viernes, 3 de abril de 2015

Nadie quiere ser Andreas Lubitz

Para Shaila García Catalán, que lleva más de una década dándome qué pensar

Hace unas cuantas semanas, todos queríamos ser Charlie. Esta última, nadie ha hecho pegatinas y camisetas, pero todos llevamos escrito en la frente, mientras escrutamos con sospecha nuestro alrededor, Yo no soy Andreas Lubitz. Ya sabemos cómo va esto. Cada vez que hay un tenebroso atentado, una opaca catástrofe, los medios hacen proliferar las imágenes,  los relatos, las opiniones de los expertos, intentado vacunarnos contra el terror con esa gran enemiga de la verdad que es la certeza. Es eso que algunos llaman el Síndrome CSI y que se ha convertido en uno de los estigmas de nuestra cultura: la repugnancia a lo contingente, el terror a lo que no se aviene al principio de razón suficiente, esto es, a lo azaroso de cualquier vida. No deja de ser curioso, para más inri, que las animaciones infográficas que hemos visto esta semana, construidas para suplir la falta de evidencias, con el comandante del vuelo aporreando desde fuera la cabina de los  pilotos, fueran especialmente cándidas,  toscas, paleodigitales. Tenían ese grano y ese aroma a pixel primitivo que me ha recordado inevitablemente a las que se proliferaron hace más de veinte años para intentar dilucidar de una vez por todas, en el treinta aniversario de su asesinato, cuántos tiradores habían disparado a John F. Kennedy. Mientras tanto, en la pantalla fílmica, más solvente en lo visual, Forest Gump, el otro mito demócrata de los 90, le estrechaba inopinadamente la mano. Cosas de la continuidad y la consistencia del raccord.
…todos llevamos escrito en la frente, mientras escrutamos con sospecha nuestro alrededor, Yo no soy Andreas Lubitz.
¿Soy acaso el único al que la imagen reiterada del maratoniano Andreas Lubitz, al que casi todas las fotos  que se han difundido esos días lo muestran corriendo, le sugiere una especieo de versión  neoliberal post-11S del personaje de Zemeckis?

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