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viernes, 31 de julio de 2015

Elogio de lo obscuro

Entre la versión paleo-marxista: “La masas no entienden nada porque están alienadas y no tienen conciencia”.  Y la versión hegemono-populista: “Oh, masas, yo os entiendo y hablo vuestro lenguaje, por eso debéis seguirme y regalarme vuestra voz” ¿Por qué no una alternativa del tipo “¡Masas hablad y hablemos, inventemos la voz de la multitud?” ¿Por qué ese miedo a la contingencia verdadera, a la verdad de la contingencia, y a la contingencia de la verdad? Es el miedo de los políticos -de las élites y de las vanguardias- a un tiempo que pueda presentarse como vacío, pero ya no como homogéneo, que con los dos atributos juntos se las entendía bien la progresía socialdemócrata. Es el pánico a lo real del bien-decir que se pretende cauterizar con la impostura del decir-bien. Y no es lo mismo ¿no? Cada vez ando más convencido de que los intelectuales no deben preceder a las masas para intentar pre-decirlas, sino que deben ser su fornida retaguardia: poner un cierto orden hermenéutico, ni doctrinario, ni dogmático ni banalmente comunicativo. El neoliberalismo inventó la postmodernidad. Su cara a fue un todo vale, que puede ser muy fructífero como instante de ruptura. Pero a las élites político-financieras les interesaba la cara b: nada vale, no hay otro modo.

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