sábado, 11 de julio de 2015

Ahora, en común. Sin olvido ni perdón. (Apuntes sobre el comunismo, 2)



Llevo unos días callado, temiendo equivocarme, temiendo precipitarme, no queriendo caer en las redes de los grandes manipuladores mediáticos. He visto cómo todas las cadenas, grupos y periódicos del sistema hacían frente común y homogeneizaban radicalmente su discurso contra Tsipras. Vivimos en tiempos de verdades líquidas y he leído por aquí y por allá a gente encabronada cada vez que se daba una información, hablando de manipulación de sesgo interesado, de miedo del poder. Pero en un tiempo de verdades líquidas, suelo tener un criterio que no me suele fallar: si algo es defendido por el sistema en bloque, seguro que es mentira.


Pues bien, la loca astucia del capitalismo ha conseguido otra vuelta de tuerca y ha conseguido engañarme con sus mentirosas verdades. No tengo toda la información, no soy un oráculo, no tengo un libro que me enuncie la verdad como receta. Pero después de tanto entusiasmo derrochado, después de que un pueblo se haya lanzado con un coraje inaudito en el mundo (una victoria por el 60% no se da prácticamente en ningún sitio), Tsipras parece haberme reafirmado en una convicción que he tenido siempre: en sí mismo, el hecho de GANAR UNAS ELECCIONES NO SIRVE ABSOLUTAMENTE PARA NADA. Un pueblo jamás gana unas elecciones. Las gana un partido (una forma partido) que inmediatamente después se siente absolutamente libre para destituir al pueblo como tal y volver a tratarlo como electorado: sigo en el gobierno, estoy legitimado para hacer lo que me dé la gana. Los menores de 40 tendrán que aprenderlo. Los mayores tenemos al felipismo en la memoria. Los pocos logros progresistas del Psoe (en educación, en coberturas sociales, en sanidad) cuán fácil ha sido revocarlos para el PP, para la Troika, para el FMI.


Se acabó. El electoralismo es un puro simulacro. Si ese común no se construye, el Podemos ganar las elecciones es una pura filfa. La mayor mentira política que he oído en estos últimos tiempos, la más falaz y rastrera se enuncia diáfamente: “Claro que podemos” No era un estilo, era una ideología para someter a la multitud a lo instituido y robarle su fuerza instituyente. No está nada claro que podamos y Tsipras, con un 60% de votos, es una muestra clara de ello. Si no hay pueblo, si el pueblo vuelve a ser reducido a pura masa electoral, el poder será siempre de los mismos, que son los que controlan la trampa mortal de la representación. La lucha es otra. Y lo teníamos a huevo y nos lo están quitando de las manos. Al demonio la claridad del poder. Lo que CQP nos ha robado con Podemos es nada menos, que la posibilidad de haber creado una estructura de control, elección y revocación de quienes nos representen, radicamente arraigada (sí, es un pleonasmo, ¿y qué?) en lo social. Si no tenemos ese poder, no tenemos más que el papel mojado de los programas en manos de buitres. Tsipras no tenía un as en la manga. Pablo Iglesias no tiene ni manga ni as. Ya está bien de que nos quieran vender alucinaciones de claridad y cerebritos que se supone que saben. Todo está por pensar. Nada está claro. Ganar unas elecciones no es más que una parte, casi circunstancial, de la tarea. Ya está bien de buscar la centralidad de un tablero que no está lleno más que  de mierda. Es hora jugar a otro juego de una maldita vez. En los movimientos emancipatorios del siglo XXI hay dos grandes paradigmas: el populista y el comunista. Hacer pueblo, construir el común. Y la estupidez, la ceguera, la soberbia y la ambición de una camarilla los ha hecho incompatibles. Así que ya sabemos lo que nos toca. Ahora, en común. Sin olvido ni perdón. Y no estoy hablando sólo de una candidatura circunstancial. Sino de una tarea inmensa.