Hasta ahora hemos sostenido que, al menos en su vertiente imaginaria (lo
que uno cree que es como audiencia y con quién supone estar
compartiendo la emisión) el espectador-tipo de Salvados es un
decidido progresista e izquierdista. ¿Pero, nadie se ha dado cuenta de
que, con la excusa de que los Borbón se han ganado en los últimos años
fama de corruptos y de ello se extrae tranquilamente la deducción de que
la transición española fue un vil y sucio apaño, los que se tragaron la
trolilla de Évole estaban perfectamente dispuestos a creer que todos
los políticos, incluidos los que tenían años de muy dura lucha
antifranquista a sus espaldas, eran unos farsantes y que Miláns y Armada
eran unos héroes de la patria, dispuestos a ir a la cárcel y sacrificar
sus carreras, y Tejero un honestísimo e ingenuo pardillo? ¿De verdad
alguien puede creer que en una trama semejante podía no haber
participado de forma destacada la banca y la gran empresa y que se podía
llevar a cabo con una componenda entre políticos y periodistas con la
mínima colaboración de tres o cuatro militares y un director de cine?
¿Creer eso es de izquierdas o de derechas?
Podéis seguir leyendo aquí....
(Podéis acceder a la primera parte aquí)
Intentos de comprender el mundo con la esperanza de intuir algunas estrategias que puedan transformarlo.
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viernes, 7 de marzo de 2014
El relato era mentira pero la narración era verdad: Jordi Évole y el teorema de Fox Mulder (II)
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viernes, 28 de febrero de 2014
El relato era mentira pero la narración era verdad: Jordi Évole y el teorema de Fox Mulder (I)
Bueno, ya está. Este artículo llega unos días más tarde que todos los demás porque, lo reconozco, soy un poco ignorante: me ha costado un tiempo saber qué pensar, cuando ante un evento mediático de este tipo –parafraseando a Lacan diríamos que los eventos mediáticos, en tanto que son falsos acontecimientos, son los únicos actos logrados- todo el mundo necesita mostrar que sabe, que no ha sido pillado por sorpresa, que ha sido capaz de formar rápidamente una opinión. Es una de las lacras mucha “crítica” periodística, la necesidad de una evaluación ready made, inmediata y, para evitar ansiedades y sobresaltos, mejor si diáfana y maniquea. Todo lo que he leído -incluidos los dos mejores artículos que han caído en mis manos el de Milagros Pérez Oliva en El País y el de Celia Dubal en estas mismas páginas-, van del lado del juicio deontológico (si Operación Palace se ajusta al código de “buenas prácticas” –siempre me ha hecho gracia esta expresión, no sé lo que pensará de ella un becario-) o estético: sabiendo ya que habíamos asistido a una ficción, ¿conseguía sus efectos emocionales, estaba a la altura artística de sus precedentes, había sido acertado el experimento, su supuesto fin pedagógico como aviso del engaño justificaba los medios?
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