viernes, 8 de enero de 2016

No te lo perdonaré jamás.



I. El perdón es, por definición, el rasgo distintivo del cristianismo respecto a las otras dos religiones del Libro. No es un concepto, el repudio moral de la venganza, que esté comprendido en el Islam o el Judaísmo. Una cosa son las doctrinas, cierto, y otra la naturaleza humana y no estoy diciendo que los cristianos no sean vengativos. Precisamente, toda la moral católica española del honor es una doctrina de la venganza, a veces muy compleja y muy taimada, una pasión de burócrata obsesivo. Véanse algunos dramas de Calderón (El alcalde de Zalamea me vale, pero El Médico de su honra es paradigmático en ese sentido de la venganza metódicamente fría y calculada). No deja de ser curioso que algunos adalides de la Islamofobia sean tan proclives a no perdonar. ¿No?

II.También es un distintivo, dar a Dios lo que es de Dios y a César lo que es del César (Lucas 20, 25). En fin, muchos pensadores de los últimos tiempos (Vattimo, Badiou, Zizek) han defendido que el dogma de Encarnación y la kenosis  (Filipenses 2,6-7) de Cristo son un paso lógico necesario para poder concebir el laicismo. Y he dicho bien “dogma”, utilizando la palabra en el sentido técnico que le otorga el discurso teológico cristiano. Nada de que objetar cuando hablamos de materia de creencia. Probablemente, el genio radical de cristianismo, que lo tiene, sea precisamente esa mixtura intolerable entre el Dios perfecto y la carne corruptible que los otros monoteísmos no consiguen comprender y declaran blasfemo. Ahora bien, el fascismo español, como buena parte de la curia romana, no han conseguido estar nunca a la altura de este materialismo esencial del cristianismo, según el cual Dios no se avergüenza de su obra hasta el punto de ser capaz de mezclarse, de contaminarse, con ella. Arrostrar ese real no es cosa de creyentes, fanáticos o fundamentalistas. Es cosa de santos.

III. Dicho esto, lo que los cristianos tienen derecho a considerar dogmas lo podemos considerar el resto como tradición no confesionalmente vinculante. Con toda legitimidad. Nuestro calendario está regido por las festividades cristianas, que a su vez se apropiaron de las de Grecia y Roma, y tejen una urdimbre cultural que va más allá de la filiación y la creencia. Los reyes magos en particular, pero también la Navidad en general, son un buen ejemplo. Y asumir una tradición es reelaborarla. Nos hemos hartado estos días de la famosa polémica de los reyes magos.  Y no es baladí.

IV. Un tuit como este


resume perfectamente al nacional-catolicismo en su versión neoliberal, es decir, al PP.
Fijémonos, de qué modo se proclama propietaria de una tradición. Nadie sabe prácticamente nada de los Reyes Magos. Apenas da información sobre ellos el Evangelio, para que se pueda estipular dogmáticamente cuál es su vestuario correcto. El que suelen llevar, elaborado por la iconografía católica, es tan válido y tan actualizable como cualquier otro que se pueda proponer.

V. Ahora bien, la cosa es que por el camino hay dos dogmas neoliberales que se nos cuelan por la chimenea. El primero, la negación al poder público (el único susceptible de control democrático) de cualquier iniciativa en el campo de la cultura y de cualquier potestad de gestión de la tradición. Pero, esto es aún más grave, en ello anida también el dogma conservador del derecho a la libertad de educación que, gracias a la XIII Marquesa de Casa Fuerte y Directora del Área Internacional de FAES, presenta aquí su faz más cínica: el sacrosanto derecho de los padres a disfrutar de la exclusividad del engaño a sus propios hijos. Porque, vista así, una tradición que podría ser un patrimonio común, como la de los Magos de Oriente, identificada con una canónica -y verosímil sólo para una determinada concepción del sentido común, la nacional-católica- deviene lisa y llanamente una vulgar mentira. Sin paliativos. No sabemos si existieron, podemos dudar inculuso de la existencia del Dios al que se supone que fueron a adorar, pero de lo que no tenemos ninguna duda es de que jamás fueron vestidos como ella le ha hecho creer a su hija de seis años.

VI. A consecuencia de este pintoresco asunto un amigo me recordó una cita de Jacques-Alain Miller que viene al pelo:

“Desde luego, el esplendor del canalla y su brillo maléfico provienen de no aceptar ni al Otro con mayúsculas, que no es más que una ficción, ni a los otros, que no valen nada”

Tampoco mejora nada esta canallada, acabar asimilando los vertederos con las tumbas sin nombre, porque no ha encontrado otra manera de escabullirse de un ridículo glorioso del que esta propia señora es la única responsable. Pero, claro, siempre hay formas de estropearlo más. Hay que ser impresentables.



No sé si avanzamos, pero que ladran, ladran.