jueves, 23 de marzo de 2017

El terrorista emprendedor

Ante los mortíferos eventos cada vez más frecuentes, como el de ayer en Londres, se producen sistemáticamente dos respuestas en la opinión pública: la oficialista –que intenta reavivar la islamofobia y el pánico- y la anti-oficialista –que tacha de inventos del sistema estos atentados y, más o menos explícitamente,  sugieren que son provocados por los gobiernos occidentales para inculcar la creencia oficialista en la opinión pública, esto es, la islamofobia y el apoyo a la violencia estatal. Ambos comparten, lo he dicho muchas veces, la misma ontología delirante, la del paradigma informativo. Ambas apuestan por la opinión –el saber compartido objetivamente y nunca subjetivado, nunca pensado por el sujeto- y por la seguridad de que hay una trama secreta reducible a hechos y datos (facts, en inglés), ocultada fraudulentamente por los Estados, y que si tuviéramos todos los datos que el poder nos escatima, tendríamos la verdad y, con ella, el sentido completo del mundo. Delirantes ambas posturas, porque entonces aparece Assange y su simple presenci nos recuerda que todos los data, en la segunda década del siglo XXI, son big, too big. Ahora bien, a la onto-episteme neoliberal, esto -que haya muchos datos- le parece equivalente a que haya muchas revelaciones, obviando que para que algo se revele ha de haber quien lo acoja como mensaje y lo propague. No hay evangelio sin predicadores. Los datos, y cuando son big la cosa resulta aún más evidente, son un saber sin sujeto, un saber que nadie sabe pero que el activista del sharing, tanto como la masa adepta al oficialismo, reputa como ya sabido y, por consiguiente, acepta como prescindible identificar al quién, sujeto del verbo saber.
Pero lo que nos encontramos en casos como el de ayer es algo distinto....

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