martes, 28 de febrero de 2017

Los Talent Show y su función ideológica.



Los talent-show de la tele tienen algo de desgarrador, en su cometido de reconducir el general intellect al redil capitalista. Están para reconvertir el talento de la multitud (talentos singulares que pueden estar en sinergia o no) en talento de las masas (talentos individuales estandarizados por la competitividad). En el fondo transmiten un mensaje contundente: te dediques a la interpretación musical, a la danza, al espectáculo teatralizado o circense, o a la gastronomía tú único modelo de negocio, tu destino, es el empresarial. Los grandes triunfadores, beneficiarios, de los talent show siempre son los empresarios, sean dueños de teatros, agentes artísticos, dueños de restaurantes, propietarios de discográficas, o –sobre todo- las propias cadenas de televisión trans-mediatizadas, porque estos programas reducen el virtuosismo multitudinario a talento público, sometido a patrones estándar que puedan medir su potencial de éxito, susceptible de ser rentabilizado, ergo, explotado. Esto es, performatividad masificada sin tregua desde la emisión hasta la recepción, atrapada al vuelo por los neg-oci-antes, por los que pueden cauterizar su dimensión de ocio creativo. Lo cual demuestra que las industrias culturales clásicas, las difusivas, no se han reciclado nunca en “industrias creativas”, que esto es puro maquillaje.
No hay talent shows ahora mismo para deportistas, por ejemplo. Ni para escritores, ni para directores de cine, ni para actores, ni para guionistas, ni para creadores de videojuegos, ni para compositores. En el primer caso, porque el modelo funciona perfectamente gracias a la sinergia entre los clubes y los derechos de emisión, gracias a la publicidad tradicional (masiva en difusión). En el segundo, porque el mismo modo de producción de estos trabajadores de la cultura los convierte en peligrosos candidatos a la “producción independiente”, es decir, los reputa de capaces de escapar a los vericuetos del patrocinio capitalista.
En ese sentido, el sistema privilegia el virtuosismo, la performance sin obra. El gastro-talent es muy sintomático de esta fetichización mercantil. Una actuación espectacular (danza, magia, canción, contorsionismo, etc.) es reductible a su captación difusiva. Se graba lo que hacen y eso es la mercancía. No interesa, pues, potenciar a gente cuyo empeño conlleve de suyo una fijación textual que no necesite de la mediación empresarial para producir beneficio. No interesa nada un novelista, un poeta, un diseñador de videjuegos, o quien sepa hacer una webserie, porque son capaces de hacer texto (“obra”) de su performance en el mismo acto que la realizan.
Interesan mucho los cocineros, porque su “mercancía” es la más
fetichista de todas: su esencia escapa a la representación audio-visual. Producen sabores y olores, inaccesibles sin un dispositivo empresarial (restaurante o cadena de restaurantes) que los explote, que aprese la instantaneidad de su desempeño performativo. 
Un programa como La Voz, que implica que para ser seleccionados los concursantes deben ser escuchados -al menos por primera vez- sin ser vistos, simula ese mismo juego con el fuera de campo, con lo inaccesible, como efecto fetichista. Ésta es la verdadera política del capitalismo contra la piratería de la industria cultural difusiva y no cerrar páginas de descarga. Es tan oligopólica que impide cualquier trascendencia, cualquier transferencia a la cultura de un pueblo, a la sociedad entendida como interés general. De ahí, el desgarro. El profundo desánimo que generan estos programas acaba siendo su principal combustible. El Capitalismo camina imparable hacia su consunción (cada vez menos hay beneficiarios de sus dispositivos económicos que son progresivamente oligárquicos) y hacia su consumación. Es el antídoto suicida que ha encontrado para evitar su posible superación o su deseable atravesamiento.