sábado, 7 de enero de 2017

Homenaje mínimo a Ricardo Piglia.

"Dijo entonces Tardewski que si la filosofía siempre había buscado el camino de su realización ¿cómo extrañarse que Heidegger haya visto en el Führer la concreción misma de la razón alemana? No hago un juicio moral, dijo Tardewski, se trata para mí de un juicio lógico. Si la razón europea se realiza en este libro (me decía yo al leerlo) ¿cómo extrañarse que el máximo filósofo viviente, es decir, aquel a quien se consideraba la mayor inteligencia filosófica de occidente, lo haya comprendido de inmediato? Entonces el cabo austríaco y el filósofo de Friburgo (con el Ser habitando la casa de al lado, según decía Astrada) no son otra cosa que los descendientes directos y legítimos de ese filósofo francés que se fue a Holanda y se sentó ante el fuego de la chimenea para fundar las certezas de la razón moderna. Un filósofo sentado frente al hogar, dijo Tardewski, ¿no es ésa la situación básica? (Sócrates en cambio, como usted sabe, me dijo entre paréntesis, se paseaba por las calles y las plazas) ¿No está allí condensada la tragedia del mundo moderno? Es totalmente lógico, dijo, que cuando el filósofo se levanta de su sillón, después de haberse convencido de que es el propietario exclusivo de la verdad más allá de toda duda, lo que hace es tomar uno de esos leños encendidos y dedicarse a incendiar con el fuego de su razón el mundo entero. Sucedió cuatrocientos años después pero era lógico, era una consecuencia inevitable. Si al menos se hubiera mantenido sentado. Pero usted sabe lo difícil que es mantenerse mucho tiempo sentado, dijo Tardewski y se incorporó y empezó a pasearse por el cuarto.
Ese tipo entonces, sentado ahí, en Holanda, decía Tardewski mientras se paseaba, en Amsterdam, creó, escribiendo ese monólogo. Se detuvo. ¿Sabía usted, me dijo y empezó otra vez a caminar, que Valéry dice que El discurso del método es la primera novela moderna? Es la primera novela moderna, dice Valéry, me dice Tardewski, porque se trata de un monólogo donde en lugar de narrarse la historia de una pasión se narra la historia de una idea. No está mal ¿eh? En el fondo, visto así, se podría decir que Descartes escribió una novela policial: cómo puede el investigador sin moverse de su asiento frente a la chimenea, sin salir de su cuarto, usando sólo su razón, desechar todas las falsas pistas, destruir una por una todas las dudas hasta conseguir descubrir por fin al criminal, esto es, al cogito. Porque el cogito es el asesino, sobre eso no tengo la menor duda, dijo Tardewski"
Si lees estos dos párrafos muy jovencito te pueden marcar para toda la vida. De hecho, pienso si lo que pienso y he pensado toda mi vida, todo lo que he escrito y contado o enseñado, no es una interminable glosa de estos dos párrafos. El cogito es el asesino. Y en su momento yo teoricé que una novela policíaca no es más que una historia de amor entre un asesino y un lector con un narrador oficiando de alcahuete (aquí y aquí). Si hay un paraíso quisiera soñarlo como un lugar en el que se pueda pensar y escribir sin perseguir eternamente a ese cogito asesino, sin ser esclavos del cálculo al que él obliga para darle caza, para conquistarlo, para hacerle pagar su culpa. Espero que Ricardo Piglia esté ya mismo disfrutando de él. Eso le deseo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario