mi opinión es donde menos pasa eso. Pasa donde el mercado y la divulgación son los reyes. Si dices que algo está avalado por la Universidad de las Quimbambas VII, ya puedes vender lo que sea. Si dices que el MIT, además puedes exigir, como si fuera el Vaticano, que se subvencione con dinero público. Ah, y para mí el MIT es una Institución tan cerrada como la curia romana. No hay más que ver las recomendaciones a sus investigadores, comenzando porque no lean nada que no sea en inglés. La teoría es necesaria siempre. Ningún teórico (científico) digno aspirará a que se dé por cierto lo que dice si no se ha demostrado experimentalmente. Recuerda que las teorías de Higgs eran sólo teorías hasta ayer. Y las de Fermat hasta anteayer. Es mi opinión. Ah, y muchas gracias por tomar mi post en consideración.


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Interlocutora 1 No debería haber dicho "teoría", sino "hipótesis". A lo que me refería es que, en ciencia, la demostración experimental es fundamental y que en algunas casos esta demostración experimental es francamente difícil, sino imposible (véase teoría de cuerdas, por ejemplo). Precisamente por el aval que siginifica la Universidad, creo que hay que tener cuidado con aquello a lo que se dedica y sobre todo un alto nivel de exigencia. No conozco en profundidad el MIT, pero siendo una universidad tecnológica no tiene más remedio que demostrar lo que predica, ¿no? . Encantada de debatir sin acritud.


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José Antonio Palao Errando La mayoría de los homeópatas que conozco (hablo de homeópatas licenciados en medicina, para mí los otros son simples curanderos) te reconocerán que funciona, aunque no se sabe (no está explicado y avalado por una experimentación científica) por qué. Los psicoanalistas no te dirán eso, sino que es absolutamente imposible que se verifique experimentalmente lo que hallan en su práctica y que teorizan (generalizan para su transmisión) por métodos absolutamente distintos. Eso no los convierte en pseudociencias, pues se han medido respecto al paradigma científico para reconocer, los primeros, y afirmar, los segundos, que se sitúan fuera de de él. Me preocupan más los psicólogos neurocognitivistas que dicen que lo suyo es ciencia porque un escáner les devuenve imágenes de colorines en una pantallita. Y ya que de rigor hablamos. ¿Podrías matizar tu "nunca"? ¿Has probado la homeopatía una vez, ninguna, miles? Ahora, si esperas que te devuelva efectos tan palpables como los del ciprofloxacino o la metaanfetamina, evidentemente no esperas bien. El problema de la ciencia es que sólo espera respuestas "informativas" 0/1, sí no , a una pregunta pregunta prefijada y con un conjunto de respuestas posibles cerradas. Me parece un poco tramposillo este imperialismo mental que obtura para el científico cualquier posibilidad sorpresiva, es decir, de experiencia radicalmente humana. La ciencia nació amparada en Ockham, sí. Pero también en Nicolas de Cusa y en la docta ignorantia...


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Interlocutora 2 En psicología no hay nadie, incluidos los propios psicoanalistas, que considere que el Psicoanálisis sea algo más que literatura. En cuanto a su vertiente clínica es una ruleta rusa: te puede ir genial porque se convierta en un momento de autorreflexión guiada para problemas no muy incompatibles con una existencia aceptable, o te pueden intentar convencer de tu homosexualidad latente y joderte la vida. (Perdón por la intromisión)


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José Antonio Palao Errando Hipotesis non fingo, decía Newton. Me parece muy bien como imperativo para la ciencia experimental. Pero pretender su generalización universal es peligroso. Como mínimo.


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José Antonio Palao Errando Por cierto, hay un ivestigador del MIT al que adoro. Un tal Walter Bishop...


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José Antonio Palao Errando No sabes de lo que hablas. Mayte Rodríguez. Lo siento.


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Carta de Sigmund Freud a la madre de un joven homosexual.


www.psicoloquio.net


En el sitio Letters of Note encontramos una carta de Sigmund Freud, que data de ...Ver más


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José Antonio Palao Errando Y por supuesto, los psicólogos clínicos cognitivos coniguen un montón de pasta del Estado que han de resguardar celosamente. Ningún lacaniano hablará en su vida de homosexualidad latente. Ningún lacaniano intentará en su vida convencer a un paciente de nada. Ahora, la de psicólogos financiados por el Estado (en los centros de enseñanza, por ejemplo) que convencen a una madre de que su niño travieso o problemático es hiperactivo o tiene un TDA y lo mandan con pleno refrendo sanitario al psiquiátra para que le dé anfetaminas son legión. Eso sí, dejar hablar al crío/a libremente de lo que le pasa, jamás. No es útil ni para el centro ni para la madre. Lo queremos es que el niño se calle de una vez, única ratificación experimental de su salud mental. Punset purísimo.


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Interlocutora 2 Has hecho un montón de presupuestos en un segundo sin base alguna... No está entre mis objetivos ahora mismo. Feliz año!!!


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José Antonio Palao Errando Si te refieres a la segunda persona que he utilizado en principio, si te fijas la he corregido inmediatamente. Mis disculpas. En cuanto a tu actitud de desprecio por la argumentación racional, le entiendo perfectamente y estoy acostumbrado a ella, no te preocupes. No creo que haga falta desearte feliz año, porque si no se te da bien ya te darán algo en la farmacia. Acuérdate, eso sí, de llevar la receta y leer el prospecto, que eso no es literatura. Un saludo.


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